Multiplícate o muere
La ley oculta que levanta imperios y entierra líderes
Multiplícate o muere
Copyright © 2026 Ashley Evans
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Lo que dicen sobre Multiplícate o muere
Ashley Evans ha sido mi multiplicador. Me invitó a Australia y me prestó su credibilidad, ganada a pulso, hasta el punto de que todo el país —y después Nueva Zelanda— se me abrió. Ashley es un multiplicador intuitivo. En Multiplícate o muere ha hecho el arduo trabajo de codificar el aprendizaje de toda su vida en un formato de pensamiento y acción. No morirás: te multiplicarás. Vas a compartir este libro con todos los líderes que conoces, tanto en el ministerio como en el mundo empresarial.
—SAM CHAND
Consultor de liderazgo y autor de Leadership Pain
He leído cientos de libros de liderazgo. Solo unos pocos han cambiado de verdad mi manera de pensar sobre el legado. Multiplícate o muere es uno de ellos. Ashley Evans no escribe teoría: escribe desde su vida. Este libro me confrontó personalmente: edificar una congregación grande no es el logro más alto. Formar líderes que levanten a otros líderes: eso es lo que determina si dejas atrás un movimiento o apenas un monumento. Como presidente de sínodo al servicio de miles de pastores, he visto a demasiados líderes sepultados con su potencial todavía adentro. Este libro es una intervención divina. Construye algo que siga creciendo cien años después de que te hayas ido.
—REV. ARIF MULTI ARDANIA, M.DIV
Superintendente general, Asambleas de Dios en Indonesia
Pastor principal, Bethlehem Assembly of God, Bogor, Java Occidental
Conozco a Ashley Evans desde hace más de treinta años. He visto a este hombre de cerca. Su integridad bajo presión. Su fe cuando todo estaba en su contra. ¿Qué pasa cuando un líder realmente escucha a Dios y se niega a detenerse hasta que la tarea esté hecha? Lo que Ashley ha edificado no es fruto de una estrategia ingeniosa ni de la ambición humana. Empezó con una promesa. Una palabra de Dios. Y lo que ha seguido —iglesias plantadas, vidas transformadas, un movimiento que abarca naciones— es sencillamente extraordinario. Multiplícate o muere no es teoría. Es la sabiduría, ganada a pulso, de un hombre que de verdad lo ha hecho. Creo que este libro es ordenado por Dios para este momento. Léelo. Aplícalo. Y mira lo que Dios hace.
—PASTOR GERARD KEEHAN
Pastor principal global, Global Heart Church
Campus en Australia, Canadá, Alemania y África
En 1982, con veinte años, entré por primera vez a Klemzig AOG Church. Alcohol
a diario. Drogas a diario. Nunca había tenido un trabajo. En muchos sentidos, la historia de mi
vida ya parecía escrita. Ese día conocí a Jesús, y todo
cambió. Pero la vieja vida todavía amenazaba con descarrilar lo que Dios había
comenzado. Entonces Él me habló con claridad a través de Proverbios 4:13: «Retén
el consejo, no lo dejes; guárdalo, porque eso es tu vida». Y justo a tiempo, Dios
trajo al pastor Ashley Evans a mi historia. Me instruyó. Me amó.
Me desafió. Y vivió con paciencia cada principio de este libro.
Mi vida no solo recibió una suma: se multiplicó. Hoy pastoreo Emerge
Church, una iglesia multisede en Brisbane, Australia. La sabiduría de estas
páginas es sabiduría que sigo usando todos los días. Esto no es teoría
de liderazgo. Funciona. Mi vida, mi ministerio y las vidas de incontables
pastores alrededor del mundo son la prueba viviente.
Prepárate para pasar de la suma a la multiplicación.
—PASTOR MARK ELMENDORP
Pastor principal, Emerge Church, iglesia
multisede, Brisbane, Australia
Durante más de treinta años me he sentado bajo el liderazgo del pastor Ashley Evans
y puedo decir sin reservas que él vive cada principio de
Multiplícate o muere. Este libro es la sabiduría concentrada de una vida
dedicada a reproducir líderes para el Reino de Cristo. A lo largo de los años,
lo he visto volcarse en el desarrollo de personas con una
intencionalidad notable, y el fruto es innegable. Incontables pastores y
líderes sirven hoy a Cristo y a su iglesia en todo el mundo, liderando
iglesias que dan vida. Lo que él ha edificado no es un monumento a su propio
ministerio, sino un movimiento de líderes empoderados por el Espíritu. *Multiplícate o
muere* refleja un llamado bíblico que no podemos ignorar. El pastor Ashley
ha demostrado, a través de décadas de ministerio fiel, que cuando abrazamos el
llamado a multiplicar —a invertir en otros y a priorizar la reproducción
por encima del consumo— el Reino avanza exponencialmente. Creo que este
libro te desafiará, te equipará y te inspirará a dejar un legado que
te sobreviva.
—JANINE DONATO
Pastora de campus, Futures Salisbury
De vez en cuando lees algo y te das cuenta de que has encontrado la llave que lo abre todo. Multiplícate o muere es uno de esos libros raros. Los principios de estas páginas traen claridad y convicción sobre lo que significa de verdad liderar con fidelidad, hacer discípulos y administrar fielmente el futuro de la iglesia. Lo que el pastor Ashley presenta es profundamente teológico, ricamente revelador y brillantemente práctico. He visto al pastor Ashley vivir este mensaje, enseñarlo y llevarlo a la práctica en la vida real. He visto estos principios formar líderes, fortalecer iglesias y llegar mucho más allá de nuestro propio contexto hasta la iglesia global. Este es un libro al que vuelves cada año, uno que sigue desafiándote, afilándote e inspirándote cada vez que lo lees.
—JOSH GREENWOOD
Pastor principal, Futures Australia
Este libro no es solo páginas y palabras: es un conjunto de principios que han moldeado profundamente mi manera de vivir y de liderar. No sería el líder que soy sin ellos. Es un resumen brillante, y mucho más que eso, de todo aquello en lo que el pastor Ashley me ha mentoreado personalmente durante los últimos quince años. Recomiendo este libro sin reservas, y a su autor todavía más. Léelo tú mismo y verás la diferencia.
—PASTOR DORAN JOUBERT
Pastor de campus y plantador de iglesias
Dedicatoria
A todo líder que se niega a dejar que su potencial muera con él.
A todo pastor que quiere construir un movimiento, no solo un ministerio.
*A todo líder empresarial que quiere construir un imperio que perdure más allá
de sí mismo.*
A todo padre y madre que quiere un legado que resuene a través de las generaciones.
Este libro es para ti.
Multiplícate o muere.
Una palabra de la siguiente generación
Rara vez un libro se convierte en el semillero donde Dios habla directamente a tus puntos ciegos. Multiplícate o muere es ese libro. Lo digo no solo como un hijo que honra a su padre, sino como un líder que vio este mensaje vivido en tiempo real. Esto no es teoría pulida; es verdad probada en batalla. Los capítulos del cementerio le costaron. Las temporadas estériles fueron largas. Las traiciones fueron reales. Décadas de siembra destiladas en páginas que son más bien espejos y que no te dejan apartar la mirada. Léelo con hambre. Deja que remueva la tierra. Es un llamado de clarín a dejar de sumar y empezar a multiplicar. El campo está listo.
—Mark Evans
Emprendedor espiritual, plantador de iglesias y miembro del Consejo de Ancianos
Global de Futures Church
Muchos líderes predican la multiplicación desde el escenario, pero yo he visto lo que pasa cuando las cámaras se apagan. Habiendo crecido en la casa de mi papá y ahora sirviendo a su lado, puedo decirte que su integridad no es un espectáculo. Los principios de Multiplícate o muere no son solo teorías de crecimiento de iglesia: son exactamente las convicciones por las que él vive a puerta cerrada. Este es el manual probado en batalla de un hombre cuyo mensaje público coincide perfectamente con su vida privada. Si quieres un cambio genuino, del tamaño del Reino, en tu liderazgo, empieza justo aquí.
—Nate Evans
Pastor, Futures Church
Muchos hablan de legado, pero mi papá realmente lo vive. Mientras
crecía, él no solo quería edificar una iglesia grande; quería edificarme a mí.
Desde que tengo memoria, me empujó a buscar a Dios por mí mismo, a construir
con intención y a pensar en el futuro. Nunca me dejó ir en piloto automático.
Cada vez que quería tomar el camino fácil o conformarme con lo promedio, él
me lo señalaba. Como joven que está entrando al ministerio, Multiplícate o muere
no es solo un libro que escribió mi papá: es exactamente el manual que usó para
criarnos a mis hermanos y a mí. Es intenso, es real y va a
destruir por completo tu zona de confort. Si estás listo para dar un paso al frente y hacer
algo que importe, lee esto.
—Benjamin Evans, pastor de jóvenes, Futures Church
Prólogo
Hay libros que lees y aprecias.
Y hay libros que te leen a ti.
Multiplícate o muere es de los segundos.
Antes de decir cualquier otra cosa, quiero reconocer algo profundamente
personal. Creo que el liderazgo de nuestro padre, Andrew Evans, ayudó a
formar gran parte de lo que somos hoy. Su fe, su valentía y su obediencia pusieron
fundamentos que moldearon nuestras vidas y nuestro ministerio.
Lo que Ashley ha demostrado, sin embargo, es la siguiente dimensión de ese
legado: no solo preservar lo que se construyó, sino llevarlo a un
nivel mayor. Esa progresión —del fundamento a la expansión—
demuestra el concepto mismo y la verdad de este libro.
El legado no es mantenimiento. El legado es multiplicación.
Ashley no es solo un líder global respetado: es un constructor de
constructores. Durante décadas, a través de Futures Church, ha llevado la
convicción de que lo que construimos debe sobrevivirnos. Que el liderazgo no
se trata de retener, sino de soltar. Que la verdadera medida del
éxito no es la acumulación, sino la multiplicación.
Puede que muchos no sepan del todo que Planetshakers Church nació en
Futures Church y fue soltada desde allí. Se sembró una semilla. Se creó espacio. Se dio
confianza. Y esa semilla se multiplicó.
Hoy, esa multiplicación ha tocado el mundo entero. En iglesias de todos los
continentes, los creyentes levantan su voz con canciones de adoración que
nacieron de esa semilla. Cada vez que una canción de Planetshakers se
canta en cualquier lugar del mundo, es un testimonio vivo de lo que
ocurre cuando un líder elige soltar en vez de retener.
Ashley soltó, y Planetshakers se multiplicó.
Eso no es solo historia. Ese es el mensaje de este libro.
A través de Futures Church, Ashley ha demostrado que la multiplicación no es teoría. Es intencional. Es estratégica. Es espiritual. Él ha edificado pensando en la sucesión. Ha empoderado líderes desde temprano. Ha creado ambientes donde otros pudieran levantarse. Y el resultado han sido líderes que lideran líderes en ciudades y naciones.
El mandato de Génesis —fructificad y multiplicaos— no es opcional en el Reino. Jesús hizo discípulos que harían discípulos. Los movimientos no se sostienen por personalidades, sino por un liderazgo transferible.
Este libro lleva esa convicción.
Confronta a todo líder con una realidad simple: si sigues siendo el centro de lo que construyes, te convertirás en su techo. Pero cuando sueltas, empoderas y desarrollas a otros, lo que llevas puede extenderse mucho más allá de tu propio alcance.
La historia de Futures Church —y de la semilla que fue soltada— lo demuestra de una manera poderosa. La multiplicación requiere humildad. Requiere confianza. Requiere valentía. Pero cuando ocurre, puede tocar el mundo entero.
Si estás construyendo algo que importa, este libro te desafiará a pensar en términos generacionales. A desarrollar líderes con intención. A levantar estructuras que puedan crecer sin ti. A ver la sucesión no como una amenaza, sino como mayordomía.
Ashley, gracias por modelar lo que enseñas. Gracias por soltar líderes. Gracias por sembrar semillas que se han multiplicado en las naciones.
Te amo, te honro y te agradezco por tu fidelidad al Reino y
por tu compromiso de levantar líderes que lleven la misión
hacia adelante.
El futuro pertenece a los multiplicadores.
—Russell Evans
Fundador, Planetshakers Church
Fundador, Planetshakers Ministries International
Fundador, Empower Feeding Centres; vicepresidente, Empower 21
Agradecimientos
Este libro existe gracias a la gracia de Dios y a la fidelidad
de personas que creyeron en este mensaje mucho antes de que
se convirtiera en un manuscrito.
A Jane, mi esposa desde hace casi cuatro décadas: eres mi compañera de vida,
mi compañera de ministerio y el regalo más grande que Dios me ha dado. Sin ti, nunca
habría podido superar las dificultades que he enfrentado, ni construir
nada de valor duradero. Has caminado conmigo cada temporada: del
agotamiento al avance, de la escasez a la provisión. Creíste en la
multiplicación cuando yo todavía estaba aprendiendo a vivirla. Este libro, este
ministerio, esta vida: todo es nuestro, juntos. Te amo más allá de las palabras.
A mis tres hijos y sus familias —Mark y Lauren, Nate y
Chloe, y Benjamin—: nunca tuvieron que seguir el llamado de Dios al
ministerio y, sin embargo, cada uno de ustedes ha elegido este camino, no porque los empujáramos,
sino porque vieron la multiplicación vivida en nuestro hogar.
Verlos liderar, servir y derramar sus vidas por el Reino es
la mayor alegría de mi vida. Son la prueba viviente de que la multiplicación
produce fruto a través de las generaciones.
**A nuestras juntas, equipos de liderazgo y a la familia global de Futures
Church**: su sabiduría, sacrificio y fidelidad han construido lo que ningún
individuo jamás podría. Han llevado esta visión a través de naciones y
culturas. Gracias por estar a nuestro lado.
**A cada líder que invirtió en mí cuando yo no tenía nada que ofrecer a
cambio**: las semillas que plantaron siguen dando fruto.
Y a ti, lector: que captes la visión de la multiplicación. Que construyas algo que te sobreviva por siglos. Y que termines bien.
Guía de lectura rápida
MULTIPLÍCATE O MUERE:
EL MARCO CENTRAL
Si solo tuvieras unos minutos para captar el corazón de este libro,
aquí lo tienes.
LA PREMISA CENTRAL
Todo lo que construyes tiene fecha de vencimiento: el día en que te vas.
A menos que multipliques líderes que puedan llevarlo adelante.
La suma construye monumentos. La multiplicación construye movimientos.
LOS TRES PILARES DE LA MULTIPLICACIÓN
1) La teología: el Código de Génesis. La multiplicación es el primer mandato de Dios. Está tejida en la creación y se cumple en la Gran Comisión.
2) La persona: el multiplicador interior. No puedes multiplicar hacia afuera si tu receptor interno está roto. La sanidad, la humildad y la fe desbloquean la reproducción.
3) El sistema: el Protocolo 4D. Descubrir el potencial oculto. Desarrollar a través de la cercanía. Desplegar a través de la confianza. Desprenderse para dar paso a otros en el liderazgo.
MARCOS CLAVE QUE APRENDERÁS
» Monumentos vs. movimientos: por qué la suma mata y la multiplicación
sobrevive
» La arquitectura de las doce tribus: escalar sin centralizar
» Las cinco estafetas de la sucesión: lo que debe transferirse para que la transición
funcione
» La tarjeta de evaluación H.E.A.T.: Hambriento, Eficaz, Adaptable, Transferible
» La iglesia de hipoteca neutra: convertir un pasivo en un multiplicador
» El matrimonio de la multiplicación: cuando uno más uno es igual a diez mil
EN RESUMEN
Si no puede crecer sin ti, no sobrevivirá después de ti.
Multiplícate… o muere.
Introducción
La ley de la que no puedes escapar
Vas a morir.
No estoy tratando de ser dramático. Estoy tratando de salvarte del mayor
error que cometen los líderes.
Porque esto es lo que les pasa a la mayoría de los líderes: trabajan duro.
Construyen algo. Alcanzan el éxito. Se sienten orgullosos. Y luego
mueren. Y en diez años, todo lo que construyeron desaparece.
¿Por qué?
Porque construyeron con suma en lugar de multiplicación.
La suma muere cuando tú mueres. ¿Pero la multiplicación? La multiplicación
te sobrevive. Se acumula. Se expande. Se acelera. Convierte uno
en millones.
EL CEMENTERIO
No aprendí esta ley en un salón de clases. La aprendí en un cementerio: el cementerio de un campus de iglesia que tuve que cerrar.
Hemos plantado más de veintiuna iglesias en los últimos doce
años. La mayoría ha florecido. Pero la verdad es que algunas fracasaron. No
porque la multiplicación no funcione. Sino porque yo no seguí las
reglas.
Tenía un joven líder fantástico. Apasionado. Comprometido. Con corazón por los perdidos. Pasamos meses orando juntos. El plan era claro: plantar en el lado este de la ciudad. Miles de personas se estaban mudando allí. Con aspiraciones. En crecimiento. Con hambre.
Pero este joven líder tenía otra idea. Quería plantar cerca de su casa. En el lado oeste.
Yo sabía que el plan decía este. Pero miré a este joven —tan apasionado, tan listo— y pensé en el trayecto diario, en la carga para su familia. Sentí lástima por él.
Así que por bondad —por compasión— tomé una decisión de la que me arrepentiré el resto de mi vida.
Dije que sí a la ubicación equivocada.
Lanzamos con buena gente. Buenos corazones. Buenas intenciones. Pero no funcionó. El lado oeste era de familias adineradas de toda la vida. Familias establecidas. Círculos cerrados. Nadie se estaba mudando allí. Mientras tanto, en el lado este —donde yo debí haber plantado— miles de personas estaban desesperadas por comunidad. Pero nosotros no estábamos ahí.
Vi a esa iglesia plantada luchar y al pastor cansarse más y más ante mis propios ojos.
Y nunca olvidaré el día en que tuve que decirle a ese joven líder: «Vamos a cerrar el campus».
El dolor en sus ojos. La confusión. Lo había dado todo. Pero fracasó porque yo ignoré la Ley de la Multiplicación.
Lo aprendí por las malas: No puedes romper las reglas de la multiplicación y esperar resultados de multiplicación.
LA PREGUNTA QUE LO CAMBIA TODO
Ese fracaso me enseñó que la multiplicación no es una preferencia. Es una
disciplina. Es un conjunto de leyes. Y si las violas, las cosas mueren.
Así que déjame hacerte una pregunta que determinará si tu
liderazgo crea un momento o un movimiento: *¿Qué estás construyendo que
seguirá creciendo cien años después de que hayas muerto?*
No «¿qué estás logrando en tu vida?». No «¿qué estás
consiguiendo este año?».
Sino ¿qué estás construyendo que te sobreviva por siglos?
Porque si la respuesta es «nada», no eres un multiplicador. Eres
solo un pensador de suma más, con un gran currículum y una corta
fecha de vencimiento.
LA PARÁBOLA IMPACTANTE
Jesús contó una parábola que debería aterrar a todo líder.
Un señor dio a tres siervos distintas cantidades de dinero: cinco talentos
al primero, dos al segundo, uno al tercero. Los dos primeros
invirtieron y duplicaron el dinero de su señor. El tercero enterró su talento
para «guardarlo seguro».
Cuando el señor regresó, elogió a los dos primeros y condenó al
tercero.
Ahora, esto es lo que lo sacude todo: el primer siervo ganó cinco talentos.
El segundo ganó dos. Pero el señor les dio exactamente el mismo elogio:
«Bien, buen siervo y fiel» (Mateo 25).
¿Por qué?
Dios no te mide por tu producción total. Te mide por tu
tasa de multiplicación. El que convirtió cinco en diez recibió EXACTAMENTE
la misma respuesta que el que convirtió dos en cuatro. «Bien, buen
siervo y fiel». Las mismas palabras. La misma recompensa.
Entonces, ¿por qué actuamos como si Dios solo aplaudiera a los grandes productores?
Ahora mira al que enterró su talento. El griego original revela
a un líder que era tímido: paralizado por el miedo a equivocarse,
eligiendo la seguridad de la tierra por encima de la misión de su Señor.
No se rebeló. No huyó. Simplemente... se detuvo. ¿Y desde afuera? Probablemente parecía responsable. Seguro. Incluso fiel.
Pero esto es lo que se nos escapa: en el Reino, la fidelidad ES fructificación. No puedes separar las dos. En el momento en que dejas de multiplicar lo que Dios te dio, no estás siendo fiel. Estás siendo temeroso.
Y cuando permitimos que la timidez apague nuestra multiplicación, no estamos simplemente siendo «cuidadosos». Estamos en silenciosa retirada del primer mandato que Dios le dio a la humanidad. Ese mandato no ha sido revocado.
LA DECISIÓN QUE TIENES DELANTE
Tienes dos caminos.
Camino uno: la suma. Trabaja más duro. Logra más. Construye más grande. Hazlo tú mismo. ¿El resultado? Una gran carrera. Un lindo legado. Y cuando mueres, casi todo muere contigo.
Camino dos: la multiplicación. Trabaja con más inteligencia. Desarrolla a otros. Construye sistemas. Suelta líderes. ¿El resultado? Un movimiento que te sobrevive.
Un legado que se multiplica por generaciones. Un impacto que nunca muere.
Un camino es más fácil. El otro es eterno.
Un camino se trata de ti. El otro se trata de ellos.
Un camino se agota en tu capacidad. El otro no tiene techo. ¿Cuál
vas a elegir?
LA PREGUNTA FINAL
Así que esta es la pregunta que responde todo este libro:
¿Te multiplicarás, o morirás?
No físicamente. Sino en cuanto a tu legado.
¿Construirás algo que se multiplique más allá de ti? ¿O serás sepultado con tu potencial todavía adentro?
La decisión es tuya. Pero la multiplicación no es opcional.
Es supervivencia.
Comencemos.
UNA PALABRA ANTES DE EMPEZAR
Necesito decir algo antes de seguir adelante.
He sido parte de una denominación toda mi vida. Nuestras iglesias en
Australia pertenecen a las ACC, las Australian Christian Churches. Nuestras
iglesias en Indonesia pertenecen a la GSJA. Nuestras iglesias en Estados Unidos son
independientes: una estructura distinta para un contexto distinto. Pero el
ADN se formó dentro de una familia denominacional. Lo llevo en los huesos.
No soy un huérfano construyendo una isla. Creo en la familia espiritual.
Creo en la cobertura y en la rendición de cuentas.
En lo que no creo es en el estancamiento disfrazado de tradición.
Este libro es disruptivo. A propósito. Pero cuando me leas
desafiando estructuras, no estoy golpeando a tu denominación. Estoy
golpeando a la mentalidad que se conforma con sumar cuando Dios mandó
multiplicar.
Los movimientos abiertos que empoderan a sus hijos e hijas para construir,
multiplicar y expandirse: esos movimientos prosperarán. Las estructuras rígidas
que confunden control con unidad, no. Si tu denominación te da
espacio para multiplicarte, dale gracias a Dios y corre. Si no, este
libro te dará el lenguaje para iniciar una conversación que podría
cambiarlo todo: no dejando a tu familia, sino ayudando a tu
familia a ver lo que es posible.
Parte I
La sentencia de muerte
POR QUÉ LOS LÍDERES CHOCAN CON TECHOS Y LAS ORGANIZACIONES SE ESTANCAN
Capítulo 1
La matemática que te está matando
POR QUÉ TU MEJOR AÑO
FIRMÓ TU SENTENCIA DE MUERTE
Necesito decirte algo que nadie más te va a decir.
Tu éxito te está matando.
Pensamos que son nuestros fracasos los que nos matan, y para muchos es cierto. Pero hay otra cosa que te mata y que no es obvia hasta que ataca: tu éxito. Ese año en que todo funcionó. Cuando los números subieron, el equipo creció, los ingresos se dispararon y todos celebraron. Ese año te escribió una fórmula que garantiza tu muerte, porque ese año te enseñó la lección equivocada.
Te enseñó que tu esfuerzo produce resultados. Que tu liderazgo impulsa el crecimiento. Que si tan solo trabajas más duro, empujas más lejos, sacrificas más, los números seguirán subiendo. Y lo harán. Por un tiempo. Hasta que dejen de hacerlo. Hasta que choques con la pared invisible, el techo que no puedes ver, el límite que no sabías que existía.
Y esta es la verdad brutal: ese techo eres tú.
Tú eres la limitación.
Tú eres el cuello de botella.
Tú eres la tapa.
No tu equipo. No tus recursos. No tu ubicación. No tu competencia. Tú. Tu capacidad, tu energía, tu tiempo, tu atención, tu ancho de banda. La suma tiene un techo, y ese techo es el que suma.
EL PASTOR QUE NO PODÍA PASAR DE 200
Vi a un pastor chocar con esta pared durante una década. Buen hombre. Fiel.
Amaba a su gente. Predicador sólido. Estancado en 200 durante diez años.
Me preguntaba una y otra vez: «¿Qué estoy haciendo mal? Estoy trabajando más duro que nunca. ¿Por qué no crecemos?».
Pasé tiempo con él. Lo vi trabajar. Vi el problema de inmediato: estaba haciendo el trabajo de diez personas. Predicar. Aconsejar. Visitar. Planificar. Dirigir la adoración. Llevar los programas. Arreglar el sistema de sonido. Responder cada correo. Atender cada llamada. No estaba pastoreando una iglesia: estaba dirigiendo un taller de explotación ministerial donde él era el único empleado.
Le dije la verdad: «Tú eres el problema. Lo estás haciendo todo. Y mientras lo hagas todo, te quedarás exactamente donde estás».
Se ofendió. «Pero esto es lo que hacen los pastores».
«No», le dije, «esto es lo que hacen los pastores de la suma. Y la suma siempre tiene un techo».
Doscientos era su techo porque esa es la cantidad de personas que una sola persona puede cuidar con eficacia mientras hace todo lo demás que él estaba haciendo. No podía romperlo porque él era la tapa.
Ojalá pudiera decirte que me escuchó. Ojalá pudiera decirte que cambió. No lo hizo. Lo último que supe es que sigue en 200: igual de agotado, preguntándose todavía por qué Dios no bendice su fidelidad con crecimiento.
Nunca fue un problema de fidelidad. Era un problema de matemática.
Suma: 1 + 1 + 1 + 1 + 1 = 5. No importa cuánto trabajes, no importa cuántas horas, no importa cuánto sacrifiques: sigues solo sumando. Y la suma tiene límites.
EL PASTOR DE CAMPUS QUE ROMPIÓ EL TECHO
Pero déjame contarte sobre Steve.
Steve fue uno de nuestros pastores de campus hace años. Brillante con la gente. Fantástico en el escenario. Todos lo querían. Pero su campus había chocado con un techo, y él no lograba entender por qué.
Durante dos años, insinué. Sugerí. Tuve conversaciones en las que tanteaba por los bordes, tratando de ayudarlo a ver lo que yo veía. Cada vez, él asentía y decía que entendía. Estaba de acuerdo con todo lo que yo dijera. Y luego nada cambiaba.
Mirando hacia atrás, ahora lo veo: estaba esquivando. No por rebeldía, sino por miedo. Temía el escrutinio. Temía el conflicto. Así que seguía dándome la razón para terminar la conversación, con la esperanza de que yo pasara a otra cosa.
Pasé meses tratando de diagnosticarlo a distancia. ¿Era flojo? ¿Era rebelde? ¿Simplemente no era capaz? Nada de eso encajaba. Steve trabajaba duro. No se me oponía. Y claramente tenía dones.
Finalmente, después de dos años, llegué a una conclusión: Steve no sabía cómo. Era brillante en el ministerio —conectar con la gente, predicar, el cuidado pastoral—, pero no sabía nada sobre construir. No sabía cómo desarrollar líderes. No sabía cómo crear sistemas. No sabía cómo multiplicar. Y como no sabía, no podía crecer. Su falta de progreso no era un problema de carácter. Era un problema de conocimiento.
Me di cuenta de que necesitaba una confrontación amable pero directa. No insinuaciones. No sugerencias. Verdad directa.
Estaba nervioso. Creo que todos merecen honestidad y la oportunidad de saber en qué se están quedando cortos para poder crecer, pero creerlo y hacerlo son dos cosas distintas. No quería aplastarlo. No quería que pensara que me había rendido con él.
Nos sentamos y pasé dos horas explicándole mi diagnóstico. Todo lo que había observado. Cada patrón que había notado. Cada brecha que podía ver. No me guardé nada.
Estuvo completamente de acuerdo. Hubo lágrimas. Pero también hubo alivio; podía sentirlo emanar de él. Durante dos años había sabido que algo andaba mal, pero no podía nombrarlo. Ahora todo estaba sobre la mesa. Yo no lo había rechazado. Le había dado claridad. Y yo también me sentí aliviado: por fin podía enseñarle directamente en vez de andar con rodeos.
Esa conversación lo cambió todo.
Con seguimientos regulares y coaching directo sobre cómo construir —no solo ministrar—, el crecimiento de Steve ha sido sencillamente increíble. La confianza, el liderazgo, la capacidad de desarrollar a otros y crear sistemas en lugar de solo cuidar a la gente. Su campus creció muchísimo. El impulso aumentó; el equipo se volvió un equipo fuerte. Los resultados fueron brillantes y tangibles.
Diagnóstico similar al del pastor estancado en 200. Respuesta distinta. Resultado distinto.
La matemática funciona. Pero solo si estás dispuesto a escuchar la verdad y cambiar la ecuación.
EL AÑO EN QUE CASI ME MATO SUMANDO
No estoy solo predicando teoría. Casi muero intentando demostrar lo contrario.
En 1995 tenía treinta y un años. Lideraba el ministerio de jóvenes y adultos jóvenes más grande de Australia. Más de mil jóvenes asistiendo y mil cuatrocientos jóvenes bajo nuestro cuidado. Diez miembros de personal. Cientos de líderes. Un crecimiento contundente durante cinco años.
Y yo vivía por suma.
El pensamiento de suma no solo limita tu crecimiento. Te entierra.
Dirigía este ministerio enorme como si fuera un grupo de conexión. Ochenta contactos personales cada semana. Predicando. Liderando. Fuera de casa seis noches a la semana. Cada vez que sentía que el peso me aplastaba, pensaba: Si tan solo le dedico unas horas más, voy a ponerme al día. Solo suma más. Trabaja más duro. Corre más rápido.
Y en 1995, no fue el ministerio el que colapsó.
Fui yo.
Burnout. Colapso físico y emocional total. La ecuación de la suma había llegado a su límite: Ashley más horas extra más esfuerzo extra es igual a cero.
Fue entonces cuando aprendí la verdad brutal: El pensamiento de suma no solo limita tu crecimiento. Te entierra.
Esto es lo que nadie me dijo a los veinte:
Trabajar más duro no es la respuesta. Multiplicar líderes sí lo es.
Hacer más no es la estrategia. Soltar a otros sí lo es.
Ser el héroe no es fidelidad. Formar héroes sí lo es.
Si pudiera volver a 1995 y hacerlo de nuevo, no trabajaría ochenta horas a la semana haciendo ochenta contactos personales. Trabajaría cuarenta horas a la semana desarrollando a diez líderes que pudieran hacer veinte contactos cada uno. Son doscientos contactos en vez de ochenta, y siguen multiplicándose. Eso es construir algo que te sobrevive en lugar de algo que muere cuando te vas.
El pastor estancado en 200 no cambió la ecuación. Steve sí. Yo aprendí por las malas —a través del burnout— que la ecuación tenía que cambiar o yo me iba a quebrar.
Lo que nos lleva a la matemática que sí funciona.
LA MATEMÁTICA DE LA MULTIPLICACIÓN
Déjame mostrarte la otra ecuación.
Multiplicación: 1 × 2 × 2 × 2 × 2 = 16. Luego 32. Luego 64. Luego 128. Luego explota. Porque la multiplicación no escala según tu capacidad: escala según la capacidad de ellos. Tú desarrollas líderes. Esos líderes desarrollan líderes. Esos líderes desarrollan líderes. Y de pronto has escapado de la prisión de tus propias limitaciones.
Esta es la pregunta que la mayoría pasa por alto: ¿preferirías tener un millón de dólares en efectivo hoy, o un centavo que se duplica cada día durante treinta días?
La mayoría toma el millón. Es inmediato, es seguro, es mucho dinero. Pero esto es lo que no ven:
Día 1: un centavo (0,01 $)
Día 10: 5,12 $
Día 20: 5242 $
¿Todavía por debajo del millón? Espera. Día 30: 10 737 418 $.
Ese es el poder de la multiplicación. Al principio es lento, dolorosamente lento. Miras tu centavo y piensas: Esto es ridículo. Pero si mantienes el rumbo, si confías en la matemática, si sigues multiplicando en vez de sumar, explota.
EL CUELLO DE BOTELLA SIEMPRE ERES TÚ
Esto es lo que finalmente entendí: En toda organización hay un cuello de botella. Y el 90 por ciento de las veces, ese cuello de botella es el líder.
¿Tú tomas todas las decisiones? Eres el cuello de botella.
¿Tú apruebas todo? Eres el cuello de botella.
¿Estás en todas las reuniones? Eres el cuello de botella.
¿Eres el único que tiene la visión? Eres el cuello de botella.
Y esta es la trampa: Cuanto mejor eres en lo que haces, peor se vuelve el cuello de botella. Porque todos aprenden a esperarte, a depender de ti, a necesitarte.
Tu competencia crea su incompetencia.
Tu disponibilidad crea su dependencia.
Tu heroísmo crea su impotencia.
Crees que estás sirviendo.
En realidad estás asfixiando.
LA AUDITORÍA DE LA SUMA
Antes de avanzar, necesitas diagnosticar si estás sumando o
multiplicando. Responde estas preguntas con honestidad:
1) Si mañana te tomaras un periodo sabático de tres meses, ¿tu organización seguiría creciendo o solo se mantendría?
2) ¿Estás trabajando más horas este año que el año pasado para producir los mismos resultados?
3) Cuando hay que tomar decisiones clave, ¿todos te esperan a ti?
4) Si eres honesto, ¿disfrutas más que te necesiten que desarrollar a otros?
5) ¿Cuántos líderes en tu organización pueden hacer lo que tú haces con un 80 por ciento de eficacia?
Si respondiste «se mantendría» a la pregunta uno, «sí» a las preguntas dos a cuatro y «menos de tres» a la pregunta cinco, estás en la trampa de la suma. La matemática que te está matando no es complicada. Simplemente estás usando la ecuación equivocada.
El siguiente capítulo te mostrará las tumbas que tuve que cavar antes de aprender estas lecciones del todo. Porque la matemática es simple. Vivirla es difícil. Y tengo las cicatrices para demostrarlo.
PUNTOS CLAVE
La ley:
La suma tiene un techo. Ese techo eres tú. Tu mejor año te enseñó
la lección equivocada: que tu esfuerzo produce resultados. Pero la verdad es
brutal: tú eres la limitación, el cuello de botella, la tapa. La suma
escala según tus limitaciones. La multiplicación escala según la capacidad de ellos. Yo
aprendí esto por las malas en 1995: el burnout casi me mata porque
vivía por suma.
El cambio:
Deja de sumar. Empieza a multiplicar. El centavo que se duplica durante treinta días
le gana a un millón de dólares en efectivo, pero solo si confías en la matemática y mantienes
el rumbo. Desarrolla líderes que desarrollen líderes que desarrollen líderes.
Escapa de la prisión de tus propias limitaciones.
La auditoría:
Si no puedes ausentarte tres meses sin que las cosas se estanquen, si estás
trabajando más duro por los mismos resultados, si todos te esperan, si
menos de tres personas pueden hacer lo que tú haces, estás atrapado en
la suma. La matemática no es complicada. Simplemente estás usando la ecuación
equivocada.
Capítulo 2
El cementerio de la multiplicación
CINCO TUMBAS QUE CAVÉ CON MIS PROPIAS MANOS
Detrás de todo ministerio próspero hay un cementerio.
Ven conmigo. Necesito mostrarte las tumbas antes de que confíes en la gloria.
No confío en los líderes que solo me muestran sus victorias. Instagram está lleno de resúmenes de mejores momentos: éxito retocado, fe con filtro. El liderazgo real tiene cicatrices. Y yo tengo muchas.
Ya has caminado conmigo por dos tumbas. En la introducción me viste enterrar una iglesia plantada en el lado equivocado de la ciudad porque confundí compasión con sabiduría. En el capítulo 1 me viste colapsar en 1995 porque construí un monumento a mi propia indispensabilidad en lugar de un movimiento que pudiera sobrevivir sin mí.
Esas tumbas me enseñaron que el pensamiento de suma te entierra, y que las buenas intenciones no vencen a una mala estrategia.
Ahora déjame mostrarte cinco más.
Cinco monumentos a mi propia necedad, impaciencia y orgullo. Cinco lecciones escritas en el fracaso. Cada tumba me enseñó algo, y ahora te lo enseño a ti para que no tengas que enterrar lo que yo enterré.
TUMBA #1: EL JUDAS
Esta casi me destruye.
Año siete de nuestra iglesia plantada. Nos habíamos multiplicado cinco veces en apenas unos años. El impulso era eléctrico. Y entonces uno de mis líderes más cercanos decidió que quería lo que yo tenía. No a mi lado. En mi lugar.
Empezó a reunirse con el personal en privado, sembrando semillas de duda, armando su propia coalición, preparando una división. Cuando lo confronté, lo negó todo. Cuando la evidencia se volvió innegable, me culpó a mí: yo era demasiado controlador, demasiado dominante, demasiado reacio a compartir el liderazgo.
Jane me había advertido sobre él meses antes. Ella vio lo que yo me negaba a ver. «Algo no está bien con él», me dijo. «Se está posicionando. Fíjate cómo habla de ti cuando cree que no estás escuchando».
La ignoré. Él me caía bien. Sabía cómo halagarme, y yo caí. Me decía que yo era el mejor líder bajo el cual había servido, que estaba aprendiendo muchísimo, que no se imaginaba en ningún otro lugar. Y yo le creía, porque quería creerle.
La división fue devastadora.
Fue un terremoto silencioso que arrancó a personas de la «mejor» iglesia en la que habían estado. Unas 200 personas se fueron con él a lo largo de nueve meses, y otras cien simplemente se fueron.
Mi frustración no era solo por haber sido traicionado. Era saber que las personas que se fueron con él también serían traicionadas —por él, con el tiempo— y que muchas perderían la fe por completo. Y eso fue exactamente lo que pasó. En un par de años, la gente empezó a despertar y a ver la manipulación, y al final casi todos se fueron. La mayoría de las familias que se fueron con él nunca volvieron a asistir a otra iglesia. Algunos vinieron a pedirme perdón por haber caído, incluido un pastor que él había contratado.
La adulación te ciega.
El discernimiento te salva.
Un día, unos meses después de la división, Dios me habló: Jesús también tuvo un Judas. Y la pregunta no era si yo había sido traicionado. La pregunta era: Ashley, ¿puedes levantarte otra vez? Jesús fue traicionado y asesinado, pero resucitó. Todo líder debe aprender a levantarse otra vez.
Esa noche lo cambió todo. Me di cuenta de que había permitido que se instalara una mala cultura sin confrontarla. Había dejado que su rebeldía diluyera mis convicciones. Había estado invirtiendo en carisma en lugar de enseñabilidad porque había resultados. Me había impresionado el talento en lugar de probar la fidelidad.
La lápida dice: «Aquí yace el que se veía bien pero no era bueno. El potencial sin carácter es veneno».
No todo el que quiere liderar debería liderar. No todo el que puede predicar debería plantar. No todo el que tiene un don tiene el carácter para llevarlo. La multiplicación sin discernimiento no crea líderes: crea desastres.
Aprendí durante esa temporada dolorosa que escuchar a Jane y a las personas de mi equipo con el don de discernimiento era la clave para evitar estos errores. La adulación te ciega. El discernimiento te salva.
TUMBA #2: EL COMPLEJO DE SALVADOR
Siempre he creído en la gente. A veces demasiado.
Con los años, desarrollé lo que solo puedo llamar un complejo de salvador. Cuando un miembro del personal empezaba a desviarse —llegar tarde, incumplir plazos, retraerse emocionalmente—, yo no lo abordaba directamente. Trataba de salvarlo. Pensaba que si tan solo le hablaba de la manera correcta, lo empujaba con suavidad, razonaba con él con paciencia, volvería al camino. Recordaría por qué empezó. Se volvería a comprometer.
Así que tenía reuniones de café. Largas conversaciones pastorales. Ajustaba su carga de trabajo, le daba gracia, le creaba espacio para que «volviera a encontrarse». Era infinitamente paciente, infinitamente esperanzado, infinitamente convencido de que mi lealtad sería recompensada con su transformación.
Casi nunca funcionó.
Uno de mis pastores me dijo algo hace años que ojalá hubiera escuchado antes: «Mejor un reventón que un desinflado lento».
Tenía razón. Cuando miro hacia atrás a lo largo de los años, a los miembros del personal que se volvieron casos terminales —aquellos cuyo corazón ya se había ido aunque su cuerpo seguía apareciendo—, el 90 por ciento de ellos terminó dejando la organización de todos modos. Todos mis cafés, conversaciones y paciencia no cambiaron el resultado. Solo lo retrasaron. Y en ese retraso, desperdicié cantidades enormes de tiempo y energía que debí haber invertido en personas que sí iban a alguna parte.
El desinflado lento es peor que el reventón. Un reventón es doloroso, pero es claro. Todos saben qué pasó. Haces duelo, te ajustas, sigues adelante. Un desinflado lento envenena la cultura durante meses, a veces años. El resto del personal ve a alguien ir en piloto automático. Ven el doble estándar. Se preguntan por qué el liderazgo lo tolera. La moral se erosiona. La confianza se erosiona. Y para cuando la persona finalmente se va, el daño se ha extendido mucho más allá de ella.
Mi complejo de salvador no era compasión. Era exceso de confianza disfrazado de bondad. Quería creer que podían ser redimidos. Así que seguí tratando de salvar a personas que ya habían tomado una decisión en su corazón.
La lápida dice: «Aquí yace el tiempo desperdiciado tratando de retener a personas que ya se habían ido. La lealtad a las personas equivocadas es deslealtad hacia las correctas».
No puedes multiplicar a alguien que ya se desconectó mentalmente. Y cada hora que pasas tratando de resucitar a alguien que no quiere ser resucitado es una hora robada a alguien que tiene hambre de crecer.
TUMBA #3: OCHO AÑOS DESPERDICIADOS
Esta es completamente culpa mía.
Un joven pastor talentoso. Carismático. Podía predicar. Podía liderar. Todos lo querían. Invertí ocho años en él: coaching, mentoría, corrección, fe, esperanza, espera. Nada cambió.
Era inenseñable. No porque fuera rebelde, sino porque ya lo sabía todo.
Cada vez que lo corregía, tenía una explicación. Cada vez que lo desafiaba, tenía una excusa. Cada vez que le señalaba un patrón, desviaba el tema. Podía justificar cualquier cosa. Y como era inteligente y elocuente, sus explicaciones siempre sonaban razonables en el momento.
Las señales estaban ahí en el año uno. Pero las ignoré porque veía su potencial. Creía en sus dones. Quería que tuviera éxito. Así que seguí invirtiendo, seguí esperando, seguí aguardando un avance que nunca llegó.
Jane me preguntó en el año dos: «¿Hasta cuándo lo vas a cargar?». No la
escuché.
Ocho años después, finalmente lo dejé ir. Y en seis meses estaba completamente fuera del ministerio. Ocho años de inversión, perdidos. Ocho años que pudieron haberse derramado en alguien enseñable, alguien con hambre, alguien que habría multiplicado lo que le di.
La lápida dice: «Aquí yacen ocho años que debieron invertirse en los enseñables. El potencial sin enseñabilidad es una trampa».
No puedes multiplicar a personas inenseñables. Solo puedes agotarte intentándolo. Las señales tempranas importan. Si alguien no puede recibir corrección en el mes tres, no la recibirá en el año tres. No desperdicies tus mejores años en líderes que no pueden aprender.
TUMBA #4: DELEGAR EN LAS PERSONAS EQUIVOCADAS
Me encanta desarrollar a otros. No necesito llevarme el crédito por cada victoria.
De verdad quiero que mis pastores brillen, crezcan, sean los héroes en sus
propios departamentos.
Pero esta fortaleza se convirtió en debilidad cuando empecé a delegar las cosas equivocadas en las personas equivocadas.
Esto es lo que solía hacer. Cuando un miembro del personal merecía un aumento o un ascenso, yo tomaba la decisión, pero luego delegaba el anuncio en su supervisor directo. Quería que el pastor a cargo de esa área se llevara el crédito. Quería que tuviera la victoria relacional. Lo mismo con la disciplina. Si un miembro del personal necesitaba corrección, lo hablaba con su pastor, acordábamos el enfoque y luego dejaba que él entregara el mensaje.
Suena a buena delegación, ¿verdad? Empoderar al liderazgo intermedio. No meterse en los detalles.
Me salió el tiro por la culata de manera catastrófica.
Una y otra vez descubrí que el mensajero en quien delegaba o se robaba el crédito o desviaba la culpa. Cuando era una buena noticia —un ascenso, un aumento, una nueva oportunidad—, el pastor la presentaba como fruto de su propia gestión: «Llevo meses recomendando esto al liderazgo. Por fin logré que vieran lo que yo he visto desde el principio». Mi papel quedaba disminuido. El suyo, inflado. El miembro del personal se iba pensando que su supervisor directo era su defensor, y que yo era el obstáculo al que había que convencer.
Cuando era una mala noticia, pasaba lo contrario. El pastor se posicionaba como el mensajero reticente: «El liderazgo ha decidido...» o «Ashley siente que...». De pronto, yo era la figura de autoridad sin rostro que imponía disciplina, y ellos eran el amortiguador compasivo que protegía a su personal de mí.
No me di cuenta de cuánto daño estaba causando esto hasta una entrevista de salida años después. Un pastor al que yo había ascendido, en quien había invertido y a quien yo mismo había respaldado se iba por otra oportunidad. En nuestra última conversación habló de cuánto había disfrutado trabajar con nosotros, y luego dijo: «Todo se lo debo al pastor Fulano, que vio algo en mí desde el principio, que peleó por mí, que creyó en mí cuando nadie más lo hacía».
Me quedé ahí, atónito. Todo lo que acababa de atribuirle a ese pastor había sido obra mía. Mi pensamiento. Mi fe en él. Yo había tomado cada una de esas decisiones. Y ahí estaba él, yéndose, en parte porque pensaba que yo no lo valoraba. La misma persona por la que yo había peleado pensaba que me era indiferente, porque yo había dejado que otro entregara cada buena noticia.
También he tenido pastores que vienen a hablarme de su personal, logran que yo apruebe una conversación correctiva y luego van y le dicen al miembro del personal que yo estaba enojado con él para conseguir los resultados que querían pero que tenían miedo de pedir, creando temor y distancia entre personas que de verdad me importaban y yo.
La lápida dice: «Aquí yacen el crédito que fue robado y la culpa que fue desviada. Delegar sin presencia es abandonar».
Ya no permito que otros entreguen buenas noticias importantes sin que yo esté en la sala. Ya no permito que otros apliquen disciplina en mi nombre sin que yo esté presente. Si yo tomé la decisión, yo asumo la entrega. Mis pastores pueden estar en la sala, pero ya no hablan por mí. Hablan conmigo.
TUMBA #5: EL ÉXODO
Esta tumba es diferente. Porque no fue exactamente un fracaso: fue
un filtro. Pero en su momento sin duda se sintió como un fracaso.
En 2006 le dije a mi equipo de liderazgo senior que me iba a Estados Unidos. Aquí va una advertencia para los líderes: Compartí una idea. No compartí la estrategia. Gran diferencia.
En los dos años siguientes, todos se fueron. Excepto uno. Y luego él también se fue.
Sin la estrategia, la idea se convierte en una amenaza.
De 2007 a 2009, Jane y yo pasamos por una poda seria. Se sintió como pérdida. Habíamos invertido en esos líderes con cuidado, creído en ellos, construido con ellos, solo para verlos marcharse.
Pero Dios me mostró algo: nunca compartas una gran idea sin compartir la estrategia. La mayoría de las personas no puede procesar grandes ideas de forma aislada. Oyen «Estados Unidos» y piensan: abandono. Oyen «expansión» y piensan: me están dejando atrás. Sin la estrategia, la idea se convierte en una amenaza.
Al mirar atrás ahora, me doy cuenta de que Dios estaba cambiando el modelo de la iglesia, y estos grandes hombres, que hoy están haciendo cosas asombrosas para Dios, eran parte de un modelo viejo. Su partida permitió que surgiera un nuevo equipo de líderes jóvenes que entendían y creían en el nuevo modelo. Desde entonces, nuestra iglesia se ha multiplicado por tres. ¿Y los líderes que se fueron? También están floreciendo, liderando iglesias realmente grandes y prósperas.
La lápida dice: «Aquí yacen los que fueron podados, y están dando fruto».
La multiplicación siempre te costará algunas personas, porque la multiplicación exige muerte, y no todos están dispuestos a morir. Los que se van no son tu problema. Te aclaran el panorama. No estás construyendo para todos. Estás construyendo para los que pueden ver lo que tú ves y están dispuestos a morir para verlo multiplicado.
Cada tumba me enseñó algo.
Tumba #1: El carácter importa más que el talento.
Tumba #2: La lealtad a las personas equivocadas es deslealtad hacia las correctas.
Tumba #3: Las personas inenseñables no pueden ser multiplicadas.
Tumba #4: Delegar sin presencia es abandonar.
Tumba #5: La poda es necesaria para la multiplicación.
Estas no son teorías. Son cicatrices.
Jane y yo hemos enterrado sueños. Hemos fracasado estrepitosamente. Hemos cometido errores que costaron años, recursos y relaciones. Pero cada tumba se convirtió en maestra. Y ahora te enseño a ti para que no tengas que aprender lo que yo aprendí por las malas.
Estás a punto de leer capítulos sobre cómo multiplicar, cómo construir legado, cómo crear movimientos que te sobrevivan. Pero antes de hacerlo, necesitaba que vieras las tumbas. Porque la gloria sin las tumbas es solo propaganda. La multiplicación sin los errores es solo Instagram. Y no nos interesa venderte una fantasía.
Nos interesa darte un plan: construido sobre el fracaso, refinado a través del dolor, probado a lo largo de décadas.
LA AUDITORÍA DEL CEMENTERIO
Antes de seguir adelante, necesitas auditar tu propio cementerio. Todo líder
tiene tumbas. La pregunta es: ¿Qué te están enseñando?
1) ¿Cuál es el error de liderazgo más costoso que has cometido? Escríbelo. No lo maquilles. ¿Qué te costó en tiempo, recursos, relaciones?
2) ¿Alguien te advirtió antes de que ocurriera? Si sí, ¿escuchaste? Si no, ¿tienes personas con discernimiento en tu equipo?
3) ¿Estás repitiendo algún patrón de tus tumbas? ¿Decir que sí por compasión? ¿Invertir en personas inenseñables? ¿Tratar de salvar a personas que ya se fueron en su corazón? ¿Delegar en otros el crédito y la culpa?
4) ¿En quién estás invirtiendo actualmente que muestra señales de alerta tempranas? ¿Inenseñabilidad? ¿Problemas de carácter? ¿Desconexión mental? ¿Posicionamiento para obtener poder?
5) Si pudieras volver atrás, ¿qué harías diferente? Ahora haz eso con tus decisiones actuales.
Las tumbas no están ahí para atormentarte. Están ahí para enseñarte. Aprende la lección. Luego lidera diferente.
PUNTOS CLAVE
La ley:
Detrás de todo ministerio próspero hay un cementerio. Cinco tumbas enseñan cinco
lecciones: el Judas enseñó que el carácter importa más que el talento. El
complejo de salvador enseñó que la lealtad a las personas equivocadas es deslealtad
hacia las correctas. El inenseñable enseñó que el potencial sin
enseñabilidad es una trampa. Delegar en las personas equivocadas enseñó que
delegar sin presencia es abandonar. El éxodo enseñó que
la poda es necesaria para la multiplicación. Estas no son teorías.
Son cicatrices.
El cambio:
La gloria sin las tumbas es solo propaganda. Deja de invertir en
carisma por encima de la enseñabilidad. Deja de decir que sí por compasión cuando
la sabiduría dice que no. Deja de tratar de salvar a personas que ya se fueron en
su corazón. Deja de delegar el crédito a otros y la culpa a ti mismo.
Deja de confundir poda con fracaso. Las tumbas no están ahí para
atormentarte. Están ahí para enseñarte.
La auditoría:
Haz la auditoría del cementerio. ¿Cuál es tu error más costoso? ¿Alguien
te advirtió? ¿Estás repitiendo patrones? ¿Quién muestra señales de alerta tempranas
ahora mismo? ¿Qué harías diferente si pudieras volver atrás? Ahora haz
eso con tus decisiones actuales. Aprende la lección. Luego lidera
diferente.
Capítulo 3
El líder que no ve
POR QUÉ LA MAYORÍA DE LOS LÍDERES
NO VEN LO QUE TIENEN JUSTO ENFRENTE
La vi al otro lado del salón. Una adolescente joven y chispeante. Llena de vida
y de gozo.
Sin título de Harvard. Sin talento evidente. Sin habilidades desarrolladas. Pero tenía lo que yo llamo «patas de cachorro».
¿Sabes cuando ves un cachorro con las patas demasiado grandes? Esas patas te dicen algo: este animal va a crecer hasta convertirse en algo grande. Janine tenía patas de cachorro. Tenía capacidad esperando ser desarrollada, un potencial que no era obvio para nadie más.
Así que la invité a uno de mis cursos de capacitación. Y la vi convertirse en una esponja. Absorbía todo, tomaba notas, hacía preguntas, aplicaba de inmediato.
Era como el bambú. Si alguna vez has visto crecer el bambú, sabes que durante los primeros cuatro años no pasa nada visible. Parece muerto. Lo riegas, lo abonas, esperas. Y nada. ¿Pero bajo tierra? El sistema de raíces se está extendiendo, ganando fuerza, preparándose para lo que viene. Entonces, en el quinto año, el bambú explota: crece hasta casi 30 metros en seis semanas.
Esa era Janine. Durante años se desarrolló en silencio. Líder de grupo pequeño. Directora de ministerio. Miembro del equipo de campus. Nada llamativo.
Nada digno de titulares.
Entonces le dimos un campus.
Un mes después, el COVID paralizó el mundo. Y no solo eso: el pastor de campus anterior se había ido y se había llevado a unas cuantas decenas de personas con él. Heredó un éxodo y una pandemia en sus primeros treinta días.
La mayoría de los líderes se habrían derrumbado. La mayoría se habría conformado con sobrevivir.
Janine no sobrevivió. Se multiplicó.
Esto es lo que hizo. Primero, se apoyó con fuerza en sus mentores. Su pastor de centro regional (hub), Josh, caminó con ella en medio del caos de la gente que se iba, la ayudó con sistemas y organización, la respaldó cuando lo necesitó y la ayudó a procesar el dolor sin quedar paralizada por él. No intentó ser una heroína. Se mantuvo conectada a personas que podían derramar en ella mientras ella se derramaba en otros.
Segundo, giró rápido. A una semana de los confinamientos, su campus ya estaba en Zoom. Hoy suena normal, pero en marzo de 2020 la mayoría de las iglesias todavía estaba averiguando qué era Zoom. Nosotros íbamos adelantados gracias a nuestras comunicaciones internacionales semanales: llevábamos años usando videoconferencia. Janine no dudó. Tomó la herramienta y corrió.
Pero esto es lo que realmente la distinguió: sus mayores fortalezas no son estratégicas. Son espirituales y relacionales. Janine es una mujer de oración y fe extraordinarias, combinadas con una personalidad natural que atrae a la gente. No se multiplicó mediante sistemas ingeniosos. Se multiplicó mediante presencia, oración y un amor genuino por las personas.
Cinco años después, ese campus se ha duplicado. No a pesar de la pandemia y de la partida, sino a través de ellas. Las mismas cosas que debieron haber matado al campus se convirtieron en la tierra para la multiplicación.
Porque Janine tenía algo que no se puede enseñar: tenía llamado, era enseñable, tenía tenacidad.
Esa historia demuestra que puedo ver el potencial cuando miro como debo. Lo cual hace que mi siguiente historia sea aún más dolorosa.
EL COMUNICADOR PRINCIPAL QUE NO TENÍA LLAMADO
Lo vi en el salón y lo supe de inmediato. Creativo. Dinámico. Una habilidad
única.
Necesitábamos a alguien que liderara nuestros servicios de los domingos por la noche, un programa creativo de alcance que se realizaba los domingos en la noche con más de mil personas asistiendo. Alta visibilidad. Mucho en juego. La plataforma perfecta para alguien con su talento. Era perfecto para el rol. Así que lo puse ahí.
A los tres meses teníamos problemas. Yo estaba haciendo todo el trabajo. Él iba en piloto automático.
A los tres meses le pregunté cómo se estaba desarrollando el equipo. Dijo: «Genial». Le pregunté en quién estaba invirtiendo personalmente. Silencio. Luego: «Me he enfocado en la parte de la predicación».
Esa fue la señal delatora. Quería la plataforma. No quería a la gente.
Nueve meses después, se fue. Sigue siendo supertalentoso. Sigue siendo creativo. Sigue siendo dinámico. Solo que ya no en el ministerio.
Y todavía me pregunto: ¿Qué se me pasó?
Era perfecto para el rol. Pero es obvio que no tenía el llamado a construir y liderar.
Déjame ser claro en algo: No creo que puedas ser llamado a predicar sin ser llamado a construir. Toda la gloria de Dios en Éxodo fue un plan de construcción: Dios no solo le dio a Moisés un mensaje; le dio un diseño para el tabernáculo. Le dio el modelo de los primeros sistemas de salud pública y de justicia, y de todos los sistemas necesarios para construir una nación. La señal máxima de la presencia de Dios fue la impartición de cómo construir. El mandato de Jesús no fue solo «prediquen el evangelio». Fue «hagan discípulos», y hacer discípulos es construir. Si quieres la plataforma sin la gente, no has entendido lo que realmente significa el llamado.
El llamado no es talento. El llamado es convicción. Es lo que te mantiene en el juego cuando el juego deja de ser divertido. Es lo que hizo que Janine atravesara una pandemia y un éxodo en su primer mes en vez de renunciar. Él tenía habilidad. No tenía ancla.
Los líderes que deberían tener la visión más aguda para el potencial
suelen ser los más ciegos a él.
Esto es lo que lo empeoró. Yo sabía que esto podía pasar. Porque en cuarenta años he aprendido algo: Cuando consulto a los que ven en mi equipo, las personas con discernimiento que ven debajo de la superficie, no cometo errores. Pero esta vez no les pregunté.
¿Por qué? Impaciencia. Y porque creo en todo el mundo. Suena noble. No lo es. Es ceguera disfrazada de fe.
Jane lo vio en la primera reunión. Después me preguntó: «¿Notaste que nunca hizo una sola pregunta sobre la misión? Solo sobre la plataforma».
Lo dejé pasar. Miré su talento. No miré a fondo sus convicciones. Vi lo que podía hacer. No vi lo que quería. Yo evalué competencia. Dios evalúa llamado.
Nueve meses de frustración. Un programa de mil personas que cojeaba en vez de multiplicarse. Un rol que tuve que arreglar después de que se fue. Porque yo estaba ciego.
Este es el problema: los líderes que deberían tener la visión más aguda para el potencial suelen ser los más ciegos a él.
La experiencia, cuando no se examina, engendra suposiciones. Los años de liderazgo, sin calibrar, se calcifican en fórmulas rígidas. El éxito, sin humildad, excava puntos ciegos peligrosos. Y esos puntos ciegos hacen que pases de largo junto a las mismas personas que Dios preparó para llevar tu legado adelante.
Esa es la paradoja del líder que no ve: cuanto más crees que puedes ver, más seguro es que se te escape algo.
Vi a Janine porque ese día estaba mirando con los ojos correctos. Al comunicador principal no lo vi porque estaba mirando con los equivocados. El mismo líder. La misma experiencia. El mismo discernimiento disponible. Resultados distintos.
¿Qué marcó la diferencia?
DONDE APRENDÍ A VER
Pasé los primeros seis años de mi vida siendo el único niño blanco en
mil kilómetros a la redonda.
Crecer en la cultura tribal negra de Papúa Nueva Guinea me marcó de muchas maneras profundas. Aprendí que el Reino no es monocultural. Aprendí que si solo ves a líderes que se ven como tú, hablan como tú y vienen de donde tú vienes, te perderás la mayor parte de lo que Dios está haciendo.
Esa infancia moldeó mi manera de ver a las personas. Cuando Jane y yo plantamos nuestro primer campus, sabíamos lo que estábamos construyendo: una iglesia que representa el cielo ahora, no solo después. No estamos esperando a que Apocalipsis 7:9 —«de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas»— ocurra en la eternidad. Lo estamos intentando en tiempo real.
Futures Church tiene hoy veintiún campus en cuatro países. En muchos de nuestros campus, las personas blancas son minoría. Servimos a comunidades asiáticas, comunidades latinas, comunidades africanas, familias de Medio Oriente, familias de las islas del Pacífico. Realizamos servicios en varios idiomas. Nuestra diversidad económica va desde estudiantes universitarios hasta inmigrantes de clase trabajadora y profesionales.
Esto importa porque me obligó a desarrollar otros ojos. No podía depender de los indicadores habituales. Tuve que aprender a ver patas de cachorro en personas que no encajaban en ninguna fórmula que me hubieran dado.
Por eso vi a Janine. Joven, llena de energía, sin credenciales; pero yo no estaba buscando credenciales. Estaba buscando capacidad. Estaba buscando llamado. Estaba buscando patas de cachorro.
Y por eso no vi al comunicador principal. Dejé de mirar con esos ojos. Vi su talento y di por sentado el resto. Dejé que su presencia en la plataforma me cegara a su corazón.
La diferencia no fue mi experiencia. Fueron los ojos que estaba usando.
LAS CUATRO CEGUERAS
A lo largo de cuarenta años he identificado cuatro cegueras específicas
que hacen que los líderes pierdan a sus mejores personas. He sido culpable de las
cuatro.
Ceguera #1: La visión en tiempo pasado. Es cuando ves la historia de alguien en lugar de su potencial. Estás tan fijado en lo que fue que no puedes ver lo que podría ser. Yo lo he hecho: lloré al líder que se fue, comparé a cada candidato nuevo con la vieja guardia, vi el éxito de ayer como el requisito de mañana. Tu apego al ayer no es nostalgia. Es ceguera al mañana. Dios no espera a que termines tu duelo. Ya está preparando al reemplazo.
¿Puedes verlos? ¿O la visión en tiempo pasado te está haciendo perder a tu próximo
multiplicador?
Ceguera #2: La visión por lista. Es cuando tienes una lista mental de cómo «debería» verse un líder. Título de seminario. Habilidad para hablar en público. Cierto tipo de personalidad. Currículum impresionante. Los contactos correctos. Pero la lista de Dios se ve distinta. Moisés tartamudeaba. Gedeón se escondía. Pedro negó. Pablo persiguió. Ninguno de ellos entraba en la lista de «líder calificado». Y sin embargo, Dios los escogió. Este es el problema más profundo: la familiaridad engendra ceguera. ¿Cuántas veces he pasado por alto a alguien porque lo conocía demasiado bien? Veía sus defectos. Recordaba sus fracasos. Conocía su historia. Y no vi su llamado. Tu lista es demasiado pequeña. Tírala.
Ceguera #3: La visión por fórmula. Esta es la que me atrapó con el comunicador principal. Yo tenía una fórmula de cómo se veía el éxito en ese rol. ¿Creativo? Listo. ¿Dinámico? Listo. ¿Habilidad única? Listo. Encajaba perfectamente en la fórmula. Así que no miré más a fondo. No pregunté: ¿tiene convicción? ¿Está llamado o solo es capaz? ¿Quiere esta visión o su visión? Di por hecho que, como encajaba en mi fórmula, tendría éxito. El hombre mira lo que está delante de sus ojos. Dios mira el corazón (1 Samuel 16:7). Tú mides carisma; Dios mide carácter. Tú cuentas credenciales; Dios cuenta fidelidad. Tú evalúas competencia; Dios evalúa llamado. La persona que más se parece a un líder a menudo no lo es. Tu fórmula puede ser tu mayor punto ciego.
Ceguera #4: La visión impaciente. Es cuando quieres líderes ya desarrollados, ahora. Lo hice con el comunicador principal. Necesitábamos a alguien. Él estaba disponible. Se veía bien. No esperé. No probé. No escuché a los que ven en mi equipo. Fui impaciente. La visión impaciente hace que tomes a quien esté disponible en vez de encontrar al mejor: llenar puestos en vez de formar personas, contratar por rapidez en vez de seleccionar para la multiplicación. Pero la multiplicación es un trabajo paciente.
El descubrimiento toma tiempo. Las pruebas toman meses. El desarrollo toma años.
No hay atajos. El costo de la impaciencia es exponencial.
Así que responde con honestidad: ¿qué ceguera te está matando?
1) Visión en tiempo pasado: ¿Sigues comparando a cada candidato con alguien que se fue? ¿Te sorprendes diciendo «no son como [nombre]» más de una vez al mes?
2) Visión por lista: ¿Has pasado por alto a alguien en el último año porque no tenía el trasfondo «correcto», aunque algo en esa persona no dejaba de inquietarte?
3) Visión por fórmula: ¿Cuándo fue la última vez que ascendiste a alguien que te sorprendió? Si todos los que elevas encajan en el mismo perfil, tu fórmula está al mando.
4) Visión impaciente: ¿Tus últimas tres contrataciones ocurrieron porque «necesitabas a alguien ya»? ¿Cuántas siguen contigo?
Tu ceguera principal es la que te puso a la defensiva hace un momento.
EL PROFETA QUE CASI PASA POR ALTO AL REY
Incluso Samuel, el profeta, casi comete los mismos errores.
Primera de Samuel 16. Dios envía a Samuel a la casa de Isaí para ungir al próximo rey. Pero Samuel llega ciego.
Visión en tiempo pasado: Dios tiene que confrontarlo primero. «¿Hasta cuándo llorarás a Saúl?» (v. 1). Samuel estaba tan fijado en el rey que había fallado que no podía ver al rey que Dios estaba preparando.
Visión por fórmula: Entra Eliab. Alto. Imponente. Con porte de rey. El diálogo interno de Samuel: Seguramente este es. Se veía exactamente como Saúl. La misma fórmula. Las mismas suposiciones. Dios lo interrumpió: «No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura... porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (v. 7).
El profeta —el que habla con Dios— estuvo a punto de ungir al rey equivocado.
Visión por lista: Isaí ni siquiera llamó a David del campo. ¿Por qué? David no estaba en la lista. No tenía la edad suficiente. No tenía suficiente experiencia. No estaba suficientemente probado. Isaí conocía a David demasiado bien. Esa familiaridad hizo imposible ver su grandeza (v. 11).
Visión impaciente: Samuel soportó siete rechazos antes de hacer la pregunta correcta. Siete hijos. Siete «este no». Siete falsos comienzos. La mayoría de los líderes se rinde en el hijo número cuatro. Se conforman con Eliab solo para terminar. Pero Samuel se mantuvo firme a través de siete decepciones (vv. 6-11). Y entonces preguntó: «¿Son estos todos tus hijos?» (v. 11). Esa pregunta encontró al rey.
David estaba en el campo. Invisible para todos excepto para Dios. Y la única razón por la que Samuel lo encontró fue que siguió preguntando cuando cualquier otro se habría conformado (1 Samuel 16:1-13).
LA PREGUNTA QUE LO CAMBIA TODO
«¿Son estos todos tus hijos?»
Esa es la pregunta que los líderes que no ven nunca hacen. Ven a los candidatos obvios y dejan de buscar. Evalúan a las personas que están en el salón y pierden a la que está en el campo. Se conforman con Eliab porque David no está en su lista.
No puedes curar tu ceguera solo. Por eso Dios te dio a los que ven.
Casi paso por alto a Janine. Joven. Apasionada. Sin credenciales. Nada en el papel que dijera «futura pastora de campus». Pero hice la pregunta. Miré más allá de los candidatos obvios. Vi las patas de cachorro.
Al comunicador principal no lo vi porque no hice la pregunta. Vi su talento y dejé de mirar más a fondo. Evalué si encajaba en la plataforma y no vi el corazón.
El mismo líder. Preguntas distintas. Resultados opuestos.
No puedes curar tu ceguera solo. Por eso Dios te dio a los que ven.
Todo equipo los tiene. Personas con discernimiento. Personas que ven debajo de la superficie. Personas que notan lo que a ti se te pasa.
Jane es una de los que ven en mi vida. Vio el corazón del comunicador principal en la primera reunión. Yo lo dejé pasar. Ella ha visto a docenas de personas en las que yo estaba listo para invertir y ha dicho en voz baja: «Este no». Cuando la escucho, no cometo errores. Cuando no, entierro años en las inversiones equivocadas.
Encuentra a los que ven. Consúltalos antes de comprometerte.
LAS TRES PREGUNTAS PARA LOS QUE VEN
Antes de comprometerte con cualquier inversión de liderazgo significativa, pregúntale a alguien con discernimiento:
1) «¿Qué ves en esa persona que a mí se me puede estar pasando?». Esto saca a la luz tanto el potencial como las señales de alerta.
2) «¿Qué preguntas hizo?». La observación de Jane sobre el comunicador principal: «Nunca preguntó por la misión. Solo por la plataforma». Las preguntas que la gente hace revelan lo que realmente quiere.
3) «¿Le confiarías tu equipo?». No «¿tiene talento?». ¿Le entregarías a tu gente? Esa pregunta lo atraviesa todo.
Y haz la pregunta que hizo Samuel: «¿Son estos todos tus hijos?».
Porque en algún lugar hay una Janine. Una futura multiplicadora disfrazada de adolescente llena de energía con patas de cachorro. Una líder que heredará una pandemia y un éxodo en su primer mes y de todos modos duplicará el campus.
No la encontrarás en tu lista. No la detectarás con tu fórmula. No la descubrirás si tienes prisa.
¿Pero si haces la pregunta correcta? ¿Si miras con los ojos correctos? ¿Si consultas a los que ven y te mantienes paciente a través de siete decepciones?
Encontrarás a tu David.
Y David no solo lidera. David multiplica.
PUNTOS CLAVE
La ley:
Los líderes que deberían tener la visión más aguda para el potencial suelen
ser los más ciegos a él. La experiencia engendra suposiciones. El éxito
excava puntos ciegos peligrosos. Cuatro cegueras hacen que
pierdas a tus mejores personas: la visión en tiempo pasado (fijarte en lo que fue),
la visión por lista (juzgar por credenciales, no por llamado), la visión por
fórmula (marcar casillas en vez de mirar corazones) y la visión impaciente
(elegir la urgencia por encima del discernimiento). Janine tenía patas de
cachorro: capacidad esperando ser desarrollada. El comunicador principal tenía talento pero
no llamado. El mismo líder, ojos distintos, resultados opuestos.
El cambio:
Deja de confiar solo en tus ojos. Encuentra a los que ven: personas con
discernimiento que ven debajo de la superficie. Consúltalos antes de
comprometerte. Haz la pregunta de Samuel: «¿Son estos todos tus hijos?». Busca
patas de cachorro, no currículums. Busca llamado, no solo competencia.
Busca convicción, no solo capacidad. La persona que más se parece
a un líder a menudo no lo es. Tu fórmula puede ser tu mayor punto
ciego.
La auditoría:
Antes de comprometerte con cualquier inversión de liderazgo significativa, pregúntale
a alguien con discernimiento tres preguntas:
1) ¿Qué ves en esa persona que a mí se me puede estar pasando?
2) ¿Qué preguntas hizo?
3) ¿Le confiarías tu equipo?
¿Quiénes son los que ven en tu vida? ¿Cuándo fue la última vez que los consultaste antes de tomar una
decisión de liderazgo importante? ¿Tienes demasiada prisa para ver lo que
Dios te está mostrando?
Parte II
La ley de Génesis
EL PRIMER MANDATO DE DIOS Y EL PLAN PARA EL CRECIMIENTO EXPONENCIAL
Capítulo 4
El Código de Génesis
EL MANDATO QUE DIOS DIO
ANTES QUE TODOS LOS DEMÁS MANDATOS
El primer mandato de Dios a la humanidad no fue moral. Fue generacional.
Fructificad. Multiplicaos. Llenad (Génesis 1:28).
Antes de decir «no comas de ese árbol» (Génesis 2:16-17), Dios dijo multiplicaos. Antes de los Diez Mandamientos (Éxodo 20:1-17), Dios dijo multiplicaos. Antes de «amarás a tu prójimo» (Levítico 19:18; Mateo 22:37-40), Dios dijo multiplicaos.
Fue el primer mandato de Dios a la humanidad. Fue el último mandato de Jesús antes de ascender. Y todo lo que hay en medio es solo el cómo.
Este no es un libro sobre estrategia de crecimiento de iglesia. No es un concepto de negocios que recogí en una conferencia. Es el génesis mismo de la humanidad y del plan de Dios para ella. Y la mayoría de los líderes se lo ha perdido por completo.
LA TEOLOGÍA EN TU BIOLOGÍA
Naciste cuando veintitrés cromosomas de tu padre y
veintitrés cromosomas de tu madre chocaron. Se creó una única
célula solitaria.
Piénsalo. Dios pudo haberte traído a este mundo de la manera que quisiera. Las cigüeñas pudieron habernos entregado. Amazon pudo habernos enviado. Los ángeles pudieron habernos puesto en las cunas. Pero Dios eligió traernos al mundo de una manera que expresara su teología a través de nuestra biología.
Empezaste como una célula. Tan pequeña que el ojo humano no podía verla. Y sin embargo, dentro de esa única célula estaba el plan de multiplicación que crearía a la persona que eres hoy.
Esa célula se multiplicó y se convirtió en dos. Dos se convirtieron en cuatro. Cuatro en ocho. Ocho en dieciséis. Luego 32, 64, 128, 256, 512, 1024, 2048, 4096. Y así una y otra y otra vez. Hasta que esas células multiplicadas se especializaron y formaron tus órganos, tu piel, tu cerebro y cada parte de tu cuerpo.
Incluso hoy, tu propia supervivencia depende del milagro constante de la multiplicación. Tu médula ósea produce dos millones y medio de glóbulos rojos cada segundo. Tu piel reemplaza 330 mil millones de células cada mes.
Tus intestinos renuevan cada célula cada dos o tres días.
¿Por qué? Porque sin multiplicación, la vida se detendría. Es multiplícate o muere. No solo para tu organización: para tu cuerpo.
Romanos 1:20 nos dice: «Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas». La biología revela la teología. Dios diseñó la multiplicación dentro del tejido mismo de la creación.
EL PRIMER MANDATO
Cuando Dios creó a la humanidad, su primer mandato fue sobre la multiplicación:
«Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos;
llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28).
Esto era completamente nuevo para Adán y Eva. Nunca habían oído nada parecido. Todo se había hecho por ellos. Fueron creados perfectos. El jardín era perfecto. No movieron un dedo para que nada de eso ocurriera.
Y, en medio de su completa ignorancia, Dios les habla de un concepto que describe su plan para la expansión de la humanidad. No entendían la reproducción. No entendían las familias. No entendían las naciones. Pero Dios declaró multiplicación sobre ellos, aunque no entendían. Porque hay cosas que no necesitas entender antes de obedecer.
Nota algo crítico. Génesis 1:28 no empieza con el mandato. Empieza con la bendición: «Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos». La bendición vino primero. Luego el mandato.
Esto es crucial. La multiplicación no es algo que haces con tus propias fuerzas. La multiplicación fluye de la bendición. La bendición de Dios hace posible el mandato de Dios. Cuando Dios te dice que te multipliques, también te está capacitando para multiplicarte. Lo cual significa que si estás tratando de multiplicarte sin la bendición de Dios, estás trabajando contra el diseño. Pero si estás caminando en su bendición, la multiplicación ya está incluida en la ecuación.
¿La buena noticia? Si todo esto de la multiplicación es nuevo para ti, está bien. Dios está reconfigurando tu entendimiento. Presta atención y aprende: todo va a cambiar.
EL MANDATO EN MEDIO DE LA DEVASTACIÓN
Después del diluvio, el mundo estaba devastado. Todo lo que Noé conocía había
desaparecido. Todos los que conocía estaban muertos. No tenía nada excepto a su
familia inmediata, los animales que subió al arca y algunos recuerdos del
pasado.
Y Dios vino a Noé y le dio exactamente el mismo mandato: «Bendijo Dios a Noé y a sus hijos, y les dijo: Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra» (Génesis 9:1). En el versículo 7 lo reiteró de nuevo: fructificad y multiplicaos.
El mismo mandato. La misma bendición. Una circunstancia distinta. Dios habló a la ignorancia de Adán. Dios habló a la devastación de Noé.
Ambos recibieron la misma palabra: multiplicaos.
No sé por lo que has pasado. Tal vez acabas de experimentar una pérdida devastadora. Tal vez miras a tu alrededor y no hay más que escombros y algunos recuerdos de lo que solía ser. Dios está entrando en tu mundo y declarándote que quiere que fructifiques y te multipliques. No solo para restaurarte, sino para que, como Job, recuperes mucho más de lo que tenías al principio.
Ya sea en la creación o después de un reinicio, el plan de Dios nunca cambia. Su deseo es que su pueblo se multiplique, se expanda, domine la tierra; no para nuestra gloria, sino para la suya.
Dios es tan Dios de multiplicación que el universo se expande constantemente. Es tan Dios de multiplicación que cada vez que sopla el viento, miles de millones de esporas y semillas son liberadas para multiplicarse por toda la tierra.
LA REBELIÓN DE BABEL
Ahora mira lo que pasa en Génesis 11.
Después del mandato de Dios a Noé de multiplicarse, la humanidad crece. Cientos de familias se extienden ahora por la tierra. Llegan al valle de Sinar. Y toman una decisión: una decisión que marcará el comienzo de la gran lucha de la humanidad contra el plan de Dios, una decisión que muestra el contraste entre el deseo de Dios de que nos multipliquemos y nuestro deseo de ir a lo seguro y acomodarnos.
Génesis 11:4: «Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra».
¿Captaste esa última frase? «Por si fuéremos esparcidos». Para no multiplicarnos.
Cuando yo era niño, me dijeron que construyeron la torre de Babel por orgullo. Pero mira más de cerca. La verdadera razón por la que construyeron la torre fue el miedo: «por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra».
Estas familias se negaron a confiar en Dios. Eligieron acomodarse. Construir monumentos en lugar de movimientos. Crear reinos personales en lugar de expandir el Reino de Dios. El problema no era que fueran demasiado ambiciosos. El problema era que sus corazones se habían encogido. No confiaban en Dios. En su negativa a avanzar, se habían vuelto rebeldes al plan de Dios, que era expansión y crecimiento.
La pelea siempre es la misma. Dios quiere que sigamos saliendo y multiplicándonos constantemente. Pero una vez que alcanzamos la seguridad, instintivamente queremos acomodarnos.
Complétame esta frase tan gastada: «No veo la hora de casarme y...». Sentar cabeza. Acomodarme. Piénsalo. La gente empieza siendo aventurera, atrevida e involucrada, pero una vez que se casa, ya no puede hacer nada. Dejan de soñar. Dejan de arriesgar. La aventura muere. Han sentado cabeza. Y es peligroso.
«No veo la hora de jubilarme y...». Acomodarme.
¿Te has acomodado? ¿Estás contento con lo que tienes hoy? Algunos de ustedes han dejado de soñar. Han dejado de creer. Han dejado de multiplicarse porque enfrentaron rechazo o fracaso. Se han acomodado en una rutina. Han permitido que el miedo les impida dar pasos de fe.
Pero hoy estoy aquí para decirte: El llamado de Dios a multiplicarse no ha cambiado. Él está buscando líderes que no se acomoden. Que no retrocedan. Que confíen en Él para más.
MULTIPLICACIÓN A TRAVÉS DE LO IMPOSIBLE
Aquí es donde se pone hermoso.
Después de la rebelión de Babel, Dios estrecha su enfoque. En lugar de forzar la multiplicación sobre todos, elige a un hombre. Y no a cualquier hombre: a un hombre realmente viejo con una esposa vieja y estéril:
*«Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y
engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los
que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas
en ti todas las familias de la tierra». —Génesis 12:2-3*
Piensa en la estrategia de Dios aquí. Pudo haber elegido a una pareja joven y fértil. Pudo haber cargado los dados a favor de la multiplicación natural. Pero no lo hizo. Eligió a Abraham a los setenta y cinco.
A Sara a los sesenta y cinco. Ambos muy pasados de la edad de tener hijos.
¿Por qué? Porque Dios eligió a una pareja que no podía multiplicarse de forma natural para dejarnos claro su punto al resto de nosotros por todos los tiempos. La multiplicación no se trata de tu capacidad. Se trata de su bendición.
Cuando la multiplicación viene por medios naturales, los humanos se llevan el crédito. Cuando la multiplicación viene a través de lo imposible, Dios se lleva la gloria. Y Dios quiso dejarlo clarísimo: esto nunca fue cuestión de capacidad humana. Siempre fue cuestión de intervención divina.
Abraham y Sara esperaron veinticinco años a Isaac. Veinticinco años de decepción. Veinticinco años de duda. Veinticinco años de preguntarse si Dios realmente hablaba en serio. ¿Pero cuando Isaac finalmente llegó? Lo imposible había ocurrido. Y todos lo supieron: esto no fue esfuerzo humano. Esto fue Dios. Por eso los eligió. Para que nunca lo olvidáramos.
EL DIOS DE LAS GENERACIONES
Ahora mira cómo se define Dios a sí mismo.
Cuando Moisés está frente a la zarza ardiente, temblando al borde de lo imposible, hace la pregunta obvia: «¿Quién eres? ¿Qué nombre les doy a los israelitas cuando pregunten quién me envió?».
Dios pudo haber dicho cualquier cosa. «Yo soy el Todopoderoso». «Yo soy el Creador». «Yo soy el que habló y el universo existió». Primero, declaró su naturaleza eterna: «YO SOY EL QUE SOY» (Éxodo 3:14). Autoexistente. No creado. Más allá del tiempo.
Pero luego lo desarrolló. Éxodo 3:15: «Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre».
Léelo otra vez. Despacio. Dios declaró primero su autoexistencia eterna. Luego definió su identidad de pacto a través de tres generaciones. Esto no es pasar lista a los patriarcas. Esto no es Dios recitando su currículum. Es un plan teológico de multiplicación incrustado en la identidad misma del Todopoderoso.
Cuando Dios quiso revelar quién es en lo más fundamental, señaló tres generaciones. No a un gran hombre. No a un único logro imponente. Tres generaciones de relevo. Tres generaciones de sucesión. Tres generaciones de multiplicación.
Dios se define a sí mismo generacionalmente. Eso debería detener en seco a todo líder.
Si Dios define su propia identidad a través de la sucesión generacional, ¿qué significa eso para la manera en que debemos liderar?
Tu mayor logro no es lo que produces personalmente.
Significa sucesión intencional. Cada nombre en ese versículo representa a un líder distinto, una temporada nueva, un traspaso necesario. No hay líder «para siempre» en la economía de Dios. Abraham tuvo que pasar la estafeta a Isaac. Isaac tuvo que pasársela a Jacob. Jacob tuvo que pasársela a sus hijos.
Significa transferencia de bendición. La promesa no fue consumida por Abraham. Fue transferida y ampliada a través de su linaje, diseñada para sobrevivir al iniciador.
Significa visión generacional. La visión de Dios siempre se extendió más allá de una sola vida. Siempre. Le dijo a Abraham que sus descendientes serían como las estrellas, como la arena a la orilla del mar. Abraham nunca lo vería personalmente. Pero fue llamado a construir para eso de todos modos.
Dios piensa en siglos. La mayoría de los líderes piensa en trimestres. Tu mayor logro no es lo que produces personalmente. Es la capacidad duradera y multiplicadora de las generaciones que levantas y sueltas.
EL CÓDIGO DE GÉNESIS AMPLIFICADO
Algunos piensan que el Código de Génesis era solo del Antiguo Testamento. Solo para
el mundo antiguo. Solo sobre tener hijos físicos.
Error.
Jesús amplificó el Código de Génesis.
Mateo 28:19-20: «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado».
Id. Haced discípulos. Todas las naciones. El mismo mandato. El mismo alcance. El mismo ADN de multiplicación.
Esta es la Gran Comisión. Y es el Código de Génesis aplicado al Reino de Dios. Llenad la tierra: de discípulos. Multiplicaos: en creyentes. Señoread: por medio del evangelio.
El Código de Génesis no caducó. Se expandió.
Y esto es lo que significa para ti. Cuando te alineas con el Código de Génesis, te alineas con el diseño de Dios. Y cuando te alineas con el diseño de Dios, accedes al poder de Dios. La multiplicación se vuelve natural; no porque trabajes más duro, sino porque estás trabajando a favor de la corriente del universo.
Contra el diseño de Dios, todo es difícil. Con el diseño de Dios, todo fluye. El Código de Génesis es la corriente del universo. Multiplica con ella y el universo trabaja a tu favor. Resístela y pasarás toda la vida nadando contra la corriente.
No fuiste creado para sumar. Fuiste creado para multiplicar. Está en tu ADN. Está en tu biología. Está en tu teología. Es el Código de Génesis. Y ya es hora de que empieces a vivirlo.
TRES CLAVES PARA LA MULTIPLICACIÓN
Ahora entiendes la teología. La multiplicación es el primer
mandato de Dios. Su diseño. Su ADN tejido en la creación. Pero ¿cómo
se hace en la práctica? ¿Cómo pasas de entender la multiplicación a
experimentarla?
Abraham y Sara nos enseñan tres innegociables. Tres claves que desbloquean la multiplicación en los negocios, la iglesia y la familia. Si te falta cualquiera de las tres, la multiplicación se estanca. Domina las tres, y la multiplicación se vuelve inevitable.
Clave #1: Conéctate
No puedes multiplicar aquello con lo que no te conectas.
Abraham y Sara tuvieron que conectarse para producir a Isaac. Obvio en el matrimonio. Menos obvio en el liderazgo. Pero el principio es idéntico. La multiplicación requiere conexión —intencional, sostenida, estratégica— con las personas correctas. No es networking. No es hacer contactos por interés.
No es coleccionar tarjetas de presentación. Conexión real. Conexión profunda.
Conexión a nivel de multiplicación.
Esto es lo que significa. Debes conectarte con intención: no de forma casual, no por accidente, no «cuando te dé tiempo». Abraham no produjo a Isaac por casualidad. Se conectó intencionalmente con Sara. Repetidamente. Estratégicamente. Con la meta de la multiplicación.
Debes conectarte con constancia. Una conversación no produce multiplicación. Una reunión no crea transformación. Abraham y Sara se conectaron durante veinticinco años antes de que llegara Isaac (Génesis 17-18; Génesis 21:1-7). Eso equivale a unos 9125 días de conexión. La constancia se acumula.
Debes conectarte con las personas correctas. Abraham no intentó producir a Isaac con Agar (Génesis 16:15-16; Génesis 17:18-20). Conexión equivocada. Momento equivocado. Estrategia equivocada. No puedes multiplicarte con cualquiera. Necesitas personas con capacidad de multiplicación. Personas con hambre de más. Personas listas para recibir lo que estás sembrando.
Esta es la traducción al liderazgo. En los negocios: conéctate intencionalmente con líderes de alta capacidad; no solo empleados, sino multiplicadores. Personas que puedan tomar lo que les das y reproducirlo en otros. Reúnete con regularidad. Invierte a fondo. Construye más allá de las transacciones.
En la iglesia: conéctate con los que tienen hambre espiritual. No consumidores: discípulos. Personas que quieran ser desarrolladas, no solo servidas. Derrámate en ellas. Sé su mentor. Desarróllalas hasta que puedan desarrollar a otros.
En la familia: conéctate con tu cónyuge, tus hijos, tu familia extendida. No de forma superficial: a fondo. Comidas juntos. Conversaciones que importan. Tiempo que se acumula. El matrimonio no se multiplica por accidente. Se multiplica a través de la conexión intencional.
La pregunta de la multiplicación: ¿con quién te estás conectando de manera intencional, constante y estratégica? Si la respuesta es nadie, no te estás multiplicando. Solo estás ocupado.
Clave #2: Siembra
La conexión sin siembra solo deja recuerdos. La multiplicación requiere un depósito.
Abraham y Sara tuvieron que sembrar semilla para producir a Isaac. La conexión creó la oportunidad. La siembra creó el resultado. Puedes conectarte todo el día —tomar café, tener grandes conversaciones, construir relaciones—, pero si no siembras algo que dé vida en la conexión, nada se multiplica.
Conectarse sin sembrar es como excitación sin consumación. Emoción sin resultado. Potencial sin embarazo.
Tu tarea es que las personas salgan cambiadas.
Demasiados líderes se conectan con la gente, se emocionan con el potencial, disfrutan la relación, pero nunca siembran nada que produzca multiplicación.
La conexión crea la relación. La siembra
crea el legado.
Esto es lo que significa sembrar. En los negocios: siembra conocimiento, autoridad, oportunidad, recursos. No solo administres a la gente: desarróllala. Dales más que una descripción de puesto. Dales visión, capacitación, responsabilidad más allá de su capacidad actual. Estíralos. Desafíalos. Equípalos.
En la iglesia: siembra la Palabra, siembra fe, siembra visión. Cuando las personas se encuentren contigo, deberían irse con algo de Dios gestándose dentro de ellas. No solo entretenidas. No solo cómodas. Cambiadas. Sembrar significa permanecer en la conexión el tiempo suficiente para que la energía del momento se traduzca en transformación duradera.
En la familia: siembra tiempo, sabiduría, afirmación, corrección. No solo existas en la misma casa: invierte en tu gente. Tu cónyuge necesita que siembres en él o ella. Tus hijos necesitan que siembres visión, carácter e identidad en ellos. La conexión crea la relación. La siembra crea el legado.
El principio crítico: sembrar es costoso. Abraham entregó semilla para producir a Isaac. Semilla que pudo haber ido a otro lugar. Semilla que representaba potencial. La multiplicación siempre cuesta algo. No puedes sembrar y acaparar al mismo tiempo. No puedes desarrollar a otros y protegerte a ti mismo a la vez. No puedes multiplicarte y mantener el control. Sembrar exige soltar.
La pregunta de la multiplicación: ¿qué estás sembrando en las personas con las que te conectas? Si no estás sembrando nada, no te estás multiplicando. Solo estás coleccionando relaciones.
Clave #3: Sana tu multiplicador
Esta es la clave que la mayoría de los líderes pasa por alto. Y es la que explica por qué tantos están estancados.
Sara era estéril. Su multiplicador estaba roto. Podía conectarse. Podía recibir la semilla. Pero nada se multiplicaba. ¿Por qué? Porque algo dentro de ella necesitaba sanidad. Dios tuvo que sanar el multiplicador de Sara antes de que Isaac pudiera llegar. Y lo mismo vale para ti.
Dentro de cada líder —dentro de ti— está la capacidad dada por Dios de multiplicar. No es un accesorio opcional. Viene de fábrica. Dios lo incrustó en ti en la creación. Cuando sopló vida en Adán y le ordenó fructificar y multiplicarse, ese mandato vino con capacidad. Dios no da mandatos sin proveer la capacidad de cumplirlos. Fuiste diseñado para multiplicar. Está en tu ADN espiritual.
Así que esta es la pregunta que atormenta a todo líder que lucha: si todos tienen la capacidad de multiplicar, ¿por qué no todos se multiplican?
Todo líder tiene el mismo mandato de la creación. Todo creyente tiene el mismo Espíritu Santo. Todo pastor tiene la misma Gran Comisión. Y sin embargo, algunos se multiplican y otros no. Algunos construyen movimientos. Otros construyen monumentos a su propia inseguridad. Algunos desarrollan líderes. Otros acaparan el control. Algunos se reproducen al ciento por uno.
Otros mueren con todo todavía encerrado dentro de ellos.
¿Por qué? Porque su multiplicador está roto.
La multiplicación no se trata solo de lo que sale. Se trata primero de lo que entra.
Antes de que Sara pudiera producir a Isaac, tenía que recibir la semilla. Antes
de que tú puedas producir multiplicación, tienes que recibir revelación.
Hay una parte de ti que se supone que debe estar en constante crecimiento,
recibiendo constantemente, siendo moldeada constantemente por perspectivas frescas de
Dios, de mentores, de la vida, del fracaso, de la retroalimentación. Esa es la
parte que hace posible la multiplicación. Pero en muchos líderes, esa
parte está dañada.
QUÉ ROMPE EL MULTIPLICADOR
Tu multiplicador no se rompió solo. Algo —o alguien—
lo rompió.
Palabras negativas declaradas sobre ti. Las palabras son recipientes. Llevan vida o muerte. Bendición o maldición. Expansión o limitación. Proverbios 18:21 dice: «La muerte y la vida están en poder de la lengua». Y en algún momento del camino, alguien declaró muerte sobre tu capacidad de multiplicación. Tal vez fue un padre que dijo que nunca llegarías a nada. Un maestro que te dijo que no tenías madera de líder. Un pastor que te pasó por alto. Un cónyuge que te criticó. Un mentor en quien confiabas que dijo: «Simplemente no estás listo». Esas palabras no solo dolieron. Se alojaron. Se incrustaron en tu espíritu como esquirlas. Y cada vez que intentabas recibir algo nuevo —una visión fresca, un sueño más grande, una instrucción audaz de Dios—, esas palabras se activaban.
Miedo. ¿Recuerdas a Sara? Se rio cuando Dios dijo que tendría un hijo. Eso no era gozo. Era miedo disfrazado de incredulidad. Tenía miedo de recibir la promesa porque recibirla significaba arriesgarse a decepcionarse otra vez. Veinticinco años de esperanza. Trescientos meses viendo morir el sueño. Y en algún punto de ese proceso, su capacidad de recibir se apagó. Es más fácil reír que esperar. Es más seguro descartar que creer. Duele menos burlarse de la promesa que apostar el corazón una vez más. El miedo a la decepción cierra la puerta con llave. El miedo al fracaso bloquea la recepción. El miedo a quedar en ridículo sella el vientre. Y la multiplicación se detiene porque ya nada puede entrar.
Incapacidad de ser abierto y vulnerable. La multiplicación requiere apertura. Vulnerabilidad. Recibir algo de fuera de ti. La multiplicación es imposible para los cerrados. Pero muchos líderes han aprendido a protegerse tan bien que ya no pueden recibir. Se quemaron en una relación, así que dejaron de permitir que la gente entrara. Un mentor los hirió, así que dejaron de ser enseñables. Una iglesia los lastimó, así que levantaron muros alrededor de su corazón. Un socio los traicionó, así que decidieron ir por su cuenta. Esos muros se sienten como protección. Pero en realidad son prisiones. Porque los mismos muros que dejan fuera el dolor también dejan fuera la semilla. No puedes multiplicarte en aislamiento. La vulnerabilidad no es debilidad. Es el requisito previo para la multiplicación.
Orgullo y autosuficiencia. El orgullo es el bloqueador supremo. Cuando estás convencido de que tienes todas las respuestas, dejas de hacer preguntas. Cuando crees que ya llegaste, dejas de crecer. Cuando piensas que eres la persona más inteligente de la sala, dejas de recibir de otros. Jesús lo dijo claramente: «si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mateo 18:3). Los niños son receptores. Lo absorben todo. Son esponjas. Pero en algún punto del camino, los líderes cambian la receptividad de niño por la arrogancia de adulto. Dejan de ser estudiantes y empiezan a ser expertos. Dejan de ser discípulos y solo quieren ser mentores. Dejan de aprender y empiezan a defender lo que ya creen. Nada nuevo puede entrar porque no hay espacio. La copa ya está llena: llena de ellos mismos.
Falta de perdón y amargura. La amargura es una asesina de multiplicadores. La falta de perdón te mantiene atado al pasado. Te encadena a la persona que te hirió. Te obliga a repetir la ofensa una y otra vez. Y mientras estás atascado repitiendo el pasado, no puedes recibir el futuro. Tu capacidad está ocupada: llena de viejas heridas, llena de resentimiento, llena del relato de lo que te hicieron. No queda ancho de banda para nueva revelación. No queda capacidad para visión fresca. No queda espacio para la semilla que produciría multiplicación. Hebreos 12:15 advierte sobre una «raíz de amargura» que contamina a muchos. Es una raíz porque va profundo. Se incrusta en tu espíritu. Y contamina: corrompe todo lo que intenta crecer en esa tierra.
Decepción no procesada. Abraham y Sara enfrentaron 300 decepciones. Veinticinco años. Trescientos meses de esperar que este sea el mes. Y nunca lo era. Ese tipo de decepción repetida te hace algo. Si no la procesas, te procesa a ti. Moldea tus expectativas. Programa tu anticipación. Te enseña a esperar el fracaso antes incluso de empezar. Y con el tiempo, dejas de anticipar cosas buenas. Aprendes a esperar la decepción. Así que dejas de abrirte. Dejas de prepararte. Dejas de hacer espacio para la promesa. Porque ¿para qué? Eso no es sabiduría. Son heridas dirigiendo la conducta. Y la conducta herida no se multiplica. Se protege. Acapara. Se esconde. Sobrevive. Pero no se multiplica.
EL DIAGNÓSTICO
Así que esta es la pregunta de diagnóstico: ¿está roto tu multiplicador?
Puedes conectarte con las personas correctas. Puedes sembrar en ellas estratégicamente. Pero si tu multiplicador está roto, nada se reproducirá. Tu multiplicador es tu capacidad interna de recibir revelación, crecer a partir de ella y producir multiplicación. Es tu corazón. Tu mentalidad. Tu carácter. Tu salud espiritual. Y en la mayoría de los líderes, está dañado.
¿Cómo sabes que tu multiplicador está roto? Cuando no funciona. Cuando te estás conectando y sembrando, pero nada se multiplica. Cuando trabajas duro pero no ves reproducción. Cuando inviertes en personas, pero no se desarrollan. Cuando te derramas pero no ves fruto. Cuando los mismos problemas se repiten en cada equipo que lideras. Cuando parece que no puedes recibir corrección sin ponerte a la defensiva. Cuando te resistes a las ideas nuevas porque «siempre lo hemos hecho así». Cuando no puedes soltar el control. Cuando te sientes amenazado por el crecimiento de los que te rodean.
Algo está roto por dentro.
LA SANIDAD
Esta es la dura verdad: no puedes sanar tu propio multiplicador. Sara
no podía sanar su propio vientre. Dios tuvo que intervenir. Necesitas que Dios sane
lo que está roto dentro de ti.
¿Las palabras negativas que se incrustaron en tu espíritu? La Palabra de Dios tiene que desplazarlas. ¿El miedo que bloqueó tu capacidad de recibir? El perfecto amor tiene que echarlo fuera. ¿Los muros que levantaste para protegerte? La sanidad de Dios tiene que hacer que sea seguro bajarlos. ¿El orgullo que bloqueó la recepción? La humildad tiene que quebrarlo. ¿La amargura que contaminó la tierra? El perdón tiene que limpiarla. ¿La decepción no procesada que te programó para el fracaso? La fe tiene que reprogramarte para la multiplicación.
Esto no es algo que puedas arreglar con una estrategia. Es algo que tienes que llevar al Sanador.
Santiago 5:16: «Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados». Nota la fórmula: confesión, oración, comunidad; luego sanidad. No puedes sanar en aislamiento. No puedes restaurar tu capacidad con los muros levantados. No puedes sanar tu multiplicador mientras te proteges de la misma vulnerabilidad que hace posible la multiplicación.
Tienes que nombrar lo que lo rompió. Tienes que llevarlo a Dios. Tienes que dejar que Él lo sane. Cree que lo hará.
La pregunta de la multiplicación: ¿qué hay roto dentro de ti que está impidiendo la multiplicación? Nómbralo. Llévalo a Dios. Deja que Él lo sane. Porque puedes conectarte perfectamente y sembrar estratégicamente, pero si tu multiplicador está roto, nada se reproducirá.
Sana tu multiplicador.
LAS TRES CLAVES
Conéctate con las personas correctas, con intención y constancia.
Siembra algo que dé vida en cada conexión.
Sana tu multiplicador para que lo que siembras realmente se reproduzca.
Si te falta cualquiera de las tres, la multiplicación se estanca. Domina las tres, y la multiplicación se vuelve inevitable.
Abraham y Sara lo modelaron. Tú puedes replicarlo. Conéctate. Siembra. Sana tu multiplicador. Así es como pasas de la teología a la multiplicación.
PUNTOS CLAVE
La ley:
El primer mandato de Dios no fue moral: fue matemático. Fructificad.
Multiplicaos. Llenad. Antes de los Diez Mandamientos, antes de «amarás a tu
prójimo», Dios dijo multiplicaos. Tu biología revela su teología: tú
empezaste como una célula que se multiplicó hasta ser billones. Recuerda: tu
médula ósea produce dos millones y medio de glóbulos rojos cada segundo. Sin
multiplicación, la vida se detiene. Es multiplícate o muere, no solo para tu
organización, sino para tu cuerpo. El Código de Génesis no es una estrategia.
Es el tejido mismo de la creación.
El cambio:
La multiplicación requiere tres claves: conéctate con las personas correctas
con intención y constancia. Siembra algo que dé vida en cada
conexión. Sana tu multiplicador para que lo que siembras realmente se reproduzca.
Abraham y Sara esperaron veinticinco años porque el vientre de Sara —su
multiplicador— estaba roto. Puedes conectarte perfectamente y sembrar
estratégicamente, pero si tu multiplicador está roto por el miedo, el orgullo,
la amargura o la decepción no procesada, nada se reproducirá.
Nombra lo que lo rompió. Llévalo a Dios. Deja que Él lo sane. Luego mira
cómo la multiplicación se vuelve inevitable.
La auditoría:
¿Qué hay roto dentro de ti que está impidiendo la multiplicación? ¿Las
palabras negativas alojadas en tu espíritu? ¿El miedo que bloqueó tu
capacidad de recibir? ¿Los muros que levantaste para protegerte? ¿El orgullo que
bloqueó la recepción? ¿La amargura que contaminó la tierra? ¿La
decepción no procesada que te programó para el fracaso? No puedes
arreglar esto con una estrategia. Confesión. Oración. Comunidad. Luego sanidad.
No puedes sanar en aislamiento. Nómbralo. Llévalo a Dios. Deja que Él lo
sane. Conéctate. Siembra. Sana tu multiplicador. Así es como pasas de la
teología a la multiplicación.
Capítulo 5
Las varas de Jacob
CÓMO MULTIPLICARTE CUANDO NO TIENES NADA
Jacob no tenía tierra. Ni herencia. Ni capital. Solo varas.
Y un secreto que la mayoría de los predicadores se salta porque es raro y agrícola. Pero contiene muchos secretos de la multiplicación.
Este es el contexto. Jacob trabaja para su tío Labán, y Labán es un tramposo. No para de cambiarle el salario a Jacob, de mover la meta, de aprovecharse. Pero Jacob no puede irse. No tiene recursos. No tiene opciones. Está atrapado.
¿Te suena?
Estás atrapado en una situación que no controlas. Trabajando para alguien que no te valora. Construyendo algo que no es tuyo. Y no ves la salida.
La mayoría de las personas en esa situación hacen una de dos cosas. Se quejan. O renuncian.
Jacob no hizo ninguna de las dos.
Se multiplicó.
EL TRATO
En Génesis 30:32, Jacob le hace una propuesta a Labán: «Yo pasaré hoy por
todo tu rebaño, poniendo aparte todas las ovejas manchadas y salpicadas de
color, y todas las ovejas de color oscuro, y las manchadas y salpicadas de color entre las cabras;
y esto será mi salario».
A Labán le parece graciosísimo. ¿Las ovejas manchadas y salpicadas? ¿Las raras? ¿Las anomalías genéticas? ¿Eso es todo lo que quiere Jacob?
Labán acepta de inmediato. Porque cree que está haciendo un gran negocio.
Pero Jacob sabía algo que Labán no sabía. Sabía cómo multiplicar lo que no tenía.
El milagro de Jacob vino de Dios, pero su estrategia reveló una verdad atemporal: lo que mantienes constantemente delante de tus ojos terminará manifestándose en tu cosecha.
LA ESTRATEGIA
Esto es lo que hizo Jacob. Tomó varas verdes de álamo, de avellano y de
castaño. Les quitó la corteza para que se vieran las franjas blancas. Luego las puso
en los abrevaderos.
Ahora presta atención a este detalle. Porque a la mayoría se le pasa.
Génesis 30:41 dice: «Y sucedía que cuantas veces se hallaban en celo las ovejas más fuertes, Jacob ponía las varas delante de las ovejas en los abrevaderos,
para que concibiesen a la vista de las varas». Léelo otra vez.
Lo que ves constantemente moldea lo que produces.
No puso varas delante de todas las ovejas. Solo puso varas delante de las ovejas en celo. Las fértiles. Las más fuertes. Las que tenían capacidad reproductiva.
Esto es crítico.
Jacob no desperdició sus varas en ovejas débiles. No desperdició su energía en ovejas que no podían reproducirse. Invirtió estratégicamente sus recursos limitados en las ovejas que podían multiplicarse.
¿Y qué pasó? Las ovejas veían las varas rayadas constantemente, y produjeron crías rayadas. Transformación del ambiente. Lo que ves constantemente moldea lo que produces.
EL PRINCIPIO DEL ABREVADERO
¿Por qué puso Jacob las varas en el abrevadero?
Porque ahí era donde las ovejas venían todos los días. No una vez al año en la reunión anual de visión. No una vez al mes en el retiro de liderazgo. Todos y cada uno de los días.
El abrevadero era el lugar del encuentro diario, la exposición diaria, la influencia diaria. Y esto es lo que Jacob entendió y la mayoría de los líderes no: la visión no se transfiere en un momento. Se transfiere por exposición repetida.
No cambias la cultura con un discurso. Cambias la cultura con exposición constante, repetida y estratégica al futuro que estás construyendo. Una reunión de personal no crea cultura de multiplicación. Un sermón no crea pensamiento de multiplicación. Una sesión de capacitación no produce líderes de multiplicación.
¿Pero exposición diaria? ¿Encuentro constante? ¿Visión repetida?
Eso cambia el ADN.
Las ovejas no intentaron producir crías rayadas. Simplemente veían varas rayadas constantemente, y sus crías reflejaron lo que veían. Tu equipo no va a intentar multiplicarse. Va a ver multiplicación constantemente, y su liderazgo reflejará lo que ve. Eso es transformación del ambiente. Y solo funciona si la visión es visible, constante y está delante de las personas correctas.
LOS TRES REQUISITOS
Si quieres multiplicarte como Jacob, tu visión tiene que ser tres cosas.
Primero, visible. No escondida en tu cabeza. No encerrada en un plan estratégico que nadie lee. No enterrada en el organigrama. Escrita en las paredes. Repetida en las reuniones. Integrada en tu lenguaje. Tejida en tu cultura. Si tu equipo no puede ver la visión, no puede reproducirla.
Segundo, constante. No ocasional. No cuando tengas ganas. No en el retiro anual. En cada reunión. En cada correo. En cada interacción. La visión está presente. Porque una exposición crea conciencia. La exposición repetida crea transformación.
Tercero, estratégica. Aquí es donde la mayoría de los líderes falla. Intentan transmitir la visión a todos. Jacob no. Solo puso varas delante de las ovejas en celo. Las fértiles. Las que tenían capacidad reproductiva. No desperdició sus varas en ovejas débiles. No desperdició su energía en ovejas que no podían reproducirse.
Y tú tampoco deberías. Tu visión no necesita estar delante de todos. Necesita estar delante de las personas correctas. Las que tienen hambre. Las que están listas. Las que pueden multiplicarse.
LOS RESULTADOS DE LA MULTIPLICACIÓN
Esto fue lo que pasó. Génesis 30:43 lo explica: «Y se enriqueció el varón
muchísimo, y tuvo muchas ovejas, y siervas
y siervos, y camellos y asnos».
Jacob entró en la casa de Labán sin nada. Salió con riqueza. No porque tuviera recursos. Porque entendía la multiplicación.
Tomó lo poco que tenía —varas de árboles— y las usó estratégicamente. Identificó a las ovejas con capacidad reproductiva.
Creó un ambiente de exposición constante. Y vio cómo
ocurría la multiplicación.
De la nada a la abundancia. De atrapado a libre. De siervo a dueño.
Eso es lo que hace la multiplicación. No requiere que lo tengas todo. Requiere que uses lo que tienes estratégicamente.
La mayoría de los líderes está esperando más recursos antes de empezar a multiplicarse. Más dinero. Más gente. Más tiempo. Más apoyo.
Jacob no esperó.
Tomó varas. Y se multiplicó.
No necesitas más recursos. Necesitas una estrategia de multiplicación. No necesitas un presupuesto más grande. Necesitas identificar quién está listo para reproducirse. No necesitas una mejor ubicación. Necesitas una visión visible y constante delante de las personas correctas.
Jacob no desperdició sus varas en ovejas débiles. Tú tampoco deberías.
EL LÍDER QUE CASI PASÉ POR ALTO
Necesito contarte sobre Marcus.
Nunca exigió atención. Nunca se posicionó para los reflectores. Simplemente llegaba temprano, se quedaba hasta tarde y hacía preguntas que nadie más hacía.
Durante meses, apenas lo noté. Yo estaba demasiado ocupado derramándome en los que más ruido hacían: los que se quejaban, los que necesitaban ánimo constante, los que hablaban en grande pero entregaban en pequeño.
Entonces, un día, vi a Marcus manejar una crisis. Un equipo de voluntarios se desmoronó una hora antes de un evento importante. Mientras otros entraban en pánico, Marcus reorganizó en silencio toda la operación. Sin drama. Sin buscar crédito. Solo ejecución.
Ahí fue cuando lo entendí: *Había estado desperdiciando mis varas en las ovejas
equivocadas.*
Marcus estaba en su momento fértil. Llevaba meses listo para reproducirse. Listo para multiplicarse. Listo para liderar. Listo para reproducir todo lo que yo había estado tratando de inculcar. Y casi lo pasé por alto porque estaba demasiado distraído con los fríos.
En el momento en que redirigí mi inversión —puse mis varas en su abrevadero—, todo cambió. En un año, Marcus lideraba su propio equipo. En dos años, estaba desarrollando líderes que desarrollaban líderes. Eso es lo que pasa cuando encuentras a los que están listos para reproducirse.
LA TARJETA DE EVALUACIÓN H.E.A.T.: CÓMO DETECTAR A LAS PERSONAS LISTAS PARA MULTIPLICARSE
Jacob no adivinó. Observó a las ovejas. Buscó a las que
estaban en celo. Las hembras más fuertes. Las que tenían capacidad
reproductiva.
Y tú necesitas hacer lo mismo con tu equipo.
Cuatro marcadores identifican a alguien listo para multiplicarse. Cuando los cuatro están presentes, has encontrado a alguien digno de tu inversión más profunda.
H—HAMBRIENTO
No están satisfechos. Están muertos de hambre.
Las personas hambrientas no necesitan que las convenzan. Ya están inclinándose hacia adelante, ya están haciendo preguntas, ya están insatisfechas con donde están. Piden más responsabilidad, más desafío, más oportunidad. Se quedan después de que termina la reunión, después de que todos se van, después de que se acaba el horario oficial. Consumen sin que nadie se lo diga: libros, pódcast, capacitación. Se alimentan solos. Están frustrados con el statu quo, pero no se quejan. Arden. Hay una diferencia.
Y te buscan. No tienes que perseguirlos. Ellos están persiguiendo el crecimiento.
La pregunta de prueba: ¿Cuándo fue la última vez que te pidieron algo que los estirara? Si no lo recuerdas, no tienen suficiente hambre.
Advertencia: Tener hambre de posición no es lo mismo que tener hambre de crecimiento. Los cazadores de posición quieren el título. Los cazadores de crecimiento quieren la transformación. Aprende a notar la diferencia.
E—EFICAZ
Terminan lo que empiezan.
Las ideas son baratas. La ejecución es rara. Las personas eficaces no solo sueñan: entregan. No solo planean: producen. No solo hablan de lo que van a hacer: te muestran lo que han hecho.
Tienen historial. Mira su trayectoria. ¿Terminaron? ¿Cumplieron? Informan sin que se les pida. Las actualizaciones te llegan; no tienes que perseguirlos. Resuelven problemas sin pasárselos al jefe. Lo resuelven. No te lo devuelven al escritorio. Cumplen los plazos: no la mayoría, todos. Y hacen antes de que se les diga. La iniciativa es su configuración predeterminada.
La pregunta de prueba: ¿Qué han completado en los últimos noventa días que tú no les asignaste? Si la respuesta es nada, no son eficaces.
La prueba simple: Dales una tarea pequeña con un plazo claro. No se lo recuerdes. No hagas seguimiento. Mira qué pasa. Las personas eficaces entregan. Sin excusas. Sin prórrogas. Hecho. Las personas no eficaces tienen historias, razones, explicaciones. Una prueba. Una tarea. Lo sabrás.
A—ADAPTABLE
Se ajustan sin romperse.
La multiplicación requiere cambio constante: contextos nuevos, desafíos nuevos, métodos nuevos, personas nuevas. Las personas rígidas no pueden multiplicarse. Solo pueden replicar lo que siempre han hecho en el ambiente que siempre han conocido. Las personas adaptables prosperan en el caos. Se flexibilizan. Aprenden. Giran.
Responden a la retroalimentación sin ponerse a la defensiva ni sentirse heridas. Se ajustan. Aprenden del fracaso: un error les enseña, y no lo repiten. Funcionan en múltiples ambientes, no solo en su zona de confort. Abrazan métodos nuevos. No están casadas con cómo se ha hecho siempre. Y se mantienen estables en la incertidumbre. Cuando todo está cambiando, no entran en pánico.
Están resolviendo.
La pregunta de prueba: ¿Cómo respondieron la última vez que los corregiste? ¿Se defendieron? ¿O se ajustaron? Los que se defienden no son adaptables. Se están protegiendo. Y la protección mata la multiplicación.
La prueba simple: Cambia algo de lo que son responsables sin previo aviso. Mueve el plazo. Cambia el alcance. Agrega una restricción. Observa su respuesta. Las personas adaptables recalibran y ejecutan.
Las personas rígidas se quejan y se estancan.
T—TRANSFERIBLE
Pueden regalar lo que han recibido.
Este es el marcador de la multiplicación. Algunas personas son esponjas. Lo absorben todo. Crecen personalmente. Pero nada vuelve a salir. Las personas transferibles son fuentes. Lo que entra sale, a menudo mejor de lo que entró.
Ya están enseñando a otros, sin título, sin permiso. No pueden evitarlo. Otros los buscan para pedir ayuda, consejo, guía. Pueden explicar lo que saben: no solo hacerlo, sino articularlo, desglosarlo, hacerlo simple. Celebran el éxito de otros con sinceridad: no se sienten amenazados, sino emocionados. Y están formando a su propia gente, aunque sea de manera informal, aunque sea por accidente. Están desarrollando a alguien.
La pregunta de prueba: ¿En quién ya se están derramando sin que se les pida? Si no hay nadie, son una esponja. Las esponjas no se multiplican.
La prueba simple: Pídeles que le enseñen a otra persona algo que hayan aprendido. Luego observa a la otra persona. ¿Lo entendió? ¿Puede hacerlo ahora? Si sí, has encontrado a un líder transferible. Si no, puede que sean hábiles, pero no pueden multiplicarse.
EL SISTEMA DE PUNTUACIÓN H.E.A.T.
Califica a cada líder potencial del 1 al 5 en cada marcador.
16-20: LISTOS PARA REPRODUCIRSE: INVIERTE A FONDO
Esta persona está lista para multiplicarse ahora. No esperes. No lo retrases. Pon tus mejores varas delante de ella. Derrama tu inversión más profunda. Dale todo lo que tienes. Está lista para reproducirse. Este es el momento. Si se te pasa esta ventana, puede que se te pase para siempre.
12-15: CALENTANDO: DESARROLLA CON INTENCIÓN
Se están acercando. Hay potencial. Pero algo no está del todo listo. Identifica cuál marcador es el más bajo. Enfoca ahí tu desarrollo. ¿H baja? Crea hambre exponiéndolos a una visión más grande. ¿E baja? Dales tareas pequeñas y fortalece su músculo de ejecución. ¿A baja? Ponlos en situaciones desconocidas y acompáñalos con coaching. ¿T baja? Pídeles que enseñen algo. Inicia el hábito de transferir. Todavía no están listos para tu inversión más profunda. Pero vale la pena desarrollarlos hacia ella.
8-11: TIBIO: OBSERVA Y ESPERA
No están listos. Tal vez no están dispuestos. Tal vez no son capaces. Tal vez simplemente todavía no. No derrames aquí tu mejor energía. No es la temporada. Mantenlos en desarrollo general. Observa si hay cambios. Pero no finjas que están listos cuando no lo están.
Menos de 8: FRÍO: NO DESPERDICIES TUS VARAS
LA MAYORDOMÍA DEL HAMBRE
Puedo oír a algunos de ustedes ahora mismo. Se les está rompiendo el corazón de pastor: Ashley, ¿no se supone que el pastor deja a las noventa y nueve para buscar a la una? ¿No debería cuidar a las ovejas frías?
Sí. Amamos a los perdidos. Servimos a los heridos. Cargamos a los débiles.
Pero no construimos con ellos.
Hay una diferencia entre ministerio y multiplicación. A las ovejas frías las ministras. A través de las hambrientas te multiplicas.
Esta es la dura verdad que tuve que aprender: Cada hora que pasas tratando de obligar a un líder «frío» a liderar es una hora que le robaste a un líder «hambriento» que estaba esperando que te derramaras en él. Descuidar a los hambrientos porque estás demasiado ocupado sosteniendo a los complacientes no es bondad. Es mala mayordomía.
Jesús alimentó a los 5000 (Mateo 14:13-21; Marcos 6:30-44; Lucas 9:10-17; Juan 6:1-14). Eso fue ministerio. Pero entrenó a los doce. Eso fue multiplicación. Si hubiera pasado todo su tiempo tratando de entrenar a los 5000, hoy no tendríamos iglesia.
Ama y ministra a todos. Pero entrega la estafeta de tu liderazgo a los que están en H.E.A.T. (heat significa «calor»: los que arden).
TU TAREA
No te limites a leer esto y seguir adelante. Haz algo esta semana.
Escribe los nombres de tres a cinco personas de tu mundo.
Califica a cada una con el test H.E.A.T.:
H—Hambriento: __/5
E—Eficaz: __/5
A—Adaptable: __/5
T—Transferible: __/5
TOTAL: __/20
Quien obtenga la puntuación más alta: ahí va tu inversión más profunda. No el que más ruido hace. No el de mayor antigüedad. No el más disponible. Los que están en H.E.A.T. Esa es la matemática de la multiplicación.
EN RESUMEN
Jacob no desperdició sus varas en ovejas que no podían reproducirse.
No desperdicies las tuyas.
Encuentra a los que están en H.E.A.T. Pon tu visión en sus abrevaderos. Y mira cómo empieza la multiplicación.
*«Y sucedía que cuantas veces se hallaban en celo las ovejas más fuertes, Jacob ponía las
varas delante de las ovejas en los abrevaderos, para que concibiesen
a la vista de las varas».*
—Génesis 30:41
MULTIPLÍCATE O MUERE.
PUNTOS CLAVE
La ley:
Jacob no tenía tierra, ni herencia, ni capital: solo varas. Y un
secreto: solo puso esas varas delante de las ovejas en celo. Las
fértiles. Las más fuertes. Las que tenían capacidad reproductiva.
No desperdició varas en ovejas débiles. Invirtió estratégicamente sus
recursos limitados en las ovejas que podían multiplicarse. Transformación
del ambiente: lo que ves constantemente moldea lo que produces. El
abrevadero era el lugar del encuentro diario, la exposición diaria,
la influencia diaria. No una vez al año. Todos los días. Ese es el secreto
de la multiplicación.
El cambio:
Encuentra a los que están en H.E.A.T. Hambrientos: siempre aprendiendo, nunca satisfechos.
Eficaces: entregando resultados con constancia. Adaptables: ajustándose a
situaciones nuevas. Transferibles: pasándolo a otros. Deja de intentar
calentar ovejas frías. Empieza a enfocarte en las que ya están ardiendo. No
pierdas tiempo con personas que no se van a multiplicar. Ese no es tu problema
por resolver. Tu problema es encontrar a los que están listos para reproducirse y derramarlo todo en
ellos. Pon tu visión en sus abrevaderos todos los días.
La auditoría:
Escribe ahora mismo los nombres de tres a cinco personas de tu mundo.
Califica a cada una con el test H.E.A.T.: H—Hambriento: /5, E—Eficaz:
/5, A—Adaptable: /5, T—Transferible: /5. Total: __/20. Quien
obtenga la puntuación más alta: ahí va tu inversión más profunda. No el
que más ruido hace. No el de mayor antigüedad. No el más disponible. Los
que están en H.E.A.T. Esa es la matemática de la multiplicación. Jacob no desperdició sus
varas en ovejas que no podían reproducirse. No desperdicies las tuyas.
Capítulo 6
La matemática de la multiplicación
LO QUE UN PREDICADOR MUERTO
ME ENSEÑÓ SOBRE
SOBREVIVIR A MI PROPIO LEGADO
Corre el año 1740.
George Whitefield está de pie en una plataforma al aire libre. Treinta mil personas se reúnen para oírlo hablar. Benjamin Franklin, de pie entre la multitud, hace un experimento y calcula que la voz de Whitefield puede llegar con claridad a toda esa gente.
Los periódicos lo llaman «la maravilla de la época».
Es el hombre más famoso del mundo de habla inglesa. Más famoso que los reyes. Más famoso que los generales. Más famoso que nadie. Cruza el Atlántico siete veces, en el siglo XVIII, cuando la mayoría de la gente nunca salía de su aldea.
A lo largo de su vida, predica 18 000 sermones a unos diez millones de personas.
Ben Franklin dice que su voz es como «música excelente»: tono perfecto, timbre perfecto, entrega perfecta. Los historiadores escriben después que es «quizás el mayor predicador evangélico que el mundo haya visto». Influye en Patrick Henry, George Washington, Jonathan Edwards.
No es solo un predicador. Es un fenómeno.
La primera celebridad transatlántica de la historia.
¿Y hoy? Casi nadie conoce su nombre.
¿Por qué?
Porque construyó una multitud. No un movimiento.
LA CUERDA DE ARENA
Cerca del final de su vida, Whitefield se encontró con un viejo amigo llamado John
Pool. Pool acababa de trabajar con John Wesley, contemporáneo de Whitefield
y compañero en el Gran Avivamiento.
Whitefield le preguntó por la obra de Wesley.
Y entonces Whitefield dijo algo devastador. Algo que debería estar grabado en la pared de toda megaiglesia de Estados Unidos: «Mi hermano Wesley actuó sabiamente. A las almas que despertaron bajo su ministerio las unió en sociedades, y así preservó el fruto de su labor. Esto yo lo descuidé, y mi gente es una cuerda de arena».1 Una cuerda de arena.
Léelo otra vez.
El mayor predicador de su generación. Dieciocho mil sermones. Diez millones de personas. Y llama a su legado una cuerda de arena.
Una cuerda que se ve impresionante pero no tiene fuerza, ni cohesión, ni poder duradero. No puedes arrastrar nada con una cuerda de arena. No puedes levantar nada con una cuerda de arena. No puedes construir nada con una cuerda de arena. Parece una cuerda. Pero es inútil.
Whitefield vio su error. Pero era demasiado tarde. Su gente, por mucho tiempo ajena a la disciplina y al desarrollo, no quiso someterse a ellos. Así que cuando Whitefield murió, su movimiento murió con él.
Adam Clark, uno de los primeros historiadores metodistas, escribió: «El fruto del Sr. Whitefield murió con él».2
Hoy hay cero sociedades whitefieldianas. Cero iglesias que lleven su nombre. Cero movimientos que carguen su legado. La celebridad murió. Y la multitud desapareció.
Dieciocho mil sermones. Diez millones de personas. Tasa de multiplicación: cero.
EL PREDICADOR PROMEDIO QUE CAMBIÓ EL MUNDO
Entonces, ¿quién era John Wesley? El hombre que Whitefield mencionó. El hombre que
«actuó sabiamente».
En esto todos estaban de acuerdo: Wesley no era tan buen predicador como Whitefield. Ni de cerca. Whitefield tenía la voz, la presencia escénica, el toque dramático. Wesley era sólido, competente, eficaz. Pero nadie lo llamaba el mayor predicador de su generación.
Whitefield tenía lo que parecía un gran total individual. Pero Wesley tenía una excelente tasa de multiplicación. Resulta que Whitefield no estaba multiplicando nada. Solo estaba atrayendo multitudes. Cuando las multitudes se dispersaban, no quedaba nada. No había multiplicación.
Wesley entendía algo que Whitefield no: la predicación por sí sola no crea multiplicación. Los sistemas crean multiplicación.
El evangelismo sin discipulado es negligencia espiritual.
Así que mientras Whitefield viajaba y predicaba a multitudes enormes, Wesley construía estructura.
Creó lo que llamó «sociedades»: grupos de 50 a 300 personas que se reunían para enseñanza y adoración. Luego dividió esas sociedades en «reuniones de clase»: grupos de doce personas que se reunían cada semana y se preguntaban unos a otros: «¿Cómo va tu alma?». La asistencia no era opcional. Recibías un boleto para la reunión de clase. ¿Faltabas demasiado? Perdías el boleto. Luego creó «bandas»: grupos de tres o cuatro personas del mismo sexo y estado civil que se reunían para confesión y rendición de cuentas. Luego estableció a los «predicadores itinerantes»: predicadores viajeros en rotaciones de dos años que extendían el movimiento. Luego empoderó a líderes laicos: hombres y mujeres que podían liderar sin ordenación. Luego organizó conferencias anuales para la coordinación, la disciplina y la doctrina.
No era glamoroso. No era dramático. No era el tipo de cosa que hace que te llamen «la maravilla de la época». Pero se multiplicó.
Wesley mismo lo dijo: «Predicar como un apóstol, sin reunir a los que han despertado ni formarlos en los caminos de Dios, es solo engendrar hijos para el asesino».3
Traducción: El evangelismo sin discipulado es aborto espiritual. La predicación sin sistemas es entretenimiento. Las multitudes sin estructura son una cuerda de arena.
LA TARJETA DE EVALUACIÓN DE LA MULTIPLICACIÓN
Esta es la matemática.
Whitefield: Punto de partida: un predicador. Punto final: cero movimiento. 18 000 sermones predicados. 10 000 000 de personas alcanzadas.
Tasa de multiplicación: 0 por ciento. Legado: olvidado.
Wesley: Punto de partida: un predicador. Punto final: decenas de millones de metodistas en todo el mundo. Menos sermones predicados. Multitudes más pequeñas alcanzadas. Tasa de multiplicación: infinita. Legado: sigue multiplicándose más de 250 años después.
El mismo punto de partida. Resultados opuestos.
Uno construyó una multitud. El otro construyó un movimiento. Uno midió el éxito por el total. El otro midió el éxito por la tasa. Uno está olvidado. El otro está en todas partes.
Adam Clark escribió: «El fruto del Sr. Whitefield murió con él. El fruto del Sr. Wesley permanece, crece, aumenta y se multiplica en gran manera».4
Otro historiador lo dijo así: «Dondequiera que iba Whitefield, dejaba una impresión abrumadora de elocuencia apasionada. Dondequiera que iba Wesley, dejaba un grupo de hombres y mujeres estrechamente unidos en una vida común».5
Elocuencia apasionada contra vida común. Sermones impresionantes contra sistemas de multiplicación. Producción total contra porcentaje de retorno.
Ahora recuerda la parábola de los talentos de Mateo 25. Cinco talentos se convirtieron en diez. Dos talentos se convirtieron en cuatro. El mismo elogio, porque ambos lograron la misma tasa de multiplicación. Dios no los comparó entre sí. Midió a cada uno contra su propio punto de partida. ¿Multiplicaste lo que te dieron? Esa es la única pregunta que importa.
Whitefield podría argumentar que él no «enterró» su talento. Predicó a millones. Pero esto es lo que se le pasó: la multiplicación no se trata de lo que tú logras. Se trata de lo que te sobrevive. Su error fue nunca hacer equipo con otros miembros del cuerpo. Él pudo haber ganado almas mientras otros líderes dotados construían el movimiento: haciendo el discipulado, estableciendo las iglesias locales, creando los sistemas. Pero se le escapó esa parte crítica de la ecuación.
¿El resultado? Murió con todo encerrado dentro de él.
MI REVELACIÓN A LOS CUARENTA Y DOS
Avancemos 250 años.
Yo crecí en la cultura de iglesia. ¿Y la gente que todos admiraban? Los predicadores de conferencias. Los oradores poderosos. Los profetas. Cualquiera que pudiera dominar un escenario. El tipo dramático que podía sostener a una multitud durante una hora. Eso era lo que todos admiraban. Eso era el éxito.
Pero durante ese mismo tiempo, había una iglesia creciendo como loca. Múltiples campus. Crecimiento explosivo. Multiplicación real.
¿Y el pastor? Un buen predicador. Pero no un gran predicador. Sólido.
Competente. Eficaz.
¿Te suena?
Esto fue lo que me voló la cabeza: a este hombre no le importaba repetir sus mensajes. Lo oía predicar el mismo sermón que le había oído tres meses antes en otra conferencia. A mí me habían enseñado desde niño a no repetir nunca nada. Eso no estaba bien visto. Contenido fresco. Perspectivas nuevas. Diferente cada vez.
Pero a este hombre no le importaba. Predicaba el mismo mensaje. Una y otra vez.
Y a pesar de su predicación promedio y su contenido repetido, la iglesia crecía. Y crecía. Y crecía.
Tenía cuarenta y dos años cuando lo entendí. La revelación que lo cambió todo.
La predicación es el departamento de catering.
La gente necesita que la alimenten. Eso es importante. Pero es solo la base de la pirámide de necesidades de Maslow. La comida te mantiene vivo. La capacitación y el desarrollo son el enfoque.
Este pastor entendía lo que Whitefield no entendió. Tenía un enorme instituto de formación. Producía en serie líderes tipo soldado. Multiplicadores eficaces. Gente que sabía construir. No estaba enfocado en ser el mejor predicador. Estaba enfocado en desarrollar a los mejores líderes. No estaba construyendo una multitud. Estaba construyendo un sistema.
Y el sistema se multiplicó.
CONSTRUIR EL MOTOR DE MULTIPLICACIÓN
Así que tomé una decisión.
Iba a construir un sistema de desarrollo. No solo predicar mejores sermones. No solo reunir multitudes más grandes. Iba a crear un motor de multiplicación que me sobreviviera.
Esto es lo que tenía: un campus. Tres mil personas.
Esto es lo que construí: un equipo.
Mi hijo Mark se convirtió en el catalizador. A los veinte años, desarrolló a toda una nueva generación de líderes. Josh —que creció en nuestra iglesia y regresó para ser pastor de campus en Paradise y luego pastor principal de Australia— se convirtió en la figura de José. Él creó los sistemas para administrar a las personas que Mark había desarrollado inicialmente. Mi esposa Jane y yo también habíamos desarrollado personas, pero nosotros aportamos la estructura y la visión generales.
Juntos, transformamos el pensamiento de toda una generación de corto plazo a largo plazo. No solo estábamos entrenando a personas para hacer tareas. Estábamos desarrollando multiplicadores. Líderes que podían liderar líderes que podían liderar líderes.
¿El resultado?
Un campus se convirtió en veintiún campus. Tres mil personas se convirtieron en diecinueve mil.
Esta es mi tarjeta de evaluación: Punto de partida: un campus, 3000 personas. Estado actual: veintiún campus, 19 000 personas. Multiplicación de campus: 2100 por ciento (21X). Multiplicación de personas: 600 por ciento (6X). Desarrollo de líderes: 100 por ciento interno.
El mismo principio que Wesley. Construye el sistema, no solo el sermón. Desarrolla a los líderes, no solo a los oyentes. Crea multiplicación, no solo suma.
Y la matemática demuestra que funciona.
JESÚS: EL MODELO SUPREMO DE MULTIPLICACIÓN
¿Quieres ver el principio de la multiplicación en acción? Mira a Jesús.
Doce hombres. Tres años de inversión. Eso es todo.
Sin presupuesto de publicidad. Sin redes sociales. Sin campaña de marketing. Sin infraestructura global. Solo doce discípulos. Desarrollo intencional. Multiplicación estratégica.
¿Dos mil años después? Más de dos mil millones de seguidores.
De doce a 2 000 000 000.
Eso no es suma. Eso es multiplicación.
Y no pasó porque Jesús intentara alcanzar a todos. Pasó porque invirtió profundamente en unos pocos. No construyó una multitud. Construyó multiplicadores. No creó fans. Desarrolló líderes que desarrollarían líderes que desarrollarían líderes.
Y la multiplicación sigue en marcha.
Cada domingo, millones se reúnen en su nombre. No porque Jesús los haya alcanzado personalmente, sino porque se multiplicó a través de doce hombres que se multiplicaron a través de otros que se multiplicaron a través de otros.
Ese es el poder del pensamiento de multiplicación. No estás tratando de alcanzar a todos. Estás desarrollando a los pocos que alcanzarán a los muchos. No estás construyendo una multitud. Estás construyendo un motor de multiplicación.
Y eso es exactamente lo que el siguiente capítulo te mostrará cómo hacer: la estructura concreta para construir tus doce tribus.
PUNTOS CLAVE
La ley:
Cinco talentos se convirtieron en diez. Dos talentos se convirtieron en cuatro. El mismo elogio,
porque Dios mide la tasa de multiplicación, no la producción total. Él
no los comparó entre sí. Midió a cada uno contra su propio
punto de partida. Whitefield tenía totales impresionantes pero una tasa de
multiplicación de cero. Wesley tenía totales modestos pero una tasa de
multiplicación infinita. Tu tarea no es alcanzar a la mayor cantidad de gente.
Es multiplicarte a la tasa más alta.
El cambio:
La predicación es el departamento de catering. Los sistemas crean la multiplicación.
Wesley construyó sociedades, reuniones de clase, bandas, predicadores itinerantes, líderes
laicos y conferencias anuales. No era glamoroso. Pero se multiplicó.
El pastor que observé a los cuarenta y dos entendía lo mismo:
construyó un instituto de formación, no solo una presencia en el escenario. La pregunta
no es qué tan buenos son tus sermones. La pregunta es: ¿qué sistema estás
construyendo?
La auditoría:
1) ¿Estás midiendo el total o la tasa?
2) ¿Te estás comparando con otros o multiplicando lo que te dieron?
3) ¿Qué sistema estás construyendo que te sobrevivirá?
4) ¿A quién estás desarrollando como multiplicadores: líderes que lideran líderes que lideran líderes?
5) Si desaparecieras mañana, ¿la multiplicación continuaría o moriría contigo?
6) ¿Eres el cuello de botella o el constructor?
7) ¿Qué construiría Wesley si tuviera tus recursos?
Notas
1. John Wesley the Methodist, cap. 13, «In Conference with the Preachers», Wesley Center Online, consultado el 19 de enero de 2026, https://wesley.nnu.edu/. ↩
2. Citado en Jay Lorenzen, «A Rope of Sand», OnMovements, 4 de noviembre de 2008, https://onmovements.com/?p=347. ↩
3. John Wesley, The Journal of John Wesley, entrada del 25 de agosto de 1763, Christian Classics Ethereal Library, consultado el 19 de enero de 2026, https://www.ccel.org/ccel/wesley/journal.vi.xiii.iii.html. ↩
4. Citado en Jay Lorenzen, «A Rope of Sand». ↩
5. G. R. Cragg, The Church and the Age of Reason, 1648–1789 (Harmondsworth, Middlesex: Penguin Books, 1960), 145. ↩
Parte III
El modelo de multiplicación
CONSTRUIR SISTEMAS QUE ESCALAN SIN TI
Capítulo 7
Las doce tribus
LA ARQUITECTURA
QUE DIOS DISEÑÓ PARA
SOBREVIVIR A CUALQUIER LÍDER
Adam Neumann construyó un imperio de 47 mil millones de dólares llamado WeWork. Luego
lo vio derrumbarse hasta cero.
¿Por qué?
Porque construyó un castillo. Y los castillos no pueden sobrevivir sin reyes.
Neumann lo centralizó todo alrededor de sí mismo. Su visión. Sus decisiones. Su presencia. Construyó un monumento a su propia indispensabilidad.
La torre se hizo más alta. Los muros se hicieron más gruesos. El imperio se expandió.
Hasta que el rey se fue. Y el castillo se derrumbó.
WeWork pasó de 47 mil millones de dólares a la bancarrota en cuestión de meses. No porque fallara la idea. Porque falló la arquitectura.
Neumann construyó para la gloria. No para las generaciones. Construyó un monumento.
No un movimiento.
Hay dos maneras de construir.
Esta es la trampa en la que cae la mayoría de los líderes:
Castillo alto parece más rápido. Reino amplio es más rápido.
Castillo alto se siente poderoso. Reino amplio es poderoso. La
pregunta: ¿cuál estás construyendo?
EL SÍNDROME DEL REYECITO
No es un problema nuevo. Es antiguo.
En 1 Samuel 8, Israel viene a Samuel con una exigencia: «Danos un rey» (vv. 5-6).
Samuel pregunta por qué.
Su respuesta lo revela todo: «Para que el rey pelee nuestras batallas por nosotros» (v. 20, paráfrasis del autor).
No querían un líder que los equipara para pelear. Querían a alguien que peleara por ellos. Querían un héroe que hiciera lo que ellos debían aprender a hacer por sí mismos.
Dios les advirtió: «Esto es lo que hará su rey. Tomará a sus hijos. Tomará a sus hijas. Tomará sus campos» (vv. 11-14, paráfrasis del autor).
Pero ellos insistieron: «Queremos un rey como todas las demás naciones» (vv. 19-20, paráfrasis del autor).
Dios se lo concedió. Y eso los destruyó, tal como Él había advertido.
El síndrome del reyecito. La adicción al liderazgo centralizado. La fantasía de que una persona dotada puede hacer por nosotros lo que deberíamos aprender a hacer nosotros mismos.
Mató a Israel. Mató a WeWork. Y está matando a tu organización ahora mismo.
EL CAMBIO GENERACIONAL
Mi hijo Mark tenía quince años cuando Dios le habló.
Dos palabras: Iglesia mundial.
Me contó lo que había oído. Captó mi atención, pero no estaba seguro de si eran convicciones de adolescente o la voz de Dios.
Veintidós años después, no ha vacilado.
Hoy, a los treinta y siete, Mark ha influido en toda una generación de líderes de jóvenes hasta llevarlos al liderazgo senior de Futures Church. Estos líderes extraordinarios —muchos de los cuales empezaron siendo adolescentes— son ahora líderes de campus, y arquitectos y voces significativas en múltiples continentes.
Cuando Mark me contó lo que Dios le había dicho, resonó en mí. Mi propio recorrido y mi análisis de la iglesia me habían llevado a concluir que, a pesar de que la iglesia global es enorme, estábamos pensando demasiado pequeño, impactando aún menos, construyendo demasiado local y muriendo demasiado rápido.
Primero, teníamos que entender qué estaba matando la multiplicación en todas partes donde mirábamos.
EL MOMENTO CULTURAL
Los primeros años de la década del 2000 trajeron un desafío.
Muchos de nuestros líderes de la generación anterior veían tener su propia iglesia como la cima del liderazgo. Querían ser el pastor principal. Construir su iglesia. Tener su plataforma.
Eso fue cerca del punto más alto del síndrome del pastor celebridad. La era del líder individual construyendo su propio imperio. El periodo de cincuenta años en que «mi iglesia» importaba más que «la iglesia».
Pero al mismo tiempo, algo estaba cambiando en nuestros líderes jóvenes.
Ya no querían salir solos a hacer lo suyo. Gracias a Mark y a su generación, junto con la guía del Espíritu Santo y el liderazgo de Jane y mío, nuestros líderes emergentes querían ser parte de algo más grande que ellos mismos.
Nosotros nos movíamos hacia la colaboración mientras la cultura se movía hacia el aislamiento. Nosotros construíamos para la multiplicación mientras otros construían para la celebridad.
Y Dios estaba a punto de mostrarnos el plan.
Si centralizas demasiado, obtienes control pero pierdes velocidad.
La mayoría de los líderes cree que debe elegir: liderazgo fuerte o ejecución ágil. Control centralizado o autoridad distribuida. Un centro regional (hub) o muchas ubicaciones.
Pero esa es una falsa disyuntiva.
¿Y si pudieras ser ambas cosas?
Fuerte y ágil. ADN centralizado y ejecución distribuida.
Una visión y muchos líderes.
Eso es lo que crea el Modelo de las Doce Tribus.
No es gobierno corporativo. Es la arquitectura de la multiplicación.
Este es el problema que enfrenta la mayoría de las organizaciones: si centralizas demasiado, obtienes control pero pierdes velocidad. Cada decisión requiere permiso. Cada iniciativa espera aprobación. Los líderes no pueden liderar porque están esperando que el centro le dé luz verde a todo.
Si descentralizas demasiado, obtienes velocidad pero pierdes alineación. Cada uno hace lo suyo. El ADN se diluye. La misión se fragmenta. Terminas con cincuenta expresiones distintas del mismo nombre sin una identidad coherente.
El Modelo de las Doce Tribus resuelve ambos problemas.
LA MATRIZ DE LA LIBERTAD
Piensa en una matriz. Dos ejes.
Eje vertical: del centro regional a los campus
«El centro regional provee la infraestructura que a cada campus le tomaría años y millones de dólares construir por su cuenta: sistemas contables, estructura legal... También garantiza que sigamos alineados con los estándares teológicos y éticos de nuestra familia denominacional más amplia, proveyendo una capa de seguridad para cada pastor de campus. Esta es la estabilidad vertical que libera a los campus...».
Eje horizontal: de campus a campus
Esto es lo que da velocidad.
Cada centro regional, y de ahí hacia abajo hasta el nivel de campus, tiene libertad para: contratar personal según la necesidad local y el encaje cultural, diseñar servicios para su comunidad y contexto específicos, lanzar ministerios que respondan a los desafíos locales, tomar decisiones operativas del día a día sin esperar permiso, construir relaciones con líderes, escuelas y empresas locales, adaptar el estilo de comunicación a su demografía, fijar horarios de servicio que funcionen para su ciudad y crear una programación que encaje con sus instalaciones y su capacidad.
Esta es la velocidad horizontal que permite a los campus moverse rápido sin demoras burocráticas.
El cambio de paradigma:
La mayoría de las organizaciones son fuertes verticalmente (mucho control desde arriba) y débiles horizontalmente (ejecución lenta abajo).
El Modelo de las Doce Tribus es fuerte verticalmente (estabilidad y apoyo desde el centro regional) y fuerte horizontalmente (velocidad y agilidad en el campus).
No es una cosa o la otra. Son las dos.
Obtienes la fuerza de la infraestructura centralizada con la agilidad de la autoridad distribuida.
Necesito hacer aquí una distinción crítica.
Cuando hablo de «libertad» y «autoridad distribuida», no estoy hablando de una democracia plana donde todos tienen un voto. Y definitivamente no estoy hablando de anarquía.
Si le entregas las llaves de todo el reino a un pastor de campus de veinticuatro años que todavía está aprendiendo a dirigir una reunión de personal, no lo estás empoderando. Lo estás preparando para fracasar.
Operamos con un sistema de mando específico. No confundas los rangos.
Nivel 1: El comodoro (el líder de tribu). Esto es autoridad
distribuida.
En una armada, un comodoro no solo comanda un barco; comanda un escuadrón. Gobierna toda una región de la flota.
Estos son los líderes en quienes confío para salir de la sala. Tienen autoridad para fijar presupuestos para su tribu, plantar nuevos campus y contratar personal clave.
Pero que no quede duda: autoridad distribuida no es soberanía total.
El comodoro comanda el escuadrón, pero está constantemente en comunicación con el almirante.
Hablamos constantemente. Discutimos la estrategia. Nos alineamos en la dirección. Tienen libertad para dirigir el rumbo, pero no libertad para cambiar el destino. Llevan el ADN tan profundamente que pueden dirigir su escuadrón sin mí en el puente de mando, pero nunca cortan las comunicaciones con el buque insignia.
Nivel 2: El capitán (el pastor de campus). Esto es autoridad
delegada.
Un capitán tiene libertad total en su propio barco, pero sigue las coordenadas del escuadrón.
Tiene libertad para ejecutar, pero no para gobernar la tribu.
No decide si valoramos la excelencia; decide cómo hacer que la excelencia ocurra en su cubierta específica. No reescribe el manual de jugadas; ejecuta las jugadas para ganar el partido.
Estas son las reglas: El gobierno es del comodoro. La ejecución es del capitán.
Si le das autoridad de gobierno a un capitán que no ha sido probado, no obtienes multiplicación. Obtienes división. Obtienes caudillos que toman tus recursos y construyen sus propios reinitos.
Pruebo a mis comodoros durante años —a veces décadas— antes de entregarles las llaves de una región. Pero una vez que lo hago, los dejo liderar.
No le entregues las escrituras del edificio a alguien que solo debería tener las llaves de la puerta principal.
LA ARQUITECTURA DIVINA DEL DOCE
¿Por qué doce?
No diez. Diez es un número redondo. Tenemos diez dedos. Usamos matemática en base diez.
No siete. Siete es el número de la plenitud. El número del descanso. El número del sábado.
Pero cuando Dios decide construir un gobierno, no elige diez. No elige siete.
Elige doce.
Durante treinta años, esto se me pasó. Pensaba que doce era simbólico.
Poético. Arbitrario.
Estaba equivocado.
Y si quieres contener la cosecha
que Dios está enviando, no puedes ignorar el recipiente que Dios diseñó.
Fue durante un estudio nocturno de Apocalipsis cuando por fin lo vi. Había leído el pasaje sobre la Nueva Jerusalén cien veces, pero esa noche el número doce saltó de la página por todas partes. Doce puertas. Doce cimientos. Doce mil estadios. Agarré mi concordancia y empecé a rastrear el número hacia atrás a través de la Escritura. El patrón estaba en todas partes. Una vez que lo vi, ya no pude dejar de verlo.
Doce es el número de la administración divina. Es el número del gobierno. Es el número de la capacidad estructural.
Y si quieres contener la cosecha que Dios está enviando, no puedes ignorar el recipiente que Dios diseñó.
La estructura de gobierno de Dios no empezó en el Nuevo Testamento. Empezó con una familia.
Jacob tuvo doce hijos. No once. No trece. Doce (Génesis 35:22-26).
Rubén. Simeón. Leví. Judá. Dan. Neftalí. Gad. Aser. Isacar. Zabulón. José. Benjamín.
De estos doce salieron las doce tribus de Israel (Génesis 49). Y de estas doce tribus salió toda una nación estructurada alrededor de un gobierno distribuido (Números 2; Números 26; Éxodo 18:13-26; Deuteronomio 1:9-18).
Esta fue la explosión de multiplicación.
Una familia se convirtió en doce tribus. Doce tribus se convirtieron en una nación. Una nación se convirtió en un reino.
Cada tribu tenía su propio territorio, sus líderes, su identidad y su responsabilidad.
Pero eran una sola nación. Un solo pueblo. Un solo pacto.
Unidad a través de la diversidad. Fuerza a través de la distribución.
*Marchaban juntas, peleaban juntas, pero vivían
separadas.* Esto no era teoría organizacional. Esto era arquitectura
divina.
EL SECRETO DE SALOMÓN:
LA PROSPERIDAD REQUIERE ESTRUCTURA
La Biblia nos dice que el rey Salomón fue el hombre más sabio y más rico que
jamás haya vivido.
Nos encanta predicar sobre su sabiduría. Nos encanta predicar sobre la reina de Sabá maravillándose de su riqueza (1 Reyes 10:1-13; 2 Crónicas 9:1-12).
Pero rara vez predicamos sobre cómo la administró.
No lo hizo solo. Y no lo hizo con un grupo cualquiera de ayudantes.
Primera de Reyes 4:7 nos da el plan: «Tenía Salomón doce gobernadores sobre todo Israel, los cuales mantenían al rey y a su casa. Cada uno de ellos estaba obligado a abastecerlo por un mes en el año». No te pierdas esto.
El reino más próspero de la historia de Israel fue sostenido por una estructura de doce.
Salomón dividió la carga. Distribuyó la responsabilidad. Creó un sistema en el que el peso del reino no aplastaba al rey.
Como tenía doce gobernadores, el reino podía recorrer el año —doce meses, doce líderes— sin que nadie se quemara y sin que ningún recurso se agotara.
La estructura creó sostenibilidad. La sostenibilidad creó prosperidad.
Salomón entendía lo que a la mayoría de los líderes modernos se les escapa: la abundancia sin arquitectura produce colapso. La bendición sin estructura produce agotamiento.
Puedes tener toda la sabiduría del mundo. Puedes tener toda la riqueza del mundo. Pero si no tienes la estructura para administrarla, la perderás.
LA ADMINISTRACIÓN DE JESÚS
Cuando Jesús llegó para lanzar el movimiento más grande de la historia, tenía
miles de seguidores.
Pudo haber elegido a tres. Un pequeño equipo ejecutivo. Pudo haber elegido a setenta. Un gran consejo asesor. Pero cuando llegó el momento de delegar autoridad —de establecer el gobierno del nuevo pacto—, nombró a doce: «Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad» (Marcos 3:14-15).
Esto no fue un accidente. No fue nostalgia por el Antiguo Testamento. Fue administración intencional.
Jesús le estaba señalando al mundo: Nuevo Israel. Nuevo pacto. La misma arquitectura divina.
Así como hubo doce tribus de Israel en el Antiguo Testamento, habría doce apóstoles en el Nuevo.
Estaba estableciendo una administración capaz de gobernar la cosecha global que venía.
Y observa el patrón: los doce hijos de Jacob se convirtieron en el fundamento de una nación. Los doce gobernadores de Salomón sostuvieron un imperio.
Los doce apóstoles de Jesús lanzaron un movimiento que cambió el mundo.
El mismo número. La misma estructura. El mismo principio divino.
Algunos piensan que la estructura es una idea de negocios. Piensan que ser «guiado por el Espíritu» significa no tener forma. Fluido. Desorganizado. Piensan que el cielo es un lugar brumoso y sin estructura donde flotamos sobre nubes.
Dios no solo usó el doce para
su pueblo. Integró el doce en el tejido mismo de la creación.
Lee el final del Libro.
Apocalipsis 21 describe la Nueva Jerusalén. La ciudad eterna. La imagen suprema de la perfección de Dios.
Y está hiperestructurada alrededor del número doce.
Tiene doce puertas. Tiene doce cimientos. La ciudad mide 12 000 estadios. El muro tiene 144 codos de grosor: doce por doce. Las puertas llevan los nombres de las doce tribus de Israel. Los cimientos llevan los nombres de los doce apóstoles.
Dios no descartó la estructura de doce para la eternidad. Redobló la apuesta.
Ahora mira la sala del trono en Apocalipsis 4. Alrededor del trono hay veinticuatro ancianos.
¿Quiénes son?
Los teólogos creen que los veinticuatro representan la fusión de los doce patriarcas de Israel y los doce apóstoles del Cordero. Antiguo Testamento y Nuevo Testamento. Antiguo pacto y nuevo pacto.
Unidos en gobierno alrededor del trono de Dios.
12 + 12 = 24.
La estructura de doce no fue temporal. No fue cultural. No fue solo para los judíos.
Es eterna.
Esto es lo que a la mayoría se le escapa.
Dios no solo usó el doce para su pueblo. Integró el doce en el tejido mismo de la creación.
Génesis 1:14-18 nos dice que Dios puso las lumbreras en los cielos para señorear el día y la noche, para marcar las estaciones y los años.
¿Y qué creó?
Doce meses en un año. Doce horas en un día. Doce horas en una noche.
El tiempo mismo funciona sobre la arquitectura del doce.
Cada año vives doce ciclos. Cada día atraviesas doce horas de luz. Cada noche descansas durante doce horas de oscuridad.
El número doce refleja la armonía aproximada entre la órbita de la Tierra y los ciclos de la luna: una estructura que organiza el tiempo mismo.
Es un ciclo. Es un sistema. Es orden divino.
LA VISIÓN DE EZEQUIEL: EL PLAN DADO OTRA VEZ
Antes de que Apocalipsis describiera la Nueva Jerusalén, Dios le dio
a Ezequiel una visión.
Ezequiel 48:30-35 describe la ciudad restaurada de Dios:
Doce puertas. Tres por cada lado. Con los nombres de las doce tribus.
Lo que Ezequiel vio, Juan lo volvió a ver en Apocalipsis. La visión se repitió porque el principio nunca cambió.
La estructura de gobierno de Dios es doce.
Desde Génesis hasta Apocalipsis. Desde Jacob hasta Juan. Desde la formación de Israel hasta la formación de la eternidad.
Doce no es una moda. Es el fundamento.
Así que dejémoslo claro.
Si doce fuera arbitrario, aparecería una vez. Tal vez dos.
Pero aparece:
En la fundación de Israel: doce tribus de doce hijos.
En el gobierno de Israel: doce gobernadores bajo Salomón.
En la fundación de la iglesia: doce apóstoles bajo Jesús.
En la estructura del tiempo: doce meses, doce horas de día, doce horas de noche.
En la visión profética: doce puertas en la ciudad de Ezequiel.
En la realidad eterna: doce puertas, doce cimientos, 12 000 estadios, 144 codos en la Nueva Jerusalén.
En la sala del trono del cielo: veinticuatro ancianos (12 + 12) rodeando el trono de Dios.
Esto no es coincidencia. Esto no es cultura. Esto no es preferencia.
Esto es arquitectura divina.
Cuando Dios quiere gobernar, usa doce. Cuando Dios quiere sostener la prosperidad, usa doce. Cuando Dios quiere estructurar la eternidad, usa doce.
Esa es la teología. Ahora déjame mostrarte cómo lo construimos en la práctica.
NUESTRO CAMINO HACIA LOS DOCE
No empezamos con doce.
Empezamos con uno.
Una ubicación. Un campus. Una ciudad. Adelaida, Australia.
Durante años, eso fue todo lo que fuimos. Una sola iglesia haciendo lo mejor que podía para alcanzar a su ciudad.
Pero Dios nos había mostrado en la Escritura un patrón que no podíamos ignorar. Y poco a poco, empezó a guiarnos hacia él.
De una ubicación a dos centros regionales. De dos centros regionales a tres. Y de tres hacia doce.
Esa es la explosión de multiplicación.
No suma. No crecimiento lineal. Multiplicación.
Le pedimos a Dios el patrón. Nos llevó a Hechos.
Jerusalén y Antioquía. Dos centros. Dos centros regionales de multiplicación.
No competencia. Asociación.
Jerusalén era el centro teológico. El lugar donde se reunían los apóstoles. El centro regional que envió a Pedro y a Juan.
Antioquía era el centro misionero. El lugar donde los creyentes se llamaron cristianos por primera vez. El centro regional que envió a Pablo y a Bernabé a los gentiles.
Dos centros regionales. No uno.
¿Por qué?
Porque un centro regional crea un cuello de botella. Todo fluye a través de un solo lugar, un solo equipo, un solo grupo de líderes, un solo proceso de aprobación. El crecimiento queda limitado por la capacidad de ese único centro regional.
Dos centros regionales crean capacidad distribuida. La multiplicación se acelera porque no estás esperando que un solo centro lo procese todo. Tienes dos motores de multiplicación funcionando al mismo tiempo.
Empezamos con Adelaida (Australia) como centro regional uno. Este era nuestro centro original. El lugar donde se plantó la iglesia. El centro regional que conocía nuestro ADN, nuestra historia, nuestra cultura.
Luego Dios nos mostró Atlanta (Estados Unidos) como centro regional dos.
No solo otro campus. Un centro regional. Un segundo centro de multiplicación. Un lugar que pudiera levantar líderes, multiplicar campus, desarrollar infraestructura y extender el movimiento por Norteamérica y más allá.
Dos centros regionales significaban que podíamos multiplicarnos en dos hemisferios al mismo tiempo sin crear un cuello de botella transatlántico.
Pero Dios no había terminado.
Hoy tenemos tres centros regionales funcionando:
Centro regional uno: Futures Church Australia. Adelaida. El original. La sede madre. Este centro regional supervisa Australia, Nueva Zelanda y la región de Asia-Pacífico. Aquí vive el ADN fundacional. Aquí nació el movimiento.
Centro regional dos: Futures Church USA. Atlanta. El segundo centro regional. Este centro regional supervisa Norteamérica, América Latina y el Caribe. Atlanta ha desarrollado su propia cadena de liderazgo, su propio motor de multiplicación y su propia identidad regional, llevando el mismo ADN.
Centro regional tres: Futuros. Nuestro centro regional de habla hispana. Futuros no es solo una traducción de idioma dentro de Futures Church: es una tribu dentro de ella. La misma teología. Los mismos valores. La misma misión. Otro idioma. Otra expresión cultural. Futuros lleva el ADN pero lo contextualiza para el mundo de habla hispana.
Tres centros regionales funcionando. Tres centros de multiplicación. Tres motores funcionando al mismo tiempo.
Y se están formando más.
Indonesia se está formando. También Franklin, Tennessee.
Ahora mismo, nuestro centro regional australiano supervisa nuestra expresión indonesia. Los campus están creciendo. Los líderes se están desarrollando. El ADN está echando raíces.
Franklin, Tennessee, está en su etapa de formación: un centro regional que emerge en el corazón de Estados Unidos. Se están poniendo los fundamentos. Se están levantando los líderes. La visión está tomando forma.
Por venir: nueve centros regionales más en África, Sudamérica, Europa y Asia.
Dios ha levantado y levantará poderosos líderes de movimiento con factor X para cada uno de estos centros regionales. Cuando esos líderes emerjan —cuando los centros regionales tengan la capacidad de multiplicarse por su cuenta—, se convertirán en centros de multiplicación en funcionamiento.
Ese es el patrón.
Los centros regionales no empiezan completamente formados. Empiezan como campus. Crecen bajo la supervisión de un centro regional existente. Los líderes se desarrollan. La capacidad se construye. Y cuando Dios levanta al líder de movimiento correcto y el centro regional está listo para sostenerse solo, se lanza.
No estamos nombrando centros regionales. Estamos reconociendo lo que Dios está construyendo.
Algunos de nuestros líderes con factor X están claros. Han emergido. Están liderando. Se están multiplicando.
Otros se están formando. Dios los está haciendo crecer. Los está moldeando. Los está preparando para lo que viene.
Y esto lo sé: Dios levantará a más. Hará crecer a otros. Traerá nuevos líderes a la Revolución de las Doce Tribus que todavía ni siquiera están en nuestro radar.
La cosecha lo requiere. La arquitectura lo exige. Y Dios es fiel para proveerlo.
Doce tribus. Lideradas por doce equipos constructores de movimiento. Cada tribu operando como un centro regional con campus que se relacionan con ese centro.
Cada tribu tendrá lo siguiente: arquitectos de movimiento y sus equipos constructores de movimiento (líderes senior que llevan el ADN). Infraestructura del centro regional (contabilidad, legal, recursos humanos, tecnología). Estrategia de multiplicación de campus (específica para el contexto de esa tribu). Contextualización local (idioma, cultura, estilo de ministerio).
Las tribus no compiten. Operan de manera colegiada. Marchan juntas (misión, visión y cultura unificadas). Pelean juntas (recursos y apoyo compartidos). Pero viven separadas (ejecución contextualizada).
Esto es lo que veo en el futuro: cada tribu será liderada por sus propios arquitectos de movimiento y sus equipos. Y supervisando el conjunto no habrá un único director ejecutivo, sino una pluralidad de padres y madres que garanticen que el ADN se mantenga firme en todas las tribus.
Esta es la Revolución de las Doce Tribus. Y apenas está empezando.
EL MODELO CARVER: LOS LÍMITES CREAN LIBERTAD
El principio de la cerca
Usamos un sistema de gobierno llamado Modelo Carver.
No te voy a aburrir aquí con los estatutos técnicos, pero he puesto el desglose completo en el Apéndice para quienes quieran implementarlo. Pero este es su corazón: Define el «no» y suelta el «sí».
La mayoría de las organizaciones intenta enumerar todo lo que un líder puede hacer. Esa es una lista asfixiante.
No puedes multiplicar la velocidad si lideras a base de permisos.
Cada vez que quieren probar algo nuevo, tienen que pedir permiso. Esperar la aprobación. Navegar la burocracia.
Mata la velocidad. Mata la iniciativa. Mata la multiplicación.
Nosotros simplemente enumeramos las cinco a ocho cosas que no pueden hacer. Como vender el edificio. O cambiar la teología.
¿Todo lo demás? Es un sí.
Si quieres el lenguaje específico de las políticas que usamos para mantener seguros veintiún campus mientras corremos rápido, ve al Apéndice.
Pero por ahora, entiende esto: no puedes multiplicar la velocidad si lideras a base de permisos. Tienes que liderar con límites.
EL ADN: LO QUE SUJETAMOS FIRME
Esto es innegociable en todas las tribus, todos los centros regionales, todos los campus:
1) El evangelio: Jesús murió, resucitó y ofrece salvación por gracia mediante la fe. Él es el centro de todo.
2) El Espíritu Santo: Creemos en el bautismo del Espíritu Santo, en los dones del Espíritu y en la guía del Espíritu.
3) La misión: Plantar iglesias que se multipliquen a través de generaciones y continentes.
4) El nombre: Futures Church (un solo nombre, muchas expresiones).
5) Los valores: La gracia por encima de la ley, la multiplicación por encima de la suma, la iglesia local como el plan de Dios.
6) El desarrollo de líderes: Estándares para levantar y acreditar líderes.
7) La integridad financiera: Transparencia, rendición de cuentas y mayordomía.
Este es el ADN. Esto no cambia según la tribu o la cultura.
La ejecución. No hay una talla única para todos cuando te multiplicas a través de continentes, culturas e idiomas.
Familia, no franquicia
Las franquicias clonan. Las familias se multiplican.
McDonald's quiere que cada local se vea idéntico. El mismo menú. Los mismos colores. La misma experiencia. Entra a un McDonald's en Atlanta o en Toronto y verás exactamente lo mismo.
Eso es una franquicia. Y las franquicias funcionan para las hamburguesas.
Pero la iglesia no vende hamburguesas. Nosotros multiplicamos vida.
Las familias quieren que cada hijo lleve el ADN pero lo exprese de forma única. Los mismos valores. Distinta ejecución. La misma misión. Distintos métodos.
Mis tres hijos llevan mi ADN. Pero no se ven idénticos. No actúan de forma idéntica. No lideran de forma idéntica.
Mark lidera con visión estratégica. Es un emprendedor espiritual. Nate predica con fuego profético. Es un gran maestro. Benjamin es músico, adorador y líder, y lleva apenas dos años en su recorrido.
Y ese es el punto.
No se supone que sean yo. Se supone que lleven el ADN y lo multipliquen a su manera.
Lo mismo con las tribus.
No queremos doce tribus que se vean exactamente como Adelaida. Queremos doce tribus que lleven el ADN pero se adapten a su idioma, su cultura, su contexto.
Futuros no se ve exactamente como Futures Church Australia. No debería. Es un centro regional de habla hispana que alcanza al mundo de habla hispana. El ADN es el mismo. La expresión es distinta, pero se siente como familia porque es... familiar.
Eso es multiplicación. No clonación.
Descendencia, no copias
Cuando copias, obtienes uniformidad. Cuando multiplicas, obtienes diversidad.
Las copias son más débiles que el original. Cada generación pierde algo en la traducción.
La descendencia es más fuerte que el original. Cada generación añade capacidad, se adapta a nuevos ambientes y lleva el ADN a contextos que el original nunca podría alcanzar.
No estamos fotocopiando iglesias. Estamos dando a luz descendencia.
Y la descendencia no reemplaza a los padres. Multiplica el legado.
LA VISIÓN DE 300 AÑOS
No estamos construyendo para una década. Estamos construyendo para tres siglos.
Mi abuelo nació en Gales en 1901. Se fue a plantar iglesias en la India cuando tenía poco más de veinte años. Levantó líderes. Multiplicó la misión.
Su decisión de multiplicarse puso en marcha un movimiento que sigue multiplicándose más de cien años después.
Solo por la rama paterna de la familia, el legado ha explotado. Mi hermano Russell y yo lideramos iglesias grandes y en multiplicación. Nuestros hijos sirven en el ministerio. Y entre los dos, ya tenemos siete nietos hasta ahora: la quinta generación levantándose. El Modelo de las Doce Tribus está diseñado para sobrevivir a los fundadores, sobrevivir a los líderes senior y multiplicarse durante 300 años.
Porque los reinos no dependen de los reyes. Dependen de la arquitectura.
Estos son los resultados hasta ahora:
Tres centros regionales funcionando (Australia, Estados Unidos, Futuros), con Indonesia y Franklin en formación.
Veintiún campus en cuatro países.
Cuatro idiomas: inglés, español, bahasa y portugués.
Una estructura diseñada para escalar a doce tribus en cada región importante del mundo.
Líderes multiplicando líderes a través de continentes, culturas y generaciones.
Y apenas estamos empezando.
No necesitas copiar nuestro modelo exacto. Pero sí necesitas resolver el mismo problema.
Así se empieza:
Construye centros regionales, no solo una sede. No lo centralices todo en una sola ubicación. Eso crea un cuello de botella. Crea centros regionales que puedan multiplicarse de forma independiente.
Distribuye la autoridad, no la acapares. Dales a los líderes poder real de decisión, no solo la ilusión de liderazgo. Define lo que no pueden hacer, y luego déjalos correr.
Sujeta firme el ADN, suelta la ejecución. Sé clarísimo sobre lo que debe permanecer igual (tu misión central, tus valores, tu teología). Sé flexible sobre lo que debe cambiar (métodos de ministerio, estilo de servicio, expresión local).
Piensa en 300 años, no en tres. Construye una arquitectura que te sobreviva por siglos, no una que solo aguante hasta que te jubiles. Pregúntate: ¿Funcionará este sistema cuando yo ya no esté?
Deja que los centros regionales emerjan orgánicamente. No nombres centros regionales antes de que los líderes estén listos. Levanta líderes. Desarrolla capacidad. Cuando Dios levante a un líder apostólico y el centro regional pueda multiplicarse por su cuenta, suéltalo.
EN RESUMEN
Adam Neumann construyó un castillo. Se derrumbó cuando el rey se fue.
No construyas un castillo. Construye un reino.
Distribuye la arquitectura. Multiplica a los líderes. Suelta la autoridad. Define los límites. Sujeta firme el ADN. Suelta la ejecución.
Y mira lo que pasa cuando sales de la sala. El castillo se derrumba.
El reino se multiplica.
PUNTOS CLAVE
La ley:
Adam Neumann construyó un imperio de 47 mil millones de dólares llamado WeWork. Luego lo vio
derrumbarse hasta cero. ¿Por qué? Porque construyó un castillo. Los castillos no pueden
sobrevivir sin reyes. El Modelo de las Doce Tribus es arquitectura
divina, no teoría organizacional. Como mencioné antes, el
número doce aparece a lo largo de toda la Escritura: los doce hijos de Jacob se convirtieron en
las doce tribus: la explosión de multiplicación. Los doce
gobernadores de Salomón sostuvieron la prosperidad de Israel. Los doce apóstoles de Jesús
lanzaron la iglesia global. La Nueva Jerusalén tiene doce puertas, doce
cimientos, mide 12 000 estadios y tiene muros de 144 codos de grosor
(12 x 12). Veinticuatro ancianos (12 + 12) rodean el trono de Dios. Incluso
el tiempo está estructurado alrededor del doce: doce meses, doce horas de día,
doce horas de noche. Esto no es coincidencia. Es arquitectura
divina.
El cambio:
Empezamos con una ubicación. Dios nos guio a dos centros regionales. Ahora tenemos
tres centros regionales funcionando: Futures Church Australia (Adelaida), Futures
Church USA (Atlanta) y Futuros (nuestro centro regional de habla hispana).
Indonesia y Franklin, Tennessee, están en formación: centros regionales que emergen
bajo supervisión hasta que Dios levante a sus líderes apostólicos.
Siete centros regionales más emergerán en África, Europa, Asia y el
Medio Oriente. Algunos líderes apostólicos están claros; otros se están formando. Dios
levantará a más y hará crecer a otros que se unirán a la Revolución
de las Doce Tribus. Las tribus marchan juntas (ADN unificado), pelean juntas
(recursos compartidos), pero viven separadas (ejecución contextualizada).
No estamos construyendo una corporación. Estamos construyendo una familia de tribus.
La auditoría:
1) ¿Estás construyendo castillo alto o reino amplio?
2) ¿Puede tu organización sobrevivir sin ti?
3) ¿Tienes múltiples centros regionales o una sola torre centralizada?
4) ¿Has definido límites claros?
5) ¿Estás sujetando firme el ADN y soltando la ejecución?
Empieza con dos centros regionales, no con uno. Un centro regional es un cuello de botella. Dos centros regionales crean
capacidad distribuida. Deja que los centros regionales emerjan orgánicamente: no los nombres
antes de que los líderes estén listos. Piensa en 300 años, no en tres. Construye
arquitectura que te sobreviva por siglos. Pregúntate: *¿Funcionará este sistema
cuando yo ya no esté?* No construyas un castillo. Construye un reino.
El castillo se derrumba. El reino se multiplica.
Capítulo 8
El propósito divino del vacío
POR QUÉ DIOS EMPIEZA SUS
MAYORES MULTIPLICACIONES CON NADA
Sara. Rebeca. Raquel. Ana. Elisabet.
Toda gran multiplicación en la Escritura vino a través de la esterilidad.
No a pesar de ella. A través de ella.
Cuando Dios quiere multiplicar, a menudo empieza con el vacío.
Si estás en una temporada estéril ahora mismo, necesitas entender la estrategia.
El vacío no es fracaso. Es preparación.
LA MUJER ESTÉRIL
Sara fue estéril hasta los noventa años (Génesis 11:30).
Noventa. No cuarenta. No cincuenta. Noventa.
Durante sesenta y cinco años de su matrimonio con Abraham, no pudo concebir. Cada mes, decepción. Cada año, los murmullos.
Cada década, la vergüenza.
Dios le prometió a Abraham descendientes tan numerosos como las estrellas. Pero el vientre de Sara siguió cerrado (Génesis 15:5; 22:17).
Hasta el momento imposible en que una mujer de noventa años dio a luz a Isaac y se convirtió en madre de naciones (Génesis 21:1-3, 6-7; 17:16).
Rebeca estuvo vacía durante veinte años (Génesis 25:20, 26).
Veinte años viendo a otras mujeres amamantar a sus bebés. Veinte años preguntándose si Dios había olvidado su promesa. Veinte años de esterilidad antes de concebir a Jacob y a Esaú —gemelos—, uno de los cuales engendraría doce tribus (Génesis 25:24-26; 36).
La esterilidad siguió afligiendo a las generaciones futuras.
Raquel fue estéril durante años mientras su hermana Lea daba a luz un hijo tras otro (Génesis 29:31-35; 30:1). Ella clamó: «¡Dame hijos, o si no, me muero!» (Génesis 30:1).
La desesperación en esa frase. La angustia. El vacío que se sentía como la muerte misma.
Vio a su hermana Lea tener un hijo tras otro. Soportó la humillación de ser la esposa amada que no podía dar un heredero.
Hasta que Dios abrió su vientre y ella dio a luz a José, el que salvaría a Egipto y preservaría el linaje del Mesías.
Ana lloró hasta que no pudo comer.
Año tras año iba al templo, año tras año oraba, año tras año volvía a casa vacía (1 Samuel 1:7).
Su rival Penina se burlaba de ella: «¿Dónde están tus hijos, Ana? ¿Por qué ha cerrado Dios tu vientre?» (1 Samuel 1:6-7, paráfrasis del autor).
Hasta que Dios respondió, y Ana dio a luz a Samuel, el profeta que ungiría reyes y cambiaría una nación (1 Samuel 1:19-20; 10:1; 16:13).
Elisabet fue estéril hasta la vejez (Lucas 1:7).
La esposa de un sacerdote. Una mujer de fe. Una mujer justa e irreprensible que no podía concebir (Lucas 1:5-6).
La gente daba por hecho que era un juicio. «Dios debe de estar castigándola por algo».
Pero Dios la estaba preparando para llevar en su vientre a Juan el Bautista, el precursor del Mesías, la voz que clama en el desierto (Lucas 1:13, 17, 76).
Estas no eran historias al azar. Es el patrón de Dios.
Cuando Él quiere multiplicar a una escala que desafía toda explicación, empieza con lo imposible.
Dios no eligió a estas mujeres porque se le hubieran acabado las opciones.
Eligió a las vacías para asegurarse de que, cuando ocurriera la multiplicación, solo Dios se llevara el crédito.
Piénsalo:
Si Sara hubiera tenido a Isaac a los veinticinco, la gente diría: «Bueno, es joven y sana. Por supuesto que concibió».
Si Rebeca hubiera concebido inmediatamente después de casarse, la gente diría: «Eso es normal. Era de esperarse».
Si Raquel hubiera tenido hijos de inmediato, la gente diría: «Nada especial aquí».
Si Ana hubiera concebido con facilidad, la gente diría: «Dios bendice a los fieles».
Si Elisabet hubiera tenido a Juan a los treinta, la gente diría: «¿Qué tiene eso de extraordinario?».
¿Pero cuando una mujer de noventa años da a luz?
¿Cuando una mujer estéril durante décadas concibe de repente?
¿Cuando la esposa anciana de un sacerdote lleva en su vientre al precursor del Mesías?
¿Cuando el vientre que estuvo muerto durante años de pronto cobra vida?
Todos saben que fue Dios.
Nadie puede explicarlo de forma natural. Nadie puede atribuírselo al esfuerzo humano.
Nadie puede decir: «Bueno, es solo biología». Es milagroso. Puro e innegable.
La esterilidad no es castigo. Es preparación.
Es la manera en que Dios se asegura de que, cuando llegue el avance, la gloria vaya al lugar correcto.
MI PRIMERA TEMPORADA ESTÉRIL: 1983
Tenía diecinueve años cuando me dieron mi primer grupo de conexión.
Trece personas. Ese fue mi número inicial.
En esos días, un grupo grande era de veinticinco o más. Yo tenía la mitad. Pero estaba confiado. Había sido bueno en todo lo que había intentado. La escuela se me daba fácil. Los deportes se me daban fácil. El liderazgo sería igual.
Estaba equivocado.
Semana tras semana, lo di todo en ese grupo. Oré. Me preparé. Invité. Se lo pedí a la gente personalmente. Probé todas las estrategias que se me ocurrieron.
Y el grupo siguió exactamente igual.
Trece personas. Durante un año entero.
No lograba entenderlo. ¿Por qué no venía la gente? ¿Qué estaba haciendo mal?
Fue mi primer sabor del fracaso en el liderazgo. Mi primerísimo intento de liderar algo en la iglesia, y estaba estancado.
Analicé ese grupo desde todos los ángulos. Lo cuestioné todo. Me cuestioné a mí mismo.
Verás, cuando has sido bueno en casi todo en la vida, desarrollas cierta confianza. La escuela era fácil para mí. Los deportes eran fáciles. El éxito se sentía normal.
Así que cuando choqué con esta pared, no solo desafió mi liderazgo. Golpeó mi sentido de seguridad sobre mí mismo.
Un año de nada. Un año de intentar y orar e invitar y mejorar, y seguir estancado en trece.
Ese año se sintió como una vida entera.
Pero esto es lo que esa temporada sacó de mí a la fuerza:
Yo era introvertido. Tímido. La idea de acercarme a alguien en la iglesia e invitarlo personalmente me aterraba.
Pero la desesperación quebró al introvertido.
Empecé a acercarme a la gente en la iglesia. Cara a cara. Ojo a ojo. «Deberías venir a mi grupo». Era difícil. Era incómodo. Cada conversación se sentía como un riesgo.
Empecé a llamar a la gente cuando faltaba una semana. No mensajes. Llamadas. Preguntar dónde habían estado. Decirles que los habíamos extrañado.
Empecé a ser audaz sobre por qué una persona debía venir. Sin disculpas. Sin timidez. Audaz.
Oré más. Empujé más fuerte. Me convertí en alguien que no era antes.
Eso es lo que Dios estaba haciendo en la esterilidad. No solo estaba probando mi paciencia. Estaba sacando algo de mí a la fuerza. Estaba forjando al líder en el que yo necesitaría convertirme.
Porque un día, un año después, llegamos a quince.
¡Quince! Estaba emocionadísimo. Dos personas. Eso era todo. Pero era crecimiento.
Y entonces empezó a crecer. Despacio al principio. Luego cada vez más rápido.
Para el final del año siguiente: treinta y cinco.
Para el final del otro: sesenta y cinco.
De trece a sesenta y cinco en tres años. Pero solo porque no renuncié durante el año de esterilidad.
Entonces no entendía lo que entiendo ahora: Dios no estaba ignorando mi fidelidad. Estaba construyendo fundamentos lo bastante profundos para sostener lo que estaba a punto de hacer.
Estaba forjando la audacia que yo necesitaría para liderar a miles.
Estaba quebrando al introvertido para que pudiera emerger el constructor de movimiento.
EL PRINCIPIO DEL RASCACIELOS
Avancemos a 2007.
Para entonces, la iglesia había crecido. Teníamos impulso. Teníamos líderes. Yo tenía un equipo de siete líderes ejecutivos: personas agudas, dotadas y comprometidas que pensé que estarían conmigo durante décadas.
Entre 2007 y 2009, los siete se fueron.
No por una caída moral. No por desacuerdos teológicos. No por conflicto.
Simplemente... se fueron.
Temporadas distintas. Llamados distintos. Caminos distintos.
Pero me sentí como un fracasado. Otra vez.
Había derramado años en esos líderes. Invertido tiempo, energía, recursos, mentoría. Los había edificado. Empoderado. Soltado al ministerio.
Y ahora se habían ido.
Todos.
Estaba de nuevo en el punto de partida. Empezando otra vez. Reconstruyendo. Replantando.
Estaba trabajando más duro que nunca, y no estaba llegando a ninguna parte.
¿Te suena?
Clamé a Dios con frustración: ¿Por qué está tardando tanto? ¿Por qué todo se siente tan difícil? ¿Por qué estoy empezando otra vez? ¿Acaso no he sido fiel? ¿Acaso no he hecho lo que me pediste? ¿Por qué esta temporada estéril está durando tanto?
Su respuesta cambió mi liderazgo para siempre: Todo edificio que se convierte en rascacielos tarda más en construirse porque los fundamentos tienen que ir más profundo.
La altura de lo que estás construyendo determina la profundidad de
lo que debes excavar.
Me quedé con eso durante días.
Una casa pequeña se puede construir sobre un fundamento poco profundo. Viertes concreto a un metro de profundidad. Levantas las paredes. Pones el techo. Te mudas.
Listo en seis meses.
¿Pero un rascacielos?
No ves nada sobre el suelo durante el primer año. Tal vez más.
Solo un enorme agujero en la tierra. Ingenieros perforando a 15, 20, 25 metros de profundidad. Excavadoras cavando cada vez más hondo. Concreto vertido en lugares que nadie verá jamás. Varillas de acero colocadas en fundamentos que nunca serán visibles.
Parece que no está pasando nada.
Pero está pasando todo.
Es como el bambú. Durante cuatro años, no ves nada sobre el suelo. Solo tierra. Lo riegas. Esperas. Te preguntas si está pasando algo siquiera.
Pero bajo tierra, el sistema de raíces se está extendiendo, fortaleciendo, preparando.
Y de repente: casi treinta metros en seis semanas.
La explosión fue preparada por los años invisibles.
Porque no puedes construir cien pisos sobre un fundamento hecho para diez.
No puedes poner un rascacielos sobre el fundamento de una casa.
La altura de lo que estás construyendo determina la profundidad de lo que debes excavar.
La multiplicación requiere raíces profundas.
Cuando nada crece sobre la tierra, Dios está cavando bajo la tierra.
No está ignorando tu esterilidad. La está usando.
No está castigando tu fidelidad. Te está preparando.
Está construyendo fundamentos lo bastante profundos para sostener veintiún campus en cuatro países.
Te está preparando para una multiplicación que todavía ni siquiera puedes imaginar.
LA SEGUNDA TEMPORADA ESTÉRIL: 2007-2009
Cuando esos siete líderes ejecutivos se fueron entre 2007 y 2009, sentí
que estaba de nuevo en el punto de partida.
Toda esa inversión. Todo ese desarrollo. Todo ese tiempo derramándome en líderes que pensé que llevarían la visión adelante.
Perdido.
Y tuve que empezar de nuevo. Otra vez.
Pero esta vez tenía el principio del rascacielos.
Esta vez, lo sabía: *Dios está yendo más profundo porque está a punto de ir
más alto.*
Esta vez, entendía: La esterilidad es preparación, no castigo.
Esta vez, no renuncié.
Esperé. Reconstruí. Confié en el proceso.
¿Y sabes qué pasó?
En cinco años, teníamos más líderes que antes. En diez años, teníamos más campus de los que jamás habíamos imaginado. En quince años, teníamos un movimiento global multiplicándose a través de continentes.
La temporada estéril no fue tiempo perdido. Fue tiempo de preparación.
Dios estaba quitando lo que no escalaría para poder construir lo que sí.
Estaba despejando el fundamento para poder construir el rascacielos. Estaba
excavando más profundo para poder ir más alto.
LA AUDITORÍA DE LA ESTERILIDAD: ¿QUÉ ESTÁ HACIENDO DIOS?
Cuando estás vacío, Dios está realizando cuatro actos quirúrgicos:
1) Profundiza las raíces
No puedes construir veinte años de fruto sobre dos años de raíces. Necesitas veinte años de desarrollo de raíces para manejar veinte años de expansión.
Las temporadas estériles no son Dios ignorándote. Son Dios preparándote. Está construyendo un carácter más profundo que tu capacidad. Está desarrollando una fidelidad más fuerte que tu fructificación. Está creando fundamentos que puedan sostener el peso de lo que viene.
Si te diera la multiplicación ahora, te derrumbarías bajo su peso. Las raíces no están listas. El fundamento no es lo bastante profundo. El carácter no está formado. Así que Él espera. Y cava. Y construye.
2) Purifica los motivos
La esterilidad mata tu adicción a ser «el héroe».
Cuando estás produciendo resultados, es fácil pensar que tú eres la razón del éxito. Cuando te estás multiplicando, es fácil llevarte el crédito por lo que Dios está haciendo. Cuando la gente aplaude, es fácil creer que te lo mereces.
¿Pero cuando estás vacío? ¿Cuando nada funciona? ¿Cuando todo tu esfuerzo no produce nada? Ya no puedes esconderte detrás de los resultados.
Te ves obligado a confrontar las preguntas: ¿Hago esto para la gloria de Dios o para la mía? ¿Construyo para la multiplicación o para la validación? ¿Soy fiel cuando nadie mira, aplaude ni se da cuenta? ¿Sigo comprometido cuando no hay fruto, ni crecimiento, ni éxito visible?
La esterilidad quema el ego que destruiría la multiplicación. Purifica tus motivos. Clarifica tu llamado. Revela lo que hay realmente en tu corazón.
3\) Aumenta la capacidad
La capacidad se construye en la espera, no en la victoria.
Cuando Sara fue estéril durante sesenta y cinco años, Dios estaba construyendo su capacidad para ser madre de una nación. Cuando Ana fue estéril durante años, Dios estaba construyendo su capacidad para criar a un profeta. Cuando Elisabet fue estéril hasta la vejez, Dios estaba construyendo su capacidad para dar a luz al precursor.
Tu capacidad no la determina lo que haces en las temporadas fructíferas. La determina cómo esperas en las estériles. ¿Estás amargado o eres fiel? ¿Estás renunciando o perseverando? ¿Te quejas o confías? ¿Te desesperas o crees?
La espera construye la capacidad. Cada año de esterilidad es un año de desarrollo de capacidad. Cada temporada de vacío es una temporada de expansión: expansión invisible, expansión bajo tierra, pero expansión al fin.
4\) Asegura el crédito
Cuando es imposible, todos saben que fue Él.
Si te multiplicas con tu propia fuerza, la gente te da el crédito a ti. Si tienes éxito por tu propio esfuerzo, la gente te aplaude a ti. Si construyes con tus propios dones, la gente te celebra a ti.
¿Pero si te multiplicas a través de la esterilidad? ¿Si tienes éxito cuando era imposible? ¿Si construyes cuando todos los indicadores naturales decían que fracasarías? Todos le dan el crédito a Dios.
No pueden decir: «Bueno, es que él tiene talento». No pueden decir: «Es que ella es muy dotada». No pueden decir: «Es solo buena estrategia». Solo pueden decir: «Miren lo que hizo Dios».
Dios elige a los vacíos, a los débiles, a los estériles, a los imposibles, para que cuando llegue el avance, nadie pueda llevarse el crédito.
EL DESBORDE:
LA BENDICIÓN PERSONAL DE DIOS
Esto es lo que a la mayoría se le escapa sobre estas mujeres estériles: Dios no solo
cumplió su misión a través de ellas. Las bendijo personalmente más allá de
esa misión. Abraham no solo recibió a Isaac. Después de que Sara murió, se casó con
Cetura y tuvo seis hijos más. Vivió lo suficiente para ver
nietos y bisnietos. Pudo experimentar y disfrutar
descendientes que nunca esperó.
A Él le importan los deseos de tu corazón, no solo el
cumplimiento de su misión.
Ana no solo recibió a Samuel. Después de que lo dedicó al templo —después de entregar al mismo hijo por el que había llorado y orado—, Dios le dio cinco hijos más. Tres hijos y dos hijas. La mujer que no podía tener un hijo terminó con seis.
Esto importa.
Porque nos dice algo sobre el corazón de Dios.
Dios no es transaccional. No dice: «Esperaste con fidelidad; aquí tienes tu hijo para la misión, ahora ponte a trabajar». Es generoso. Es personal. Le importan los deseos de tu corazón, no solo el cumplimiento de su misión.
La espera no fue solo preparación para la misión. Fue preparación para el desborde.
Dios no solo va a usar tu temporada estéril. Te va a bendecir al otro lado de ella de maneras que nunca imaginaste.
EN RESUMEN
Si estás a punto de renunciar: no lo hagas.
Si estás a punto de irte: espera.
Si estás a punto de vender tu primogenitura por un plato de lentejas: detente.
Las raíces están creciendo. Simplemente aún no puedes verlas.
El fundamento se está fortaleciendo. Simplemente aún no puedes sentirlo.
La esterilidad te está preparando para el avance. Simplemente aún no puedes entenderlo.
Pero viene.
No estás esperando solo un hijo.
Te estás convirtiendo en el padre de una nación.
Sara no solo recibió a Isaac. Recibió un legado que sigue multiplicándose 4000 años después.
Ana no solo recibió a Samuel. Recibió a un profeta que ungió reyes y cambió una nación.
Elisabet no solo recibió a Juan. Recibió al precursor del Mesías.
Tu esterilidad no es el final de tu historia.
Es la antesala de tu avance.
No te rindas en la espera.
La multiplicación viene.
LAS PREGUNTAS DE LA ESTERILIDAD
Antes de seguir adelante, quédate con estas preguntas:
1) ¿Qué temporada estéril estás atravesando actualmente?
2) ¿Qué podría estar construyendo Dios bajo tierra que todavía no puedes ver?
3) ¿Por qué «plato de lentejas» estás tentado a vender tu llamado?
ORACIÓN
*Dios, cuando estoy vacío, recuérdame que Tú no has terminado. Apenas
estás empezando.*
Dame la fe para esperar cuando todo en mí quiere correr.
*Dame la visión para ver lo que Tú estás construyendo cuando todo lo que puedo ver es
lo que falta.*
*Dame la fuerza para soportar la esterilidad sin menospreciar mi
primogenitura.*
*Dame el valor para confiar en Tu proceso cuando no puedo ver Tu
progreso.*
*Confío en Tu tiempo. Confío en Tu proceso. Confío en que la esterilidad es
preparación para el avance.*
Hazme fiel en la espera. Hazme fructífero en la victoria.
Construye fundamentos lo bastante profundos para sostener lo que estás a punto de hacer.
Multiplícate o muere.
Amén.
PUNTOS CLAVE
La ley:
Sara. Rebeca. Raquel. Ana. Elisabet. Toda gran multiplicación
en la Escritura vino a través de la esterilidad. No a pesar de ella. A través de ella. Cuando
Dios quiere multiplicar, a menudo empieza con el vacío. Sara fue estéril
hasta los noventa. Rebeca estuvo vacía veinte años. Raquel
gritó: «¡Dame hijos, o si no, me muero!». Ana lloró hasta que no pudo
comer. Elisabet fue estéril hasta la vejez. Estas no eran historias al azar.
Es el patrón de Dios. Cuando Él quiere multiplicar a una escala que
desafía toda explicación, empieza con lo imposible.
La esterilidad no es castigo. Es preparación.
El cambio:
Dios eligió a las vacías para asegurarse de que, cuando ocurriera la multiplicación, solo
Dios se llevara el crédito. Si Sara hubiera tenido a Isaac a los veinticinco, la gente
diría: biología. ¿Pero una mujer de noventa años dando a luz? Todos supieron
que fue Dios. El bambú crece bajo tierra durante cuatro años antes de explotar
casi treinta metros en seis semanas. Tu primera temporada estéril construye fundamentos
que no puedes ver. Tu segunda temporada estéril prueba si has aprendido
a confiar en el proceso por encima del progreso. El vacío no es fracaso. Es preparación
para un avance que solo Dios puede explicar. Las raíces están creciendo. Tú
simplemente aún no puedes verlas.
La auditoría:
¿Estás en una temporada estéril ahora mismo? ¿Estás a punto de renunciar? No lo hagas.
¿Estás a punto de irte? Espera. ¿Estás a punto de vender tu primogenitura
por un plato de lentejas? Detente. La esterilidad te está preparando para el avance. Tú
simplemente aún no puedes entenderlo. Sara no solo recibió a Isaac: recibió un
legado que sigue multiplicándose 4000 años después. Ana no solo recibió a
Samuel: recibió a un profeta que ungió reyes. Y Dios no solo
cumplió su misión a través de ellas: las bendijo con desborde
más allá de esa misión. Tu esterilidad no es el final de tu historia. Es la antesala
de tu avance. No te rindas en la espera. La
multiplicación viene. Confía en el tiempo. Confía en el proceso.
La esterilidad es preparación para el avance.
Capítulo 9
El Protocolo 4D
EL PASO QUE CASI TODO LÍDER SE NIEGA A DAR
La llamada llegó de noche.
Yo estaba en Atlanta, construyendo nuestro campus en Estados Unidos. Uno de mis pastores clave en Australia —el líder que yo había desplegado para liderar en mi ausencia— había estado maniobrando para quedarse con la iglesia.
Te contaré la historia completa en el capítulo 12. Es dolorosa. Pero esto es lo que importa por ahora: doce meses antes de esa llamada, Dios me dijo que trajera a Josh —que hoy es el pastor principal de Australia y uno de nuestros ancianos globales y líderes senior— al equipo de liderazgo.
Me había resistido. No lo necesitábamos. Pero Dios insistió.
Cuando llegó la traición, Josh ya estaba posicionado.
En cuestión de semanas, la crisis se resolvió. En cuestión de meses, Josh era pastor de campus. En cuestión de años, lideraba toda Australia, y la multiplicación explotó.
Eso es el Protocolo 4D en acción.
Y está construido sobre un patrón que a la mayoría de los líderes se le escapa por completo.
EL PATRÓN QUE JESÚS MODELÓ
*«Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace
y bautiza más discípulos que Juan (aunque*
*Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), salió
de Judea, y se fue otra vez a Galilea».*
—Juan 4:1-3
Léelo otra vez.
Jesús estaba ganando discípulos. El movimiento estaba explotando. Hasta sus enemigos lo notaron.
Pero aquí está la bomba de la multiplicación, escondida a plena vista.
No era Jesús quien bautizaba.
Eran sus discípulos.
Jesús ya los había desplegado. Ellos hacían el trabajo.
Multiplicaban el ministerio.
¿Y luego? Él se fue.
Cuatro movimientos en un solo pasaje:
Descubrir: Jesús se enteró de que los fariseos habían oído. Estaba atento.
Estaba observando. Sabía lo que estaba pasando en su movimiento.
Desarrollar: Jesús se había derramado en sus discípulos. Les había enseñado. Les había modelado. Había caminado con ellos. Les había dado la teología y la práctica del bautismo hasta que pudieran hacerlo por sí mismos.
Desplegar: Los discípulos ahora hacían la obra del ministerio sin su supervisión personal. Jesús los había soltado a una responsabilidad real. Ya no estaban mirando. Estaban liderando.
Desprenderse: Así que salió de Judea y se fue a Galilea. No se quedó rondando.
Pasó a la siguiente tarea.
Esa es la secuencia completa de la multiplicación.
La mayoría de los líderes descubre potencial pero nunca lo desarrolla. Desarrollan talento pero nunca lo despliegan. Despliegan pero no pueden desprenderse.
Jesús dominó las cuatro.
Y si quieres construir algo que te sobreviva, tú también debes dominarlas.
Pero este es el secreto que nadie te cuenta: No puedes hacer esto solo.
Muy rara vez un solo líder tiene el don natural para las cuatro D.
Yo soy muy bueno descubriendo talento. Jane también. Los dos vemos potencial que a otros se les escapa.
Soy muy bueno en el desarrollo. Acompañando a las personas por etapas a lo largo de años.
¿Pero Jane? Ella es mejor que yo desplegando. Sabe cómo soltar.
Y los dos sabemos cuándo es hora de irnos.
Ese es nuestro equipo. Así cubrimos las cuatro D.
Juntos.
Esto es exactamente lo que Pablo describió en Efesios 4. Cristo dio dones a la iglesia: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, maestros. No una sola persona con los cinco. Personas distintas con dones distintos, trabajando juntas para equipar a los santos y edificar el cuerpo.
El constructor de movimiento puede ser excelente descubriendo y desplegando. El pastor puede destacar desarrollando. El maestro puede fortalecer el despliegue a través de la capacitación. Juntos cubren lo que ninguno podría cubrir solo.
Si intentas hacer las cuatro D tú solo, se te escaparán una o dos.
Garantizado.
Por eso necesitas un equipo.
Los equipos de liderazgo apostólico funcionan porque juntos pueden hacer las cuatro con facilidad. Solo, tendrás puntos ciegos que ni siquiera sabes que existen.
Esto es lo que necesitas hacer.
Siéntate con tu cónyuge. Siéntate con tu equipo. Encuentra tus dos mayores fortalezas en el Protocolo 4D. ¿Descubrimiento? ¿Desarrollo? ¿Despliegue? ¿Desprendimiento? Luego encuentra quién cubre tus áreas débiles.
Porque no puedes multiplicarte a escala sin un equipo que cubra las cuatro D.
El principio del equipo: No puedes dominar las cuatro D solo. Pero junto con el equipo correcto, puedes multiplicarte exponencialmente. Ahora déjame mostrarte cómo funciona.
Descubrir: Dios ve lo que tú no puedes ver
Antes de irme a Estados Unidos, me estaba preparando para la expansión, y había desplegado a un líder.
Era la opción obvia. El tipo que se veía perfecto en el papel. Talentoso. Experimentado. Todo en él gritaba:
«¡Este es el indicado!».
Pero Dios dijo: «Trae también a Josh».
Miré a nuestro equipo. No necesitábamos a Josh. Estábamos cubiertos. Pero Dios
lo dijo otra vez. «Trae también a Josh».
Así que lo traje al equipo de liderazgo.
Josh era un hijo espiritual. Pero no era la opción obvia.
Y esa es la primera lección del descubrimiento.
La opción obvia no siempre es la opción correcta.
Samuel aprendió esto. Cuando Dios lo envió a ungir al siguiente rey, Samuel vio a Eliab —alto, imponente, con porte de rey— y pensó: «De cierto delante de Jehová está su ungido» (1 Samuel 16:6).
Dios dijo: «No. El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (1 Samuel 16:7, paráfrasis del autor).
David estaba en el campo. Ni siquiera lo invitaron a presentarse.
Pero Dios vio a un rey.
Yo vi al tipo obvio. Pero Dios vio a Josh.
Esto es lo que he aprendido sobre el descubrimiento: Veo potencial en
todos.
Creo que todos pueden ser grandes. Y si tan solo puedo trabajar de cerca con ellos, brillarán.
Esa creencia te abre los ojos. Ves al campeón que llevan dentro. Aun cuando nadie más lo ve.
Jesús no esperó a que Mateo viniera a Él. Fue a buscar a Mateo al banco de los tributos públicos. Despreciado por todos. Y
Jesús le dijo: «Sígueme».
Eso es descubrimiento. Tienes que salir a buscar.
Mira más allá de la lista. Piensa a fondo en las personas de tu ministerio. Porque el oro está ahí.
El principio del descubrimiento: Dios ve lo que tú no puedes ver. La opción obvia no siempre es la opción correcta. Escucha cuando Dios habla, aun cuando no creas necesitar lo que Él te está ofreciendo.
Desarrollar: cercanía y cientos de conversaciones
Una vez que los has descubierto, tienes que hacerlos crecer.
No entrenarlos. Desarrollarlos.
Jesús pasó tres años con los doce. No tres semanas. Tres años. Porque el desarrollo ocurre en cercanía a lo largo del tiempo.
La madurez no se calienta en el microondas. El carácter no se descarga.
La transformación no tiene atajos.
Pero esto te va a sorprender.
Los líderes con menos talento a menudo llegan más lejos. Porque son diligentes. Y oran. Y al orar, el favor de Dios y su gracia vienen sobre ellos. Y simplemente siguen creciendo.
He visto a líderes con talento natural estancarse a los treinta. Y a líderes «promedio» todavía explotando a los cincuenta.
El talento hace que te noten. Pero la disciplina y la dependencia de Dios te llevan más lejos de lo que el talento jamás podrá.
Un gran ejemplo de esto en nuestro ministerio vino a través de un hombre llamado Mark Elmendorp. Mark era, según sus propias palabras, un «drogadicto» que jugaba críquet y se iba de fiesta, destinado a una vida sin inspiración. Esto fue justo antes de que yo lo conociera.
Ni idea de la iglesia. Ni idea del liderazgo. Ni idea de las cosas de Dios.
Estaba en bruto. Tan en bruto como se puede estar.
Pero había algo en él que me atraía. Yo podía verlo.
Eso que otros no podían ver:
Estaba en H.E.A.T.
Hambriento. Eficaz. Adaptable. Transferible.
Tenía hambre de algo real. Era eficaz cuando le dabas algo que hacer. Se adaptaba a cualquier cosa que le lanzaras. Y tenía esa cualidad que hacía que otras personas quisieran estar cerca de él.
Cuando le entregó su vida a Cristo, lo tomé bajo mi ala.
Lo ayudé a dejar de fumar. Lo ayudé a prepararse para el matrimonio. Lo ayudé a encontrar a una mujer increíble que lleva más de treinta años a su lado.
Lo puse a liderar como asistente de líder de grupo de conexión.
Yo lo observaba. Veía cómo se relacionaba con la gente. Cómo construía comunidad. Cómo navegaba el desorden de la vida real en el contexto de un grupo pequeño.
Luego me sentaba con él. No eran evaluaciones formales. Solo conversaciones. Cientos de conversaciones a lo largo de los años.
«Esto es lo que vi. Esto fue lo fuerte. Aquí es donde puedes crecer».
Como Jesús con sus discípulos, Mark pasó mucho tiempo conmigo.
Estaba conmigo.
No solo en reuniones. En la vida. En la presión. En la crisis. Vio cómo pensaba yo. Cómo lideraba. Cómo manejaba a la gente difícil. Cómo tomaba decisiones bajo presión.
La cercanía transfiere lo que la capacitación nunca podrá.
Hoy, Mark Elmendorp pastorea una iglesia con múltiples campus.
El tipo con un futuro limitado y sin trasfondo de iglesia ahora está multiplicando líderes y plantando iglesias.
Pero no pasó de la noche a la mañana.
Pasó a través de cientos de conversaciones. A través de años de cercanía. A través de etapas de responsabilidad progresiva.
Y este es el contraste que te va a volar la cabeza.
La «opción obvia» —el tipo con todas las credenciales, todo el talento, toda la experiencia— me traicionó y trató de quedarse con la iglesia.
El drogadicto sin trasfondo se convirtió en un multiplicador que sigue liderando décadas después.
Eso es lo que quiero decir cuando digo: la opción obvia no siempre es la opción correcta.
Dios ve H.E.A.T. cuando tú ves credenciales. Dios ve futuro cuando tú ves historia. Dios ve al campeón que llevan dentro cuando tú ves la materia prima.
Las cuatro etapas que usó Jesús:
Etapa 1: Yo hago; tú miras. Observan y absorben.
Etapa 2: Yo hago; tú ayudas. Participan y aprenden.
Etapa 3: Tú haces; yo ayudo. Lideran con una red de seguridad.
Etapa 4: Tú haces; yo miro. Lideran de forma independiente.
La mayoría de los líderes se salta la etapa 2. Saltan de mirar a hacer. Y eso crea líderes incompetentes que conocen la teoría pero no pueden ejecutar.
No te saltes etapas. Acompáñalos por las cuatro.
Con Mark, lo acompañé por todas y cada una de las etapas. De drogadicto a líder de grupo de conexión, a pastor de campus, a pastor principal con múltiples campus.
Así se ve el desarrollo cuando inviertes en H.E.A.T.
en vez de en credenciales.
El principio del desarrollo: El desarrollo no ocurre en reuniones. Ocurre en cercanía, a través de cientos de conversaciones a lo largo de años. Y Dios ve H.E.A.T. cuando tú ves credenciales.
Desplegar: la comisión crea autoridad
Los has descubierto. Los has desarrollado. Ahora debes soltarlos.
Aquí es donde la mayoría de los líderes se queda atascada.
Porque desplegar significa entregar autoridad real.
Y esto es lo que aprendí temprano: La autoridad debe transferirse públicamente para ser real.
Piénsalo. Los políticos juran su cargo en público. A los directores ejecutivos los anuncian las juntas directivas. Los jueces son instalados en audiencia pública. Los oficiales militares reciben su nombramiento en una ceremonia. ¿Por qué alguien esperaría que un nuevo pastor, o cualquier líder, simplemente asumiera autoridad sin una comisión pública?
La Biblia está llena de esto. Moisés comisionó públicamente a Josué delante de todo Israel (Deuteronomio 31:7-8). Samuel ungió públicamente a David (1 Samuel 16:13). Jesús envió públicamente a los doce y a los setenta (Mateo 10:1-5; Lucas 10:1-3, 17). Pablo nombró públicamente ancianos en cada iglesia (Hechos 14:23).
No puedes darte a ti mismo autoridad sobre un cuerpo de iglesia, un movimiento o una organización que ya existen. Alguien más tiene que dártela.
Públicamente. Delante de todos.
Eso es lo que la hace real. Eso es lo que la hace perdurar.
Cuando yo estaba entrando al liderazgo, el pastor anterior me dijo que me comisionara a mí mismo.
Le dije: «De ninguna manera puedo hacer eso».
Él se resistió. Pero tuve que convencerlo de que me comisionara delante de todos.
Ese momento lo cambió todo para mí. Y por eso la comisión pública es tan importante para mí hoy.
Me esfuerzo por tener servicios de comisión para todo nuestro equipo. Les doy mucha importancia. Dejo que la gente sepa que creo en ellos.
Transfiere la autoridad públicamente. Declara la sucesión explícitamente.
Lo hice con Josh.
Primero, lo comisioné como pastor de campus. Servicio público. Delante de toda la congregación. Le impuse las manos. Oré por él. Declaré su autoridad públicamente.
«Josh es su pastor de campus. Él lidera este campus. Si tienen preguntas, vayan a él. No a mí».
Ese momento creó impulso en la vida de la iglesia. La gente sabía a quién seguir. Sabían quién tenía la autoridad. Habían presenciado la transferencia pública de autoridad y responsabilidad. Comisionamos a todos los pastores de campus que están ahí hoy. Y la iglesia en Australia ha crecido de tres a ocho campus en ausencia de Jane y mía.
Años después, cuando llegó el momento de la siguiente transición, comisioné a Josh como pastor principal.
Otro servicio público. Otra declaración. Otra transferencia de autoridad.
Cada uno de estos momentos crea impulso. No solo para Josh. Para toda la iglesia.
Porque el despliegue no es solo para el líder. Es para la gente que necesita saber a quién seguir.
Hazlo bien. Hazlo con habilidad. Reúne a las partes interesadas públicamente. Declara la sucesión explícitamente. Transfiere la autoridad de forma tangible. Celebra de forma extravagante.
Y nunca, jamás dejes que alguien se comisione a sí mismo.
El principio del despliegue: La autoridad debe transferirse públicamente. El despliegue no es solo para el líder: es para la gente que necesita saber a quién seguir.
Desprenderse: la prueba definitiva de la multiplicación
Esta es la etapa a la que la mayoría de los líderes nunca llega.
Porque desprenderse se siente como morir.
Y es morir.
La muerte de tu control. La muerte de tu centralidad. La muerte de ser necesario.
Pero esto es lo que Jesús sabía y la mayoría de los líderes no.
Desprenderse hace que otros asuman la obra como propia.
Si tu presencia es necesaria para
sobrevivir, no te has multiplicado. Has construido un trabajo exigente.
Juan 4:3 dice: «salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea».
Jesús no se quedó a supervisar los bautismos. No se quedó rondando.
Se fue.
Y sus discípulos siguieron bautizando. Siguieron multiplicando. Siguieron expandiéndose.
Porque Él ya no era la tapa.
¿Puedes irte y que crezca?
Esa es la prueba definitiva de la multiplicación.
Si tu presencia es necesaria para sobrevivir, no te has multiplicado.
Has construido un trabajo exigente.
Pero si puedes desprenderte, y prospera sin ti, eso es multiplicación innegable.
Jesús se desprendió. Los discípulos siguieron bautizando. El movimiento cubrió la tierra.
Desprenderse no es el final. Es el comienzo.
Cuando te desprendes de una tarea, quedas libre para descubrir la siguiente.
Dejé Adelaida para construir en Estados Unidos. Eso abrió Atlanta. Indonesia. Sudamérica.
Desprenderme de una tarea me liberó para multiplicarme a través de continentes.
Desprenderse no es jubilarse. Es redesplegarse.
Desprenderse no es abandonar. Es el acto final del desarrollo.
El principio del desprendimiento: Dios prepara lo que tú no puedes ver. Por eso preparas la sucesión antes de creer que la necesitas.
EL CICLO 4D
Este es el secreto que a la mayoría de los líderes se le escapa.
El Protocolo 4D no es lineal. Es cíclico.
Siempre estás en las cuatro etapas al mismo tiempo.
Descubres nuevos líderes mientras desarrollas a los actuales, mientras despliegas a los probados, mientras te desprendes de las tareas anteriores.
Ese es el ritmo de la multiplicación.
Es porque, como mencioné antes, veo potencial en todos. Creo que todos pueden ser grandes. Y si tan solo puedo trabajar de cerca con ellos, brillarán.
Esa creencia lo cambia todo.
Porque cuando crees que las personas pueden ser grandes, inviertes diferente. Desarrollas diferente. Sueltas diferente.
Y escuchas cuando Dios habla, aun cuando no creas necesitar lo que Él te está ofreciendo.
EN RESUMEN
Juan 4:1-3 captó todo el plan de la multiplicación en tres
oraciones.
Jesús estaba ganando discípulos. Pero sus discípulos eran los que bautizaban. Luego Él se fue.
Descubrir. Desarrollar. Desplegar. Desprenderse.
Cuatro etapas. Un ciclo. El patrón que Jesús modeló.
Pero no puedes hacer las cuatro solo.
Muy rara vez un solo líder puede dominar las cuatro D.
Pero junto con el equipo correcto, puedes.
Descúbrelos. Desarróllalos. Despliégalos con comisión pública. Despréndete de ellos.
Luego hazlo otra vez.
Porque Dios ve lo que tú no puedes ver. La opción obvia no siempre es la opción correcta. Y la persona que Dios prepara es la que seguirá en pie cuando todo lo demás se desmorone.
Así se construye algo que te sobrevive por siglos.
Eso es el Protocolo 4D.
Así te multiplicas.
PUNTOS CLAVE
La ley:
Juan 4:1-3 revela la secuencia completa de la multiplicación. Jesús estaba
ganando discípulos. El movimiento estaba explotando. Pero no era Jesús
quien bautizaba: eran sus discípulos. Ellos hacían el trabajo.
Multiplicaban el ministerio. Y entonces Él se fue. Cuatro movimientos en un
solo pasaje: Descubrir (Jesús se enteró y observó), Desarrollar (Jesús se había
derramado en sus discípulos hasta que pudieron hacer el ministerio por sí mismos),
Desplegar (los discípulos lideraban sin su supervisión personal),
Desprenderse (así que salió de Judea). Esa es la secuencia completa de la
multiplicación. La mayoría de los líderes descubre potencial pero nunca lo desarrolla.
Desarrollan talento pero nunca lo despliegan. Despliegan pero no pueden desprenderse.
Jesús dominó las cuatro.
El cambio:
No puedes hacer las cuatro D solo. Muy rara vez un solo líder
tiene el don natural para las cuatro. Esto es exactamente lo que Pablo describió en
Efesios 4: dones distintos trabajando juntos para edificar el cuerpo.
Descúbrelos: Dios ve lo que tú no puedes ver. Desarróllalos: cientos
de conversaciones a lo largo de años, cercanía por encima de programas. Despliégalos:
la comisión pública transfiere autoridad y hace explícita la
sucesión. Despréndete de ellos: disponible pero no necesario, redespliegue,
no jubilación. Luego hazlo otra vez. Jane y yo cubrimos las cuatro juntos.
Ella es mejor desplegando. Yo soy mejor desarrollando. Los dos sabemos
cuándo desprendernos. Tu tarea no es dominar las cuatro tú solo. Tu tarea
es construir un equipo que cubra las cuatro.
La auditoría:
Califícate del 1 al 10 en cada D.
Descubrir:
1) ¿Busco activamente el potencial oculto?
2) ¿Veo a los campeones antes que los demás?
Desarrollar:
1) ¿Invierto en cercanía a lo largo del tiempo?
2) ¿Tengo cientos de conversaciones?
3) ¿Veo H.E.A.T. por encima de las credenciales?
Desplegar:
1) ¿Comisiono públicamente?
2) ¿Transfiero autoridad real?
3) ¿Hago explícita la sucesión?
Desprenderse:
1) ¿Puedo irme y que crezca?
2) ¿Estoy disponible pero no soy necesario?
Identifica tu D más fuerte. Identifica tu D más débil. ¿Quién en tu equipo
cubre tu debilidad? Porque no puedes hacer las cuatro solo.
Pero junto con el equipo correcto, puedes multiplicarte exponencialmente.
Parte IV
La alianza de la multiplicación
EL FUNDAMENTO RELACIONAL QUE SOSTIENE LA MULTIPLICACIÓN
Capítulo 10
El matrimonio de la multiplicación
CUANDO UNO MÁS UNO
ES IGUAL A DIEZ MIL
POR JANE EVANS
Tenía veinte años, estaba sentada en un servicio de un campamento de jóvenes, luchando
con todo: mi futuro, mi llamado, el hombre que yo creía que Dios
tenía para mí y que todavía no sabía que yo existía.
En ese momento, clamé a Dios para que me mostrara su voluntad.
Lo que pasó después lo cambió todo.
La sala a mi alrededor se desvaneció. Vi la imagen de una montaña. Un camino ancho, nivelado, bastante liso rodeaba la montaña: el tipo de camino que la mayoría tomaría. Pero mientras lo miraba, me di cuenta de que había un sendero pequeño y escarpado, del tipo que dejaría una cabra montés, que subía directo hacia las nubes que rodeaban la cima.
No podía ver el destino de ninguno de los dos caminos.
Pero sabía qué clase de recorrido representaba cada uno.
Entonces Dios habló. No de forma audible, pero sí inconfundible: Depende de dónde quieras terminar. Tú eliges.
Lo entendí de inmediato. El anhelo de mi corazón era acercarme más a Él: tomar el camino menos transitado, la ruta más desafiante, la que la mayoría evitaría. Y supe, con una certeza que se asentó en lo más hondo de mis huesos, que solo una persona tenía esa misma atracción y ese mismo llamado de Dios.
Esa persona era Ashley.
DOS AÑOS GUARDÁNDOLO EN MI CORAZÓN
A veces recibes la visión años antes de que nadie más pueda verla.
Durante dos años después de ese campamento, llevé conmigo lo que Dios me había mostrado. Ashley no se fijaba en mí; no de la manera que yo esperaba. Yo lo observaba. Oraba. Esperaba. Y guardaba esa visión en mi corazón como María guardó las palabras del ángel sobre Jesús: meditándolas, protegiéndolas, sin estar todavía lista para decirlas en voz alta.
Esos dos años me enseñaron algo crítico sobre el matrimonio de multiplicación antes de que yo tuviera uno: La visión tiene que ser tuya antes de que pueda ser nuestra.
Yo no estaba esperando que Ashley me diera propósito. No esperaba que me hiciera perder la cabeza y me entregara una misión. Yo ya tenía la misión. Ya había elegido el sendero de cabras. Lo que necesitaba era un compañero que no intentara redirigirme al camino fácil.
Cuando Ashley por fin se fijó en mí —cuando empezamos a salir y tuvimos esas conversaciones más profundas—, dijo algo que habría sacudido a la mayoría de las mujeres: «No puedo casarme contigo a menos que tengas la misma misión que yo».
Lo dijo sin rodeos. No de forma romántica. Solo con honestidad.
Y no me inmuté.
No porque intentara impresionarlo. Porque ya lo había resuelto dos años antes, de rodillas, en ese campamento. Ya había elegido la montaña. Ya había dicho que sí al camino más difícil. Ashley no me estaba presentando una nueva decisión: estaba confirmando una decisión que yo ya había tomado.
Lo que él no sabía cuando hizo esa declaración era que yo había estado llevando una visión de nuestra alianza desde antes de que él supiera mi nombre.
Pero cuando dijo «la misma misión o no hay matrimonio», algo en mí respiró aliviado.
Por fin. Alguien que lo entiende.
LA PELEA POR QUEDARME EN LA SALA
Nadie me advirtió sobre el matrimonio de multiplicación: a veces tienes que
pelear solo para quedarte en la sala.
Los primeros años fueron brutales de maneras que no esperaba.
Yo trabajaba a tiempo completo como enfermera, muchas veces por turnos. Ashley corría con todo tras el llamado sobre su vida: eufórico, lleno de energía, trabajando más que todos a su alrededor. Y yo llevaba la casa. Limpiando. Cocinando. Teniendo bebés. Tratando desesperadamente de seguirle el paso.
No podía llegar a todas las reuniones donde se compartía la visión, donde se diseñaban los procesos, donde se celebraban las victorias. Llegaba a casa agotada de un turno de doce horas y oía lo que Dios estaba haciendo, lo que habían decidido, hacia dónde iban las cosas, y yo no había estado en nada de eso.
Veía a Ashley correr adelante. Y más veces de las que quiero admitir, nuestras conversaciones terminaban conmigo en lágrimas, tratando de hacerle entender: Me estás dejando atrás.
Esto no era lo que yo había aceptado. Yo había elegido el sendero de cabras. Había elegido el camino más difícil. Pero de alguna manera había terminado en la banca mientras él escalaba.
Cuando llegaron los niños, empeoró.
Ashley se iba a conferencias y sugería que yo me quedara en casa. ¿Y honestamente? Para él era más fácil así. Podía ver a sus colegas, pasar tiempo con otros líderes, involucrarse por completo sin la responsabilidad de la familia a cuestas. No ayudaba que a esas conferencias casi no fueran otras esposas. No había absolutamente ninguna provisión para el cuidado de niños. Ninguna. Los demás líderes querían que las esposas se quedaran en casa. Sentían que tenerlas ahí distraería a los hombres.
Deja que eso te cale.
El sistema no estaba diseñado para el matrimonio de multiplicación. Estaba diseñado para el matrimonio de suma: el esposo lidera, la esposa apoya desde la distancia y tal vez se pone al día en diez años, cuando los niños sean mayores.
Pero ese no era el camino que yo había elegido.
Yo quería estar ahí. Necesitaba estar ahí. No para vigilar a Ashley. No porque no confiara en él. Porque yo también había visto la montaña. Porque Dios me había hablado a mí, no solo a él. Porque sabía que si soltaba ahora, si me conformaba con ponerme al día después, perdería algo que nunca recuperaría.
Así que peleé para que ocurriera.
Sacarlos de la escuela fue difícil. Dormir todos en una sola habitación de hotel fue difícil. Lidiar con dos niños inquietos y muy activos en medio de reuniones que a veces duraban días: eso fue difícil.
¿Pero valió la pena?
Sí. Un millón de veces, sí.
LA COMPLACENCIA NO ES SUMISIÓN
En este matrimonio nadie cede por naturaleza.
Los dos somos personas fuertes. Los dos con opiniones firmes. Los dos apasionados. Los dos inteligentes. Los dos convencidos de tener la razón, muchas veces al mismo tiempo, habiendo llegado a conclusiones opuestas.
Cuando corríamos juntos, alineados en el resultado, era emocionante. Dos personas fuertes moviéndose en la misma dirección son un multiplicador de fuerza. Pero cuando la dirección en la que corríamos, o el ritmo, o la meta final empezaban a separarse, mi inclinación natural era objetar. A gritos.
La complacencia mata la multiplicación.
Convierte una alianza en una dictadura con un súbdito silencioso y
resentido.
Si me preguntas sobre cualquier cosa, tengo una opinión. Correcta o incorrecta, con gusto te la comparto. También proceso en voz alta, lo que significa que no lo pienso bien y luego hablo. Pienso hablando.
Las palabras salen mientras voy descubriendo lo que realmente creo.
Puedes imaginarte qué tan bien funcionaba eso en los momentos acalorados.
Hubo una temporada en nuestro matrimonio en la que decidí que era mejor simplemente quedarme callada.
Pensé que estaba manteniendo la paz. Lo que en realidad hacía era detener el procesamiento de las emociones y dejar que se acumularan. Por fuera era complaciente. Sonreía. Seguía la corriente. ¿Pero por dentro? Hervía. Me retraía. Me enojaba con otras personas porque se sentía más aceptable que pelear con él.
Déjame decirlo con claridad: La complacencia no es sumisión.
La complacencia es apagarse para evitar el conflicto. La sumisión es elegir ceder mientras sigues plenamente presente, plenamente involucrada, plenamente tú.
La complacencia mata la multiplicación. Convierte una alianza en una dictadura con un súbdito silencioso y resentido.
Tuve que aprender otra manera.
EL TRUCO DE MATRIMONIO QUE LO CAMBIÓ TODO
Dios me enseñó algo que reconfiguró mi manera de manejar los desacuerdos.
En el trabajo, como enfermera, si no estaba de acuerdo con una decisión que un médico interno tomaba sobre el cuidado de un paciente, sabía que tenía derecho a apelar a una autoridad superior: su supervisor, el médico tratante. No tenía que pelearlo sin fin con el interno. Podía llevarlo a una instancia superior.
Dios me mostró que tenía el mismo derecho en mi matrimonio.
Si no estaba de acuerdo con Ashley en algo —en verdadero desacuerdo, no solo una preferencia por otra opción—, tenía derecho a apelar a una autoridad superior. Podía decir lo mío. Hablarlo. Exponer mi caso. Y si él seguía sin ver lo que yo estaba diciendo, podía llevárselo a Dios y pedirle que Él se encargara.
Esto no era pasivo. No era rendirse. Era estratégico.
Significaba que no tenía que ganar cada discusión en el momento. Podía soltarla hacia arriba. Dejar que Dios fuera el árbitro. Confiar en que, si yo tenía razón, Él traería claridad. Y si estaba equivocada... bueno, también traería claridad sobre eso.
Recuerdo una discusión que tuvimos que fue particularmente brutal. Honestamente no recuerdo de qué se trataba —lo cual ya te dice algo—, pero se prolongó durante horas. Tal vez días.
Finalmente fui a Dios. Empecé a contarle cómo me sentía. Expuse mi caso. Le pedí que me enderezara a Ashley.
Hubo una pausa.
Entonces Dios dijo algo que cambió para siempre mi manera de discutir: ¿Qué de esto por lo que están discutiendo tiene un impacto eterno?
Un golpe al estómago.
Estábamos discutiendo por cosas. Cosas materiales. Decisiones que, en la escala de la eternidad, importaban exactamente cero. Yo estaba quemando capital emocional, dañando la intimidad y desperdiciando horas de mi vida en algo que sería completamente irrelevante en diez años. Mucho menos en cien.
Mucho menos en mil.
Pero Dios no había terminado.
Pasé directamente de ese momento a una cita con una joven. Y mientras estaba sentada con ella, Dios me habló: me mostró algo de su situación que nadie más sabía. Pude compartírselo, ministrarla, hablarle directamente al lugar escondido que había estado cargando sola.
Ese día no me sentí una heroína.
Sentí que Dios estaba sosteniendo dos imágenes lado a lado: En esto has estado gastando tu energía. Y así se ve en realidad el impacto eterno.
El contraste fue devastador.
Esa pregunta se convirtió en un filtro para mí: ¿Esto tiene impacto eterno?
No «¿es esto importante?». No «¿tengo razón?». No «¿hay que abordar esto?».
¿Esto tiene impacto eterno?
Si la respuesta es sí —si se trata del carácter, del llamado, de la dirección de la misión, de la salud de nuestra familia, de la integridad de nuestro liderazgo—, entonces vale la pena pelear. Pelea con fuerza. Quédate en la sala. No retrocedas.
Pero si la respuesta es no —si se trata de preferencias, tiempos, métodos, cosas—, entonces suéltalo. Apélalo hacia arriba. Deja que Dios se encargue. Guarda tus municiones para las batallas que de verdad importan.
Este filtro nos ha ahorrado cientos de horas de conflicto inútil. Ha protegido nuestra intimidad. Nos ha librado de ganar discusiones y perdernos el uno al otro.
Lo que hace que esto funcione es que Ashley sabe que yo hago esto. Y él hace lo mismo.
Los dos estamos sometidos a esa autoridad superior: Dios. No solo en teoría. En la práctica.
Ha habido veces en que apelé hacia arriba y Dios me mostró que yo estaba equivocada. Humillante. Necesario.
Pero también ha habido veces en que apelé hacia arriba y Dios le habló a Ashley. Veces en que es él quien viene a mí con la disculpa. Veces en que ha tenido que decir: «Oí de Dios. Tenías razón. Lo siento».
Esto es lo que la Biblia realmente quiere decir cuando habla de «someteos unos a otros».
Ese versículo —Efesios 5:21— es una de las frases que más se saltan en la enseñanza cristiana sobre el matrimonio. Todos corren a «las casadas estén sujetas a sus propios maridos» y se pierden todo el marco. La sumisión mutua viene primero. Es el fundamento sobre el que se construye todo lo demás.
Cuando ambos cónyuges se someten a Dios, la pregunta deja de ser «¿quién manda?». La pregunta pasa a ser «¿quién está oyendo bien?».
A veces es Ashley. A veces soy yo.
El avance en nuestro matrimonio no fue descubrir cuál carril era de quién. Fue que los dos acordamos que la voz de Dios está por encima de nuestras dos opiniones. Y darnos permiso el uno al otro —permiso real— para apelar a Él y ser corregidos por Él.
Porque no estás peleando por el dominio. Estás peleando por la claridad. No estás tratando de ganar. Estás tratando de oír.
Y cuando Dios habla —a cualquiera de los dos—, la discusión se acaba.
No porque uno cediera. Porque los dos se inclinaron.
Eso es sumisión mutua. Ese es el sistema operativo de un matrimonio de multiplicación.
Una nota importante: Esto solo funciona si ambos cónyuges están genuinamente sometidos a Dios, sin usar «Dios me dijo» como carta de triunfo, sino buscando genuinamente su voz juntos. La madurez espiritual es el requisito previo. Sin ella, el marco se convierte en manipulación.
LO PROFÉTICO Y LO ESTRATÉGICO
Ashley es estratégico. Un futurista. Un visionario. Ve el juego largo,
traza los pasos, construye hacia destinos que otros todavía no pueden
imaginar.
Yo soy profética. Intuitiva, de las que sienten en las entrañas. Con discernimiento. Veo las cosas antes de que pasen, muchas veces antes de que necesiten pasar.
¿Juntos? Somos imparables.
Pero nos tomó años aprender a trabajar juntos en vez de pasar de largo el uno junto al otro.
Esto es lo que he llegado a entender sobre el don profético: Los profetas saben el qué. A veces el por qué. Pero rara vez el cómo, y casi nunca el cuándo.
Yo señalo algo, y Ashley no lo ve. Seis meses después, actúa en consecuencia, a veces sin siquiera recordar que yo lo dije primero. Eso solía frustrarme. Ahora entiendo que es simplemente la naturaleza de cómo estamos hechos. Yo veo temprano. Él construye cuando es el momento. La brecha entre mi ver y su construir solía sentirse como rechazo. Ahora la reconozco como ritmo.
Pero hay momentos en que la brecha no puede esperar seis meses.
LA FIESTA QUE YO SABÍA QUE VENÍA
Nuestro hijo del medio estaba en la secundaria. Vino una noche y nos preguntó
si podía quedarse a dormir en casa de un amigo. Ashley dijo: «Claro».
Yo me senté de golpe en la cama.
De mi boca —con una ferocidad que sorprendió a todos en la habitación, incluida yo— salieron las palabras: «No, no puedes. Va a haber una fiesta».
Mi hijo me miró fijamente. Ashley me miró fijamente. Ninguno de los dos sabía de ninguna fiesta. Yo tampoco; no en ningún sentido natural. No podía explicar cómo lo sabía. Simplemente lo sabía. Las palabras habían salido de mí antes de que yo misma las procesara.
Discutí. Insistí. Pero no podía darles lógica. No podía darles evidencia. Todo lo que tenía era una certeza visceral de que algo andaba mal.
Al final, Ashley tomó la decisión. Podía ir.
Me sentí profundamente incómoda. Pero también sabía que seguir peleando solo crearía más conflicto sin cambiar el resultado. Así que hice lo que he aprendido a hacer cuando ya dije lo mío y me pasaron por encima: oré.
Llegó a la casa de su amigo. El amigo le dijo: «Vamos a casa de otro amigo. Hay una fiesta esta noche».
Ahí mismo —justo en ese momento— mis palabras deberían haber bastado para detenerlo. Él sabía lo que yo había dicho. Sabía que yo había estado segura. Pero era un adolescente que quería encajar, convencido de que podía manejar cualquier cosa que le lanzaran.
En la fiesta había alcohol.
El amigo con el que había ido empezó a beber mucho y rápidamente quedó peligrosamente intoxicado. El amigo se fue de la fiesta a pie. Mi hijo —leal hasta el extremo— lo siguió. Cruzaron una avenida principal, esquivando por poco el tráfico, y terminaron en un McDonald's al otro lado de la calle.
Mi hijo hizo que su amigo se sentara mientras él iba a pedir. Mientras estaba en el mostrador, el amigo se cayó de la silla. Los ojos en blanco.
Empezó a convulsionar. Se puso azul.
No pidieron comida. Llamaron a una ambulancia.
Ese muchacho pasó tres días en el hospital con intoxicación etílica.
Mi hijo, demasiado asustado para llamarnos, llamó a su hermano mayor —que ya tenía licencia de conducir— para que fuera a recogerlo. Entraron a nuestra habitación a medianoche y nos lo contaron todo.
Mi trabajo es decir lo que veo y confiarle a Él lo que no puedo controlar.
No estaba enojada con Ashley.
Eso tal vez te sorprenda. Él me había pasado por encima. Yo había tenido razón. Nuestro hijo había caminado directo a lo que yo había advertido.
Pero he aprendido que tener razón no es el punto. El punto es qué hacemos con eso después.
Esto se convirtió en un momento de aprendizaje para todos. Para nuestro hijo: que cuando mamá habla con ese tipo de certeza, hay una razón. Para Ashley: que mi sentido profético no es volatilidad emocional; es un don que hay que sopesar con seriedad. Para mí: que incluso cuando no me escuchan, la oración sigue cubriendo. Dios sigue protegiendo. Mi trabajo es decir lo que veo y confiarle a Él lo que no puedo controlar.
La lección que todos sacamos de esa noche fue simple: Cuando yo siento algo con esa fuerza, todos deberíamos escuchar.
No porque siempre tenga razón, sino porque cuando el don profético se activa a ese nivel de intensidad, no es una sugerencia. Es una advertencia.
Y las advertencias están para hacerles caso.
Esa noche marcó un punto de inflexión en nuestro matrimonio.
Ashley no descartó lo que había pasado. No lo despachó como coincidencia ni siguió adelante sin procesarlo. Pero tampoco se fue al otro extremo: tratar cada sentimiento fuerte mío como revelación profética.
En cambio, hizo algo que me mostró por qué me casé con él.
Dijo: «Está bien. Necesito escucharte cuando sientes algo con esa fuerza».
Luego me hizo una pregunta que cambió nuestra manera de operar: «¿Puedes ayudarme a saber la diferencia? ¿Puedes sopesar lo que estás sintiendo, y puedo hacerte preguntas aclaratorias para ayudarme a entender si esto es profético o si es solo una opinión fuerte?».
Pude haberme ofendido por eso. Algunas esposas podrían oír «¿esto es profético o solo una opinión?» como algo despectivo. Pero yo entendí lo que realmente estaba diciendo.
Estaba diciendo: Creo en tu don. Lo vi en acción. Quiero honrarlo. Pero necesito tu ayuda para saber cuándo está activado.
Y tenía razón en preguntar.
Porque esta es la verdad: yo sí tengo opiniones fuertes sobre todo. Si me preguntas, te diré lo que pienso: sobre la decisión, el momento, la persona, el color de la alfombra. No todas esas opiniones son proféticas. Algunas son solo... yo.
Así que construimos un sistema. Cuando siento algo con fuerza, Ashley me hace preguntas aclaratorias:
«¿Es una corazonada o una convicción?».
«¿Qué tan segura estás: 60 por ciento? ¿Noventa por ciento?».
«¿Es un ‘preferiría que no’ o un ‘algo anda mal’?». «¿Estás
sintiendo peligro, o solo incomodidad?». Estas preguntas no son duda.
Son discernimiento.
Y yo he aprendido a responderlas con honestidad. A decir: «No sé; puede que sea solo yo», cuando no estoy segura. Y a decir: «Te lo digo ahora mismo: algo anda mal», cuando sí lo estoy.
Eso es alianza. Eso es multiplicación. Dos personas construyendo un sistema operativo compartido para navegar la intersección entre lo natural y lo sobrenatural.
CUANDO SU CARRIL ME ATERRÓ
Te he contado de las veces en que vi algo que Ashley no vio. Veces
en que mi sentido profético captó lo que su mente estratégica pasó por alto.
Pero el matrimonio de multiplicación no es que una persona siempre tenga la razón. Son dos personas confiando en los dones del otro, incluso cuando te aterra.
Así que déjame contarte de una vez en que tuve que someterme al discernimiento de Ashley. Una vez en que todo en mí se resistía. Una vez en que yo no podía oír a Dios en absoluto, y tuve que confiar en que Ashley sí podía.
Ashley vino y me dijo que Dios quería que nos mudáramos a Estados Unidos.
Yo no quería ir.
Mi exposición a Estados Unidos había sido limitada, y lo que había visto no me había impresionado. Los estadounidenses que había conocido eran ruidosos, parecían poco auténticos, y la mayoría de las parejas en el ministerio que había encontrado vivían matrimonios que eran o desastres de resentimiento hirviente o de fría indiferencia. Los miraba y pensaba: Eso no es lo que quiero llegar a ser.
Pero no era solo una reticencia cultural. Era todo. Yo estaba en plena menopausia, ya navegando una temporada en la que no estaba segura de quién era ni de qué me estaba pidiendo Dios. La idea de añadir una mudanza internacional a esa conmoción interna se sentía como una doble incomodidad.
¿Y lo peor? Ashley insistía en que Dios le había hablado. Y yo no oía nada.
Yo. La que normalmente oye a Dios con claridad. La profética. La que siente en las entrañas. La que se sienta de golpe en la cama y sabe cosas que no debería saber.
Silencio.
No fingí estar bien con eso. Luché. Clasifiqué mis objeciones: algunas legítimas, otras solo miedo disfrazado de lógica.
Entonces una amiga sugirió que pasáramos tres meses viviendo en los suburbios de Estados Unidos, solo para ver cómo nos sentíamos. Con eso podía vivir. Un periodo de prueba.
Justo antes de irnos, me lastimé la espalda. Pasé las primeras semanas en Estados Unidos acostada boca arriba, sin poder hacer nada. Sin poder distraerme. Sin poder huir de la pregunta que había estado evitando.
Ahora Dios tenía toda mi atención.
Una mañana, en mis devocionales, leí un versículo de Génesis 37:1 (paráfrasis): «Y Jacob habitó en la tierra donde Abraham e Isaac habían morado».
Entonces Dios habló: Jane, esta mudanza en realidad no se trata de ti. Se trata de tus hijos, pero más importante aún, de tus nietos. Ellos tendrán un legado en esta tierra.
Quedé deshecha.
Lo que Dios estaba diciendo era esto: Tus hijos se mudarán contigo. Sus familias crecerán junto a ustedes en Estados Unidos. Esto no se trata de arrancar tu vida de raíz. Se trata de plantar algo para generaciones que todavía ni siquiera has conocido.
Eso era todo lo que necesitaba.
Pero necesitaba una confirmación más.
Hay una diferencia entre la obediencia ciega y la confianza ganada.
Cuando decidimos contárselo a nuestros hijos, fui primero a Dios. Puse un vellón delante de Él: ese tipo de petición específica, casi audaz, que o demuestra que estás oyendo bien o deja al descubierto que no.
Oré: «Dios, si esto realmente eres Tú —si esta mudanza realmente se trata de su legado y del legado de sus hijos—, entonces que lo primero que salga de la boca de los tres sea esto: “¿Cuándo nos vamos?”».
Se lo dijimos a cada uno por separado. Conversaciones individuales. Sin oportunidad de coordinarse o influirse entre ellos.
Uno por uno, al unísono sin saberlo, dijeron lo mismo: «¿Cuándo nos vamos?»
No «¿están seguros?». No «¿y nuestras vidas aquí?». No «¿podemos pensarlo?».
Cuándo nos vamos.
Tres hijos. Tres conversaciones. Las mismas palabras.
Todos estábamos en Estados Unidos en menos de un año. Todos. Nuestros hijos. Sus familias. Juntos.
Someterme al carril de Ashley no significó abandonar mi propio discernimiento. Significó confiar en su don cuando el mío estaba en silencio.
Habrá temporadas en que tu cónyuge oiga con claridad y tú no oigas nada. Temporadas en que su carril sea el que Dios está iluminando y el tuyo esté a oscuras. En esos momentos, tienes una decisión: resistir hasta conseguir tu propia confirmación o confiar en la persona con la que has construido una vida.
No estoy diciendo que sigas a ciegas. Estoy diciendo que hay una diferencia entre la obediencia ciega y la confianza ganada.
Ashley se había ganado mi confianza a lo largo de décadas. Cuando dijo «Dios me dijo», no era manipulación. No era ego. Era la misma voz que nos había guiado en cien decisiones más.
Así que me sometí. No a la autoridad de Ashley sobre mí, sino a su don, en su carril, por el bien de nuestra misión compartida.
Y tenía razón.
Nuestros nietos están creciendo en Estados Unidos. Tienen un legado en esta tierra. Un legado que casi me pierdo porque tenía demasiado miedo de seguir una palabra que no había oído personalmente.
A veces la sumisión no se trata de estar de acuerdo. Se trata de confiar.
LO QUE VIERON LOS MUCHACHOS
¿Qué vieron nuestros hijos mientras crecían?
A dos personas sometidas a Dios y resolviendo la sumisión mutua en conversaciones honestas y crudas.
Decidimos desde temprano que no pelearíamos delante de ellos. Podíamos estar en desacuerdo; eso lo vieron. Pero el desahogo, las palabras cargadas de emoción, las discusiones acaloradas, el ataque a las opiniones contrarias: eso ocurría en privado.
Así que los muchachos vieron el desacuerdo. Y luego vieron el fruto de la unidad y la sumisión. Vieron el producto final, no el proceso. Vivieron en la seguridad de saber que todos peleábamos por el mismo equipo. Que todos estábamos en el mismo equipo. Que Dios era la cabeza de nuestra casa. Que nuestras vidas —la privada y la pública— eran la misma. Nada cambiaba cuando las puertas se cerraban o se abrían.
Vieron que nos amábamos. Que nos respetábamos. Que no nos perdíamos a nosotros mismos en la familia, sino que cada persona tenía valor. Y que si ellos se sometían bajo el liderazgo de Dios, compartirían el fruto de la multiplicación.
EL BEBÉ QUE DI A LUZ A LOS SESENTA
Un año antes de cumplir sesenta, Dios empezó a hablarme de una manera que yo
no entendía.
A dondequiera que miraba, veía los números 11:11.
En relojes. En boletos: «Atendiendo al número 1111». En recibos. En letreros que parpadeaban: «Próximo tren a las 11:11». Era tan frecuente, tan implacable, que empecé a tomar fotos cada vez que pasaba. No tenía idea de qué significaba. Solo sabía que significaba algo.
Busqué en toda la Biblia. Libro tras libro. Nada resonaba. Iba por buena parte del Nuevo Testamento, empezando a dudar de mi propia cordura, cuando llegué a Hebreos 11:11: «Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido».
Saltó de la página.
Algo en mi espíritu cobró vida. Sentí que Dios decía: Te voy a dar otro bebé. Quiero que empieces a prepararte.
No tenía idea de qué significaba eso. Pero sabía —como se saben las cosas que no se pueden explicar— que Dios me iba a pedir que diera a luz algo.
Dios no espera tu currículum.
Te da la tarea antes de que tengas las credenciales.
La semana de mi cumpleaños número sesenta, estaba haciendo mis devocionales y oí: Toma papel y lápiz.
Lo hice.
Y Dios empezó a descargar. Estructura. Contenido. Marco. Los planos de algo que todavía no entendía del todo.
Al principio pensé que era un manual: algo para darles a nuestros pastores que estaban plantando campus. Una herramienta de capacitación para sus equipos.
Dios dijo: No, es más grande que eso.
Seguí construyendo. Pensé que tal vez era un curso para nuestros estudiantes del instituto bíblico.
Dios dijo: No, es más grande que eso.
Para entonces ya sabía que tenía que ser de nivel universitario. Dios lo había dejado claro. Pero yo no podía escribir un curso de nivel universitario porque no tenía mi maestría.
Así que empecé mi maestría. Todavía estoy en ella.
Dios no espera tu currículum. Te da la tarea antes de que tengas las credenciales. Las credenciales van alcanzando al llamado.
LO QUE CONSTRUÍ
Me dijeron que plantar iglesias no era glamoroso. Nadie querría estudiar
eso.
Me dijeron que no estaba calificada.
Me dijeron que sería imposible terminarlo a tiempo.
Yo simplemente tenía que ser obediente.
En 2025 lanzamos el curso de nivel universitario tanto en Australia como en Estados Unidos. En su primer año, más de cien estudiantes pasaron por el programa. Ahora mismo estamos escribiendo el segundo año de lo que creo que será un diploma avanzado hacia una licenciatura en Liderazgo y Plantación de Iglesias.
Así como no puedes ver todo lo que un niño llegará a ser cuando nace, yo no puedo ver todo lo que Dios va a hacer con esto. Solo sé que yo tenía que darlo a luz. El resto es suyo.
Mi nieto de nueve años me preguntó un día qué estaba haciendo.
«Estoy escribiendo un curso», le dije.
«¿Para quién es?», preguntó.
Y en un momento de gran claridad —en medio de un mar de lágrimas—, dije: «Es para ti, Judah. Es para ti». Se le abrieron los ojos como platos.
Y por fin vi lo que Dios veía.
La multiplicación de un matrimonio en hijos. Y nietos. Y más allá.
Eso es multiplicación.
Así se ve en realidad 1 + 1 = 10 000.
PUNTOS CLAVE
La ley:
A los veinte, Jane vio dos caminos: un camino ancho y nivelado alrededor de la
montaña, y un sendero de cabras escarpado que subía directo a las nubes.
Ella eligió el camino más difícil. Cuarenta años después, puede ver adónde
lleva: tres hijos que eligieron el mismo camino, nietos en la
montaña, cien estudiantes aprendiendo a plantar iglesias y un legado
que la sobrevivirá. El matrimonio de multiplicación no se encuentra. Se
forja. Se forja en las peleas a puerta cerrada y en la unidad
que se presenta cuando las puertas se abren. Se forja cuando apelas a una autoridad superior
en vez de exigir ganar. Se forja cuando construyes sistemas para
discernir lo profético de lo opinable. Uno más uno no
es igual a dos. Uno más uno es igual a 10 000.
El cambio:
La complacencia no es sumisión. La complacencia es apagarse para evitar
el conflicto. La sumisión es elegir ceder mientras sigues plenamente presente,
plenamente involucrado, plenamente tú. Jane aprendió a apelar a una autoridad
superior: si no estaba de acuerdo con Ashley, podía exponer su caso, y si
él no lo veía, podía llevárselo a Dios. La pregunta pasó a ser:
«¿Esto tiene impacto eterno?». Si sí, pelea con fuerza. Si no, suéltalo.
Cuando ambos cónyuges se someten a Dios, la pregunta deja de ser «¿quién
manda?» y pasa a ser «¿quién está oyendo bien?». A veces es
él. A veces es ella. Eso es sumisión mutua. Ese es el
sistema operativo de un matrimonio de multiplicación.
La auditoría:
¿Has elegido el sendero de cabras o el camino fácil? ¿Han tenido tú y tu
cónyuge la conversación de la «misma misión»? ¿Eres complaciente o estás realmente
sometido? Cuando no están de acuerdo, ¿peleas para ganar o apelas a una
autoridad superior? ¿Puedes identificar el carril de tu cónyuge, y confías en
él cuando tú mismo no puedes oír a Dios? ¿Qué están construyendo juntos
que los sobrevivirá a ambos? El sendero de cabras vale la pena. Cada lágrima.
Cada pelea. Cada conversación difícil. Cada momento de sumisión: a
Dios, a tu cónyuge, a la misión que es más grande que los dos.
Vale la pena.
Capítulo 11
Multiplícate primero en casa
CÓMO CONSTRUIR UN LEGADO
SIN PERDER A TUS HIJOS
Era un buen hombre. Un hombre fiel. Un hombre que dejó un salario de seis
cifras para servir a Dios como pastor ejecutivo.
Su pastor principal tenía una visión: un programa de construcción que costaría millones. Él no estaba de acuerdo. Pensaba que era demasiado ambicioso. Demasiado caro. Imposible de cumplir.
Tenía razón. La historia le dio la razón.
Pero tener razón le costó todo.
El programa de construcción lo consumió. Largas horas. Presión constante. Movilizar a la congregación. Administrar las finanzas. Más noches fuera de casa que dentro de ella.
Sus dos hijos mayores ya se habían ido a la universidad. Ellos recordaban a papá antes del programa de construcción. Antes de la presión.
Antes de la nube.
¿Pero los cuatro menores? A ellos les tocó otro padre.
Les tocó el hombre que llegaba a casa agotado. Frustrado. Cargando un peso que no podía soltar.
A ellos les tocó el desborde.
Su esposa trataba de redirigir. Se mantenía positiva. Lo cubría cuando podía. Pero los niños son esponjas. Lo absorben todo, incluso lo que no dices en voz alta.
Una noche, le hicieron una pregunta. El mismo tipo de pregunta que le habían hecho cien veces antes. Y algo se rompió.
Dos minutos. Eso fue todo lo que tomó.
Dos minutos de desborde frustrado. Todo lo que había estado cargando —la presión financiera, las expectativas imposibles, el desacuerdo con su pastor principal, el resentimiento por la situación—, todo salió a borbotones.
Los niños no dijeron mucho. La vida siguió. Nada pareció manifestarse.
Pero esa noche se plantaron semillas.
Años después, cuando esos cuatro hijos se fueron de casa, dejaron de ir a la iglesia.
¿Treinta años después? Sus vidas están en ruinas. Insatisfechas. Rotas. Lejos de Dios.
Mientras tanto, los dos mayores —los que se fueron antes del programa de construcción, antes de la presión, antes de la nube— sirven a Dios con fidelidad. No son perfectos. Pero están sanos. Espiritualmente firmes.
Los mismos padres. El mismo hogar. La misma tradición de fe.
Un resultado distinto.
¿Cuál fue la diferencia?
A los cuatro menores les tocó el desborde.
Vieron a su padre sacrificar a su familia por la iglesia. Sintieron la presión financiera que vino de «seguir el llamado de Dios». Absorbieron la frustración, la crítica, el resentimiento, aunque no se los dijeran directamente a ellos.
Y decidieron: no vale la pena.
La historia de esa familia no es inusual. Es la norma.
Las investigaciones indican que «casi dos tercios» de los jóvenes adultos que crecieron en la iglesia se desconectan de la participación regular después de la secundaria: Lifeway Research informa que alrededor del 66 por ciento de los adolescentes deja de asistir a la iglesia al llegar a la adultez joven, y Barna Group encontró que aproximadamente el 64 por ciento de los jóvenes de 18 a 29 años que crecieron en la iglesia se ha retirado de la participación en ella.6 En el caso específico de los hijos de pastores, un estudio de Barna encontró que el 40 por ciento atraviesa periodos de dudas significativas sobre su fe, y el 33 por ciento ya no participa activamente en la iglesia.7
Los que crecen más cerca del ministerio muchas veces no quieren saber nada de él. Han visto detrás del telón. Saben lo que cuesta. Y han decidido que el precio es demasiado alto.
TRES DE TRES
Mark. Nate. Benjamin.
Los tres en el ministerio.
Los tres multiplicándose.
Dos casados con mujeres que están en el ministerio con ellos, replicando la alianza que vieron mientras crecían.
Tres de tres.
Pero necesito ser honesto contigo. No siempre fue obvio que terminaría así.
Hubo temporadas —temporadas oscuras— en las que Jane y yo nos mirábamos y nos preguntábamos si íbamos a perder a uno de nuestros hijos para el Reino de Dios. Temporadas en las que se resistían con fuerza. Temporadas en las que lo cuestionaban todo. Temporadas en las que pasábamos la noche despiertos orando: «Dios, por favor, no permitas que los perdamos».
No éramos padres confiados deslizándonos con una fórmula perfecta. Éramos padres desesperados aferrados a Dios y haciendo todo lo que sabíamos hacer.
Así que si estás en una de esas temporadas ahora mismo —si estás viendo a tu hijo alejarse o a tu hija distanciarse, si te preguntas si algo de lo que has hecho ha marcado alguna diferencia—, no pierdas el ánimo.
Y hagas lo que hagas, no transijas.
No bajes el estándar porque tienes miedo de perderlos. No retrocedas en los límites porque el conflicto se siente demasiado arriesgado. No dejes de modelar autenticidad porque ponen los ojos en blanco.
En cambio, haz esto: Sube la positividad. Sube la autenticidad. Sube la vulnerabilidad emocional.
Redobla el amor. Redobla las conversaciones. Redobla la sinceridad sobre tus propias luchas, tus propios fracasos, tu propia necesidad de Dios.
No puedes dar lo que no has construido en casa.
Te vas a asombrar de cómo Dios usa eso para cambiar las cosas.
Nosotros nos asombramos.
Nuestros tres hijos no eligieron el ministerio porque nosotros lo tuviéramos todo resuelto. Lo eligieron porque nos vieron resolverlo: de forma imperfecta, desesperada, auténtica. Nos vieron fallar y pedir perdón.
Nos vieron luchar y orar. Nos vieron mantener la línea y mantenerlos
cerca al mismo tiempo.
Y en algún lugar de todo ese desorden, se encontraron con un Dios que era real. No porque fuéramos perfectos. Porque éramos honestos.
Este capítulo trata de lo que aprendimos en esas temporadas desesperadas. Lo que hicimos cuando no sabíamos qué hacer. Lo que creemos que marcó la diferencia.
Porque esto es lo que aprendimos en cuarenta años: No puedes dar lo que no has construido en casa. No puedes multiplicar líderes en la iglesia si estás produciendo resentimiento en tus hijos. No puedes construir un movimiento que perdure si tus propios hijos se alejan.
Si te equivocas en esto, nada más en este libro importa.
Si tu ministerio tiene éxito y tu familia fracasa, ¿has tenido éxito?
EL PATRÓN GENERACIONAL
Esto no empezó conmigo.
Mis padres rompieron el patrón primero.
Mi hermano y yo crecimos como hijos de misioneros en Papúa Nueva Guinea. Los dos estamos hoy en el ministerio. Los dos haciendo una obra global.
¿Por qué?
Porque nuestros padres entendían algo que a la mayoría de los líderes de ministerio se les escapa.
Nos protegieron del veneno.
Cuando necesitaban hablar de cosas difíciles —conflictos en la iglesia, estrés financiero, problemas con personas—, hablaban en pidgin, el idioma nacional de Papúa Nueva Guinea.
Mi hermano y yo no lo entendíamos.
Así que nunca los oímos criticar. Nunca los oímos quejarse. Nunca absorbimos la amargura que viene con las decepciones del ministerio.
Pero sí oíamos a nuestra madre orar por nosotros cada mañana. Con claridad. En voz alta. Con pasión. Intercediendo por nuestras vidas. Declarando los propósitos de Dios. Bendiciendo nuestro futuro.
Mi madre, Lorraine Evans, fue la persona de mayor carácter que he conocido. Se fue a estar con Jesús en 2011, pero lo que depositó en mí nunca se ha ido. No solo oraba por nosotros: yo la oía cuando era adolescente, su voz recorriendo la casa, intercediendo por nuestras vidas con una claridad y una pasión que nunca he olvidado. Oraba todos los días. No de vez en cuando. Todos los días.
Mi padre aportó la fe. Mi madre aportó la piedad. Él construía con visión. Ella construía con constancia, honestidad y un amor por la iglesia completamente inquebrantable. Ella me dio el carácter para sobrevivir la distancia: las temporadas largas, las traiciones, los años estériles. Cuando rastreo mi mayor rasgo de carácter —la honestidad—, lo rastreo hasta ella.
Eso es lo que hacen las madres. Construyen en ti cosas que solo aparecen décadas después, cuando todo está en juego.
Así que crecimos oyendo más oraciones que problemas. Más bendición que amargura. Más esperanza que dolor.
Eso es multiplicación generacional.
Mis padres me dieron una plantilla. Jane y yo la adaptamos. Métodos distintos. El mismo resultado. Cero resentimiento.
Antes de contarte lo que hicimos, necesitas entender lo que no hicimos.
Porque la mayoría de los hijos de pastores no se va porque perdió la fe. Se va porque le guarda resentimiento a la fe.
Vieron a sus padres sacrificar a la familia por el «ministerio». Vieron a papá trabajar semanas de ochenta horas mientras otros papás entrenaban al equipo infantil. Lo vieron perderse partidos, recitales, cumpleaños porque alguien en la iglesia lo necesitaba. Lo vieron llegar a casa agotado, frustrado, herido. Oyeron las quejas sobre la «gente malagradecida» en la mesa. Presenciaron las peleas por dinero, personal, proyectos de construcción. Vieron la sonrisa en la iglesia el domingo y el derrumbe en casa el lunes.
Los hijos vieron el costo. Y decidieron: no vale la pena.
Esto es lo que me rompe el corazón.
La mayoría de estos padres cree que está modelando sacrificio. Mostrándoles a sus hijos lo que significa «poner tu vida» por el evangelio.
Pero los hijos no están aprendiendo sacrificio. Están aprendiendo resentimiento.
Porque el sacrificio es hermoso cuando es voluntario. Pero es tóxico cuando es forzado.
¿Y cuando los hijos ven a sus padres sacrificarlos a ellos por los hijos de otros? ¿Por miembros de la iglesia que se quejan? ¿Por una congregación que no aprecia el costo?
Eso no es un sacrificio hermoso. Eso es abandono envuelto en lenguaje espiritual.
Así que los hijos crecen pensando: Dios se llevó a mi papá. La iglesia me robó a mi mamá. El ministerio destruyó a nuestra familia.
Y no quieren saber nada de eso.
Nosotros estábamos decididos a no ser parte de esa estadística.
EL MARCO ANTIRRESENTIMIENTO
Jane y yo tomamos una decisión temprano. Nuestros hijos nunca le guardarían rencor al
el ministerio.
No porque escondiéramos el costo. No lo hicimos. No porque fingiéramos que era fácil. No lo era.
Porque construimos un ambiente donde el ministerio era una bendición, no una carga.
Así lo hicimos.
Principio 1: Los conflictos se quedaban en privado
Los niños nunca nos vieron discutir. Tal vez tres veces en treinta años.
No porque no estuviéramos en desacuerdo. Lo estábamos. Con frecuencia. Pero peleábamos a puerta cerrada.
¿Por qué? Porque los niños no tienen la capacidad emocional para procesar los conflictos de sus padres. Cuando ven a mamá y papá pelear, su mundo se vuelve inestable. Inseguro. Aterrador.
¿Y si esas peleas son sobre la iglesia? ¿Sobre el ministerio? ¿Sobre gente de la iglesia? El cerebro del niño hace conexiones simples: Iglesia es igual a conflicto. Ministerio es igual a peleas. La obra de Dios es igual a dolor en mi casa.
Así que nunca peleamos delante de ellos. Cuando no estábamos de acuerdo, íbamos a nuestra habitación. Cerrábamos la puerta. Lo resolvíamos. A veces tomaba cinco minutos. A veces cinco horas. Pero no salíamos hasta que estuviera resuelto.
Los niños vieron unidad, no división. Alianza, no combate. Un equipo trabajando junto, no dos personas destrozándose.
Principio 2: La regla de resolución de veinticuatro horas
La regla era simple: veinticuatro horas para iniciar la conversación.
No dejábamos que las cosas se pudrieran. No nos íbamos a dormir enojados para despertar más enojados. Lo enfrentábamos. Lo hablábamos. Encontrábamos una resolución.
A veces eso significaba que uno de los dos pidiera perdón. A veces que los dos pidiéramos perdón. A veces significaba acordar que no estábamos de acuerdo y elegir la misión por encima de nuestros egos.
Pero nunca dejamos que un conflicto quedara sin resolver durante días, semanas, meses. Porque el conflicto no resuelto se convierte en resentimiento. Y el resentimiento es un cáncer en el matrimonio. Especialmente en un matrimonio de ministerio.
La regla de las veinticuatro horas nos obligaba a enfrentar las cosas en vez de enterrarlas. Y les modelaba a nuestros hijos cómo se ve una resolución sana de conflictos.
Puedes estar en desacuerdo. Puedes discutir. Puedes estar molesto. Pero lo resuelves. Rápido. Con decisión. Por completo.
Eso fue lo que vieron. Y eso es lo que están replicando hoy en sus propios matrimonios.
*Una nota sobre esto: la regla de las veinticuatro horas se trata de conexión, no
de cumplimiento forzado. Cuando digo que resolvíamos el conflicto en veinticuatro horas,
no quiero decir que forzáramos un acuerdo falso solo para cumplir un plazo.
A veces, los asuntos grandes tardan semanas en resolverse del todo. La regla no era «debemos
estar de acuerdo antes de medianoche». La regla era «debemos estar conectados antes de
medianoche». Nos negábamos a dormirnos como enemigos. Podíamos decir: «Todavía
no estamos de acuerdo en esta decisión, y mañana seguiremos hablando, pero te
amo, estoy a tu favor y estamos bien». Priorizábamos la
relación por encima de la resolución. La meta no es forzar la paz; la
meta es impedir que el enemigo encuentre lugar a través del silencio
y la separación prolongados.*
Principio 3: Humildad de los padres
Yo les pedía perdón a mis hijos cuando hacía algo mal.
No porque tuviera que hacerlo. Porque quería que vieran que los líderes no son perfectos. Que los papás cometen errores. Que autoridad no significa infalibilidad.
Cuando perdía los estribos, pedía perdón. Cuando rompía una promesa, pedía perdón. Cuando estaba demasiado ocupado, demasiado distraído, demasiado enfocado en la iglesia y no lo suficiente en ellos, pedía perdón.
«Me equivoqué. Lo siento. ¿Me perdonas?».
¿Sabes lo que eso hace por un hijo? Le muestra que la humildad es fortaleza, no debilidad. Que los líderes reconocen sus errores en vez de culpar a otros. Que el arrepentimiento no es solo algo que predicas: es algo que vives.
Y evita que el resentimiento se acumule. Porque cuando un padre pide perdón, el hijo puede perdonar y seguir adelante. ¿Pero cuando un padre nunca admite que se equivocó? ¿Nunca pide perdón? ¿Nunca reconoce el daño que causó? El hijo lo entierra. Y se convierte en una herida. Y las heridas se convierten en resentimiento.
No fui un papá perfecto. Pero fui un papá bastante humilde. Y eso marcó toda la diferencia.
*Una nota sobre la frecuencia de las disculpas: no usé la disculpa como forma de excusar
el mal comportamiento. Si te la pasas pidiendo perdón por lo mismo,
socavas tu autoridad y la confianza que te tienen. Cada disculpa
debe venir con un cambio genuino; de lo contrario, son solo palabras. Al
mismo tiempo, a muchos padres les cuesta pedir perdón bien alguna vez.
Mi papá nunca me pidió perdón en su vida. De adulto, se me hizo
evidente que eso no era una fortaleza, sino una debilidad que socavaba
la confianza. Así que decidí cambiar esto para mis hijos. El equilibrio es
este: pide perdón cada vez que estés genuinamente equivocado, pero si te
encuentras pidiendo perdón constantemente por los mismos patrones, esa es una señal
para examinar y cambiar la conducta, no solo las palabras.*
Principio 4: Los asuntos de la iglesia se quedaban en la iglesia
No hablábamos de asuntos de la iglesia delante de los niños. Ni de los conflictos. Ni de las finanzas. Ni de los dramas del personal. Ni de los problemas con la gente.
Cuando alguien de la iglesia nos hería, no llegábamos a casa a desahogarnos en la mesa. Cuando teníamos que despedir a un miembro del personal, no lo procesábamos delante de los niños. Cuando la ofrenda bajaba, no entrábamos en pánico por el dinero donde pudieran oírnos.
Los asuntos de la iglesia se quedaban en la iglesia. El hogar era el hogar. Un santuario. Un refugio. Un lugar donde la presión del ministerio no dominaba la conversación.
¿Por qué? Porque los niños son esponjas. Lo absorben todo. Y cuando oyen a sus padres hablar constantemente de los problemas de la iglesia, empiezan a asociar la iglesia con problemas. El ministerio se convierte en lo que estresa a mamá y papá. Lo que causa ansiedad. Lo que roba el gozo.
Así que los protegimos de eso. Hablábamos de los asuntos de la iglesia entre nosotros. A puerta cerrada. En el auto de camino a casa. Tarde en la noche, cuando ya estaban dormidos. Pero no delante de ellos.
Ellos vieron el gozo del ministerio. El fruto. El avance.
Las victorias. No el desgaste. La decepción. La traición.
Principio 5: Nada de críticas a las personas
Nunca criticamos a pastores, personal ni congregación delante de los niños. Jamás.
Incluso cuando la gente nos hería. Incluso cuando se equivocaban. Incluso cuando merecían la crítica. No hablábamos mal de ellos delante de nuestros hijos.
El ministerio no se trata de personas perfectas. Se trata de personas fieles que
siguen amando a personas imperfectas.
¿Por qué? Porque los niños piensan en concreto. Cuando te oyen criticar a alguien, no piensan: Papá está procesando una dinámica relacional compleja. Piensan: Esa persona es mala. La gente de la iglesia es mala. No se puede confiar en la gente del ministerio. Y el resentimiento crece.
Así que mantuvimos la boca cerrada. Procesábamos nuestro dolor entre nosotros. Con mentores de confianza. Con Dios. Pero no con nuestros hijos.
Nos vieron honrar a las personas incluso cuando esas personas no nos honraban a nosotros. Nos vieron bendecir a las personas incluso cuando esas personas nos herían.
Nos vieron responder con gracia incluso cuando teníamos todo el derecho de responder
con enojo.
Y eso les enseñó que el ministerio no se trata de personas perfectas.
Se trata de personas fieles que siguen amando a personas imperfectas.
Principio 6: Afirmación diaria de amor
Les decíamos a nuestros hijos todos los días cuánto los amábamos. No solo un «te quiero» de pasada. Afirmación intencional.
«Estoy tan orgulloso de ti». «Vas a hacer grandes cosas para Dios».
«Me encanta ser tu papá». «Eres un regalo para nuestra familia». Todos. Los. Días.
¿Por qué? Porque los niños necesitan saber que son una prioridad. No una interrupción. No una distracción. No algo que encajamos entre eventos de la iglesia. Una prioridad.
Y cuando se sienten amados, valorados, vistos, no guardan resentimiento por el tiempo que dedicas al ministerio. Porque saben que ellos importan más.
Principio 7: Seguridad emocional
Íbamos a sus habitaciones todas las noches para hablar de sus sentimientos. No para sermonear. No para predicar. No para corregir. Para escuchar.
Cuando no querían dormirse y querían hablar, hablábamos. De su día. Sus luchas. Sus miedos. Sus sueños.
Les enseñamos a comunicar sus sentimientos en vez de enterrarlos. Y creamos un ambiente donde era seguro compartir. Seguro ser vulnerable. Seguro admitir cuando estaban batallando. Seguro procesar cosas difíciles.
También orábamos con ellos. No solo por ellos: con ellos. Para que vieran la oración como una conversación con Dios, no como una obligación religiosa.
Crecieron oyéndonos orar con ellos por sus vidas, su futuro, su llamado. Y eso creó un fundamento.
Ellos sabían: Mamá y papá son seguros. El hogar es seguro. Dios es seguro.
Y esa seguridad es lo que les permitió abrazar el ministerio en vez de guardarle rencor.
LOS CREADORES DE AMBIENTE
Los siete principios crearon el fundamento. Pero no nos detuvimos ahí.
Construimos un ambiente donde el ministerio estaba asociado con el gozo, no con el sacrificio. Creábamos constantemente asociaciones positivas.
Esto fue lo que hicimos.
Asociaciones positivas por todas partes
Después de la iglesia, cada domingo, íbamos a un lugar de comida rápida. McDonald's. Burger King. Donde los niños quisieran. Lo convertimos en un premio. La iglesia no era una pesadez. No era una obligación. No era lo que nos robaba los domingos. Era la puerta de entrada a algo divertido.
Los niños asociaban la iglesia con papas fritas, Cajitas Felices, tiempo con mamá y papá. Y ese patrón simple —repetido semana tras semana— creó una asociación positiva. Iglesia es igual a diversión. Domingo es igual a tiempo en familia. Ministerio es igual a bendición.
Cuando viajaba a predicar, llevaba a los niños siempre que era práctico. Cuando Jane y yo íbamos a conferencias, los llevábamos. Aprendieron a estar en la presencia del Señor durmiendo debajo de las sillas al fondo de los auditorios. Crecieron en una atmósfera espiritual. No aislados del ministerio. Inmersos en él.
Pero esta es la clave: no los hacíamos actuar. No los obligábamos a ser «hijos de pastor» que tenían que portarse perfectamente e impresionar a todos. Simplemente los dejábamos estar ahí. Empapándose. Absorbiendo el ambiente. Viendo a Dios moverse.
Y aprendieron que la presencia de Dios es normal. Que la adoración es natural. Que los milagros ocurren. Que la gente se encuentra con Dios. No solo lo oyeron. Lo vieron.
Tomamos vacaciones familiares increíbles. No baratas. No cortas. Vacaciones fantásticas para la edad que tenían. Los muchachos todavía hablan de ellas. Y todavía las hacemos.
¿Por qué? Porque queríamos que supieran que servir a Dios viene con favor. Que Dios bendice a su pueblo. Que el ministerio no es pobreza y sacrificio y «pasar sin». Es abundancia y bendición y «Dios cuida a los suyos».
No pedimos disculpas por la bendición de Dios. La celebramos. Y nos aseguramos de que los niños la experimentaran.
*Una nota sobre esto: tuvimos que tomar decisiones. ¿Tendríamos una mejor casa
o un mejor auto, o construiríamos recuerdos en nuestros hijos que les hicieran
más fácil seguir a Jesús? Elegimos lo segundo. Eso también tiene
un costo, pero con el tiempo los beneficios superaron fácilmente el costo.*
Selección estratégica de amigos
Seleccionamos a sus amigos con ellos. No por ellos. Con ellos.
Hablábamos de con quién andaban. Quién los influenciaba. Quién estaba moldeando su manera de pensar. Y los guiamos hacia buenos amigos. Amigos cuyos padres amaban a Dios. Amigos que iban a alguna parte. Amigos que los afilarían, no que los desgastarían.
No lo controlábamos. No prohibíamos amistades. Pero estábamos involucrados. Conocíamos a sus amigos. Hablábamos de sus amigos. Los ayudábamos a evaluar a sus amigos. Y eso los protegió de influencias que podrían haberlos descarrilado.
En su adolescencia, ahorramos y compramos un bote. ¿Por qué? Para que nuestra casa fuera la casa a la que todos los adolescentes quisieran venir. Hacíamos esquí acuático en el río. Los amigos de los muchachos venían con nosotros. Nuestro hogar se convirtió en el centro. El lugar genial. El lugar divertido. El lugar donde se reunían los buenos muchachos.
Y eso significaba que teníamos acceso al mundo de nuestros hijos. No adivinábamos lo que estaban haciendo. Lo veíamos. No nos preguntábamos con quién estaban. Estaban con nosotros. ¿Y los amigos que venían a nuestra casa? También los influenciamos a ellos.
Casi todos los fines de semana, otros buenos adolescentes se quedaban en nuestra casa. Amigos. Muchachos del grupo de jóvenes. Buenos muchachos que necesitaban un lugar seguro. Nuestro hogar estaba abierto. No porque tuviéramos que hacerlo. Porque queríamos.
Queríamos influencia. Queríamos acceso. Queríamos saber qué pasaba en el mundo de nuestros hijos. ¿Y la mejor manera de lograrlo? Haz de tu casa el lugar donde los muchachos quieren estar.
La mitad de los pastores de campus de Australia pasaron años en nuestra casa cuando eran adolescentes, como amigos de Mark y luego de Nate. Y esos amigos llegaron a convertirse ellos mismos en transformadores del mundo. En una celebración reciente, todos mencionaron esos años en nuestra casa. Y confirmaron que les cambiaron la vida.
Celebrar cada milagro
Cada vez que Dios nos bendecía —alguien nos daba dinero, se suplía una necesidad, ocurría un avance—, reuníamos a los muchachos y celebrábamos.
No solo le dábamos gracias a Dios en privado. Lo convertíamos en un momento. «¡Miren lo que hizo Dios! ¡Proveyó! ¡Cumplió! ¡Es fiel!».
Los niños nos vieron celebrar la fidelidad de Dios una y otra vez. Y aprendieron: Dios es real. Dios está activo en nuestras vidas. Dios cumple sus promesas. El ministerio no es religión seca. Es relación con un Dios que se hace presente.
El círculo de ánimo
Cada Navidad. Cada Acción de Gracias. Cada cumpleaños. Nos reuníamos en círculo.
Y dábamos la vuelta: cada persona hablaba vida y ánimo al corazón del cumpleañero. Nada genérico. Nada superficial. Específico.
«Esto es lo que veo en ti». «Esto es lo que Dios está haciendo en tu vida». «De esto estoy orgulloso». «Esto es lo que creo sobre tu futuro». Los niños crecieron oyendo bendición. No crítica. No corrección. Bendición. Y eso creó un ambiente de afirmación en lugar de rendimiento.
Cultura de diálogo abierto
Creamos un ambiente donde los niños podían contarnos lo que les molestaba. Ningún tema prohibido. Ninguna pregunta demasiado difícil. Ningún sentimiento demasiado complicado.
Podían venir a nosotros con cualquier cosa. Y no nos alterábamos. No los callábamos. No los condenábamos. Escuchábamos. Y luego los ayudábamos a procesarlo.
Ese diálogo abierto evitó que los secretos se pudrieran. Evitó que las preguntas se convirtieran en dudas. Evitó que las luchas se convirtieran en fortalezas.
Sabían que podían hablar con nosotros de cualquier cosa. Y esa confianza —construida a lo largo de años de conversaciones abiertas y seguras— es lo que los mantuvo cerca.
EL SISTEMA DE DESARROLLO
No solo creamos un ambiente seguro. Los desarrollamos.
Intencionalmente. Estratégicamente. Sistemáticamente.
Así fue.
Reglas dinámicas
Mantuvimos las reglas estrictas cuando eran pequeños. Luego las fuimos reduciendo a medida que crecían. Pero mantuvimos estándares altos en las reglas que quedaban.
Éramos el acelerador y el freno. Sabíamos cuándo dar libertad. Sabíamos cuándo frenar.
Ese es el arte de ser padres. ¿Demasiadas reglas? Creas rebeldes. ¿Muy pocas reglas? Creas caos. ¿Las reglas correctas en el momento correcto? Creas responsabilidad.
Ajustamos las reglas a medida que maduraban. Les dimos más libertad a medida que demostraban que podían manejarla. Pero nunca bajamos el estándar. Alto carácter. Alta integridad. Alta responsabilidad. Eso era innegociable.
Trajimos mentores
Cuando los muchachos tenían once y doce años, les pedí a líderes de jóvenes que los tomaran bajo su ala. Tanto Mark como Nate tuvieron mentores. Muchachos mayores. Buenos muchachos. Líderes del ministerio de jóvenes.
Uno de esos líderes no llegó lejos en el ministerio. Se bajó. Pero antes de irse, nuestros muchachos tuvieron un encuentro con Dios gracias a él. Aprendieron de él. Fueron influenciados por él. Se beneficiaron de su inversión.
Así que hasta un mentor «fallido» puede tener un impacto duradero. El punto no era la perfección. El punto era la exposición. Exposición a distintos estilos de liderazgo. Distintas voces. Distintas perspectivas.
No queríamos que los muchachos aprendieran solo de nosotros. Queríamos que aprendieran de una comunidad de líderes.
Posicionados para encuentros
Teníamos una meta: cinco encuentros significativos con Dios antes de los dieciocho años.
¿Por qué cinco? Para estar absolutamente seguros. Dios no tiene nietos.
Nuestros hijos necesitaban sus propias experiencias con Dios. No las nuestras. Las suyas.
Así que no los empujamos. Los posicionamos.
Teníamos conversaciones que creaban hambre. Los enviábamos a campamentos y conferencias donde Dios se estaba moviendo. Orábamos por ellos. Sobre ellos. Con ellos.
Y Dios hizo lo que Dios hace. Se encontró con ellos.
*Una nota sobre los tiempos: la línea de tiempo de Dios no siempre es la nuestra. Algunos hijos
encuentran a Dios temprano y de forma dramática. Otros tardan más. El
posicionamiento sigue importando aunque los encuentros no ocurran según tu
calendario. Tu trabajo es crear las condiciones. El trabajo de Dios es aparecer.
Confía en el proceso aunque todavía no puedas ver los resultados.*
LA HISTORIA DE MARK
Mark es profundamente sensible al mundo espiritual. Desde que era
pequeño, Dios le hablaba. No en reuniones grandes. No en conferencias. En
su habitación.
A los cinco años tuvo su primer encuentro con Dios en la iglesia de niños. A los ocho, estaba leyendo su Biblia. El libro de Apocalipsis. Salió a buscar a Jane con lágrimas corriéndole por la cara. «Dios me habló». Profundo. Hondo. Real.
A lo largo de su vida, Mark ha tenido estos encuentros. Dios le habla. Directamente. Con claridad.
A los quince años, Dios le dio una visión. Iglesia mundial. No paraba de hablarme de eso. «Papá, se supone que debo trabajar contigo. Se supone que debo ayudar a lanzar la Iglesia mundial». Desde los quince años, lo creyó. Y esa visión creció. Y creció. Y creció.
Pero esto es lo que la mayoría no sabe. Los dones de Mark no fueron reconocidos por sus líderes. Estuvo años en el equipo de montaje. Sillas. Sonido. Luces. No progresaba. No lo ascendían. No lo desarrollaban.
Y habría sido fácil para él amargarse. Resentir a los líderes que no veían su potencial. Irse.
Pero hablamos de eso. A menudo. Le dije lo que a mí me ayudó mientras crecía: «Porque ni de oriente ni de occidente, ni del desierto viene el enaltecimiento. Mas Dios es el juez» (Salmo 75:6-7).
Mantén un buen espíritu. Sigue sirviendo con fidelidad. Sigue honrando al liderazgo aunque ellos no te honren a ti. Dios te promoverá a su tiempo.
Mark mostró aguante. Capacidad de persistir. A pesar de que sus dones no eran reconocidos. A pesar de los años en el equipo de montaje. Siguió sirviendo. Siguió fiel. Siguió creyendo.
¿Y hoy? Es responsable de muchísimos de los asombrosos líderes de talla mundial que tenemos en nuestra familia de iglesias. ¿Muchos de los mejores líderes de nuestro movimiento? Mark los entrenó. Y su pasión y su convicción los discipularon para quedarse, crecer y sobresalir.
Y se han quedado. No se están yendo como los siete que se fueron en 2007. Se están multiplicando.
La Iglesia mundial ya no es un sueño. Está ocurriendo. Y está ocurriendo porque un muchacho de quince años oyó a Dios en su habitación y lo creyó. Aun cuando nadie más lo hizo.
LA HISTORIA DE NATE
Nate es distinto de Mark. Menos místico. Más práctico.
Se encontró con Dios en campamentos de jóvenes a lo largo de varios años. Luego otra vez en el instituto bíblico. Cada vez, Dios se encontró con él. Lo tocó. Lo cambió.
También tuvo un líder de jóvenes como mentor a los once y doce años. Pero además tuvo a su hermano mayor guiándolo hacia Jesús. Nate no tenía idea de que su hermano mayor sería una gran razón de que él sea quien es hoy. Mark y yo diseñamos una estrategia para posicionar a Nate de modo que pudiera encontrarse con Dios.
Mi teoría es esta: el hijo mayor quiere ser como papá, así que papá tiene una influencia enorme. El segundo hijo quiere ser como su hermano mayor. Mi estrategia: si logro que el hermano mayor se salve, él me ayudará a que su hermano menor se salve. Funcionó.
Y hoy Nate está pastoreando. Creciendo significativamente. Multiplicando líderes. Construyendo lo que Dios lo llamó a construir.
No tuvo el mismo tipo de encuentros en su habitación que Mark. Pero tuvo encuentros en campamentos. Encuentros en el instituto bíblico. Distinto proceso. El mismo resultado. Un hijo que ama a Dios. Ama el ministerio. Ama a la gente. Y está multiplicando la visión.
LA HISTORIA DE BENJAMIN
Benjamin también es un pensador. Cuando estaba en la universidad, tenía
preguntas sobre su fe. No dudas. Preguntas. Necesitaba
experimentar a Dios, no solo creer intelectualmente.
Yo estaba orando por eso. Y Dios dijo: Envíalo al campamento de jóvenes en Australia.
Le planteé la idea a Ben. Conversamos. A lo largo de unas semanas, decidió ir.
Ese campamento lo revolucionó. Fue bautizado en el Espíritu Santo. Encuentro tras encuentro con Dios.
Al año siguiente hizo una pasantía de seis meses en Australia. ¿Y hoy? Es pastor de jóvenes. Liderando. Multiplicando. Levantando a la siguiente generación.
Pero esta es la clave: no lo empujamos. Lo posicionamos. Tuvimos conversaciones. Oramos. Sugerimos el campamento. Pero él eligió ir. Y Dios hizo el resto.
TRABAJAR BAJO OTROS LÍDERES
Hicimos que los tres trabajaran bajo otros líderes. No los protegimos
de líderes que no los trataban bien. Y no siempre
los trataron bien.
Hay un prejuicio contra los hijos de pastores. La gente da por hecho que se creen con derechos. Consentidos. Que reciben trato especial por quién es su papá. Así que a veces reciben lo contrario. Los pasan por alto. Los subestiman. No los desarrollan.
Y nosotros dejamos que pasara. ¿Por qué? Porque necesitaban aprender cómo responder cuando los líderes no reconocen sus dones. Cuando no los aprecian. Cuando sirven con fidelidad y nadie se da cuenta.
Les enseñamos: Mantén un buen espíritu. Confía en Dios, no en las personas, para tu promoción. Honra al liderazgo aunque el liderazgo no te honre a ti. Sirve con excelencia aunque nadie te esté mirando.
Y esto es lo que eso produjo: tres hijos que no necesitan reconocimiento para mantenerse fieles. Que no necesitan aprecio para seguir sirviendo. Que no se mueven por títulos ni posiciones. Se mueven por el llamado. Y eso los hace imparables.
EL PROCESO DE REVISIÓN
Cada vez que los muchachos tenían un roce con un líder o con uno de sus amigos, lo
sabíamos al instante. Porque llevaban el corazón de una manera que podíamos
leer.
Así que los llevábamos aparte. Averiguábamos quién los había ofendido. Lo hablábamos. Escuchábamos sus historias.
Y este es el proceso que seguíamos:
Paso 1: Empatía primero. No empezábamos con la corrección. Empezábamos con empatía. «Eso no fue justo». «Entiendo por qué estás dolido». «Tienes todo el derecho de sentirte así». Primero, validación.
Paso 2: Escuchar. Los dejábamos contar toda la historia. Sin interrumpir. Sin corregir. Sin arreglar. Solo escuchar.
Paso 3: Transición. A los quince minutos más o menos, una vez que se sentían escuchados, empezábamos a mover la conversación. «Bien. ¿Y ahora qué hacemos?». Sin descartar su dolor. Pero moviéndolos hacia la respuesta.
Paso 4: Panorama más amplio. Los ayudábamos a ver más allá del momento. «Este líder no define tu futuro». «Esta situación te está enseñando algo que vas a necesitar después». «Dios está usando esto para construir algo en ti».
Paso 5: Validación. Reconocíamos que no había sido justo. No les hacíamos dudar de su propia percepción. No minimizábamos su dolor. Lo validábamos.
Paso 6: Apoyo. «Si necesitas que yo intervenga, lo haré». «Si necesitas ayuda para navegar esto, aquí estoy». Ofrecíamos apoyo sin rescatarlos.
Paso 7: Lente espiritual. «¿Dónde está Dios en esto?». «¿Qué te está enseñando?». «¿Cómo quieres responder?». Les mostrábamos a Dios en todo lo que estaban viviendo. No solo en las cosas buenas. En todo.
Y esto es lo que ese proceso hizo: les enseñó a procesar el conflicto con sabiduría en vez de con emoción. A ver la mano de Dios en las situaciones difíciles. A responder con gracia en vez de con amargura.
Y por eso no están heridos. Pasaron por cosas difíciles. Pero no cargan heridas. Porque los ayudamos a procesar en vez de solo aguantar.
LA FILOSOFÍA DE LA REBELIÓN
Los tres muchachos tuvieron momentos de rebeldía. Y nosotros estábamos medio contentos.
¿Por qué? Porque creemos esto: si los hijos no se rebelan en la adolescencia, lo harán a los veinte. Mejor trabajarlo mientras todavía teníamos influencia. Mejor acompañarlos en la rebeldía en casa que verlos implosionar después de irse.
Así que cuando se resistían, no entrábamos en pánico. Cuando cuestionaban, no los callábamos. Cuando probaban los límites, nos manteníamos firmes pero les dábamos espacio para procesarlo.
Si tu ministerio tiene éxito y tu familia fracasa, no has
tenido éxito.
Y se lo sacaron de adentro. Mientras todavía estábamos ahí para guiarlos.
Ahora tienen entre veintitantos y treinta y tantos años. Y no se están rebelando. Porque ya lo hicieron. Y los ayudamos a procesarlo. Y ahora son libres para perseguir su llamado sin el equipaje que viene de una rebeldía no procesada.
¿Los resultados?
Tres de tres.
Mark: entrenando a la siguiente generación. La Iglesia mundial haciéndose realidad.
Nate: pastoreando, creciendo, multiplicando.
Benjamin: pastor de jóvenes, revolucionado por Dios.
Los tres en el ministerio. Dos casados con mujeres que están en el ministerio con ellos, replicando el matrimonio de multiplicación que vieron mientras crecían y criando a sus hijos con los mismos principios.
Siete nietos ya. La siguiente generación. Criada de la misma manera.
Y lo estoy viendo multiplicarse. No solo en nuestros hijos. En los líderes que nuestros hijos están levantando. El patrón se está replicando. El ADN se está transfiriendo. La multiplicación se está acelerando.
EN RESUMEN
Si tu ministerio tiene éxito y tu familia fracasa, no has
tenido éxito. Has construido sobre arena. Y cuando venga la tormenta —y
vendrá—, todo se derrumbará.
¿Pero si te multiplicas primero en casa? ¿Si crías hijos que aman a Dios y aman a la gente? ¿Si creas una generación que elige continuar lo que tú empezaste?
Eso es legado. Eso es multiplicación. Eso es ganar.
Mark. Nate. Benjamin. Tres de tres.
No porque fuéramos padres perfectos. Porque fuimos padres desesperados que se aferraron a Dios e hicieron todo lo que sabían hacer. Construimos un ambiente antirresentimiento. Creamos un sistema de desarrollo personal. Los posicionamos para encuentros con Dios. Los acompañamos en la revisión de los momentos difíciles. Hicimos del ministerio una bendición, no una carga.
Y ellos lo eligieron. No porque los obligáramos. Porque vieron que funcionaba. Experimentaron la bondad de Dios. Vieron un matrimonio de multiplicación. Se sintieron amados, valorados, priorizados. Y quisieron lo que nosotros teníamos.
Esa es la meta. No mera obediencia. Deseo. No obligación. Llamado. No «porque papá lo dijo». Sino «me he encontrado con Dios y quiero pasar mi vida sirviéndole». Tres de tres.
Tú también puedes hacerlo. Pero tienes que empezar en casa.
Multiplícate primero en casa. Luego mira cómo se multiplica en todas partes.
Multiplícate o muere.
Una palabra para el padre o la madre de un hijo pródigo
Necesito ser honesto contigo.
Escribo esto como un padre cuyos hijos se quedaron. Los tres. En el ministerio. Por decisión propia.
Pero sé que muchos de ustedes que leen esto tienen otra historia. Tu hijo se fue. Tu hija se alejó. No solo están ausentes del ministerio: están ausentes de la fe. Tal vez ausentes de tu vida.
Puede que estés leyendo este capítulo con el pecho oprimido. Preguntándote si es demasiado tarde. Sintiendo que ya fallaste. Que las estadísticas ya reclamaron a tu familia.
Déjame mirarte a los ojos: la historia no ha terminado.
Mi historia es de prevención. Pero Dios es el maestro de la redención.
Antes de decirte cómo traerlos de vuelta, déjame contarte uno de los mayores secretos de por qué los míos se quedaron.
No fue una crianza perfecta. Cometimos muchísimos errores.
Como mencioné antes, fue nuestra disposición a pedir perdón.
Empecé a estudiar el arrepentimiento. A estudiarlo de verdad. No solo como un concepto teológico para la salvación, sino como una práctica relacional. Y descubrí algo que lo cambió todo: el arrepentimiento es la clave de la sanidad. No solo entre nosotros y Dios. Entre nosotros y nuestros hijos.
Así que empezamos a pedir perdón. A nuestros hijos. Cuando nos equivocábamos. Cuando reaccionábamos de más. Cuando priorizábamos el ministerio por encima de ellos. Cuando hablábamos con dureza. Cuando no estábamos presentes. Cuando tomábamos decisiones que los herían.
No esperábamos a que ellos lo sacaran. No lo minimizábamos. No nos defendíamos.
Simplemente decíamos: «Me equivoqué. Lo siento. Por favor, perdóname».
Y si ellos lo sacaban, escuchábamos con la mayor objetividad posible, les pedíamos perdón y luego les agradecíamos por hacérnoslo ver para poder cambiar, y vaya que hemos cambiado. Hemos hecho muchos giros a medida que nuestros hijos han crecido, se han casado y han tenido hijos.
Las disculpas te mantienen relevante en la vida de tus hijos.
Si se fueron con resentimiento, no puedes simplemente «esperar» a que vuelvan. Esperar es pasivo. La reconciliación es activa.
Tienes que construir un puente. Y ese puente se construye con una sola cosa: la disculpa.
El primer lugar donde debes empezar es la humildad. No la humildad que dice: «Pude haberlo hecho mejor». La humildad que dice: «Me equivoqué».
Tienes que ir a ellos, no como el pastor, no como la autoridad espiritual, no como el padre que «hacía lo mejor que podía», sino como un ser humano roto que le falló a alguien a quien ama.
Y tienes que pedir perdón.
No: «Lo siento si te herí». No: «Lo siento, pero lo hacía por Dios». No: «Lamento que te sientas así».
No. Tienes que decir: «Me equivoqué. Prioricé el ministerio por encima de ti. Te hice sacrificarte por un llamado que tú no elegiste. No estuve ahí cuando me necesitaste. Lo siento muchísimo. Por favor, perdóname». Asúmelo. Por completo. Sin condiciones.
Esta es la verdad que necesitas oír: Probablemente no te perdonarán de inmediato.
No se fueron en un momento. No volverán en un momento. El resentimiento es un muro construido ladrillo a ladrillo a lo largo de años. No puedes derribarlo con una sola conversación.
Cuando pidas perdón, puede que se desahoguen. Puede que lo rechacen. Puede que saquen viejas heridas que tú habías olvidado. Cosas que ni siquiera sabías que los habían herido.
Recíbelo. Absorbe el dolor. No te defiendas. No les cites la Escritura. No expliques por qué tomaste las decisiones que tomaste. Solo escucha.
Tu disculpa no es una varita mágica. Es el comienzo de un proceso. Les señala que las reglas del juego han cambiado. Les muestra que valoras la relación más que tu reputación. Más que tener razón. Más que tu legado ministerial.
No puedes forzarlos a volver. Pero al asumir humildemente tu parte, empiezas a desintoxicar la tierra. Le quitas combustible a su fuego. Entreabres una puerta que el resentimiento había sellado.
Empieza el proceso hoy.
Escribe la carta. Haz la llamada. Manda el mensaje. Reconoce el error.
Y luego espera con los brazos abiertos. El tiempo que haga falta.
Porque esto es lo que he aprendido después de cuarenta años de ministerio:
Dios no ha terminado con tu familia.
Prevenir es mejor que reparar. Pero reparar es absolutamente posible.
Y a veces, los hijos que regresan heridos se convierten en los que más lejos se multiplican, porque entienden la gracia de una manera que el resto de nosotros nunca entenderá.
No te rindas con ellos. Dios no se ha rendido.
PUNTOS CLAVE
La ley:
Las investigaciones de Barna Group y Lifeway Research confirman que entre el 66 y el 75
por ciento de los jóvenes adultos que crecieron en la iglesia se desconectan después de la
secundaria. En el caso específico de los hijos de pastores, el 40 por ciento atraviesa periodos
de dudas significativas, y el 33 por ciento ya no participa activamente
en la iglesia. La mayoría de los hijos de pastores no se va porque perdió la fe. Se
va porque le guarda resentimiento a la fe. Les tocó el desborde de
frustración, crítica y resentimiento. Y decidieron: no vale
la pena. El sacrificio es hermoso cuando es voluntario. Tóxico cuando es forzado. No
puedes dar lo que no has construido en casa. No puedes multiplicar
líderes en la iglesia si estás produciendo resentimiento en tus hijos.
El cambio:
Hubo temporadas en las que pensamos que podíamos perder a nuestros hijos para el
Reino de Dios. Temporadas oscuras. Temporadas desesperadas. No éramos padres confiados
deslizándonos con una fórmula perfecta. Éramos padres desesperados
aferrados a Dios. Así que si estás en una de esas temporadas: no pierdas
el ánimo. Y no transijas. Sube la positividad. Sube la autenticidad.
Sube la vulnerabilidad emocional. Redobla el amor. Te vas a
asombrar de cómo Dios usa eso para cambiar las cosas. Construye un ambiente
antirresentimiento con siete principios. Crea asociaciones positivas
por todas partes. Construye un sistema de desarrollo personal con mentores,
encuentros y revisión. Nuestros hijos no eligieron el ministerio porque nosotros
lo tuviéramos todo resuelto. Lo eligieron porque nos vieron resolverlo:
de forma imperfecta, desesperada, auténtica.
La auditoría:
¿Tus hijos están recibiendo el desborde? ¿Oyen más oraciones o
problemas? ¿Más bendición o amargura? Si tus hijos ya se
fueron, la historia no ha terminado. Dios es el maestro de la redención. El
puente de regreso se construye con la disculpa: genuina, completa, sin
condiciones. Escribe la carta. Haz la llamada. Reconoce el error. Luego
espera con los brazos abiertos. Prevenir es mejor que reparar. Pero reparar es
absolutamente posible. Y a veces, los hijos que regresan heridos
se convierten en los que más lejos se multiplican, porque entienden
la gracia de una manera que el resto de nosotros nunca entenderá. No te rindas con ellos. Dios
no se ha rendido.
Notas
6. Barna Group, Church Dropouts Have Risen to 64%—But What About Those Who Stay? (Ventura, CA: Barna Group, 4 de septiembre de 2019), https://www.barna.com/research/resilient-disciples/; Lifeway Research, Most Teenagers Drop Out of Church When They Become Young Adults (Nashville: Lifeway Research, 15 de enero de 2019), https://research.lifeway.com/2019/01/15/most-teenagers-drop-out-ofchurch-as-young-adults/. ↩
7. Barna Group, «Prodigal Pastor Kids: Fact or Fiction?», Barna, 11 de noviembre de 2013, https://www.barna.com/ research/prodigal-pastor-kids-fact-or-fiction/. ↩
Capítulo 12
Absalón, Judas y tú
CÓMO MANTENER EL
CORAZÓN DULCE CUANDO LA GENTE TE TRAICIONA
Si lideras el tiempo suficiente, la traición es casi inevitable.
En cuarenta años de ministerio, no conozco a un solo líder que se haya librado. Aquellos en quienes invertiste. Los que amaste. Los que trataste como hijos e hijas. Los que pensaste que cargarían tu ataúd.
Algunos traicionarán.
No es cuestión de si pasará. Para la mayoría de nosotros, es cuestión de cuándo.
Y cuando pase, cómo manejes su traición determina si te multiplicas o te amargas.
Déjame contarte de dos veces que me pasó a mí.
LA LLAMADA
Una noche de agosto. Atlanta. Calor.
Yo estaba de pie en el jardín del frente. Alrededor de las 6 p. m. Acababa de cenar.
Sonó mi teléfono. Número de Australia. Uno de mis líderes clave allá en casa.
El hombre al que había puesto a cargo del campus de Australia mientras yo abría camino en Estados Unidos.
«Pastor Ashley, necesito hablar con usted».
Su voz era tranquila. Profesional. Pero algo andaba mal.
«¿Qué pasa?».
«He andado en injusticia».
Nunca olvidaré esas palabras. «He andado en injusticia». Una frase
extraña. Inusual. Casi anticuada.
Pero la elección de palabras me hizo pensar: Dios lo ha convencido de algo.
«¿A qué te refieres?», pregunté.
Silencio.
Luego: «He estado reuniéndome con miembros de la junta. Quieren que me quede con la iglesia».
Las palabras golpearon como un puño en el estómago.
Subió la ira. Luego el entumecimiento. Luego los dos a la vez.
Miembros de la junta. En plural.
No una sola persona descarriada. Varias personas. Cortejadas. Convencidas. Reclutadas.
Una conspiración. Un golpe. Un plan calculado para tratar de removerme e instalarlo a él.
Y yo estaba a 15 000 kilómetros, acomodando sillas en un gimnasio escolar en Estados Unidos.
«¿Desde cuándo pasa esto?», pregunté.
«Unos meses».
Meses. Había estado viviendo una doble vida. Haciéndoles regalos a los miembros de la junta. Congraciándose con sus familias. Armando una coalición mientras yo construía Estados Unidos.
«¿Qué vas a hacer?», pregunté.
«No lo sé. Por eso lo estoy llamando».
Mi mente corría. Despedirlo. Exponerlo. Llamar a la junta. Volar de regreso esta noche.
Pero algo me detuvo.
El tono de su voz. La elección de palabras. «He andado en injusticia».
Esto no era desafío. Era confesión.
Dios lo había alcanzado.
«No hagas nada más», le dije. «Que esto quede entre tú y yo.
Te escribiré». «Está bien».
«¿Puedes hacer eso?».
«Sí».
«Entonces lo vamos a resolver». La llamada terminó.
Me quedé de pie en el jardín. El teléfono en la mano. El corazón latiendo con fuerza.
Llevábamos apenas nueve meses en Estados Unidos. Nueve meses de desgaste. Construyendo desde cero. Setenta personas en una sala lateral de un centro de convenciones.
Y allá en casa, la iglesia que había construido durante décadas estaba siendo robada.
EL SUEÑO
Al día siguiente, se lo conté a mi hijo Mark.
No a Jane. No quería ponerle esa presión encima. Todavía no.
Pero Mark necesitaba saberlo.
«Tenemos una situación en Australia», le dije.
Le conté de la llamada. El complot. Los miembros de la junta.
La confesión.
Mark escuchó. Tranquilo. Sin pánico en los ojos.
«Papá», dijo. «No te preocupes».
Él se daba cuenta de que me había sacudido, aunque yo mantenía la voz firme.
«Dios me dio un sueño sobre esto. Hace nueve meses».
«¿Qué?».
«¿Te acuerdas del cuarto de almacenamiento? El de arriba, debajo del balcón. Frente a tu oficina».
Sabía exactamente a cuál se refería. Un cuarto pequeño. De depósito. Cerca de todas las oficinas pastorales.
«Sí».
«En el sueño, yo estaba en ese cuarto. Toda la junta estaba ahí.
Todos tenían linternas en las manos».
«¿Linternas?».
«Se estaba haciendo una votación. Para ver quién sería el pastor principal. Tú o el tipo que pusiste a cargo». Se me apretó el pecho.
«El trato era», continuó Mark, «que si encendían su linterna y la ponían en el balde que tenían delante, eso era un voto a tu favor.
Si la dejaban apagada, era un voto en tu contra».
«¿Y?».
«Uno por uno, encendieron sus linternas. Todos y cada uno.
Unánime». Hizo una pausa.
«Tú seguiste siendo el pastor. Por unanimidad». Me recosté en la silla.
Alivio. Escalofríos. Confirmación. Todo a la vez.
Nueve meses antes, Dios le había mostrado a Mark el final antes de que el complot siquiera empezara.
Dios ya lo sabía. Dios ya lo había decidido. Dios ya había ganado.
«¿Por qué no me contaste del sueño antes?», pregunté.
«Sí traté de insinuártelo, pero no me pareció que fuera el momento
correcto.
Pero ahora sí lo es».
Tuve paz por primera vez desde la llamada.
La junta votaría con sus linternas. Y Dios ya le había mostrado a Mark el resultado. Unánime.
LA RESOLUCIÓN
Hice cuatro llamadas.
A papá. A mi hermano Russell. A mi abogado, Philip. A mi asistente personal, Tina.
Les conté lo que estaba pasando.
Philip y Tina ya sospechaban algo. Lo habían visto formarse.
«Definitivamente hay dos equipos», dijo Philip. «Los leales a ti. Y los que él se ha ganado».
La conspiración se había estado gestando durante meses mientras yo estaba a 15 000 kilómetros.
Mi papá me devolvió la llamada más tarde ese día.
«Escríbele», dijo papá. «Dile cómo enmendar las cosas. Cómo irse como corresponde». Y eso hice.
Escribí una carta. Clara. Directa.
«Has confesado. Ahora, así es como restauras la integridad. Así es como sales con dignidad. Así es como arreglas esto». Para su crédito, hizo exactamente lo que le pedí.
No peleó. No se justificó. No intentó levantar a la junta en mi contra.
Creo que la confesión lo sacudió tanto a él como a mí. Una vez que lo dijo en voz alta, ya no podía retirarlo.
Y una vez que Dios lo convenció, ya no podía seguir viviendo la doble vida.
Pero yo necesitaba saber hasta dónde había llegado esto.
Reservé un viaje de cuarenta y ocho horas a Adelaida.
Hablé con las personas que sospechaba que eran parte del grupo. Una por una. Cara a cara.
Quería saber: ¿Hasta dónde había llegado el veneno? ¿Cuánto se había extendido?
Por suerte, lo habíamos detectado a tiempo. Todos podían dar marcha atrás. El daño era contenible.
Pero todavía necesitaba una estrategia de salida para él. Una salida que honrara a Dios y protegiera a la iglesia.
Creo que, porque confesó, Dios abrió un camino.
Estaba volando de regreso a Australia para terminar esas reuniones de junta cuando pasó algo extraordinario.
Aeropuerto Internacional de Dallas. Zona de embarque.
Vi una cara conocida. Un viejo amigo de Australia. Nos conocíamos desde hacía años.
«¡Ashley! ¿Qué haces aquí?».
«Vuelvo a Australia. ¿Y tú?».
«Lo mismo».
Terminamos sentados juntos en el avión. Catorce horas de vuelo.
Tiempo de sobra para hablar.
«¿Cómo van las cosas?», pregunté.
«Bien. Muy bien. Dios está abriendo puertas en grande».
«Eso es increíble».
«Sí, pero...». Hizo una pausa. «No sé cómo hacer la transición de nuestra iglesia a otra persona. No tengo a nadie que pueda tomarla. Y
no puedo quedarme para siempre».
En el momento en que lo dijo, lo supe.
Esta era la respuesta.
Dios había orquestado un encuentro «casual» a 10 000 metros de altura para proveerle una salida al hombre que había intentado quedarse con nuestra iglesia.
«Puede que conozca a alguien», le dije.
Le conté la situación. No todos los detalles. Lo justo.
Estaba abierto. Interesado.
Mantener el corazón dulce no significa dejar las puertas sin llave.
Para cuando aterrizamos, ya había organizado un servicio dominical para que él predicara en la iglesia de mi amigo.
En dos semanas, los ancianos y la junta de esa iglesia de otro estado lo invitaron a ser su pastor.
Dios le había provisto un camino. Lo bendije al irse.
Pero necesito hacer aquí una distinción crítica.
Cuando digo que «lo bendije al irse», estoy hablando de la postura de mi corazón. Me negué a dejar que la amargura echara raíces en mi alma.
Sin embargo, mantener el corazón dulce no significa dejar las puertas sin llave.
Mientras lavaba pies en lo relacional, cerraba puertas con llave en lo estructural. Tenemos una junta. Tenemos una constitución. Tenemos asesoría legal. Tenemos salvaguardas financieras. Cuando llegó la traición, no solo oré; activé nuestras estructuras de gobierno para proteger los bienes de la iglesia y la confianza de la gente.
Como pastor, debes ser tierno de corazón. Como mayordomo, debes ser firme de mente. Perdoné a la persona, pero también me aseguré de que ya no pudiera acceder a las cuentas bancarias ni a la base de datos. Eso no es amargura; eso es ser un atalaya. No confundas las dos cosas. Puedes bendecir a la persona mientras proteges legalmente la misión.
El perdón es personal. El gobierno es estructural.
Con la sabiduría de un mayordomo y un corazón de gracia, Dios protegió a nuestra iglesia para sus mejores días.
En cuestión de semanas, el hombre se había ido. Reubicado. Como corresponde.
¿La junta? Se quedó. Unánime.
Igual que en el sueño.
Y Josh —el hombre que Dios me dijo que invitara al equipo seis meses antes, mientras yo hacía el cuarto de siete ayunos de siete días, solo con agua— dio un paso al frente.
No porque yo entrara en pánico y lo agarrara.
Sino porque Dios lo había estado preparando mucho antes de que yo supiera que lo necesitaría.
Josh me contó después: él y su esposa estaban convencidos de que la respuesta era no. No estaba en sus planes venir a Futures. Personas influyentes les habían advertido que no lo hicieran.
Pero la noche antes de que nos reuniéramos —el día seis de mi ayuno de agua—, Dios les habló a los dos.
«Tienen que decir que sí. Aunque no sepan por qué». Cuando nos reunimos,
dijeron que sí.
Y cuando el líder interino se fue un año después, Josh ya estaba posicionado. Ya entrenado. Ya con la confianza ganada.
El hombre que creía que debía ser el pastor principal duró un año.
Josh lleva ya más de una década liderando Australia. Tres campus se convirtieron en ocho. Seis mil se convirtieron en más de 10 000.
No porque yo me quedara.
Porque me fui. Y porque Dios preparó al hombre correcto antes incluso de que yo supiera que lo necesitaba.
LA SEGUNDA TRAICIÓN
La peor traición llegó en Estados Unidos.
Un líder joven. Carismático. Talentoso.
Yo lo levanté. Trabajé a su lado. Le di oportunidades.
Él fue parte de la razón por la que el campus creció.
Pero en algún momento del camino, el orgullo tomó el control. La inseguridad.
La ambición.
Decidió irse y empezar una iglesia a unas cuadras.
Eso está bien. He soltado a docenas de personas para plantar iglesias.
Cómo se van depende de ellos.
Cómo respondo yo depende de mí.
Pero él no solo se fue.
Intentó deliberadamente dañar a nuestra iglesia.
Reuniones secretas. Llamadas individuales. Una por una, contactó a personas de nuestro campus —personas que yo le había presentado— y las reclutó para que lo siguieran.
Les dijo mentiras.
Le dijo a la gente que yo le había prometido un puesto y luego se lo había dado a otro.
Le dijo a la gente que yo trataba de frenar al Espíritu Santo en los servicios.
Doscientas personas se fueron con él. Otras cien se fueron a otra parte porque la traición había cambiado la iglesia.
Fue personal. Fue doloroso. Se sintió como un cuchillo por la espalda.
¿Y su iglesia? Fracasó en pocos años. Desapareció. Ya solo quedan unos pocos.
Es triste. Porque tenía potencial. Porque no tenía que terminar así.
Pero esto fue lo que aprendí de esa:
Cómo se van depende de ellos.
Cómo respondo yo depende de mí.
Él se fue mal. Mintió. Robó. Chismeó.
Aun así, yo tenía que bendecirlo.
No en voz alta, a él. Él no quería mi bendición.
Pero en mi corazón. En mis oraciones. En mi negativa a dejar que su traición me convirtiera en alguien amargado.
Porque si dejo que me envenene, él gana dos veces.
Una al llevarse a la gente. Dos al llevarse mi corazón.
EL BESO ES INEVITABLE
Jesús tuvo un Judas.
Piensa en eso.
El líder perfecto. El Hijo de Dios. El que nunca cometió un error.
Aun así tuvo a un traidor en su mesa.
Si la perfección no pudo evitar la traición, ¿qué te hace pensar que tú sí puedes?
Pero mira lo que hizo Jesús.
Sabía que Judas lo iba a traicionar. Sabía que el trato estaba hecho. Sabía que venía el beso.
Y de todos modos le lavó los pies a Judas.
Juan 13. La última cena. Jesús tomó una toalla. Se puso de rodillas. Y lavó los pies del hombre que lo vendería por treinta piezas de plata.
Ese es el estándar.
Debes lavar los pies de los que están a punto de darte una patada en la cara.
No porque lo merezcan.
Sino porque la amargura te destruirá más rápido de lo que su traición jamás podría.
EL ABSALÓN Y EL JUDAS
Necesito decirte algo que durante años no entendí.
No todo traidor es un Judas.
Algunos son Absalones.
Y si no conoces la diferencia, los manejarás mal. Intentarás restaurar a un destructor. O cortarás a alguien que Dios quería que ayudaras a aterrizar suavemente.
La diferencia no es la confesión. Es el motivo. Déjame explicarte.
El espíritu de Absalón
Absalón era hijo de David. Apuesto. Carismático. Dotado.
Y ambicioso.
Segunda de Samuel 15 nos cuenta que se paraba a la puerta de la ciudad e interceptaba a los que venían a ver al rey. Les decía cosas como: «Tus palabras son buenas y justas, pero no tienes quien te oiga de parte del rey. Si yo fuera juez, te haría justicia».
Robaba corazones. No con mentiras: posicionándose.
No quería destruir a su padre. Quería reemplazarlo.
Pensaba que podía hacerlo mejor. Liderar mejor. Gobernar mejor.
Ese es el espíritu de Absalón. Ambición que envenena la lealtad. Un hijo que quiere la silla del padre antes de que el padre esté listo para dársela.
El primer líder —el de Australia— tenía un espíritu de Absalón.
No estaba tratando de destruir la iglesia. Estaba tratando de quedarse con la iglesia porque creía que podía liderarla mejor.
Se paró a la puerta. Cortejó a la junta. Armó una coalición.
Eso es Absalón.
El espíritu de Judas
Judas era distinto.
Judas no ambicionaba la silla de Jesús. No estaba tratando de liderar el movimiento.
Judas estaba ofendido. Era codicioso. Buscaba una salida.
Juan 12 nos cuenta que Judas se quejó del perfume costoso derramado sobre los pies de Jesús. No porque le importaran los pobres, sino porque estaba robando de la bolsa.
Cuando llegó la oportunidad, no solo se fue. Vendió a Jesús por treinta piezas de plata.
No quería reemplazar a Jesús. Quería sacar provecho de su destrucción.
Ese es el espíritu de Judas. Ofensa que se convierte en sabotaje. Codicia que justifica la traición. Un corazón que no solo quiere irse: quiere incendiar la casa al salir.
El segundo líder —el de Estados Unidos— tenía un espíritu de Judas.
Reclutó a doscientas personas. Envenenó a otras cien.
Quería destrucción. Eso es Judas.
La diferencia bíblica
Mira los motivos en la Escritura.
Absalón quería el trono. Creía que lo merecía. Pensaba que sería mejor rey que su padre. Su pecado fue la ambición sin freno, pero su meta era construir, no quemar.
Judas quería treinta piezas de plata. No le importaba lo que les pasara a Jesús o al movimiento. Su pecado fue la codicia y la ofensa, y su meta era el provecho personal, aunque significara destrucción.
El motivo determina el espíritu.
Un Absalón puede aterrizar suavemente si se humilla.
¿Ambición de reemplazar? Absalón.
¿Codicia de destruir? Judas.
Esto importa porque respondes de manera distinta a cada uno.
A un Absalón se le puede ayudar, si está dispuesto.
No restaurarlo a la misma posición. Absalón perdió ese derecho en el momento en que empezó su golpe.
Pero sí ayudarlo a salir con dignidad. Darle un camino hacia adelante en otro lugar.
Eso fue exactamente lo que pasó con el primer líder. Dios orquestó un encuentro «casual» a 10 000 metros de altura. Otra iglesia necesitaba un pastor. Yo los conecté. En cuestión de semanas, se había ido: en silencio, como corresponde, con un futuro.
Un Absalón puede aterrizar suavemente si se humilla.
Pero solo si se humilla.
Un Judas es distinto. No hay camino de regreso.
No porque Dios no pueda perdonarlo. Dios puede perdonar a cualquiera.
Sino porque un Judas no quiere perdón. Quiere justificación.
No confiesa. Acusa.
No se arrepiente. Recluta.
Solo puedes hacer lo que hizo Jesús: lavarle los pies y dejarlo irse a la noche.
Si no conoces la diferencia entre un Absalón y un Judas, cometerás uno de dos errores.
Error uno: Tratarás a un Absalón como a un Judas.
Alguien hace una jugada de poder. La ambición lo supera. Lo descubren.
Y tú lo cortas por completo. Sin gracia. Sin salida. Sin camino hacia adelante.
Eso no es sabiduría. Eso es venganza.
Un Absalón que se humilla merece una salida. No la misma posición, pero sí un futuro.
Error dos: Tratarás a un Judas como a un Absalón.
Alguien te traiciona. Miente sobre ti. Intenta destruir lo que has construido.
Y tú sigues tratando de reconciliarte. Sigues extendiendo ramas de olivo.
Sigues esperando que recapacite.
Eso no es gracia. Eso es ingenuidad.
Un Judas ya tomó su decisión. Puedes orar por él. Puedes rechazar la amargura. Pero no puedes restaurarlo, porque él no quiere restauración. Quiere destrucción.
Entonces, ¿cómo sabes con cuál estás tratando?
Mira primero el motivo. ¿Está tratando de tomar o de destruir?
Luego observa su respuesta cuando lo confrontas.
Un Absalón, cuando es convencido, a menudo se humilla. Reconoce lo que hizo. Puede que no se arrepienta del todo, pero deja de pelear.
Un Judas nunca se detiene. Justifica. Culpa. Tergiversa. Recluta a otros para su causa.
El motivo revela el espíritu. La respuesta lo confirma.
A un Absalón puedes ayudarlo a salir con dignidad.
A un Judas solo puedes soltarlo con gracia.
Conoce la diferencia.
LA POLÍTICA DE LA MANO ABIERTA
Esta es la filosofía de liderazgo que salvó mi cordura:
Sostén a las personas con la mano abierta.
No te pertenecen a ti. Le pertenecen a Dios.
Él te las presta por una temporada. Tal vez esa temporada sea de tres meses. Tal vez de treinta años.
Pero cuando la temporada termina, tienes que dejarlas ir.
Si cierras el puño, pasan dos cosas:
1) Aplastas la relación.
2) Tu mano no está abierta para recibir a quien Dios está enviando después.
Cuando los líderes se van —incluso mal—, se crea un vacío.
Duele. Da miedo. No sabes cómo vas a llenar los huecos.
Pero ese vacío crea espacio para la siguiente generación.
Si la vieja guardia no se hubiera ido, la nueva guardia no habría podido levantarse.
El éxodo fue en realidad una mejora.
Pero yo no podía verlo a través de mis lágrimas.
BENDECIR LA SALIDA
Cuando alguien me dice que se va, ahora tengo una respuesta.
Si se va bien —con honor, con integridad, avisando como corresponde—, le digo esto:
«Gracias. Gracias por la temporada que nos diste. Gracias por tu servicio. Te bendecimos. Queremos que ganes». Y lo digo en serio.
¿Por qué?
Porque el Reino es más grande que nuestra organización.
Si se va de nuestra iglesia y va a servir a otra iglesia, el Reino sigue ganando.
Y este es el secreto: no puedo controlar cómo se van.
Pero sí puedo controlar cómo respondo.
¿Si se van bien? Los bendigo públicamente. Los celebro. Los envío con honor.
¿Si se van mal? ¿Si mienten, roban, chismean, sabotean?
Aun así oro por ellos.
No en público. No en su cara si no lo quieren.
Pero en mi corazón. En mis oraciones. En mi negativa a dejar que su traición envenene mi alma.
No porque lo merezcan.
Sino porque me niego a dejar que la amargura aborte lo que Dios está tratando de dar a luz.
Déjame decirlo con claridad:
La amargura es una fuerza abortiva. Mata la multiplicación.
No puedes reproducir salud si cargas enfermedad.
Todo líder que se multiplica enfrentará traición.
Algunos tendrán espíritu de Absalón: ambiciosos, pero rescatables si se humillan.
Algunos se irán con honor después de buenas temporadas.
Algunos tendrán espíritu de Judas: empeñados en destruir.
Pero todos tienen una cosa en común:
Están probando si eres un multiplicador o solo alguien a quien le gusta la idea de la multiplicación cuando no cuesta nada.
Los verdaderos multiplicadores no solo sobreviven a la traición.
Abrazan el dolor.
Bendicen la salida.
Confían en que Dios llenará el vacío.
Y ven ocurrir la mejora que ellos mismos no habrían podido orquestar.
LA MEJORA QUE NO PODÍA VER
Esto fue lo que pasó después de las traiciones.
La iglesia no se derrumbó.
Explotó.
Pasamos de 6000 personas a 19 000.
De tres campus a veintiún campus.
De un país a cuatro países.
El líder Absalón está pastoreando en otro lugar. La iglesia del líder Judas fracasó.
Pero Dios usó incluso sus partidas para posicionarnos para la multiplicación.
Y estoy genuinamente en paz.
Porque mantuve mi espíritu dulce. Me dolió de verdad y me mató por dentro, pero no me amargué.
EN RESUMEN
No construyas muros para encerrar a la gente.
Construye una cultura tan sana que no quieran irse.
Pero cuando traicionen —y algunos lo harán—, bendícelos al irse.
Necesito añadir una lección aprendida a golpes sobre nuestra era de redes sociales: a veces debes corregir las mentiras públicamente. No es mi primera opción; preferiría bendecir en silencio y seguir adelante. Pero en el entorno de hoy, el silencio muchas veces se interpreta como culpa. Cuando las acusaciones se esparcen en línea, no responder parece una admisión. He tenido que adaptarme. No para defender mi ego, sino para proteger el testimonio de la iglesia y darle a la gente la verdad que necesita para tomar decisiones informadas.
Déjalos ir.
Mantén tu espíritu dulce.
Y prepárate para lo que Dios está enviando después.
Porque los mejores líderes no son los que nunca son traicionados.
Son los que son traicionados, mueren, y luego se levantan otra vez y se multiplican.
PUNTOS CLAVE
La ley:
Si lideras el tiempo suficiente, la traición es casi inevitable. Aquellos en quienes
invertiste. Los que amaste. Los que trataste como hijos e
hijas. Algunos traicionarán. Y cómo manejes su traición
determina si te multiplicas o te amargas. Jesús tuvo un Judas. Tú
probablemente también lo tendrás. Y cuando pase, la pregunta no es que te hayan
traicionado. La pregunta es: ¿puedes levantarte otra vez? Todo líder debe aprender
a levantarse otra vez. La traición es la matrícula que pagas por la multiplicación.
Sin ella, no puedes liderar a gran escala.
El discernimiento:
No todo traidor es un Judas. Algunos tienen espíritu de Absalón. La
diferencia es el motivo. El espíritu de Absalón es ambición que envenena
la lealtad: alguien que quiere reemplazarte porque cree que puede
hacerlo mejor. El espíritu de Judas es ofensa que se convierte en
sabotaje: alguien que quiere sacar provecho de tu destrucción. Absalón
quería el trono. Judas quería treinta piezas de plata. Puedes ayudar
a un Absalón a aterrizar suavemente si se humilla. A un Judas solo puedes lavarle
los pies y dejarlo irse a la noche. Conoce la diferencia.
El cambio:
La llamada llegó desde Australia. «He andado en injusticia. He estado
reuniéndome con miembros de la junta. Quieren que me quede con la iglesia». Una
conspiración. Un golpe. Un plan calculado. Pero doce meses antes, Dios
dijo: «Trae a Josh». Me resistí: no lo necesitábamos. Pero Dios insistió.
Cuando llegó la traición, Josh ya estaba posicionado. En cuestión de semanas, la
crisis se resolvió. En cuestión de años, Josh lideraba toda Australia.
La multiplicación explotó. Dios ve lo que tú no puedes ver. Él posiciona
a las personas antes de que las necesites.
La auditoría:
¿Cómo responderás cuando llegue la traición? ¿Te amargarás o
te levantarás otra vez? ¿Estás escuchando cuando Dios te dice que posiciones a alguien
que no crees necesitar? Recuerda: el perdón es personal.
El gobierno es estructural. Puedes bendecir a la persona mientras proteges legalmente
la misión. Mantén el corazón dulce. No dejes que la amargura
contamine tu multiplicador. Levántate otra vez. Porque los que te traicionan
no tienen derecho a escribir tu final. Dios lo escribe.
Multiplícate o muere.
Parte V
La fábrica de multiplicación
CREAR EL AMBIENTE DONDE EMERGEN LOS LÍDERES
Capítulo 13
El laboratorio del multiplicador
POR QUÉ EL SÓTANO
SIEMPRE LE GANA AL ESCENARIO
Tenía veinticinco años cuando mi padre dijo algo que
debió haber cambiado mi vida.
Estábamos de pie en el estacionamiento de la iglesia después de una sesión de entrenamiento que yo había dirigido para líderes jóvenes. El tipo de taller intensivo que deja a todos agotados y eufóricos. Mi papá había observado desde el fondo, en silencio todo el tiempo. Mientras la gente salía, todavía vibrando de energía, se acercó y me dijo.
«En treinta años de ministerio», dijo, «solo he visto a dos entrenadores de talla mundial». Hizo una pausa.
«Tú eres uno de ellos».
Era un hombre que había construido movimientos. Liderado a miles. Esa declaración debió haberme marcado. Debió haber definido mi trayectoria. Debió haberse convertido en mi identidad.
En cambio, la archivé como «lindo, pero no esencial».
Porque a los veinticinco, no me interesaba ser entrenador.
Yo perseguía lo que el mundo me decía que era el éxito.
EL DON QUE NO QUERÍA
Durante los siguientes quince años seguí a la manada. Perseguí lo que la
cultura me ponía delante. Los dones de plataforma: los que hacían que
las audiencias se quedaran sin aliento y lloraran. Palabras de ciencia. Sanidad. Profecía. Las
demostraciones espectaculares de poder que atraían multitudes y construían
reputaciones.
No estaba siendo orgulloso. Estaba siendo práctico.
Nadie aplaude al entrenador. El entrenamiento ocurre en sótanos y cuartos traseros. Es lento. Es invisible. Es el trabajo que ocurre cuando la multitud se va a casa y se apagan las luces.
Así que, año tras año, vi a otros líderes operar en los dones que yo quería. Los vi decir los nombres de desconocidos. Vi a enfermos irse sanados. ¿Cuándo va a ser MI turno?
No estaba celoso de ellos. Estaba confundido respecto a mí mismo. ¿Por qué Dios me daría un don para entrenar —algo que se sentía tan fácil— y me negaría los dones que se sentían tan importantes? Era como si me dieran una pala mientras a todos los demás les daban espadas. Ahora bien, es cierto que hablé en grandes conferencias y tuve oportunidades maravillosas de predicar en las iglesias más significativas de nuestro mundo, pero el fruto de predicar era solo personal. No hacía avanzar realmente a la iglesia.
Mientras tanto, estaba pasando algo extraordinario que yo estaba demasiado ciego para ver.
Los jóvenes adultos que entrené en el sótano de mi padre. Plantando iglesias en varias naciones. ¿Los estudiantes que pasaron por mis intensivos? Convirtiéndose en líderes de movimiento. ¿Las personas en las que había invertido en esas sesiones de entrenamiento «sin importancia»? Multiplicando todo lo que les había dado.
Quince años de fruto que no valoré porque estaba midiendo con la métrica equivocada. Estaba tan ocupado mirando el escenario que casi me pierdo lo que estaba pasando en el sótano.
Y el sótano estaba produciendo el futuro de la iglesia.
LA RENDICIÓN
Tenía treinta y nueve años cuando hice un trato con Dios.
Quince años persiguiendo los dones espectaculares. Quince años viendo a otros operar en las mismísimas cosas que yo quería desesperadamente. Fui honesto con Él. Frustrado, incluso: «Dios, si no me has dado estos dones para mi próximo cumpleaños, aceptaré que mi don es el entrenamiento, la sabiduría y el liderazgo».
Se sintió como rendirse. Como conformarme con el premio de consolación.
Pasó el año. Nada cambió. Ninguna manifestación repentina de poder sanador. Ningún avance profético. Ninguna demostración milagrosa que validara mis décadas de búsqueda. Solo... silencio.
Y en ese silencio, oí algo a lo que había estado sordo durante quince años: Tu mayor contribución no es lo que haces por la multitud. Es lo que multiplicas en unos pocos.
Fue entonces cuando dejé de huir de mi don. Y empecé a correr hacia él.
A los pocos años de esa rendición, Futures Church empezó a experimentar multiplicación. Hoy ha explotado de una ubicación a veintiún campus en cuatro países. No porque yo me volviera mejor predicador. No porque por fin recibiera los dones espectaculares que había perseguido. Porque por fin abracé lo que me habían dado.
La enseñanza alcanza multitudes. El entrenamiento crea multiplicadores. Y la multiplicación le gana a la suma todas y cada una de las veces.
Este es el error fatal que comete la mayoría de los líderes: Confunden enseñar con entrenar. Y no son lo mismo. Ni de cerca.
Enseñar es un salón de clases. Es pasivo. Tú hablas; ellos escuchan. Toman notas. Asienten. Se sienten inspirados. La enseñanza transfiere información. Pero la información no cambia la conducta. El conocimiento no crea competencia. La inspiración sin implementación no produce más que gente frustrada que sabe lo que debería hacer pero no tiene idea de cómo hacerlo.
Entrenar es un laboratorio. Es activo. Ellos participan. Practican. Fallan en tiempo real y son corregidos en el momento. El entrenamiento crea transformación.
Y la transformación es difícil de escalar. No puedes entrenar a 5000 personas en un fin de semana. Apenas puedes entrenar a doce. ¿Pero esos doce? Cambiarán el mundo. Porque no solo sabrán qué hacer. Serán capaces de hacerlo. Y más capaces de enseñarle a alguien más a hacerlo.
El salón de clases transfiere conocimiento; el laboratorio crea competencia.
La enseñanza llena cabezas; el entrenamiento cambia vidas.
LO QUE JESÚS SABÍA SOBRE EL ENTRENAMIENTO
Imagina la escena.
Cinco mil personas en una ladera. Apretándose. Exigiendo atención. Siguiendo a Jesús a dondequiera que iba. Querían enseñanza. Sanidad. Milagros. Más pan. Más peces. Más demostraciones espectaculares de poder.
Jesús sí ministró a las multitudes. Les enseñó. Las sanó. Las alimentó. Ese ministerio público era importante; esencial, incluso (Mateo 14:13-21; Marcos 6:30-44; Lucas 9:10-17; Juan 6:1-14).
Pero esto es lo que a la mayoría se le escapa: Jesús pasó la mayor parte de su tiempo con sus discípulos.
Pudo haber construido un imperio de enseñanza alrededor de esa multitud. Pudo haber escalado su impacto a través de la comunicación masiva. Viajar de ciudad en ciudad como la atracción estelar. Enseñar a multitudes del tamaño de un estadio todos los días. Alcanzar a más personas, tocar más vidas, crear más impacto inmediato.
En cambio, eligió a doce.
Marcos 3:14 (énfasis añadido): «Y estableció a doce, para que estuviesen CON él». No «asistieran a sus seminarios». No «escucharan sus pódcast». No «leyeran sus libros». Con Él.
Si Jesús solo hubiera enseñado a las multitudes, el cristianismo habría muerto
en una generación.
Cercanía. Tiempo. Experiencia compartida. Desarrollo vida a vida. Caminar juntos por caminos polvorientos. Dormir bajo las mismas estrellas. Comer las mismas comidas. Verlo manejar el conflicto, enfrentar la crítica, amar a los enemigos, confrontar el mal. Vieron cómo oraba cuando nadie miraba. Cómo respondía cuando las multitudes lo rechazaban.
No solo oyeron su enseñanza. Se contagiaron de su ADN.
Las multitudes recibieron enseñanza. Los doce recibieron entrenamiento.
Y este es el resultado: Hechos 1:15 nos dice que después de que Jesús ascendió, había 120 líderes entrenados reunidos en el aposento alto. No 5000. No las masas que habían sido alimentadas milagrosamente. Ciento veinte líderes entrenados.
Entonces llegó Pentecostés. Cayó el Espíritu. Pedro se puso de pie —el mismo Pedro que había negado a Jesús tres veces— y predicó con la autoridad que se le había contagiado por la cercanía. Tres mil personas vinieron a Cristo en un solo día.
¿Cómo? Porque 120 líderes entrenados estaban listos para recibirlos. Discipularlos. Desarrollarlos. Multiplicarlos.
Si Jesús solo hubiera enseñado a las multitudes, el cristianismo habría muerto en una generación. Porque entrenó a unos pocos, 2000 años después seguimos multiplicando lo que Jesús entrenó en doce hombres.
Ese es el poder del laboratorio.
LA CRISIS QUE NO VI VENIR
Para cuando abracé mi don, estábamos creciendo rápido. Demasiado rápido.
Teníamos visión para doscientos. Pero la visión sin infraestructura es solo una fantasía. Y nuestra infraestructura éramos Jane y yo descubriendo y desplegando personalmente a cada pastor de campus.
Nosotros éramos el cuello de botella.
Recuerdo el día en que Jane lo dijo en voz alta. Íbamos manejando a casa después de un intensivo de liderazgo. Agotados. Exprimidos. Los dos sintiendo el peso de lo que estábamos tratando de construir.
«No podemos seguir haciendo esto», dijo.
Tenía razón. Podíamos entrenar personalmente a los líderes para llegar a cinco campus. Tal vez siete. ¿Pero para llegar a veintiuno? ¿A cien? ¿A doscientos? Necesitábamos un sistema.
Ahora, puede que estés leyendo esto y pensando: Qué bien para alguien con veintiún campus. Yo tengo 300 personas y lo hago todo yo mismo.
Esta es la verdad: el cuello de botella te alcanzó a ti antes que a mí.
Si tienes una iglesia de 200 a 500 personas y estás agotado, no es porque necesites más horas en el día. Es porque no has construido un laboratorio. Sigues tratando de desarrollar personalmente a cada voluntario, de pastorear personalmente a cada líder, de cargar personalmente cada peso.
No necesitas veintiún campus para necesitar un sistema. Necesitas un sistema para pasar de 300.
Años después, cuando teníamos doce campus, Jane entró a mi oficina con esa mirada. La que he aprendido a reconocer en cuarenta años de matrimonio. La mirada que dice: Dios habló. Y lo que dijo nos va a costar todo.
«Dios me pidió que diera a luz otro bebé», dijo, «un instituto de liderazgo. Con acreditación gubernamental. Plenamente operativo. En Australia y
Estados Unidos, y luego Indonesia, Sudamérica, África».
El peso de lo que estaba describiendo me golpeó de inmediato. Acreditación gubernamental significa burocracia. Trámites. Estándares educativos. Desarrollo curricular. Significa años de trabajo antes de ver cualquier resultado.
Jane pasó los dos años siguientes en las trincheras de esa construcción. Mientras yo viajaba y predicaba y transmitía visión, ella luchaba con los consejos de acreditación. Reescribía el currículo para cumplir con los estándares gubernamentales. Contrataba docentes. Peleaba contra reveses y retrasos. No se quejó. No renunció. No tomó atajos.
Simplemente construyó.
Y cuando Futures Leadership College abrió sus puertas —con acreditación gubernamental, plenamente operativo, entrenando líderes a gran escala—, aprendí algo crítico: El factor X te pone en marcha.
La infraestructura te lleva a gran escala.
Un líder puede entrenar a docenas. Un sistema puede entrenar a miles.
Pero esto es lo que quiero que oigas: no necesitas un instituto con acreditación gubernamental para construir un sistema. Necesitas un camino. Una noche de liderazgo mensual. Un intensivo trimestral. Un currículo simple que lleve a alguien de «acabo de empezar a servir como voluntario» a «estoy listo para liderar un equipo». Ese es tu laboratorio. Empieza ahí.
LAS 5 I: QUÉ TRANSFERIR
Si quieres pasar de proveedor de contenido a multiplicador, necesitas
saber qué transferir. No solo información. No solo habilidades. Cinco
cosas que, combinadas, crean líderes que se multiplican.
Esta es la clave: las 5 «I» son las metas de cada reunión de entrenamiento. Ya sea que te reúnas uno a uno con un líder emergente o que juntes a un grupo para discipulado, estos cinco elementos deben estar presentes. Te dicen a qué apuntas en cada encuentro.
Después de esta sección, entraremos en cómo transferir estas cosas a través del sistema P.A.G.O.
1\) INSPIRACIÓN (el «porqué»)
La visión es combustible. Los mantiene en marcha cuando el proceso de desarrollo se vuelve incómodo. Cuando la retroalimentación duele. Cuando la tarea parece imposible.
Mark era un drogadicto cuando lo conocí. Roto. Sin esperanza. Estaba
convencido de que su vida había terminado antes de empezar. Le di una visión de
lo que Dios podía hacer a través de él. No una charla motivacional. No pensamiento positivo.
Una visión. Una imagen de su futuro tan convincente que lo sacó
de su pasado.
Hoy, Mark lidera uno de nuestros campus más grandes.
Tienes un Mark sentado en tu iglesia ahora mismo. Probablemente en la última fila. Probablemente convencido de que no tiene nada que ofrecer. Tu trabajo es ver lo que él todavía no puede ver.
2) INFORMACIÓN (el «qué»)
No puedes multiplicar lo que no entiendes. El conocimiento es el fundamento. Teología. Principios. Marcos. Sistemas. Pero la información por sí sola está vacía. Es necesaria. Pero no suficiente.
3) IMPARTICIÓN (el «quién»)
Esto es lo que a la mayoría de los programas de entrenamiento se les escapa.
No puedes enseñar carácter. No puedes dar una clase sobre el factor X. No puedes descargar ADN espiritual a través de un currículo. La impartición se contagia, no solo se enseña. Requiere cercanía a lo largo del tiempo.
Jane aprendió a desarrollar líderes estando conmigo. Viendo cómo hablaba vida a personas rotas. Cómo corregía sin aplastar. Cómo veía potencial que otros pasaban por alto. No aprendió eso de un libro. Se le contagió por estar cerca.
Por eso Jesús dijo «con Él». Porque algunas cosas solo se transfieren a través de la cercanía.
Esta es tu ventaja con 300 personas. Todavía puedes estar cerca de tus líderes emergentes. Con 3000, no puedes. Aprovecha esta temporada. Deja que te sigan como tu sombra. Mételos en la sala. Deja que te vean manejar las conversaciones difíciles.
4) INTERACCIÓN (el «cómo»)
Práctica supervisada con retroalimentación inmediata.
No puedes aprender a nadar leyendo un libro sobre natación. Tienes que meterte al agua. Caer. Manotear. Tragar agua. Ser corregido. Intentarlo otra vez.
El liderazgo es igual. Dales tareas reales. Con consecuencias reales. Y retroalimentación en tiempo real. Ahí es donde ocurre la transformación.
5) INVITACIÓN (el «cuándo»)
La comisión oficial. El momento en que los sueltas públicamente con autoridad.
Hasta que los sueltas, siguen siendo aprendices. Una vez que los sueltas, son líderes. Y los líderes operan de manera distinta a los aprendices. La invitación es lo que transforma el potencial en desempeño.
EL SISTEMA P.A.G.O.: CÓMO TRANSFERIRLO
Las 5 I te dicen qué transferir. El sistema P.A.G.O. te dice
cómo.
Tu trabajo como entrenador es pagarle a tu gente en la única moneda que le importa a un líder: el crecimiento.
P—Provocar crecimiento
La comodidad es enemiga de la multiplicación. La tensión crea capacidad. Tu trabajo como entrenador es crear una tensión positiva que obligue a crecer.
Ahora, déjame ser claro: la meta no es hacer las cosas difíciles por el gusto de hacerlas difíciles. Es crear ambientes donde se revele el carácter y se construya la capacidad. Hay una diferencia entre el desafío sano y la dificultad innecesaria. El desafío sano estira a las personas hacia el crecimiento. La dificultad innecesaria simplemente las quiebra.
Una pareja que conozco —llamémoslos John y Jamie— parecía multiplicadora. Lideraban un grupo de conexión. Buena asistencia. Gran energía. A la gente le encantaba estar cerca de ellos. Entonces introdujimos una nueva expectativa. Les pedimos a todos los líderes de grupos de conexión que firmaran un formulario de compromiso. Rendición de cuentas básica. Práctica estándar.
Nada irrazonable.
El apretón.
John y Jamie se negaron a firmar. No porque la expectativa fuera irrazonable. Porque no querían rendir cuentas. Renunciaron al liderazgo. Años después, supe que su matrimonio se deshizo.
Y me di cuenta de algo: el apretón no crea la grieta. La revela. Lo que estaban evitando en la rendición de cuentas del liderazgo era lo mismo que estaban evitando en su matrimonio. La grieta ya estaba ahí. El apretón solo la expuso.
Por eso no busco al líder más «disponible». Busco al que está dispuesto a incomodarse por la misión. La incomodidad separa a los llamados de los simplemente interesados.
Y a los voluntarios les exijo estándares más altos que al personal. Los voluntarios no dan su tiempo por tareas. Dan su tiempo por significado. Si no los desafías, los insultas.
A—Asignar
Nada de proyectos de mentira. Dales tareas con consecuencias reales.
«Tú lideras este grupo. Si no vienen, es tu responsabilidad».
Responsabilidad real. Riesgo real. Crecimiento real.
En una iglesia de 300, esto podría verse así: «Tú diriges el equipo de bienvenida este domingo. Hazte cargo. Prepara al equipo. Haz la revisión después. Dime qué cambiarías». Esa es una tarea real. Ese es el laboratorio.
Las tareas fáciles producen líderes mediocres. Las tareas imposibles producen multiplicadores.
G—Guiar la revisión
Esta es una frase que cambiará tu entrenamiento: Si no haces revisiones, no estás desarrollando.
En nuestro movimiento, la revisión es automática. Después de cada evento. Cada reunión. Cada tarea.
Pero déjame añadir algo importante: la revisión no es crítica. Es reflexión colaborativa. La meta es el crecimiento, no la perfección. Si tu gente teme la revisión, lo estás haciendo mal. Deberían irse sintiéndose desafiados y respaldados (con alguien que cree en ellos), no apaleados.
Phil era nuestro líder de adoración. Excelente músico. Gran voz. Fuerte presencia escénica. Pero faltaba algo. Le faltaba autoridad espiritual. El tipo de fe que hace que las cosas pasen.
Fui su mentor. Lo desafié. Hice revisiones con él constantemente. No lo captaba.
Entonces llegó una nueva persona al personal. Otra energía. Autoridad real. Después de seis meses de ver operar a los dos, tomé una decisión que la mayoría de los líderes no tomaría. Ascendí a la persona nueva. Y a Phil lo bajé de puesto.
La mayoría de las personas en la posición de Phil habría renunciado. Phil se quedó. Se sometió a la revisión. Aceptó la corrección. Siguió presentándose. Y creció. Siete años después, Phil pastorea uno de nuestros campus. El hombre que pudo haberse ido ofendido se convirtió en el hombre que lidera a cientos.
Porque los líderes que reciben retroalimentación pueden sostener la multiplicación. ¿Los que la rechazan? Puede que sobrevivan. Pero nunca se multiplicarán.
O—Otorgar reconocimiento
Hace treinta años, tuve que insistir en que me comisionaran.
Sin eso, me habrían soltado al ministerio sin la bendición. Sin la comisión pública. Sin el peso de alguien diciendo: «Este es mi hijo. Confío en él. Síganlo».
Y como sé lo que se siente tener que pelear por eso, me aseguro de que mis líderes no tengan que hacerlo.
Dios el Padre pudo haber presentado a Jesús al mundo de la manera que quisiera. Eligió una presentación pública. Pública. Audible. Inconfundible. «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17; 17:5; Marcos 1:11; Lucas 3:22).
Ese es el modelo. Cuando no comisionamos públicamente, estamos apostando a dos bandas. Nos estamos cubriendo. No estamos confiando del todo. Y la gente siente la diferencia.
¿Recuerdas a Phil? Siete años después de bajarlo de puesto, supe que era el momento. Lo investí públicamente en el escenario. Lo ungí delante de la iglesia. Le dije a la congregación que confiaba en él. Lo bendije públicamente y lo solté con autoridad.
Lo que no esperaba fue el cambio visceral en él a partir de ese día. Algo cambió. No en sus habilidades: esas se habían desarrollado a lo largo de siete años. Sino en su identidad. En su postura. En la manera en que se conducía.
La presentación pública y la comisión hicieron algo que el entrenamiento por sí solo no pudo hacer. Lo liberaron.
Puedes hacer esto en una iglesia de cualquier tamaño. Llámalos al frente. Impónles las manos. Dile a tu congregación: «Esta es una persona en la que confío. Cuando habla, es como si yo hablara». Observa qué pasa con su postura la semana siguiente.
¿Y el mejor reconocimiento para alguien de alto rendimiento? Más responsabilidad. No solo los elogies. Asciéndelos.
LA PRUEBA: LA HISTORIA DE JANINE
¿Recuerdas a Janine? Hace treinta años, se sentó en mi sótano y tomó mi
curso de entrenamiento. Veintitrés años. Joven. Entusiasta. Llena de potencial
en bruto, pero sin pulir. Tenía fuego pero no enfoque.
Pasión pero no proceso. Deseo pero no disciplina.
Yo vi en ella algo que ella no veía en sí misma. Así que empecé el trabajo.
A lo largo de tres décadas, he hecho revisiones con ella docenas de veces. Al principio, algunas de esas revisiones fueron dolorosas. Se ponía a la defensiva. Ponía excusas. Desviaba la retroalimentación. Pero siguió apareciendo. Siguió sometiéndose al proceso. Siguió creciendo a través de la incomodidad.
La vi transformarse de voluntaria apasionada en líder de grupo pequeño. De líder de grupo pequeño en directora de ministerio. De directora de ministerio en pastora de campus.
Hace unos años, la vi liderar brillantemente uno de nuestros campus más grandes. Presentación excepcional. Profundo entendimiento teológico. Cuidado pastoral increíble. Ejecución impecable.
Cuando puedes irte seis semanas y la organización
no solo sobrevive sino que prospera, has empezado a pasar de la suma
a la multiplicación.
Se había convertido en una superlíder. Pero todavía no en una supermultiplicadora.
Yo podía verlo. Estaba cargando el peso ella misma en vez de multiplicar líderes que pudieran cargarlo con ella.
Así que la desafié: «Eres una gran líder. Pero necesitas convertirte en una gran desarrolladora. Deja de hacerlo todo tú misma. Empieza a construir un laboratorio. Transforma tu campus de un lugar que tú lideras en un lugar que produce líderes».
Se tomó el desafío en serio. Ese año, aplicó todo lo que Jane, Josh y yo le habíamos entrenado durante treinta años.
Tiempo después, supe que iba a estar fuera durante seis semanas.
Hice la pregunta que lo revela todo: «¿Tiene líderes que puedan sostenerlo mientras ella no está?».
Se fue seis semanas. Y el campus no solo sobrevivió. Prosperó. Subió la asistencia. Subieron las ofrendas. Emergieron nuevos líderes. El impulso se aceleró.
Cuando puedes irte seis semanas y la organización no solo sobrevive sino que prospera, has empezado a pasar de la suma a la multiplicación.
Janine no se convirtió en mejor líder ese año. Empezó a convertirse en multiplicadora.
TE TOCA A TI
Tienes tres opciones:
Opción 1: Conviértete tú en entrenador. Deja de conformarte con enseñar. Empieza a construir un laboratorio. Acerca a las personas. Dales tareas reales. Haz revisiones sin descanso. Transfiere las 5 I. Aplica el sistema P.A.G.O. Mira ocurrir la transformación.
Opción 2: Encuentra o contrata a un entrenador. No todos tienen el don de entrenar. Está bien. Pero necesitas a alguien en tu organización que lo tenga. Alguien que pueda tomar potencial en bruto y forjarlo en capacidad de multiplicación.
Opción 3: Construye un sistema. Como hizo Jane. Infraestructura que desarrolla líderes a gran escala. Currículo. Cohortes. Coaching. Comisión. Una cadena que lleva a las personas de interesadas a comprometidas a influyentes.
Si lideras una iglesia de 200 a 500, empieza con la Opción 1. Probablemente todavía no puedes pagar un entrenador. Y no necesitas un sistema sofisticado. Necesitas empezar a entrenar a las tres personas que ya están llegando temprano y quedándose hasta tarde. Esas tres se convertirán en treinta. Y treinta te harán romper el techo con el que has estado chocando.
Pero hagas lo que hagas, deja de confundir el salón de clases con el laboratorio. Deja de medir tu impacto por cuántas personas te oyen. Empieza a medirlo por cuántas personas multiplicas.
Porque dentro de veintidós años, no recordarás las ovaciones de pie. Recordarás a las personas que entrenaste y que están entrenando a otros.
El laboratorio siempre gana.
PUNTOS CLAVE
La ley:
La enseñanza alcanza multitudes. El entrenamiento crea multiplicadores. La enseñanza
transfiere información. El entrenamiento crea transformación. Jesús
ministró a las multitudes, pero pasó la mayor parte de su tiempo con
sus discípulos. Marcos 3:14: estableció a doce para que estuviesen
con Él. Cercanía. Tiempo. Experiencia compartida. Desarrollo
vida a vida. Las multitudes recibieron enseñanza. Los doce recibieron entrenamiento. Y los
doce cambiaron el mundo. No puedes entrenar a 5000 personas en un fin de semana.
Apenas puedes entrenar a doce. ¿Pero esos doce? Lo cambiarán
todo. Porque no solo sabrán qué hacer. Serán capaces
de hacerlo. Y capaces de enseñárselo a otro.
El cambio:
Deja de confundir el salón de clases con el laboratorio. El salón de clases llena
cabezas. El laboratorio cambia vidas. Las 5 I son las metas de cada
reunión de entrenamiento: Inspiración (el porqué: transmite visión), Información
(el qué: enseña contenido), Impartación (el quién: transfiere ADN
a través de la cercanía), Interacción (el cómo: práctica supervisada),
Invitación (el cuándo: comisión pública). El sistema P.A.G.O.
te dice cómo transferir: provoca crecimiento mediante el desafío sano,
asigna tareas reales con consecuencias reales, guía la revisión del progreso mediante
la reflexión colaborativa y otorga reconocimiento mediante la
presentación pública. A Phil lo bajaron de puesto. Siete años después, pastorea un campus.
La presentación pública hizo algo que el entrenamiento solo no pudo hacer: liberó su
identidad.
La auditoría:
¿Estás enseñando o entrenando? ¿La gente se va inspirada o
transformada? ¿Pueden hacer lo que les mostraste? ¿Pueden enseñárselo a alguien
más? ¿Tienes un laboratorio o solo un salón de clases? ¿Mides el
impacto por cuántos te oyen o por cuántos multiplicas? Si lideras
de 200 a 500, empieza a entrenar a los tres que llegan temprano y se quedan hasta tarde.
Esos tres se convierten en treinta. Y treinta romperán tu techo.
Dentro de veintidós años, no recordarás las ovaciones de pie.
Recordarás a las personas que entrenaste y que están entrenando a otros. El
laboratorio siempre gana.
Capítulo 14
La atmósfera de los milagros
POR QUÉ LA TIERRA IMPORTA MÁS QUE LA SEMILLA
Hace unos años, una cadena de supermercados hizo una afirmación imposible.
Vendían cebollas que no te harían llorar.
Sé lo que estás pensando. Truco de marketing. Charlatanería. Puras tonterías.
Porque todo el mundo sabe que las cebollas hacen llorar. Está grabado en nuestra biología. No se puede eliminar con cruces de semillas. No se puede lavar. Cortas una cebolla, salen las lágrimas.
Así funcionan las cebollas.
Excepto que estas no.
La gente las compró con escepticismo. Las llevó a casa lista para decepcionarse. Las cortó, esperando el ardor.
Nada.
Ni lágrimas. Ni ardor. Ni ojos llorosos.
Los científicos rastrearon el compuesto hasta el azufre en el suelo. Durante generaciones, los agricultores habían cultivado cebollas en tierra rica en azufre sin darse cuenta de que el azufre estaba creando la reacción química que provocaba las lágrimas.
Cuando quitaron el azufre de la tierra, todo cambió.
La misma semilla. La misma especie. El mismo agricultor.
Otra tierra.
Era el ambiente.
Ese es el principio. Simple. Profundo. Universalmente cierto.
Puedes tener la estrategia correcta. La visión más clara. La mejor gente. La predicación más ungida. Los sistemas más pulidos.
¿Pero si tienes el ambiente equivocado?
Nada se multiplica. Esto es cierto ya sea que lideres una iglesia de 150 o de 15 000. Ya seas jefe de departamento con tres voluntarios o pastor principal con treinta empleados. El principio no cambia con la escala; solo se manifiesta de otra forma.
Y Jesús lo reveló en una historia sobre un agricultor y un campo.
LA PARÁBOLA QUE LO CAMBIA TODO
Jesús dijo:
*«Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la
tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota
y crece sin que él sepa cómo. Porque de suyo lleva fruto
la tierra». —Marcos 4:26-28.*
Lee esa frase otra vez. Despacio.
«de suyo lleva fruto la tierra». No el trabajo duro del
agricultor.
No su planificación estratégica.
No sus técnicas superiores, ni sus horas extra, ni su compromiso más profundo.
La tierra hace el trabajo.
Por sí sola.
No está diciendo que la cosecha llega a los que empujan más fuerte.
Está diciendo que el agricultor esparce la semilla. Luego duerme. Se va a casa. Vive su vida.
¿Y mientras duerme?
La tierra sigue trabajando.
Aun cuando el agricultor no mira. Aun cuando está a kilómetros de distancia.
Aun cuando se ha olvidado de ese campo en particular.
El ambiente hace lo que la fuerza nunca pudo. Es una ley del Reino.
LA TUMBA QUE GUARDÓ 3000 AÑOS
En 1922, Howard Carter abrió la tumba del rey Tutankamón. Adentro, bajo
capas de polvo e historia, los arqueólogos encontraron algo inesperado.
Semillas.
Semillas de trigo. Semillas de cebada. Semillas de frutas y flores que habían permanecido dormidas durante más de 3000 años.
Según algunos relatos, las semillas parecían seguir siendo viables.
Treinta siglos en la oscuridad. Treinta siglos en silencio. Treinta siglos selladas lejos del sol, la tierra y la lluvia.
Pero el potencial seguía ahí.
Todo lo necesario para convertirse en planta estaba encerrado adentro. Una semilla podía convertirse en un campo. Un campo podía alimentar a una aldea.
Todo el potencial. Toda la posibilidad. Toda la promesa.
Sentada en una tumba.
Durante 3000 años.
Y no pasó nada.
¿Por qué?
Porque la semilla nunca se conectó con la tierra.
Y sin tierra, hasta el potencial perfecto se queda encerrado adentro.
Esta es la tragedia que se repite en organizaciones de todas partes.
Gente brillante. Equipos talentosos. Potencial increíble.
Dormido.
Porque están en el ambiente equivocado.
Lo que podemos llegar a ser ya está dentro de nosotros.
Pero lo que llegamos a ser lo determina aquello a lo que nos conectamos.
Deja de empujar. Empieza a crear.
Los veo por todas partes.
Líderes trabajando jornadas de dieciséis horas. Sacrificando el sueño, la salud, la familia.
Sus ojos cuentan la historia.
Agotados. No solo cansados. agotados.
El tipo de cansancio que el sueño no arregla.
Esto es lo que me tomó décadas aprender: Están tratando de empujar la multiplicación.
Y la multiplicación no responde a los empujones.
Una semilla que lleva 3000 años en un estante no crece. No importa cuán fuerte le grites. No importa cuántos discursos motivacionales escuche.
Hasta que se conecta con el ambiente correcto, el potencial permanece dormido.
La semilla no puede crecer sola.
¿Pero la tierra correcta?
La tierra correcta saca la cosecha de lo que estaba dormido.
Por sí sola.
Crecer tiene más que ver con sacar que con empujar.
La transformación tiene más que ver con sacar que con empujar.
La multiplicación tiene más que ver con sacar que con empujar.
Tu trabajo es crear la tierra.
¿Y cuando la tierra está bien?
Llega la cosecha.
Por sí sola.
EL HOMBRE QUE DEJÓ DE EMPUJAR A SU ESPOSA
Me acorraló después de un servicio, con la desesperación escrita en la cara.
«Pastor, no sé qué hacer con Sarah. Es una buena mujer. Una gran madre. ¿Pero espiritualmente? Está estancada. Y lo he intentado todo».
Libros en su mesa de noche con los pasajes clave subrayados.
Pódcast reenviados. Enlaces de sermones enviados. Conversaciones espirituales profundas intentadas en el desayuno.
Invitaciones a estudios bíblicos. Sugerencias de reuniones de oración. Recomendaciones de grupos de mujeres: cuanto más empujaba él, más se resistía ella.
«Es como si hubiera construido un muro», dijo, «y cada vez que intento ayudarla a crecer, el muro se hace más alto».
Estaba tratando de empujar la transformación. Y la transformación no responde a los empujones.
«Tráela a la iglesia», le dije. «Solo tráela. No digas nada. No expliques nada. No intentes convencerla de nada. Solo... tráela».
Se veía escéptico. Pero lo bastante desesperado para intentarlo.
Seis meses después, me encontró otra vez.
Esta vez, las lágrimas le corrían por la cara. De las buenas.
«Pastor, no sé qué pasó. Pero Sarah es una persona completamente distinta. Lee su Biblia sin que nadie se lo pida. Ora por su cuenta. Sirve como voluntaria en el ministerio de niños. Invita a los vecinos a la iglesia».
«¿Qué cambió?», pregunté, sabiendo ya la respuesta.
«Dejé de empujar», dijo, «y empecé a traerla al ambiente correcto».
Ella cambió porque la atmósfera sacó la transformación de su interior.
Por sí sola.
La tierra hizo lo que la fuerza nunca pudo.
LA VISIÓN QUE ME ESTABA MATANDO
El año 2000 empezó con una llamada que yo había estado esperando y
temiendo en igual medida.
«Ashley, nos gustaría que te convirtieras en el pastor principal de Paradise
Community Church».
Paradise. Gran iglesia. Gran gente. Gran historia.
Y en declive.
El pastor anterior —un hombre a quien respetaba profundamente— había soportado seis años de ataques de gente amargada. Para cuando llegué, la hemorragia se había frenado.
Pero no se había detenido.
Mi primer domingo, me paré al frente y miré hacia el santuario.
Filas y filas de asientos vacíos.
Cerré los ojos para orar.
Y todo lo que podía ver eran esos asientos vacíos.
Vacíos. Vacíos. Vacíos.
Cada mañana, durante los tres meses siguientes, el patrón se repitió. Yo sabía lo suficiente sobre la fe para saber que esto era peligroso, porque Génesis 13:14-15 (énfasis añadido) advierte: «Alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás... Porque toda la tierra que ves, la daré a ti». Si seguía viendo vacío, vacío era lo que iba a obtener.
Tenía que reemplazar lo que estaba viendo.
Encontré una fotografía vieja de años atrás.
Paradise un domingo por la mañana cuando el edificio estaba lleno. Cada asiento ocupado. Gente de pie al fondo. Energía crepitando por todo el salón.
La fe crea el futuro.
Entonces hice algo que se sentía ridículo.
La metí en Photoshop. Y la hice aún más llena de lo que jamás había estado.
Agregué gente en los pasillos. Llené el vestíbulo. Ocupé cada rincón.
La imprimí. Compré un marco. La colgué en la pared de mi oficina.
Justo donde la vería todos los días.
Cada mañana antes de orar, me detenía frente a esa foto. Ponía la mano sobre el marco. Y declaraba el futuro sobre el presente.
«Esta iglesia está llena. Esta iglesia está creciendo. Dios está trayendo la cosecha».
Al principio, se sentía como mentir.
Pero seguí pasando frente a la foto.
Seguí declarando.
Seguí viendo el futuro en vez del presente.
A los tres meses, algo cambió.
No en la iglesia. En MÍ.
Una mañana estaba orando, con los ojos cerrados, esperando ver el vacío de siempre.
Pero no vi asientos vacíos.
Vi la foto.
La foto había hecho su trabajo.
Había reemplazado lo que yo estaba viendo. Había cambiado lo que llenaba mi corazón.
Vi lo que Dios estaba a punto de hacer.
La fe crea el futuro.
Entonces lo llevé a la congregación.
Cada domingo por la mañana, antes de predicar, declaraba sobre la iglesia:
«Declaro vida sobre esta iglesia».
«Declaro crecimiento sobre esta iglesia». «Declaro multiplicación sobre
esta iglesia». Todos. Los. Domingos.
Durante seis meses seguidos.
Estaba impregnando el ambiente.
Cambiando la atmósfera. Creando una cultura donde el crecimiento no solo era posible: era inevitable.
A finales de noviembre, reuní a mi personal.
Entraron al salón agotados.
Miré alrededor de la mesa sus caras cansadas y dije algo que sonaba a locura: «Estoy creyendo que en las próximas ocho semanas, 300
personas nuevas se unirán a esta iglesia». El salón quedó en silencio.
¿Trescientas personas? ¿En ocho semanas?
Apenas nos manteníamos a flote.
Pero yo lo había visto. La foto había cambiado mi visión. Las declaraciones habían cambiado la atmósfera.
La tierra estaba lista.
Ocho semanas después, contamos.
Trescientas personas nuevas.
No trabajé más duro. No prediqué mejor.
La atmósfera había cambiado.
Y de suyo, la tierra llevó fruto.
LA MATEMÁTICA DE LOS AÑOS SILENCIOSOS
Pero déjame llevarte a otra temporada. Una temporada más dura.
Ya conoces el ejercicio del centavo que se duplica.
Día 1: un centavo. Día 5: dieciséis centavos. Día 10: 5,12 $.
Si eres adicto a la suma, renuncias en el día 10.
Porque parece un fracaso.
¿Pero si mantienes el rumbo?
Día 30: más de 10 millones de dólares.
Pero vivir los días 1 al 10 es brutal.
Nadie lo ve. Nadie lo celebra. Nadie cree que esté funcionando. Estás solo en la oscuridad, sosteniendo centavos, preguntándote si estás loco.
Así estábamos nosotros en Estados Unidos.
En Australia, yo había sido pastor de una de las cuatro iglesias más importantes de nuestro movimiento.
Durante doce años, había servido como director nacional, supervisando 1000 iglesias.
El más votado. Respetado. Influyente.
Cuando nos mudamos a Estados Unidos, ofrecí renunciar a mi cargo nacional.
En la conferencia nacional, el presidente me presentó ante todo el movimiento.
«Ashley se ha ido del país para vivir en Estados Unidos». Mi apoyo
se desplomó.
Me sentí humillado. Avergonzado. Invisible.
Durante el primer año después de la transición a Josh, la iglesia en Australia bajó 400 personas.
Y 100 000 dólares al mes en finanzas.
Yo estaba a 16 000 kilómetros. Acomodando sillas a las 5:00 a. m. en el Gwinnett Convention Center.
Pasando la aspiradora. Cargando cables. Haciendo pruebas de sonido en un salón vacío.
Mientras tanto, los reportes desde Australia:
«Se fue otra familia».
«Las ofrendas volvieron a bajar».
Mi carne gritaba: «vuelve. arréglalo».
Pero yo sabía que si volvía, demostraría que el sistema NO funcionaba sin mí.
Así que me quedé. Y sufrí.
Preguntándome si la tierra estaba funcionando.
Durante esos años lentos, nuestro equipo era básicamente mi familia.
Mis tres hijos. Otros dos jóvenes adultos. Una madre soltera.
Y mi primera nuera, casada con Mark desde hacía apenas cuatro meses cuando se mudaron a Estados Unidos.
Había dejado su país. Su familia. Su red de apoyo.
Y había terminado en un sótano con sus suegros.
Todos estábamos con los nervios de punta.
Irritables. Negativos. De mal humor.
Yo era papá de noche. Jefe de día.
Las líneas se difuminaban. Las tensiones estallaban.
Si no podíamos cambiar la tierra en nuestro hogar, nunca cambiaríamos la tierra en nuestra iglesia.
Convocamos una reunión familiar: «Dense cuenta de que estar juntos así va a terminar pronto. Un día tendrán sus propias casas. Sus propias familias. Sus propios ministerios. No den por sentados estos momentos. Dejemos de sentirnos atrapados por el espacio reducido y empecemos a crear
recuerdos intencionales».
La atmósfera cambió.
Del resentimiento a la gratitud.
Fijamos juntos una regla innegociable: resolver todo conflicto en veinticuatro horas.
Pasara lo que pasara.
Esa regla nos salvó.
Estábamos impregnando nuestro ambiente de vida.
Aun cuando dolía.
Pasé de 6000 a 200.
Perdí mi perfil público. Mi influencia.
Y mi carne extrañaba el impulso.
Pero esto es lo que quiero que entiendas:
Yo elegí esto.
No porque tuviera que hacerlo.
Porque quería hacerlo.
Esta era la tarea que Dios me había dado. Y yo estaba enamorado de ella.
Sí, mi carne luchaba. Pero mi espíritu estaba vivo.
Porque sabía que lo que estaba construyendo me sobreviviría por siglos.
AÑO TRES: EL ESTALLIDO
Después de meses de montajes a las 5:00 a. m. y de declarar vida sobre asientos vacíos,
hicimos algo loco:
Desafiamos el «bajón de verano».
Lo convertimos en el «salto de verano».
Festival internacional de comida. Servicios combinados. Oramos. Ayunamos. Creímos.
Y en el año tres, entré al Gwinnett Convention Center y miré hacia casi 900 personas.
La tierra por fin estaba sacando la cosecha de la semilla.
No porque yo predicara mejor.
No porque tuviéramos mejor marketing.
La atmósfera había llegado al punto de ebullición.
Lento. Lento. Lento.
estallido.
De suyo, la tierra llevó fruto.
Pero déjame contarte otra historia.
Donde la cultura estaba matando la multiplicación.
Entré a una reunión de personal sin avisar.
Este campus lo tenía todo. Ubicación privilegiada. Edificio hermoso. Presupuesto generoso. Un pastor con una maestría en Divinidad y un don para predicar.
Pero los números contaban otra historia.
Estancado en 180 durante dieciocho meses.
El pastor de campus estaba de pie frente a una pizarra cubierta de números.
«Asistencia abajo 4 por ciento. Ofrendas abajo 7 por ciento. Visitantes por primera vez... tres».
«¿Quién no alcanzó sus números esta semana?». Tres manos se levantaron despacio.
Hizo que cada persona explicara por qué no había llegado a la meta.
La energía no era determinación: era vergüenza.
Ni una sola vez alguien mencionó a quién estaba desarrollando.
Solo producción. Rendimiento. Números que nunca parecían suficientes.
Después de la reunión, le pedí que se quedara.
«¿Puedo compartirte algo que estoy viendo? Eres brillante. Estratégico. Dotado. Pero la cultura que has creado está matando la multiplicación. Cada reunión de personal es sobre resultados. Tu equipo se siente como empleados a los que se mide, no como desarrolladores a los que se equipa».
«¡Pero necesitamos resultados!».
«Obtendrás mejores resultados cuando construyas una cultura de multiplicación. Ahora mismo tienes una cultura de suma. Y las culturas de suma se estancan en 180».
«¿Qué debo cambiar?».
«Deja de preguntar “¿cuántas personas vinieron?”. Empieza a preguntar “¿a quién estamos desarrollando?”».
Rediseñamos la reunión de personal esa semana.
En vez de abrir con números, abrimos con historias. ¿En quién invertiste? ¿Qué líder está emergiendo?
En vez de celebrar la asistencia, celebramos cuando alguien levantó a un nuevo líder de grupo pequeño.
A los seis meses, algo empezó a soltarse.
A los doce meses, el campus había superado con creces los 180 y se acercaba a 300.
A los dieciocho meses, dos servicios, y plantando un campus hijo.
El mismo pastor. El mismo edificio. El mismo equipo.
Otra cultura.
Y de suyo, la tierra llevó fruto.
LOS CINCO ELEMENTOS DE UNA
ATMÓSFERA DE MULTIPLICACIÓN
Entonces, ¿cómo creas una tierra que saque la multiplicación de las personas?
Elemento 1: Celebración por encima de la crítica
La mayoría de las organizaciones opera a base de crítica.
Las reuniones de personal se enfocan en lo que salió mal. En quién falló.
Eso crea miedo.
La gente deja de tomar riesgos. Va a lo seguro. Espera permiso.
Las culturas de multiplicación sorprenden a la gente haciendo algo bien.
Celebran las victorias, incluso las pequeñas.
Honran públicamente a los que toman riesgos, incluso cuando fallan.
Crea una atmósfera donde la gente quiera intentar porque vas a celebrar su valentía, no solo sus resultados.
Elemento 2: Soltar por encima de controlar
La mayoría de los líderes son cuellos de botella.
Cada decisión pasa por ellos.
Creen que están protegiendo la calidad.
Pero están matando la multiplicación.
La multiplicación requiere soltar.
Empuja la toma de decisiones hacia abajo.
Dale a la gente la responsabilidad. Deja que tomen la decisión. Empodéralos para actuar hoy.
En nuestra organización, los pastores de campus contratan a su propio personal. Hacen sus propios presupuestos. Diseñan sus propios sistemas.
Mientras se mantengan dentro del ADN y los valores, tienen libertad.
Si lideras una iglesia o un departamento más pequeño, el principio es el mismo: deja que tu líder del ministerio de niños tome decisiones sobre su área. Deja que tu líder de adoración elija las canciones sin pasarte cada lista. Deja que tus coordinadores de grupos pequeños recluten y entrenen sin microgestión.
El tamaño de tu organización no determina si sueltas. Tu disposición a confiar determina si sueltas.
Esa libertad crea multiplicación. Por sí sola.
Elemento 3: Desarrollo por encima de producción
La mayoría de los líderes pregunta en las reuniones de personal:
«¿Cuántas personas vinieron?». «¿Cuáles fueron los números?». Preguntas
de producción.
Pero los líderes de multiplicación preguntan: «¿A quién estás desarrollando?».
«¿Qué líderes levantaste?». «¿Quién está listo para su siguiente
tarea?». Preguntas de desarrollo.
El desarrollo no es un lujo de las iglesias grandes. Es el motor de
la multiplicación en todos los tamaños.
El éxito no se mide por cuántas personas lideraste.
Se mide por cuántos líderes levantaste.
Si no estás desarrollando a alguien, no estás cumpliendo tu rol.
Esto se aplica tanto si tienes un personal de cincuenta como si tienes un equipo de cinco voluntarios. Si eres un pastor bivocacional con veinte personas el domingo, aun así deberías estar desarrollando a alguien. Tu asociado debería estar desarrollando a alguien. Tu único trabajador de niños debería estar entrenando a su reemplazo.
El desarrollo no es un lujo de las iglesias grandes. Es el motor de la multiplicación en todos los tamaños.
Elemento 4: Pensamiento a largo plazo por encima de victorias a corto plazo
La multiplicación toma tiempo.
La suma da resultados en noventa días.
La multiplicación toma cinco años. A veces diez.
La mayoría de los líderes piensa en trimestres.
Los líderes de multiplicación piensan en décadas.
Construyen infraestructura para la siguiente generación. Invierten en sistemas que no darán fruto en cinco años. Desarrollan líderes que no estarán listos en tres años.
Plantamos campus que no serán autosostenibles en tres años.
Invertimos en líderes que no estarán listos para liderar en cinco años.
Porque estamos optimizando para la siguiente generación.
Elemento 5: Generosidad por encima de escasez
Las culturas de escasez acaparan.
Protegen a su mejor gente. Cuidan sus recursos.
Las culturas de multiplicación lo regalan todo.
Envían a su mejor gente a plantar nuevos campus. Comparten su contenido, sus sistemas, sus estrategias.
damos a nuestros mejores líderes a otras iglesias.
damos nuestros materiales de entrenamiento a otras organizaciones.
damos nuestros sistemas a quien los quiera.
Y vuelve multiplicado. Por sí solo.
LA LISTA DE VERIFICACIÓN DE LA CULTURA DE MULTIPLICACIÓN
¿Quieres saber si tienes una cultura de multiplicación?
Hazte estas preguntas:
□ ¿La gente se siente más segura tomando riesgos o yendo a lo seguro? Si ir a lo
seguro se siente más seguro, tu cultura todavía no es un ambiente de
multiplicación.
□ ¿La gente celebra cuando otros tienen éxito o se siente amenazada? Si el
éxito crea competencia, tu cultura no se multiplicará.
□ ¿Los líderes entregan autoridad o la acaparan? Si la autoridad solo fluye
hacia arriba pero nunca hacia abajo, no tienes multiplicación.
□ ¿Los líderes son desarrollados o solo usados? Si la gente se quema en vez de
subir de nivel, tu cultura es extractiva.
□ ¿Las victorias se comparten o son propiedad de una sola persona? Si una persona se lleva todo
el crédito, tienes una cultura de personalidad.
□ ¿El fracaso se trata como crecimiento o como desastre? Si la gente está aterrada de
fallar, nunca se multiplicará.
□ ¿La gente piensa a corto plazo o de forma generacional? Si todos están optimizando
para este trimestre, la multiplicación es imposible.
Esto es lo que pasa cuando ignoras la cultura:
la buena gente se va.
No por la estrategia. Por la cultura.
Una gran visión no puede compensar una mala tierra.
la multiplicación se estanca.
Puedes tener todo el entrenamiento del mundo.
Pero si tu cultura castiga la toma de riesgos y recompensa las victorias a corto plazo, no te multiplicarás.
Los mejores renuncian. Los peores se quedan.
Las culturas tóxicas expulsan a los multiplicadores y atraen a los dependientes.
Los multiplicadores quieren libertad. Los dependientes quieren seguridad.
Si tu cultura ofrece seguridad pero no libertad, perderás a cada multiplicador que desarrolles.
LA ÚLTIMA PALABRA
No puedes controlar la semilla.
Pero SÍ puedes controlar la tierra.
No puedes forzar a la gente a multiplicarse.
Pero SÍ puedes crear un ambiente donde la multiplicación ocurra de forma natural.
Los mejores líderes crean ambientes donde la multiplicación se vuelve inevitable.
Piensa en los mejores líderes que conoces.
Los que multiplican líderes sin esfuerzo.
No están trabajando más duro que los demás.
Han creado una atmósfera donde la multiplicación es lo normal.
Donde desarrollar a otros es lo esperado.
Donde soltar la autoridad se celebra.
Donde el pensamiento a largo plazo se valora.
Esa es la atmósfera de los milagros.
No porque los milagros sean forzados.
Porque el ambiente es el correcto para que ocurran.
Deja de intentar ganarle con estrategia a tu problema de cultura.
Empieza a construir una cultura que produzca multiplicación de forma natural.
Porque la semilla no puede crecer sola.
¿Pero la tierra correcta?
Saca la cosecha.
Por sí sola.
Incluso mientras duermes.
De suyo, la tierra lleva fruto.
Multiplícate o muere.
No hay tercera opción.
PUNTOS CLAVE
La ley:
De suyo lleva fruto la tierra. No el trabajo duro del
agricultor. No la planificación estratégica. No las técnicas superiores ni las horas extra.
La tierra hace el trabajo. El agricultor esparce la semilla. Luego duerme. ¿Y
mientras duerme? La tierra sigue trabajando. Aun cuando él no mira.
Aun cuando está a kilómetros de distancia. El ambiente hace lo que la fuerza nunca pudo.
Es una ley del Reino. Semillas de la tumba del rey Tut: viables después de 3000
años. Todo el potencial encerrado adentro. ¿Pero sin la tierra correcta?
Nada. Potencial sin ambiente es igual a cero. No puedes controlar
la semilla. Pero SÍ puedes controlar la tierra.
El cambio:
Deja de intentar ganarle con estrategia a tu problema de cultura. Empieza a construir
una cultura que produzca multiplicación de forma natural. Cuatro preguntas revelan
tu tierra: (1) Cuando los líderes se van, ¿celebras o entras en pánico? Si
entras en pánico, has construido dependencia, no multiplicación. (2) Cuando alguien
trae una idea nueva, ¿tu primera respuesta es «sí» o «no»? La innovación
muere en las culturas del «no». (3) Cuando ocurre un fracaso, ¿haces revisión o
castigas? Las culturas basadas en el miedo matan la toma de riesgos. (4) ¿Recompensas
el pensamiento a largo plazo o las victorias a corto plazo? Las culturas tóxicas expulsan
a los multiplicadores y atraen a los dependientes. Los multiplicadores quieren libertad.
Los dependientes quieren seguridad. Si tu cultura ofrece seguridad pero no
libertad, perderás a cada multiplicador que desarrolles.
La auditoría:
¿Qué está produciendo tu tierra? Las cebollas hacían llorar a la gente por el azufre
en el suelo. Quita el azufre, y se acaban las lágrimas. La misma semilla. Otra
tierra. ¿Cuál es el azufre en tu organización? ¿Miedo? ¿Control?
¿Rendimiento? ¿Castigo? ¿Escasez? Puedes tener la estrategia correcta,
la visión más clara, la mejor gente, la predicación más ungida, los sistemas
más pulidos. ¿Pero si tienes el ambiente equivocado? Nada se multiplica.
Crea ambientes donde la multiplicación se vuelva inevitable. Donde
desarrollar a otros sea lo esperado. Donde soltar la autoridad sea
celebrado. Donde el pensamiento a largo plazo sea valorado. Esa es la atmósfera
de los milagros. La semilla no puede crecer sola. ¿Pero la tierra correcta? Saca
la cosecha. Por sí sola. Incluso mientras duermes.
Capítulo 15
El factor X
EL SISTEMA OPERATIVO
QUE SEPARA A LOS MULTIPLICADORES DE LOS QUE SE QUEMAN
El año pasado vi morir a un pastor.
No físicamente. Sigue respirando. Sigue predicando. Sigue presentándose los domingos con esa sonrisa que no le llega a los ojos.
Pero el hombre que yo conocía —el que plantó esa iglesia con fuego en los huesos y una fe que podía mover montañas— ese hombre ya no está.
Quemado. Vaciado. Funcionando con las últimas reservas y fingiendo que es el Espíritu Santo.
Tiene cincuenta y tres años. Ha construido una iglesia de 800 personas. Y me dijo tomando un café, con lágrimas corriéndole por la cara: «Ashley,
no sé cuánto tiempo más puedo seguir con esto». Quise sacudirlo.
No porque estuviera enojado con él. Porque yo he sido él. Dos veces.
Y sé exactamente qué lo está matando.
Está funcionando con el sistema operativo equivocado.
Es salvo por gracia, pero vive por obras. Perdonado por favor, pero impulsado por el rendimiento. Conoce la teología del descanso, pero nunca ha descansado de verdad porque no sabe cómo acceder a lo que ya le ha sido dado.
Y esto es lo que me persigue: hay miles de líderes exactamente como él. Tal vez tú eres uno de ellos.
Desgastándote. Afanándote. Agotado hasta los huesos. Produciendo fruto a pura fuerza de voluntad mientras tu alma se marchita por dentro.
Has leído todos los libros sobre la gracia. Puedes citar los versículos.
Has predicado los sermones.
Pero te sigues muriendo.
Porque hay una diferencia entre saber de la gracia y vivir realmente desde ella. Hay una diferencia entre enseñar la teología y funcionar con el poder.
¿Y esa diferencia?
Es la diferencia entre los líderes que se multiplican y los líderes que se queman.
Entre los movimientos que sobreviven a sus fundadores y los ministerios que mueren cuando el visionario colapsa.
Entre terminar bien y terminar en una cama de hospital, preguntándote dónde salió todo mal.
Este capítulo trata del poder que hace posible la multiplicación.
No tu poder. Su poder. Fluyendo a través de ti. Sosteniéndote. Multiplicando todo lo que tocas.
Pero tienes que saber cómo acceder a él.
EL ASALTO AL BANCO
Déjame mostrarte cómo se ve este poder cuando todo está en
juego.
Yo estaba en un banco. Un cliente más. Mi hijo Mark estaba conmigo: tenía dos años.
Dos hombres armados irrumpieron por las puertas. Medias en la cara.
Uno tenía una escopeta recortada.
Empezó a gritar: «¡TODOS AL SUELO!».
Me tiré al suelo. Pero Mark estaba a un metro del hombre armado. Demasiado lejos para alcanzarlo. Lo bastante cerca para estar en peligro.
Nunca le quité los ojos de encima al asaltante. Cuatro metros entre nosotros. Agitaba esa escopeta. Gritando. Y Mark me miró. Su carita se estaba desmoronando. Podía sentir el peligro. Estaba a punto de llorar.
Entonces pasó algo.
La palabra salió de mi boca involuntariamente.
Jesús.
Solo eso. Una palabra.
Y de repente —como una manta que cae sobre mí— todo el miedo se fue.
Desapareció. Me sentí audaz.
Empecé a hablarle a Mark. Tranquilo. Firme. «Tranquilo, campeón. Tranquilo».
Luego empecé a hablarle al hombre armado. «¿Puedo ir por mi hijo? ¿Puedo ir por mi hijo?».
Me gritó: «¡NO! ¡Él va a estar bien!».
Así que seguí hablándole a Mark. Lo mantuve tranquilo. Todo el tiempo, yo estaba tirado en el suelo de ese banco con una escopeta apuntando en mi dirección, y no tenía miedo.
De hecho me debatí entre levantarme y reprender al asaltante en el nombre de Jesús. Podía ver el titular del periódico del día siguiente: «Pastor frena asalto a mano armada».
Pero tenía que pensar en mi hijo. Así que me quedé en el suelo. Seguí hablando. Seguí tranquilo.
Cuando los asaltantes salieron corriendo, yo fui el primero en levantarme. Corrí afuera, encontré a un policía, y veinte minutos después los dos hombres armados estaban detenidos. Luego llegaron los consejeros. Los clientes lloraban. El personal estaba en shock. Todo el mundo se estaba desmoronando.
Y yo me convertí en uno de los consejeros. Ayudando a la gente. Firme. Presente.
Yo no fabriqué ese valor.
No me lo inventé. No me convencí de ser valiente con pensamiento positivo.
No tuve tiempo de prepararme, ni de pensar una estrategia, ni de ordenar mi mente.
La mano de Dios vino sobre mí en ese momento. Su poder se transfirió a mi situación. Lo que había en su mano —paz, autoridad, valor— fluyó a la mía.
Esa es la unción de la que habló Jesús.
«¿QUÉ ES ESO QUE SALE DE USTED?»
Me estaban entrevistando para un periódico australiano. A mitad de la entrevista,
la periodista se detuvo.
Me miró de una manera extraña.
«¿Qué es eso?», dijo.
No entendí. «¿A qué se refiere?».
«¿Qué es eso que sale de usted?».
Me sentí expuesto. «No entiendo».
Se inclinó hacia adelante. «Hay un poder que sale de usted. Es increíble. Puedo sentirlo. ¿Qué es?».
Le expliqué que era el Espíritu Santo.
Hablamos un largo rato después de eso. Le compartí el evangelio.
El fin de semana siguiente, me contactó. Le había entregado su vida a Jesús.
Una periodista —no cristiana— podía sentir algo que irradiaba de mí y que no podía explicar.
Eso no es carisma. Eso no es personalidad. Eso no es entrenamiento en liderazgo.
Eso es poder sobrenatural. Disponible para todo creyente. Fluyendo a través de todo líder que sabe cómo acceder a él.
Y está disponible para ti. Todos los días. Para cada tarea que Dios te ha dado.
LAS DOS DIMENSIONES DEL PODER
La mayoría de los líderes nunca entiende esto. Confunden las dos dimensiones. Intentan acceder a una mientras ignoran la otra. Por eso se queman o se estancan.
La gracia y el favor son un solo sistema operativo interno.
Déjame ser preciso en algo: la gracia y el favor son el mismo poder. Palabras distintas —el hebreo usa chen, el griego usa charis—, pero la misma realidad sobrenatural. Es la presencia capacitadora de Dios que te permite operar desde la provisión en vez de para la provisión.
La gracia y el favor son aquello a lo que accedes a través de la conexión con Jesús. Es el río que nunca deja de fluir. Siempre está disponible. Solo tienes que mantenerte posicionado para recibirlo.
La gracia y el favor son internos. Transforman cómo piensas, cómo cargas el peso, cómo enfrentas cada día. Es la diferencia entre despertar con ansiedad o despertar con paz. Entre trabajar para ganar y trabajar desde lo que ya te ha sido dado.
La unción es lo externo que viene sobre ti.
Es lo que pasa cuando la mano de Dios toca tu tarea específica y te transfiere la capacidad sobrenatural para cumplirla. El asalto al banco. La entrevista con la periodista. La negociación en la que no deberías ganar, pero ganas.
La unción es externa. Viene sobre ti. Es dirigida. Específica para la tarea. Se activa en el momento.
Pero esto es lo que a la mayoría de los líderes se le escapa: La unción fluye de la gracia y el favor.
No puedes tener unción sin tener primero el fundamento de la gracia. La unción tiene que tener dónde aterrizar.
Si tu sistema operativo interno está roto —si funcionas a base de afán y esfuerzo propio—, la unción no tiene receptor. Es como intentar servir agua en un vaso que ya está lleno de arena.
La gracia y el favor crean la capacidad interna.
Luego la unción viene sobre ese fundamento para tareas específicas.
Uno es aquello en lo que vives. El otro es lo que viene sobre ti.
Uno es el río. El otro es la inundación para un campo específico.
Necesitas los dos. Y los necesitas en el orden correcto.
Durante décadas, la iglesia ha enfatizado la fe. Y yo he vivido en ella. La he predicado. La he creído.
Pero esto es lo que he descubierto a medida que he ido más profundo con Dios:
La gracia es la que inicia. La fe es la que responde.
Lo hemos tenido al revés.
Efesios 2:8-9 (énfasis añadido): «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras».
Por gracia. Por medio de la fe.
No por fe por medio de la gracia. Por gracia por medio de la fe.
La gracia es la fuente. La fe es el canal.
Durante décadas, hemos estado intentando generar fe para acceder a la gracia. Pero no puedes acceder a lo que te inicia a ti. Es como intentar abrir la llave del agua antes de conectarla a la tubería.
Tu fe no activa
la gracia de Dios. La gracia de Dios activa tu fe.
Romanos 5:8: «siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros».
No después de que creíste. No después de que tuviste fe. Siendo aún pecador.
La gracia se movió primero. La gracia siempre viene primero.
Necesitas recibir la gracia antes de poder creer por milagros.
Por eso el enfoque tiene que pasar de «creer más fuerte» a «recibir más».
Así funciona realmente la gracia: la progresión de cinco pasos que lo cambia todo:
Paso 1: La gracia revela. Dios te muestra quién es Él y lo que ha hecho. No puedes tener fe en algo que no conoces. Romanos 10:17 dice: «la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios». ¿Qué viene primero? El oír. ¿Qué produce la fe? La Palabra que es revelada. La gracia revela primero.
Paso 2: La gracia convence. La información no basta. Mucha gente sabe de Dios pero no conoce a Dios. El Espíritu Santo convence a tu corazón de que lo que ha sido revelado es verdad. No solo conocimiento en la cabeza: convicción en el corazón.
Paso 3: La gracia abre. La gracia abre tus ojos espirituales para ver lo que está disponible. De pronto entiendes: Esto no es solo teología. Esto no es solo para otros. Esto es para mí.
Paso 4: La gracia capacita. Hasta tu capacidad de creer es un regalo. Efesios 2:8 dice que la fe «no [es] de vosotros, pues es don de Dios». Tú no fabricas la fe. La gracia provee la fe.
Paso 5: La fe responde. Finalmente —finalmente— la fe se extiende y toma lo que la gracia ha provisto.
La fe es el último paso, no el primero.
Primera de Juan 4:19: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero». Primero. Tiempo
pasado. Ya hecho. La gracia se movió primero.
Tu fe no activa la gracia de Dios. La gracia de Dios activa tu fe.
Deja de intentar tener una gran fe. Empieza a recibir una gran gracia. Y mira cómo tu fe explota.
Déjame pintarte unas cuantas imágenes más que te ayudarán a entender la gracia a un nivel más profundo. Luego entraremos en el «cómo» práctico de recibirla a diario.
LA REVELACIÓN DEL RESTAURANTE
Déjame darte una imagen que cambiará para siempre tu manera de ver esto.
Imagina que estás en un restaurante de lujo. Entras, y el anfitrión te sienta en una mesa. Esa es tu posición. Tienes un asiento. Estás adentro.
Luego el mesero te trae un menú. Esa es tu provisión. Todo lo que necesitas está disponible. Solo tienes que pedir.
Ahora, esta es la distinción crítica: tu asiento no depende de lo que pidas. No te ganas la silla eligiendo la comida correcta. La silla te la dieron cuando entraste.
Pero el que comas sí depende de que pidas. Tienes acceso al menú, pero si no pides, no comes.
La mayoría de los cristianos entiende que tiene el asiento. Saben que son salvos. Están adentro. Tienen una posición en la mesa de Dios.
Pero se están muriendo de hambre porque no entienden cómo acceder a la provisión.
Están sentados pero no comen. Posicionados pero no reciben. Asegurados pero no abastecidos.
La justicia es tu asiento. Es tu posición. Está asegurada.
Es permanente. Es un regalo.
La gracia es tu provisión. Es lo que está en el menú. Está disponible. Es abundante.
La fe es cómo pides. Tienes que recibirla. Tienes que tomar lo que ha sido provisto.
La justicia es tu posición. La gracia es tu provisión. La fe es cómo accedes a ella.
LA AUTOPSIA DE MI PRIMERA MUERTE
Déjame contarte lo que encontré cuando hice la autopsia de mi
burnout de 1995.
Treinta y un años. Liderando el ministerio de jóvenes más grande de Australia. Ataques de pánico. Colapso total. Seis meses fuera mientras Jane lo sostenía todo.
Escarbé en lo que había salido mal. Y esto fue lo que descubrí: no estaba trabajando para Dios. Estaba trabajando para silenciar a los críticos.
Estaba cargando todo emocionalmente. Y no confiaba en Dios tanto como decía.
¿La verdad? Era salvo por gracia, pero vivía por obras.
Entendía la gracia teológicamente. Podía predicarla. Podía explicar la justificación por la fe. Me sabía la doctrina.
Pero mi sistema operativo seguía basado en el rendimiento.
Cada mañana despertaba con un déficit que llenar. Cada día trabajaba para ganarme lo que debería haber estado recibiendo. Cada noche colapsaba, preguntándome si había hecho lo suficiente.
Ese es el sistema de obras. Y tiene un techo: tu capacidad.
Las obras sí producen fruto. Pero ese fruto está limitado a lo que tú puedes generar. Llévalo al extremo, como hice yo, y te matará.
Y esto es lo que la mayoría no sabe.
Tuve un segundo llamado de atención unos diez años después de ese primer burnout.
Y esta vez, debí haber sabido más.
Después de ese primer colapso, había aprendido la lección de verdad. De verdad, de verdad. Vivía en gracia. Entendía el descanso. Durante años —años— operé desde la provisión en vez de afanarme por ella. Conocía la diferencia. Había probado la libertad.
Pensé que me había graduado.
Estaba equivocado.
El afán es como la gravedad. Nunca deja de tirar de ti.
No recaes en el afán con un estruendo. Vas a la deriva. Despacio. En silencio. Un pequeño compromiso a la vez. Un «esto lo resuelvo yo mismo» a la vez. Un «Dios necesita mi ayuda con esto» a la vez.
El ministerio prosperaba. Tenía ritmos de descanso establecidos. No trabajaba horas de locura. En el papel, todo se veía sano.
Pero estaba agotado otra vez. Emocionalmente. Mentalmente. Espiritualmente.
Entonces alguien que me amaba lo dijo: «Has recaído. Estás cargando el peso otra vez. En algún punto del camino dejaste de rendirte y empezaste a afanarte». Tenía razón.
Había mantenido el ritmo externo de la gracia, pero había vuelto poco a poco a la postura interna de las obras.
La gravedad había ganado. Y yo ni siquiera me había sentido caer.
Nunca te gradúas de la gracia. Nunca.
Tienes que permanecer en ella. Constantemente. Intencionalmente. Con vigilancia.
Porque la gravedad nunca se toma un día libre.
Déjame hacerte diez preguntas. Responde con honestidad:
1) Cuando despiertas por la mañana, ¿paz o ansiedad?
2) Cuando piensas en tu carga de trabajo, ¿capacitado o abrumado?
3) Cuando miras tus resultados, ¿seguro o inseguro?
4) Cuando oras, ¿hablas con un Padre o le ruegas a un Amo?
5) Cuando las cosas salen mal, ¿«Dios tiene esto bajo control» o «tengo que arreglar esto»?
6) Cuando descansas, ¿renovado o culpable?
7) Cuando otros tienen éxito, ¿celebras o compites?
8) Cuando fallas, ¿«Dios me sigue amando» o «decepcioné a Dios»?
9) Al final del día, ¿satisfecho o agotado?
10) Cuando piensas en mañana, ¿confiado o preocupado?
Si respondiste con la segunda opción más de dos veces, no estás viviendo bajo la gracia y el favor.
Estás funcionando con el sistema operativo de las obras.
Y ese sistema te está matando, ya seas un pastor bivocacional tratando de crecer de ochenta a 150, o el líder de una megaiglesia administrando personal mientras cargas el peso emocional de toda la organización.
El tamaño de tu ministerio no determina si te quemas.
Lo determina tu sistema operativo.
Sé lo que estás pensando. Puedo oír la objeción formándose.
Si solo recibo y no me esfuerzo, ¿no me volveré perezoso? ¿No se desmoronarán las cosas?
A mi madre le preocupaba lo mismo. Temía que la gracia volviera pasiva a la gente.
Pero he descubierto lo contrario.
Tito 2:11-14 dice que la gracia nos enseña y nos hace «celosos de buenas obras».
La gracia no te hace perezoso. La gracia te hace diligente.
Pero es otro tipo de diligencia. No afán ansioso. No ajetreo impulsado por el miedo. Trabajo lleno de gozo, capacitado por la gracia, multiplicado por Dios.
Esto es lo que pasa cuando operas bajo la gracia:
Primero, trabajas sin el equipaje mental y emocional.
El mismo trabajo. Cero estrés a cuestas. Das lo mejor de ti y luego le confías los resultados a Dios. No te desgastas con ansiedad: fluyes con paz.
El resultado no es tu identidad. El éxito no te define. El fracaso no te destruye. Trabajas duro, pero no cargas el peso.
Segundo, Dios te da atajos, ideas, favor y conexiones divinas que multiplican tus resultados.
Esta es la parte que a la mayoría se le escapa.
Cuando estás conectado a la gracia, Dios no solo te sostiene: te acelera. Te da la idea que abre el camino. La conexión divina. La estrategia sobrenatural. La puerta que se abre cuando debería haberse quedado cerrada.
Tu esfuerzo más el favor de Dios es igual a resultados mucho más allá de lo que tu esfuerzo solo podría producir.
LOS NEGOCIOS QUE NO DEBIERON HABER OCURRIDO
Así es como he negociado una propiedad tras otra para
Futures Church.
No soy un genio de los bienes raíces. Soy un hijo de misioneros de las selvas de Papúa Nueva Guinea. No fui a la escuela de negocios. Nunca aprendí a negociar en un salón de clases.
Pero hace veinte años empecé a pedirle al Espíritu Santo que me ungiera para los negocios.
Y algo cambió.
He entrado en salas con desarrolladores, banqueros, abogados: gente que hace negocios para vivir. Gente que ha olvidado más sobre negociación de lo que yo jamás sabré de forma natural.
Y cuando empiezo a hablar, la sala se queda en silencio.
No porque yo sea impresionante. Porque la mano de Dios está sobre mí.
He tenido no cristianos en esas reuniones que lo comentan. Más de una vez, un empresario exitoso me ha sonreído y me ha dicho: «No me vengas con el cuento de "solo soy pastor". Tú no eres pastor.
Eres un hombre de negocios».
Yo le devuelvo la sonrisa. Porque sé lo que está percibiendo.
Está percibiendo la unción.
Solo tengo una casa: en la que vivo. Pero he negociado millones de dólares de descuento en contratos. He asegurado condiciones que no tenían ningún sentido natural. Cada negocio tan favorable, tan imposible según los estándares naturales, tan obviamente marcado por la mano de Dios, que no hay otra explicación más que la gracia.
Esto es lo interesante. No funciona cuando lo hago para mí mismo.
La unción es específica para la tarea.
Cuando opero en mi carril —construyendo la casa de Dios—, su mano está sobre mí. Cuando me salgo de ese carril, soy solo un hijo de misioneros de la selva.
Eso no es una limitación. Eso es enfoque.
La gracia produce mayores resultados de los que el afán jamás produjo, pero con el favor de Dios, no con tu dolor.
CÓMO ACCEDER A LA GRACIA Y EL FAVOR
La gracia no es algo que te ganas. Es algo para lo que te posicionas
a fin de recibirla.
Conéctate antes de producir.
Antes de abrir tu correo, antes de revisar tu teléfono, antes de empezar tu lista de pendientes: conéctate. Con Jesús. Con el Espíritu Santo.
Deja que la provisión fluya antes de empezar a gastar.
La gracia no deja de fluir de Dios: deja de fluir hacia ti cuando la
tubería se tapa.
La mayoría de los líderes empieza el día ya en déficit. Despiertan, revisan sus problemas y empiezan a afanarse de inmediato. Para las 9 a. m., ya van con el tanque vacío.
Invierte el orden. Conéctate primero. Recibe primero. Llénate primero. Luego
opera desde la plenitud en vez de para la plenitud.
Cambia tu postura de ganar a recibir.
Cada vez que sientas el peso presionando hacia abajo, pregúntate: ¿Estoy cargando lo que Dios nunca me pidió cargar?
Cada vez que suba la ansiedad, pregunta: ¿Recaí en el sistema de obras?
El sistema de obras se siente normal porque el mundo funciona con él. Rendimiento. Resultados. Ganar. Demostrar.
La gracia se siente extraña al principio. Como si estuvieras haciendo trampa. Como si debieras estar trabajando más duro.
Pero ese es el cambio. De hacer a recibir. De afanarse a descansar. De producir a posicionarse.
Permanece conectado a la fuente.
Juan 15:5: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer».
El pámpano no se esfuerza por producir uvas. Permanece conectado a la vid, y el fruto ocurre de forma natural.
Tu trabajo no es producir multiplicación. Tu trabajo es permanecer conectado a la fuente de la multiplicación.
Mantén la tubería despejada.
La gracia no deja de fluir de Dios: deja de fluir hacia ti cuando la tubería se tapa.
¿Qué la tapa?
1) El pecado no confesado
No porque Dios retire su gracia cuando pecas. Sino porque el pecado crea estática interna. Interfiere con tu receptor. La confesión despeja la obstrucción.
2) La falta de perdón
La falta de perdón es una represa. Detiene todo lo que está tratando de fluir a través de ti. Perdona, y la represa se rompe.
3) La incredulidad
No dudar de resultados específicos; eso es humano. La incredulidad que duda del carácter de Dios. De que es bueno. De que quiere bendecirte. Eso crea una obstrucción.
4) La mentalidad de rendimiento
En el momento en que empiezas a intentar ganarte lo que se da gratis, has tapado la tubería. La gracia fluye hacia los que reciben, no hacia los que logran.
5) La falta de oración
La oración es la válvula. Cuando no oras, la válvula se queda cerrada. La provisión está ahí. Pero no estás accediendo a ella.
Esta es la realidad práctica: recibir no significa no hacer nada. Significa hacer tu trabajo desde un lugar de descanso en vez de un lugar de afán. Sigues arando el campo. Sigues plantando las semillas. Pero luego oras por lluvia en vez de intentar fabricarla tú mismo. Le confías la cosecha a Dios en vez de cargar la ansiedad de la producción.
Mantén la tubería despejada. Mantenimiento diario.
Sube de nivel cuando Dios te llame más alto.
Moisés tuvo una vara durante cuarenta años. Dios hizo milagros a través de esa vara: el mar Rojo se abrió, agua de las rocas, plagas sobre Egipto (Éxodo 4:2-4, 17; Éxodo 7:10-12, 19-20; Éxodo 8:5-6, 16-17; Éxodo 14:16, 21).
Pero cuando Dios le dijo que le hablara a la roca en vez de golpearla (Números 20:8-11), Moisés volvió a lo que había funcionado antes. La golpeó de todos modos (Números 20:1-13).
El agua salió igual. Siguió pareciendo un éxito (Números 20:11).
Pero Dios no estaba contento. Porque Dios no le estaba pidiendo a Moisés que sacara agua. Dios le estaba pidiendo a Moisés que demostrara que su sistema interno había subido de nivel.
Moisés se negó. Y quedó descalificado para entrar en la Tierra Prometida (Números 20:12).
Nueva gracia para una nueva carrera.
Lo que te trajo hasta aquí no te llevará hasta allá.
Si quieres ir más a fondo en vivir desde la gracia cada día —los ritmos prácticos, los cambios de mentalidad diarios, las oraciones específicas que te mantienen operando desde la provisión—, he escrito un libro entero sobre esto, titulado From Scarcity to Supply: Living in the Overflow of God's Grace and Favor (De la escasez a la provisión: vivir en el desborde de la gracia y el favor de Dios). Lo que he compartido en este capítulo es el fundamento. Ese libro es el plan completo.
CÓMO POSICIONARTE PARA LA AUTORIDAD DE DIOS
Una vez que la gracia y el favor fluyen, así es como te posicionas para
que la autoridad de Dios venga sobre ti:
Identifica tu tarea.
¿Qué te ha llamado Dios específicamente a construir? El poder y la autoridad de Dios son específicos para la tarea. Un llamado genérico produce resultados genéricos. Un llamado específico atrae una capacitación específica.
¿Cuál es tu carril? ¿Tu esfera? ¿Tu mandato?
Ahí es donde fluirá la unción.
Pide todos los días.
Le he pedido a Dios que ponga su mano sobre mí todos los días durante cuarenta años.
Antes de predicar: «Dios, pon Tu mano sobre mí».
Antes de negociar: «Dios, pon Tu mano sobre mí». Antes de liderar: «Dios,
pon Tu mano sobre mí». Todos. Los. Días.
La unción no es un evento único. Es un posicionamiento diario.
Búscalo con desesperación.
Jacob luchó toda la noche: «No te dejaré, si no me bendices» (Génesis 32:26).
Esa es la desesperación que necesitas.
Pedir casualmente produce resultados casuales. Pedir desesperadamente accede a un poder extraordinario.
Ora específicamente.
No hagas oraciones genéricas. Haz oraciones específicas por una unción específica.
Si estás llamado a predicar, ora por palabras que penetren corazones.
Si estás llamado a construir, ora por estrategia y favor.
Si estás llamado a liderar, ora por sabiduría más allá de tus años. La
unción es específica. Tus oraciones también deberían serlo.
La gracia y el favor crean la capacidad interna. La unción produce el
avance externo.
Esto es lo que pasa cuando la gracia y el favor fluyen y la unción viene sobre ellos:
Sin gracia y favor: Desgaste en modo obras → burnout, techo, capacidad limitada, colapso eventual. Aunque experimentes una unción momentánea, no puedes sostenerla porque tu sistema interno está roto.
Con gracia y favor: Operar desde la provisión → paz, sostenibilidad, salud emocional, pensamiento claro. Estás sano, pero los resultados aún pueden estar limitados a tu capacidad natural.
Con gracia y favor + unción: Resultados sobrenaturales → se abren puertas, fluyen estrategias, se multiplican recursos, el avance se acelera más allá de lo que tu esfuerzo jamás podría producir.
Una hora produce lo que debería tomar diez.
Una conversación abre lo que debería tomar diez reuniones.
Una decisión multiplica lo que debería tomar diez años.
Se abren puertas que tú no empujaste. Aparecen recursos que tú no fabricaste. Se forman conexiones que tú no diseñaste.
La gracia y el favor crean la capacidad interna.
La unción produce el avance externo.
Ese es el efecto combinado.
Y es la diferencia entre los líderes que se desgastan hasta colapsar y los líderes que se multiplican hasta que son llamados a casa.
¿Ese pastor del que te hablé al principio, el que se está muriendo detrás de su sonrisa?
No tiene por qué quedarse ahí. Tú tampoco.
Puedes cambiar de sistema operativo hoy.
Puedes dejar de funcionar con el tanque vacío y empezar a funcionar con desborde.
Puedes dejar de afanarte por la provisión y empezar a trabajar desde la provisión. Puedes
dejar de intentar fabricar lo que Dios está tratando de darte.
ORACIÓN
Padre,
Confieso: he sido salvo por gracia, pero he vivido por obras.
*He estado intentando creer más fuerte cuando debí haber estado recibiendo
más. Afanándome cuando debí haberme rendido.*
*Desgastándome cuando debí haber descansado. Trabajando por la provisión cuando
Tú me has llamado a operar desde la provisión.*
Hoy cambio de sistema.
*Arregla mi sistema operativo interno. Deja que la gracia y el favor fluyan como un
río a través de mi vida.*
Y que Tu unción venga sobre mi tarea.
Transfiere lo que hay en Tu mano a mi situación.
Pon Tu mano sobre mí, Padre.
Todos los días. Para cada tarea.
En el nombre de Jesús. Amén.
La gracia y el favor son el sistema operativo interno.
La unción es lo externo que viene sobre ti.
La gracia inicia. La fe responde. La unción acelera.
La unción fluye de la gracia y el favor.
Arregla tu sistema interno. Posiciónate cada día para que la mano de Dios venga sobre tu tarea.
El techo ya no está.
Porque la gracia no conoce límites.
Y la unción multiplica todo lo que toca.
Ahora ve y multiplícate.
PUNTOS CLAVE
La ley:
Hay una diferencia entre saber de la gracia y vivir realmente
desde ella. Entre enseñar la teología y funcionar con el poder. ¿Esa
diferencia? Es la diferencia entre los líderes que se multiplican y
los líderes que se queman. Entre los movimientos que sobreviven a sus fundadores y
los ministerios que mueren cuando el visionario colapsa. Entre terminar
bien y terminar en una cama de hospital, preguntándote dónde salió todo
mal. La gracia y el favor son el sistema operativo interno. La unción es
lo externo que viene sobre ti. La gracia inicia. La fe responde. La unción
acelera. La unción fluye de la gracia y el favor.
El cambio:
Sin gracia y favor: desgaste en modo obras, burnout, techo,
capacidad limitada, colapso eventual. Con gracia y favor: operar
desde la provisión, paz, sostenibilidad, salud emocional, pensamiento claro.
Con gracia y favor + unción: resultados sobrenaturales, puertas que se abren,
estrategias que fluyen, recursos que se multiplican, avance que se acelera más allá de
lo que el esfuerzo podría producir. Una hora produce lo que debería tomar diez. Una
conversación abre lo que debería tomar diez reuniones. Una decisión
multiplica lo que debería tomar diez años. La gracia y el favor crean la capacidad
interna. La unción produce el avance externo. Ese es el
efecto combinado. Deja de funcionar con el tanque vacío. Empieza a funcionar con desborde.
Deja de afanarte por la provisión. Empieza a trabajar desde la provisión.
La auditoría:
¿Eres salvo por gracia pero vives por obras? ¿Perdonado por el favor
inmerecido de Dios pero impulsado por el rendimiento? ¿Conoces la teología del
descanso, pero nunca llegas a tener paz en tu mente y tus emociones? ¿Estás
desgastándote, afanándote, agotado hasta los huesos, produciendo fruto a
pura fuerza de voluntad mientras tu alma se marchita por dentro? Puedes cambiar
de sistema operativo hoy. Deja de intentar creer más fuerte cuando deberías
estar recibiendo más. Deja de afanarte cuando deberías estar rindiéndote. Deja
de desgastarte cuando deberías estar descansando. Deja de trabajar por la provisión cuando Dios
te llamó a operar desde la provisión. Arregla tu sistema operativo interno.
Deja que la gracia y el favor fluyan como un río. Posiciónate cada día para
que la mano de Dios venga sobre tu tarea. El techo ya no está. Porque
la gracia no conoce límites.
Y la unción multiplica todo lo que toca.
Parte VI
La expansión de la multiplicación
VOLVERSE GLOBAL SIN PERDER EL ALMA
Capítulo 16
La trampa del almirante
CÓMO TERMINAR
UNA TAREA
DESBLOQUEA LA SIGUIENTE
La vieja camioneta olía a diésel y a la arcilla roja de Georgia. Yo iba
sentado en el asiento del pasajero, recorriendo Atlanta con un hombre
que acababa de conocer. Manos curtidas al volante. Un rostro tallado por décadas de
agricultura y ministerio. Había servido en la junta de Reinhard Bonnke durante
años: uno de esos gigantes silenciosos que cargan peso sin necesidad de que
nadie lo sepa.
Estábamos explorando terreno para nuestro lanzamiento en Estados Unidos. Buscando la tierra correcta para plantar lo que con el tiempo se convertiría en nuestra Antioquía: el centro de envío para Norteamérica.
La conversación había sido ligera. Historias de ministerio. Historias de guerra. El tipo de charla que ocurre cuando dos líderes se están tanteando.
Entonces hizo una pregunta que me hizo girar la cabeza de golpe.
«¿Conoces la debilidad de un constructor de movimiento?».
Me volteé a mirarlo. Tratando de leer su rostro. Preguntándome si era una prueba.
El agricultor mantuvo los ojos en el camino.
«Quedarse demasiado tiempo», dijo.
Tres palabras.
Que me golpearon como un tren de carga.
EL PATRÓN QUE NO PODÍA VER
Las palabras del agricultor desbloquearon algo a lo que yo había estado ciego durante
veinticinco años.
Me quedé sentado en esa camioneta y toda mi historia se reprodujo en cámara rápida.
Ministerio de jóvenes: cinco años. Tiempos de auge. Crecimiento explosivo. Luego el burnout. Me fui antes de destruir lo que había construido.
Pastor principal: cinco años. Crecimiento explosivo. La iglesia multiplicándose. Luego todo mi equipo ejecutivo renunció. No por conflicto. No por pecado. Porque la temporada había cambiado y yo no podía verlo. Estaba tratando de retener lo que necesitaba ser soltado.
Ciclos de cinco años.
Toda mi vida había sido ciclos de cinco años.
Y siempre había pensado que algo andaba mal en mí.
Tal vez me faltaba aguante. Tal vez no podía terminar lo que empezaba.
Tal vez simplemente estaba hecho para arranques cortos y no para maratones.
Pero sentado en esa camioneta, las palabras del agricultor lo reencuadraron todo.
Los líderes que construyen movimientos no fracasan por renunciar demasiado pronto.
Fracasan por quedarse demasiado tiempo en una tarea.
Esto fue lo que aprendí en ese momento: Toda tarea tiene fecha de vencimiento.
La misión nunca termina. Pero cada tarea dentro de esa misión debe terminarse.
Y si te quedas más allá de la línea de meta —si sigues presentándote después de que tu tarea está completa—, no solo dejas de ayudar.
Empiezas a hacer daño.
Te conviertes en el cuello de botella de lo mismo que estás tratando de construir.
Dejas de ser fundamento y empiezas a ser techo.
Las personas que desarrollaste no pueden levantarse porque estás parado encima de ellas.
La organización que construiste no puede multiplicarse porque sigues aferrado a los controles.
El movimiento al que diste a luz no puede madurar porque no lo dejas crecer.
Pensé en Moisés a lo largo del libro de Éxodo.
¿Recuerdas cuando Dios lo llamó en la zarza ardiente? (3:1-6). Moisés tenía una excusa lista: «No puedo hablar. Nunca he sido elocuente. Soy tardo en el habla» (4:10, paráfrasis del autor).
¿La respuesta de Dios? «¿Quién hizo tu boca, Moisés? ¿Quién da el habla a los mortales? ¿No soy yo, el Señor?» (4:11, paráfrasis del autor).
Pero Moisés no quiso confiarle a Dios su debilidad. Así que Dios se acomodó a él: «Está bien. Toma esta vara. Trabajaré a través de la vara, ya que no me dejas trabajar a través de tu boca» (4:2-4, 17).
Durante cuarenta años, esa vara se convirtió en el poder en la mano de Moisés. El mar Rojo se abrió (14:21-22). Agua de las rocas (17:6). Plagas sobre Egipto (7-12). Victoria sobre Amalec (17:8-13). La vara funcionaba.
Entonces llegó Meriba.
El pueblo volvió a necesitar agua. Pero esta vez Dios dijo algo distinto: «Háblale a la roca». No la golpees. Háblale.
Dios estaba volviendo a la conversación original: «Moisés, hace cuarenta años te pedí que confiaras en mí con tu boca. No quisiste. Te di la vara como concesión. Pero nunca quise que la vara fuera permanente. Quería tu voz. Quería que confiaras en
mí con precisamente aquello que creías que te descalificaba». La gracia que te trajo hasta aquí no te llevará hasta allá.
Moisés rechazó el nuevo nivel. Agarró la vara y golpeó la roca de todos modos.
El agua salió igual. Siguió pareciendo un éxito.
Pero Dios no estaba contento. Porque Dios no le estaba pidiendo a Moisés que sacara agua. Dios estaba invitando a Moisés a por fin confiarle su debilidad: a abrazar una nueva gracia para una nueva carrera.
Moisés se negó. Y quedó descalificado para entrar en la Tierra Prometida (Números 20:1-13).
Una nueva generación necesitaba otro tipo de líder. Josué no era Moisés 2.0. Tenía la sabiduría de haber sido entrenado por Moisés, pero también era distinto. Un liderazgo relevante para su generación.
La debilidad de un constructor de movimiento es quedarse demasiado tiempo en la tarea equivocada cuando Dios lo está llamando a la siguiente.
LA CRISIS QUE NO SABÍA QUE VENÍA
Para 2012, habíamos construido algo tremendo.
Una gran reputación en todo el estado. Una guardería exitosa. Tres campus. Sistemas. Personal. Cultura. Noventa años de historia y credibilidad.
Pero podía sentir la inquietud.
No la mala, la del burnout, que te hace querer renunciar.
La santa. La que dice: «Lo que construiste aquí es bueno. Pero no es suficiente».
Dios me estaba llamando a plantar iglesias por todo el mundo, empezando por nuestra Antioquía en Estados Unidos.
A empezar de cero en un país donde yo tenía cero credibilidad, cero sistemas, cero líderes, cero recursos.
Solo ocho personas, incluido yo, para tomar la nación.
Mientras tanto, Australia lo tenía todo.
Y yo era el pastor principal de ambas.
Esto es lo que nadie te dice sobre la multiplicación a gran escala: Si construyes algo que depende de ti, no puedes dejarlo. Y si no puedes dejarlo, no puedes multiplicarte más allá de eso.
Tenía tres opciones:
Opción 1: Quedarme en Australia. Seguir liderando lo que habíamos construido. Disfrutar el fruto de más de veinte años de trabajo. Predicar a miles. Mantener la plataforma. Seguro. Cómodo. Aburrido.
Opción 2: Abandonar Australia. Mudarme a Estados Unidos. Dejar que Australia se las arreglara sola. Enfocarlo todo en la nueva plantación. Irresponsable. Imprudente. Destructivo.
Opción 3: Construir un sistema que funcione sin mi aporte diario. Liderar ambas. Soltar Australia para que la lideraran en el terreno los líderes que habíamos desarrollado. Abrir camino en Estados Unidos mientras administraba Australia a distancia. Imposible. Sin precedentes. Aterrador.
Elegí la Opción 3.
Y durante los siete años siguientes, pagué un precio que la mayoría de los líderes nunca entenderá.
EL HOMBRE POR EL QUE LO APOSTÉ TODO
Josh Greenwood creció en nuestra iglesia. En el capítulo 6 solo te di una
pincelada de la historia de Josh; esta es la historia completa.
Cuando tenía catorce años, sus padres se mudaron a una iglesia rural. Lo perdimos por una temporada.
Pero, con veintitantos años, Josh había dejado la iglesia donde era pastor de jóvenes, y Dios me dijo: Tienes que traerlo. Yo vi algo en él.
No del todo formado. No completamente pulido. Pero ahí.
Como cuando miras un bloque de mármol y ves la escultura adentro.
Oré y ayuné por él. Lo observé. Lo probé: no con pruebas con trampa ni emboscadas, sino con tareas reales con riesgos reales donde yo pudiera ver cómo manejaba la presión.
Empecé donde siempre se empieza con la multiplicación: en pequeño.
Pastor de adultos jóvenes. Liderando un departamento. Desarrollando un equipo. Aprendiendo a transmitir visión y a construir cultura.
Luego: el equipo pastoral senior. Ya no solo ejecutando la visión de otro. Ayudando a crear la visión.
Luego: pastor de campus de Paradise. La iglesia donde yo había aprendido a liderar. Donde había visto llegar a 300 personas en ocho semanas después de declararlo sobre asientos vacíos.
Le estaba entregando algo que yo amaba.
Luego puse a Josh a cargo de los tres campus australianos.
No como cuidador. Como el líder operativo.
Lo estaba apostando todo —nuestra reputación, nuestro legado, nuestros cien años de historia— a un hombre de treinta y tantos que nunca había liderado a esa escala.
La gente me dijo que estaba loco.
«No puedes liderar desde Estados Unidos», me decían.
«Uno de los dos fracasará», me dijo un profeta. «Estados Unidos podría fracasar.
Australia podría fracasar».
Tenía razón sobre el riesgo.
Pero el Espíritu Santo me impulsó, después de muchas confirmaciones, a ir de todos modos.
Josh y yo hablábamos muchas veces cada semana, pero alrededor de un año después de empezar la plantación en Estados Unidos, Josh llamó. Esta vez, llamó con una situación en la que necesitaba ayuda.
Uno de nuestros campus —uno de los tres originales— se estaba estancando. El pastor de campus era dotado, apasionado, comprometido. Pero la cultura se estaba deslizando.
El campus lo tenía todo: ubicación, edificio, un pastor dotado.
Pero estaba atascado.
Josh sabía que algo andaba mal. Pero no estaba seguro de qué.
«¿Qué hago?», preguntó.
Pude haber volado de regreso. Tomar el control. Arreglarlo yo mismo.
En cambio, le hice una pregunta. «¿Qué crees tú que está pasando?».
Una pausa larga.
«Creo», dijo Josh despacio, «que hemos creado una cultura de suma.
Y las culturas de suma se estancan». Tenía razón.
«Entonces, ¿qué vas a hacer al respecto?», pregunté.
Otra pausa.
«Voy a tener una conversación difícil con el pastor de campus. Vamos a rediseñar las reuniones de personal. Cambiar las preguntas que hacemos. Pasar de "¿quién alcanzó sus números?" a "¿a quién estás desarrollando?"».
«Bien», le dije, «hazlo. Y cuéntame cómo va». Colgué.
Yo no estaba ahí. No podía controlarlo. No podía intervenir si salía mal.
Todo lo que podía hacer era confiar en que lo que había invertido en Josh sería suficiente.
Un año después, el campus superó los 250.
Doce meses más tarde, se acercaban a 300 y tenían dos servicios.
El mismo pastor. El mismo edificio. La misma ciudad.
Otra cultura.
Josh había diagnosticado el problema. Había tomado la decisión. Había ejecutado la solución.
Había administrado el resultado.
Sin mí. Y ahí fue cuando lo supe: estaba funcionando.
«PERO YO NO TENGO UN JOSH»
Puede que estés leyendo esto y pensando: Claro, para Ashley es fácil: él tenía a un Josh Greenwood. Yo no tengo un Josh.
Déjame ser claro: yo no encontré al «Josh director ejecutivo» esperando entre bastidores. Encontré a un joven con un gran corazón que tenía potencial.
Cuando empezamos, no estaba listo para dirigir una nación. No estaba listo para administrar un presupuesto de millones de dólares. Si le hubiera entregado las llaves el primer día, no habría funcionado.
No encontré un unicornio; construí un laboratorio.
Josh se convirtió en «el Josh de hoy» porque pasamos años en el proceso de desarrollo. No busques el producto terminado. Busca la materia prima —el carácter, el hambre, la humildad (H.E.A.T.)— y comprométete con el largo trabajo de convertir esa materia prima en un multiplicador.
Si todavía no tienes un «Josh», no estás listo para desplegar. Sigues en la fase de desarrollar. No la apresures.
Esto es lo que la mayoría de los líderes entiende mal sobre soltar:
Creen que libertad significa ningún límite.
No es así.
Libertad significa saber exactamente dónde están los límites.
Piensa en niños en un campo.
¿Sin cerca? Se amontonan cerca de la maestra. Con miedo de explorar. Asustados de lo que hay allá afuera.
¿Construyes una cerca alrededor de ese campo? Corren directo a los bordes.
Trepan árboles. Ruedan por las colinas. Juegan con total abandono.
Porque saben dónde está la cerca.
Eso es lo que le di a Josh.
No una larga lista de reglas. No microgestión. No cadenas interminables de aprobaciones.
Le di una lista corta de cosas que no puede hacer sin mi
aprobación.
¿Todo lo demás? Decisión suya.
¿Recuerdas el Modelo Carver del capítulo 7? Gobierno por excepción.
En vez de decirte lo que debes hacer, te decimos lo que no puedes hacer.
Esta es la lista de Josh:
Las cinco cercas:
1) No puede gastar fuera del presupuesto aprobado por la junta. Debe discutirse y aprobarse como corresponde. ¿Pero dentro del presupuesto? Ejecuta hoy.
2) No puede nombrar pastores de campus, miembros de la junta ni ancianos. Estos cargan autoridad espiritual sobre toda la red y son dominio del pastor principal.
3) No puede cambiar los horarios de servicio ni plantar campus. Esto afecta la coordinación de toda la red. Requiere consulta.
4) No puede violar el ADN. No puedes cambiar el evangelio. No puedes abandonar la misión. No puedes comprometer la integridad financiera.
5) No puede asumir compromisos legales. Propiedades, contratos, derecho laboral: estos requieren revisión legal.
Eso es todo.
Cinco cosas que Josh no puede hacer sin aprobación.
Todo lo demás es suyo para decidir.
¿Una nueva iniciativa ministerial? Decisión suya. ¿Contratar personal? Decisión suya. ¿Reestructurar el equipo? Decisión suya. ¿Cambiar aspectos del estilo de adoración que no alteran nuestro ADN? Decisión suya.
Esto crea velocidad.
Porque Josh no tiene que esperar a que yo responda un correo desde 16 000 kilómetros de distancia.
Ve la oportunidad. Toma la decisión. Ejecuta hoy.
Hay una diferencia entre el sacrificio que te drena y el sacrificio
que te alimenta.
Y esto es lo extraordinario:
En doce años, Josh ha tomado tres campus y los ha multiplicado en ocho.
Jane creó, supervisó y escribió el marco del instituto, pero Josh lanzó el instituto de liderazgo con acreditación gubernamental en Australia.
Está tomando decisiones, y obteniendo grandes resultados.
Eso no es una amenaza para mi ego.
Ese es todo el punto.
Pero déjame ser honesto en algo:
Esto no fue una carga pesada.
Fue una aventura santa.
Y yo estaba —y estoy— profundamente enamorado de ella.
Hay una diferencia entre el sacrificio que te drena y el sacrificio que te alimenta.
Esto fue lo segundo.
Pero no me malinterpretes; también hubo tensión real.
Mi espíritu ardía por la misión. Mi carne tuvo que aprender a ser pequeña otra vez.
Yo sabía que tenía una palabra global que compartir. Pero la estaba compartiendo con cuarenta personas en mi sala.
En Australia, Josh y el equipo administraban lo que habíamos construido. Tenían la plataforma. El personal. Los sistemas. Los recursos.
Iban a conferencias. Lanzaban campus. Bautizaban a cientos. Hacían los grandes eventos.
Los eventos que yo solía liderar personalmente.
Mientras tanto, yo estaba en Estados Unidos haciendo montaje y desmontaje cada domingo.
Setenta personas en la iglesia.
Luego 150.
Luego 500.
Pasé de hablarles a miles de personas cada fin de semana a hablarles a 200.
Tuve que aprender sistemas nuevos desde cero. Trabajando codo a codo con un equipo diminuto que era básicamente mi familia.
Perdí mi perfil público. Mi influencia.
¿Y mi carne?
Mi carne extrañaba el impulso. El reconocimiento. Las grandes victorias.
Pero esto es lo que quiero que entiendas:
Yo elegí esto.
No porque tuviera que hacerlo.
Porque quería hacerlo.
Esta era la tarea que Dios me dio. Y yo estaba enamorado de ella.
Sí, mi carne luchaba. Pero mi espíritu estaba vivo.
Hubo momentos —años, incluso— en los que lloré lo que
había dejado atrás.
Pero era un duelo mezclado con gozo.
Porque sabía que lo que estaba construyendo me sobreviviría por siglos.
Todo eso ya quedó atrás. Pero fue parte del proceso de morir a uno mismo para dar vida a algo más grande.
Y no lo cambiaría por nada.
¿Después de doce años de desgaste? Australia: ocho campus, prósperos, multiplicándose, liderados por Josh y el equipo que desarrollé. Estados Unidos: seis campus, creciendo, establecidos, una base de envío para Norteamérica. Global: veintiún campus en cuatro países. Y esto es lo más extraordinario: ya no me necesitan en Australia en el día a día. Josh dirige la operación australiana. Toma las decisiones. Lidera el equipo. Multiplica líderes. Así se ve exactamente la multiplicación.
EL ESTUDIO BÍBLICO QUE CAMBIÓ MI LÍNEA DE TIEMPO
Una mañana estaba sentado en mi estudio haciendo lo que he hecho durante cuarenta
años: escarbar en la Escritura.
Estaba metido de lleno en una investigación sobre el tabernáculo de reunión y el tabernáculo de David. Comparando los dos. Buscando patrones. Buscando principios que pudiera aplicar a la multiplicación.
Entonces lo vi.
Cuatrocientos años.
El número saltó de la página.
No una vez. No dos. Varias veces.
Agarré mi concordancia y empecé a rastrearlo:
Israel en Egipto: 400 años de esclavitud antes de que Moisés los sacara.
Del tabernáculo al templo: Aproximadamente 400 años entre el tabernáculo de David y el templo de Salomón.
Los años silenciosos: 400 años entre la última profecía de Malaquías y el nacimiento de Jesús.
El surgimiento de la iglesia: Alrededor de 400 años desde Jesús hasta que la iglesia se convirtió en la influencia espiritual dominante del mundo conocido.
Me recosté en la silla.
Esto no era casualidad. Podía ver un patrón.
Dios no trabaja solo en periodos de vidas humanas.
Trabaja en épocas.
Y entonces el Espíritu Santo me hizo una pregunta que me persigue desde entonces: ¿Y si tomaras decisiones con un lente de 300 a 400 años?
La mayoría de los líderes piensa en tramos de treinta años.
Planean para su vida. Tal vez para la vida de sus hijos. En el mejor de los casos, una generación adelante.
¿Pero si piensas en ciclos de 300 o 400 años?
Todo cambia.
Tus decisiones se vuelven más cuidadosas. Porque ya no solo preguntas: ¿Funcionará esto para mí? Preguntas: ¿Bendecirá esto a mis tataranietos?
Tu gobierno se vuelve más flexible. Porque sabes que el mundo de 2426 será radicalmente distinto al de 2026. Los métodos cambiarán. La cultura cambiará. La tecnología cambiará.
Pero la visión no puede cambiar. El evangelio no puede cambiar. El ADN no puede cambiar.
Así que construyes un gobierno que permita a la iglesia adaptarse al mundo en que viva la siguiente generación, sin abandonar la misión que Dios te dio.
Dejas de construir para ti y empiezas a construir para la eternidad.
Futures Church tiene 104 años.
Estamos en la cima de nuestro primer siglo.
Pero un siglo es solo el primer cuarto de un ciclo de 400 años.
Si queremos llegar a la marca de los 300 años y más allá, no podemos construir alrededor de mí.
Debemos construir un sistema que sobreviva a cualquier líder individual.
Debemos pensar como piensa Dios. En épocas. En eras. En siglos.
Un reino. No un castillo.
Un movimiento. No un monumento.
Esa es la visión de 400 años.
Y cambia todo sobre cómo lideras hoy.
LA PREGUNTA DE LOS 300 AÑOS
Tengo sesenta y dos años. Me quedan tal vez veinte o treinta buenos años
si me cuido.
¿Pero el movimiento que estamos construyendo?
Ya tiene 104 años.
Y si lo diseñamos bien, estará en su mejor momento dentro de 300
años.
Mucho después de que yo haya muerto.
Mucho después de que Josh haya muerto.
Mucho después de que todos los que leen este libro hayan muerto.
Esa es la visión.
Y no puedes construir algo que dure más de treinta años si tú eres el cuello de botella.
No puedes construir un movimiento de 300 años si depende de que un líder se quede en un lugar para siempre.
Tienes que construir arquitectura.
Sistemas. Estructura. ADN que se transfiere. Líderes que desarrollan líderes que desarrollan líderes.
La unción te pone en marcha.
La infraestructura te lleva a los 300 años.
Por eso estamos trabajando en el lado empresarial para dejar 400 millones de dólares en activos.
Algunos oyen esa cifra y levantan una ceja.
Eso es cuestión de dinero, piensan.
No lo es.
Es cuestión de una plataforma de recursos para las siguientes generaciones.
Se trata de asegurarnos de que, dentro de cincuenta años, cuando los líderes que he entrenado se estén multiplicando en líderes que nunca conoceré, tengan los recursos para hacer lo que Dios los llame a hacer.
Se trata de construir algo que me sobreviva por siglos.
¿Llegaremos a los 400 millones?
No lo sé.
Pero con la ayuda de Dios, creo que nos acercaremos.
Tal vez incluso los superemos.
Porque eso es lo que pasa cuando dejas de pensar en tramos de treinta años y empiezas a pensar en épocas de 400 años.
LO QUE JOSH ME ENSEÑÓ
Esto es lo que aprendí de soltar a Josh: Cuando tu discípulo te supera en ciertas áreas, eso no es una amenaza. Esa es la victoria.
Josh a veces toma decisiones que a mí no se me habrían ocurrido.
Y también obtiene mejores resultados en ciertas cosas que los que yo habría obtenido.
Es la mayor alegría de mi vida.
Porque no entrené a Josh para que fuera yo.
Entrené a Josh para que fuera la mejor versión de Josh.
Y la mejor versión de Josh es brillante liderando Australia en el terreno.
Esa es la prueba de que mi liderazgo funcionó.
La mayoría de los líderes cree que la etapa 4 del Protocolo 4D significa parar.
Descubrir. Desarrollar. Desplegar. Desprenderse.
Creen que «desprenderse» significa jubilarse. Bajar el ritmo. Salir del juego.
Están equivocados.
Desprenderse de lo local no significa detenerse.
Ahora mismo, en 2026, estoy entrando en esa etapa en nuestro campus de Alpharetta. Sigo predicando. Sigo presente. Pero estoy soltando intencionalmente el día a día al equipo que he desarrollado: las decisiones, las operaciones, los ritmos semanales de liderar una iglesia local.
Porque si no lo hago, me convierto en el techo. El equipo no puede hacerlo suyo del todo mientras yo ande rondando. No pueden construir su propia cultura de liderazgo. No pueden multiplicarse más allá de mí si sigo en la sala para todo.
Ese soltar me libera para enfocarme en lo que solo yo puedo hacer ahora mismo.
No estoy en la etapa 4 para Futures Church Global. Me están redesplegando. Estoy viajando a África, Indonesia, Europa y Sudamérica.
Desarrollando institutos. Plantando campus. Entrenando a la siguiente generación de líderes de multiplicación que llevarán este ADN a naciones que tal vez nunca vuelva a visitar.
Estoy construyendo la arquitectura de las doce tribus en cuatro países: creando sistemas que permiten unidad sin uniformidad, coordinación sin control.
Estoy trabajando en el lado empresarial para construir una infraestructura sostenible.
No me estoy jubilando. No estoy bajando el ritmo. No me estoy desvaneciendo en el fondo.
Me han redesplegado a una tarea más grande.
Esto es lo que necesitas entender:
Cuando te desprendes de una tarea, asciendes a la siguiente.
Elías partió al cielo, y Eliseo recibió una doble porción.
Jesús partió, y la iglesia se multiplicó por toda la tierra.
Pablo partió de su cuerpo, y sus cartas siguen multiplicando discípulos 2000 años después.
Desprenderse de lo local es lo que crea espacio para lo global.
Y esa es la pregunta que necesitas hacerte: ¿A qué tarea local me estoy aferrando que está impidiendo mi despliegue global?
¿Qué estás sosteniendo que Dios te está llamando a soltar para que puedas ascender a lo que sigue?
LA TAREA
Esta semana, hazte estas preguntas:
1) ¿Me estoy quedando demasiado tiempo? ¿Hay una tarea que Dios me llamó a terminar y a la que todavía me aferro?
2) ¿Qué estoy construyendo que depende de mí? Si desapareciera mañana, ¿qué se derrumbaría?
3) ¿A quién he desarrollado que está listo para más? ¿A quién estoy frenando porque no estoy listo para soltarlo?
4) ¿Cuáles son mis «cinco cercas»? ¿Cuáles son las cinco o seis cosas que los líderes bajo mi cargo absolutamente no pueden hacer sin mi aprobación? ¿Todo lo demás? Suéltalo.
5) ¿Estoy pensando en tramos de treinta años o en épocas de 400 años? ¿Estoy construyendo para mi comodidad o para mis tataranietos?
Tienes dos opciones:
Opción 1: Quedarte en lo local para siempre. Sostener la plataforma. Mantener la comodidad. Seguir haciendo lo que siempre has hecho. Morir con tu potencial global todavía encerrado dentro de ti.
Opción 2: Desprenderte para ascender. Terminar tu tarea local. Soltarla a los líderes que has desarrollado. Ascender al impacto global para el que Dios te ha estado preparando. Morir vacío, pero lleno al mismo tiempo. Vacío porque lo has derramado todo. Lleno porque has terminado la carrera de la manera correcta.
La debilidad de un líder senior es quedarse demasiado tiempo en lo local cuando Dios lo está llamando a lo global.
La fortaleza de un multiplicador es saber cuándo desprenderse para poder ascender.
Me he desprendido de lo local para poder liderar lo global.
No estoy ni cerca de jubilarme.
Estoy redesplegado.
Y nunca he estado más vivo.
¿Qué vas a elegir tú?
PUNTOS CLAVE
La ley:
La debilidad de un constructor de movimiento: quedarse demasiado tiempo. Los líderes de movimiento
no fracasan por renunciar demasiado pronto. Fracasan por quedarse demasiado tiempo. Toda
tarea tiene fecha de vencimiento. La misión nunca termina. Pero cada
tarea dentro de esa misión debe terminarse. Si te quedas más allá de la
línea de meta —si sigues presentándote después de que tu tarea está
completa—, no solo dejas de ayudar. Empiezas a hacer daño. Te conviertes en
el cuello de botella de lo mismo que estás tratando de construir. Dejas
de ser fundamento y empiezas a ser techo. Las personas que has
desarrollado no pueden levantarse porque estás parado encima de ellas. La
organización que construiste no puede multiplicarse porque sigues aferrado a
los controles.
El cambio:
Los almirantes comandaban barcos. Luego los ascendían a comandar flotas enteras.
Pero muchos almirantes rechazaron el ascenso. Amaban demasiado su
barco. Conocían a cada tripulante por su nombre. Habían recorrido cada cubierta.
Habían peleado cada batalla desde ese puente. Así que, cuando les ofrecían la oportunidad de
supervisar toda una flota, dijeron que no. Siguieron siendo capitanes. Y la
Armada no pudo ascenderlos. Desprenderse de lo local es lo que crea
espacio para lo global. Elías partió: Eliseo recibió una doble porción.
Jesús partió: la iglesia se multiplicó por toda la tierra. Pablo
partió: sus cartas siguen multiplicando 2000 años después. ¿A qué tarea
local te estás aferrando que está impidiendo tu despliegue
global?
La auditoría:
¿Me estoy quedando demasiado tiempo? ¿Hay una tarea que Dios me llamó a terminar
y a la que todavía me aferro? ¿Qué estoy construyendo que depende de mí? Si
desapareciera mañana, ¿qué se derrumbaría? ¿A quién he desarrollado
que está listo para más? ¿A quién estoy frenando porque no estoy listo para
soltarlo? ¿Cuáles son mis «cinco cercas», las cinco o seis cosas que
los líderes bajo mi cargo absolutamente no pueden hacer sin mi aprobación? ¿Todo
lo demás? Suéltalo. ¿Estoy pensando en tramos de treinta años o en épocas de 400
años? ¿Estoy construyendo para mi comodidad o para mis
tataranietos? La debilidad de un líder senior es
quedarse demasiado tiempo en lo local cuando Dios lo está llamando a lo global.
Despréndete para ascender.
Capítulo 17
La iglesia de hipoteca neutra
CÓMO CONVERTIR TU MAYOR
PASIVO EN TU MAYOR MULTIPLICADOR
Hemos hablado de visión. De pensar generacionalmente. Por «hipoteca neutra» entendemos la iglesia cuyo edificio paga su propia hipoteca.
De construir algo que te sobreviva.
Pero la visión sin recursos es solo un sueño.
Y aquí es donde se estanca la mayoría de las personas motivadas por la multiplicación.
No por falta de visión. No por falta de líderes.
No por falta de disposición.
Por falta de infraestructura financiera.
Puedes tener la visión para 200 campus. Pero si cada campus drena tus recursos en vez de generarlos, chocarás con un techo mucho antes de alcanzar tu meta.
Este capítulo trata del motor financiero que hace sostenible la multiplicación.
Y empieza por despertar a un gigante dormido.
EL ACTIVO QUE NADIE VE
La mayoría de los líderes no se da cuenta de que está sentada sobre un activo que vale millones.
No porque sean tontos. Porque nadie les enseñó a verlo.
Durante generaciones, nos han entrenado a pensar en la mayordomía en una sola dimensión: cómo manejamos los diezmos y las ofrendas.
Sé frugal. Cuida cada centavo. Estira cada dólar.
Eso es buena mayordomía. Pero es una mayordomía incompleta.
¿Y si la mayordomía también significara apalancar tus activos con eficacia? ¿Y si significara hacer que tu mayor activo trabaje para la misión en vez de drenar la misión?
Piénsalo.
Nunca comprarías una propiedad para alquilar y la dejarías vacía.
Nunca comprarías equipos y los dejarías sin usar.
Nunca invertirías en un activo y luego ignorarías su potencial.
Sin embargo, eso es exactamente lo que la mayoría de las iglesias hace con su mayor inversión.
Su edificio.
Recorre cualquier calle de Estados Unidos, de Australia y probablemente de la mayoría de los países entre semana. ¿Qué ves?
Edificios de iglesias vacíos. Puertas cerradas. Ventanas oscuras. Estacionamientos desiertos.
La iglesia es la única entidad en la tierra que espera tener éxito estando plenamente operativa solo un día a la semana.
Piensa en eso.
Admiramos a Chick-fil-A porque gana estando cerrada un día a la semana.
Mientras tanto, la iglesia está cerrada seis días a la semana.
Y nos preguntamos por qué tenemos dificultades financieras. Por qué no crecemos.
Por qué no nos multiplicamos como estamos llamados a hacerlo.
Esta es la matemática brutal.
El mayor activo de una iglesia en términos de dinero es su propiedad. El terreno.
El edificio. Las instalaciones.
Y esa misma propiedad es también el activo menos utilizado de la iglesia.
La mayoría de las iglesias está vacía el 86 por ciento del tiempo.
¿El resultado? La mayoría de las iglesias vive en un estrés financiero perpetuo.
Luchando para pagar la hipoteca. Recortando presupuestos de ministerio.
Sin poder contratar personal. Cojeando cuando deberían estar corriendo a toda velocidad.
Es casi imposible que la mayoría de las iglesias florezca con un modelo de un día a la semana.
El edificio es un gigante dormido.
Y hasta que lo despertemos, seguirá drenando la misión en vez de impulsarla.
Esto debería desafiar a todo líder de iglesia.
Chick-fil-A cierra los domingos. Un día a la semana.
Y está ganando.
Genera más ingresos por restaurante que cualquier otra cadena de comida rápida en Estados Unidos.
A pesar de estar cerrada el 14 por ciento del tiempo.
¿Cómo? Igual que cualquier otro edificio comercial.
Apalancamiento.
Cada metro cuadrado de su edificio está optimizado. Cada sistema está diseñado para el máximo rendimiento.
Cada empleado está entrenado para la eficiencia. Cada hora que están abiertos se aprovecha al máximo.
Ahora dale la vuelta.
La mayoría de las iglesias abre un día a la semana. Cerradas el 86 por ciento del tiempo.
Y están luchando. Luchando financieramente. Con poco personal. Con pocos recursos. Sin poder expandirse. La matemática no miente.
No puedes ganar un juego de multiplicación dejando tu mayor activo dormido seis días de siete.
El edificio tiene que despertar.
LA PRIMERA OBJECIÓN:
«PERO ES UN ESPACIO SAGRADO»
Ahora, sé lo que algunos de ustedes están pensando.
Están incómodos. Algo dentro de ustedes se resiste.
No por la matemática. La matemática es obvia.
Porque en el fondo creen que el edificio es sagrado.
Crees que el edificio de la iglesia es tierra santa. Apartado. Distinto de otros edificios.
Y mezclarlo con el comercio se siente... mal.
Entiendo ese sentimiento. Yo lo tuve durante años.
Pero necesito desafiarte.
Ese sentimiento no es bíblico. Es cultural.
Y es una mentalidad del Antiguo Testamento que el Nuevo Testamento corrige explícitamente.
El templo del Antiguo Testamento
En el Antiguo Testamento, el templo era santo.
El edificio en sí. Las piedras. Los atrios. El mobiliario.
La presencia de Dios habitaba en una ubicación geográfica específica: primero el tabernáculo, luego el templo de Salomón.
Por eso había reglas sobre quién podía entrar a qué atrios. Por eso
había rituales de purificación antes de acercarse. Por eso
Uza murió por tocar el arca.
El espacio era sagrado porque la presencia de Dios estaba localizada ahí.
Si le hubieras preguntado a un israelita «¿dónde habita Dios?», habría señalado el templo.
El edificio era la casa de Dios.
Dios ya no habita en edificios. Habita en ti.
Pero entonces pasó algo.
La cruz.
Cuando Jesús murió, el velo del templo se rasgó de arriba abajo (Mateo 27:51).
Piensa en lo que eso significa.
El velo separaba el Lugar Santísimo —donde habitaba la presencia de Dios— de todo lo demás.
Solo el sumo sacerdote podía entrar, y solo una vez al año.
Ese velo se rasgó. No de abajo hacia arriba, como por manos humanas.
De arriba abajo. Por Dios mismo.
La barrera entre Dios y la humanidad fue destruida.
La presencia localizada fue desatada.
Y en el Nuevo Testamento, el lenguaje del templo cambia por completo.
Pablo les escribe a los corintios:
«¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros?» (1 Corintios 6:19).
Léelo con atención.
Tu cuerpo es el templo. No un edificio. Tú.
Y colectivamente:
«¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?» (1 Corintios 3:16).
Pedro llama a los creyentes «piedras vivas» que son edificadas como «casa espiritual» (1 Pedro 2:5).
El templo ya no es un edificio.
Tú eres el templo. Nosotros somos el templo.
El espacio sagrado no es la estructura. Es la gente.
Dios ya no habita en edificios. Habita en ti.
El problema lógico
Aquí es donde la mentalidad tradicional se desmorona por completo.
Si crees que el edificio de la iglesia es un espacio sagrado —tierra santa que no se puede mezclar con actividad secular—, entonces tienes un problema enorme.
¿Qué pasa con la iglesia plantada que se reúne en la cafetería de una secundaria?
¿Qué pasa con la congregación que alquila una bodega? ¿Un cine? ¿Un centro comunitario?
Si el edificio tiene que ser sagrado para que ocurra la verdadera adoración, entonces toda iglesia que se reúne en un espacio secular alquilado no es realmente una iglesia. Piensa en eso.
Ese auditorio escolar fue sede de un evento deportivo el viernes por la noche. Los adolescentes bailaban música pop. El equipo de básquetbol hacía ejercicios.
¿Pero el domingo por la mañana, de pronto es lo bastante santo para la Santa Cena?
Ese cine proyectó películas para adultos toda la semana. Palomitas en el piso. Entretenimiento secular en la pantalla.
¿Pero ahora es espacio sagrado para bautismos?
Esa bodega almacenó inventario el jueves.
¿Pero el domingo es tierra santa para la adoración?
Ya ves el problema.
Si te tomas en serio la visión del «edificio sagrado», tienes que concluir que miles de iglesias plantadas e iglesias portátiles en todo el mundo no son legítimas.
Están adorando en espacios profanos.
No tienen iglesia «de verdad» porque no tienen un edificio de iglesia «de verdad».
Nadie cree eso realmente.
Lo cual significa que nadie cree realmente que el edificio sea lo que hace sagrada la adoración.
Simplemente no lo han pensado a fondo.
Así que seamos honestos sobre lo que realmente está pasando.
Cuando alguien objeta la actividad comercial en un edificio de iglesia, no está haciendo un argumento bíblico.
Está haciendo uno emocional.
Ha confundido familiaridad con santidad.
Ha confundido tradición con teología.
El edificio de la iglesia se siente sagrado porque ahí es donde siempre han adorado.
Las bancas se sienten santas porque la abuela se sentaba en ellas.
El santuario se siente apartado por los recuerdos que se vivieron ahí.
Esos sentimientos son válidos. No los estoy descartando.
Pero los sentimientos no son teología.
El Nuevo Testamento es clarísimo:
El edificio no es el templo. Tú lo eres.
Lo cual significa que el edificio es una herramienta.
Y las herramientas existen para servir a la misión.
Un martillo guardado en una caja de herramientas no está siendo honrado. Está siendo desperdiciado.
Un edificio vacío seis días a la semana no se está manteniendo sagrado.
Se está desperdiciando.
Una vez que captas este cambio —de edificio sagrado a pueblo sagrado—, todo cambia.
Eres libre de preguntar: ¿cómo puede este edificio servir mejor a la misión?
Eres libre de arrendar espacio sin culpa.
Eres libre de albergar comercio sin transigir.
Eres libre de activar tu mayor activo para el Reino.
Porque la santidad no reside en los ladrillos.
Reside en ti.
El edificio es solo un edificio.
Una herramienta. Un recurso. Un activo.
Haz que trabaje para la misión.
LA SEGUNDA OBJECIÓN: «PERO JESÚS ECHÓ A LOS CAMBISTAS»
Está bien, ¿pero qué hay de Jesús?
Volcó mesas. Echó a los cambistas. Hizo un azote (Mateo 21:12-13; Marcos 11:15-17; Lucas 19:45-46; Juan 2:14-16). ¿No demuestra eso que los negocios en los edificios de iglesia están mal?
No.
Y puedo demostrarlo con la Escritura.
Moisés mandó el comercio en el templo
La mayoría no lo sabe, pero Dios mismo estableció el comercio como parte del sistema de adoración del templo.
Deuteronomio 14:24-26:
*Y si el camino fuere tan largo que no puedas llevarlo, por estar lejos de ti el lugar que
Jehová tu Dios hubiere escogido para poner en él su nombre, cuando Jehová tu Dios
te bendijere, entonces lo venderás y guardarás el dinero en tu mano, y vendrás al lugar
que Jehová tu Dios escogiere; y darás el dinero por todo lo que deseas, por
vacas, por ovejas, por vino, por sidra, o por cualquier cosa
que tú deseares.*
Léelo con atención.
Dios mandó un sistema en el que la gente vendería sus bienes en casa, viajaría con dinero y compraría animales y ofrendas en el templo.
Esto fue acomodación divina.
Dios sabía que la gente que viajaba desde regiones lejanas no podía traer ganado a lo largo de cientos de kilómetros.
Así que incorporó el comercio al sistema de adoración.
La compra y venta de animales para el sacrificio no fue una invención humana que se coló en el templo.
Fue idea de Dios.
Mandada por Moisés. Sostenida durante siglos. Parte del sistema de adoración que Dios mismo diseñó.
Así que, cuando ves a Jesús volcando mesas, tienes que hacer una pregunta mejor que «¿estaba en contra del comercio?».
La pregunta es esta: «¿Contra qué estaba específicamente?».
Lo que Jesús realmente condenó
Cuando Jesús limpió el templo, citó Jeremías 7:11:
«La habéis hecho cueva de ladrones» (Jeremías 7:11, paráfrasis del autor).
La mayoría oye «cueva de ladrones» y piensa: El templo se había convertido en un lugar donde ocurrían robos. Eso no es lo que significa la frase.
Piensa en lo que es una cueva de ladrones.
Los ladrones no cometen sus crímenes en la cueva.
La cueva es adonde van después de cometer sus crímenes: a esconderse, a sentirse seguros, a repartirse el botín, a escapar de rendir cuentas.
Una cueva es un escondite. Un refugio.
Jesús no estaba diciendo: «Están robando a la gente en el templo».
Estaba diciendo: «Están robando a la gente en todas partes, y luego corren al templo para sentirse religiosamente seguros».
Explotaban toda la semana. Luego se presentaban actuando piadosamente.
Este es el detalle clave: las operaciones comerciales ocurrían en el atrio de los gentiles —el atrio exterior, separado de los atrios interiores sagrados—, de modo que podían explotar a los adoradores en la zona comercial y luego entrar a los atrios interiores a sentarse como judíos piadosos, con las manos supuestamente limpias.
Eso es lo que Jesús estaba condenando.
LA CORRUPCIÓN QUE JESÚS EXPUSO
Esto es lo que pasaba en los días de Jesús.
Las operaciones comerciales del templo habían sido tomadas por la familia de Anás, el sumo sacerdote.
Y habían convertido la provisión de Dios en un monopolio depredador.
La estafa funcionaba así:
La gente traía sus propios animales para el sacrificio: animales que habían criado, inspeccionado y sabían que eran sin defecto.
Pero solo Anás y sus representantes estaban autorizados a certificar si un animal era lo bastante «puro» para el sacrificio.
Y rechazaban rutinariamente animales perfectamente buenos.
¿Por qué?
Para que los adoradores se vieran obligados a comprar animales «preaprobados» en los bazares de Anás, a precios enormemente inflados.
Los registros históricos nos dicen que un par de palomas —el sacrificio de los pobres— a veces costaba un denario de oro.
Eso es de diez a veinte veces su valor justo de mercado.
Los cambistas también estaban en el negocio. El impuesto del templo tenía que pagarse en siclos de Tiro, así que cualquiera con moneda romana o extranjera tenía que cambiarla.
Las comisiones de cambio eran exorbitantes.
El sistema que Moisés estableció —un sistema de provisión para adoradores lejanos— se había convertido en un sistema de explotación dirigido por élites religiosas.
Eso es lo que Jesús echó con un azote.
Dios mandó el comercio en el templo. Jesús condenó la corrupción de
ese comercio.
Así que seamos claros.
Jesús no estaba en contra de:
» El comercio conectado con la adoración (Moisés lo mandó)
» Proveer servicios que ayuden a la gente a adorar
» Usar edificios para propósitos alineados con la misión » La generación
de ingresos que sirviera al Reino. Jesús sí estaba en contra de:
» La explotación de los adoradores
» La codicia disfrazada de servicio religioso
» Los líderes religiosos que roban a los vulnerables y se esconden detrás de su
posición
» Los sistemas diseñados para enriquecer a los de adentro a costa de los de afuera. El
problema era el motivo, no el método.
El problema era la explotación, no la empresa.
El problema era la corrupción, no el comercio.
Dios mandó el comercio en el templo. Jesús condenó la corrupción de ese comercio.
Hay una diferencia enorme.
LA REVELACIÓN DE LA HIPOTECA NEUTRA
Esta corrección teológica lo cambió todo para mí.
Durante años, yo había aceptado la suposición de que los edificios de iglesia debían ser espacios sagrados intocados por el comercio.
Pero esa suposición no era bíblica. Era cultural.
Y nos estaba manteniendo ahogados financieramente.
Así que hice una pregunta distinta:
¿Y si el edificio se pagara solo?
¿Y si, en vez de que la congregación luchara para cubrir una hipoteca, el edificio generara suficientes ingresos para cubrir su propio costo?
Imagina no darle tanto dinero a un banco cada mes.
Imagina redirigir esos fondos a la misión real: alcanzar personas, desarrollar líderes, plantar iglesias.
Imagina poder plantar un nuevo campus y armar un equipo completo desde el principio, en vez de funcionar durante años con equipos mínimos.
Imagina que el edificio se convierta en un motor de multiplicación en vez de un ancla que te hunde.
Esto no es una fantasía.
Esto es exactamente lo que hemos hecho en Futures Church.
En uno de nuestros campus, arrendamos el edificio entre semana a una organización que lo usa de lunes a viernes.
Guardería. Espacio de coworking. Eventos.
La combinación del contrato de arrendamiento principal y el subarriendo genera suficientes ingresos para cubrir el 100 por ciento de nuestra hipoteca.
Léelo otra vez.
El cien por ciento.
El edificio se paga solo.
Cada dólar que antes iba al banco ahora va a la misión.
Más personal. Más alcance.
Más iglesias plantadas. Más impacto.
Pero no nos detuvimos ahí.
Preguntamos: ¿y si pudiéramos pasar de hipoteca neutra a hipoteca positiva?
¿Y si el edificio no solo cubriera sus costos, sino que generara un excedente para la misión?
Nuestros modelos financieros proyectan que, en cuatro años, uno de nuestros edificios producirá aproximadamente 700 000 dólares de ingreso neto al año, por encima de la hipoteca.
Eso no es solo cubrir los costos.
Eso es el edificio financiando la misión.
El gigante dormido despertó.
Y ahora es uno de nuestros mayores multiplicadores.
Pero no necesitas unas instalaciones enormes para que esto funcione. Déjame contarte
sobre Andy.
El héroe anónimo: la innovación de una iglesia pequeña
Andy es uno de nuestros pastores de campus. Su congregación tiene unas 300 personas un domingo por la mañana. No es una megaiglesia.
No tiene millones en activos. Solo un pastor fiel liderando una iglesia fiel.
Hace algunos años, después de ser desafiado a multiplicarse o morir, Andy empezó a orar y a pedirle a Dios una oportunidad.
A lo largo de meses de desaprender y reaprender los principios de mayordomía y multiplicación, tuvo una idea.
Durante años, había visto a su vecino montar un enorme espectáculo de luces navideñas.
Cada diciembre, miles de autos inundaban la calle. La mayoría de los pastores se habría molestado por el tráfico, el ruido, el caos.
Andy vio una oportunidad.
En vez de quejarse, decidió acercarse a su vecino y construir una relación.
A lo largo de un año, hablaron bastantes veces. Se conocieron. Construyeron confianza.
En una de esas conversaciones, salió el tema de los miles de autos.
Ahí se formó la idea.
¿Y si la iglesia cobrara a los autos por estacionarse en el estacionamiento de la iglesia durante diciembre?
¿Y si el vecino —agradecido por la alianza y por la solución al desborde de estacionamiento— donara una parte a la iglesia?
En 2025, ese vecino donó 56 000 dólares a la iglesia.
Eso cubrió toda su hipoteca del año.
Léelo otra vez.
Una iglesia de 300 personas. Un vecino con luces navideñas. Un estacionamiento que estaba vacío.
Una relación construida a base de café y conversaciones.
¿El resultado? Hipoteca neutra.
Andy no necesitó una guardería comercial. No necesitó una clínica médica. No necesitó millones en activos.
Necesitó ojos para ver lo que ya tenía delante.
Necesitó el valor para construir una relación en vez de construir un muro.
Necesitó una mentalidad de multiplicación que preguntara: ¿qué tengo que está dormido?
El campus de Andy es un héroe anónimo de la iglesia de hipoteca neutra. Y
su historia demuestra que el principio funciona a cualquier escala.
EL MODELO DEL ARRENDADOR
Ahora, déjame contarte exactamente cómo estructuramos esto.
Porque hay una manera correcta y una manera incorrecta.
La manera incorrecta, en mi opinión, es empezar a dirigir negocios tú mismo.
He visto iglesias intentar abrir cafeterías, gimnasios, librerías, y pastorear la iglesia al mismo tiempo.
No funciona.
¿Por qué?
Porque dirigir un negocio te quita la atención del juego principal.
No entraste al ministerio para administrar inventario, contratar baristas, lidiar con proveedores y rastrear márgenes de ganancia en los cafés con leche.
Cada hora que pasas dirigiendo una cafetería es una hora que no pasas desarrollando líderes, predicando la Palabra y multiplicando el movimiento.
El negocio en sí se convierte en una distracción. Un drenaje. Un vampiro de energía.
Y esto es lo peor: la mayoría de los pastores no está entrenada para dirigir negocios.
Así que el negocio tiene dificultades, pierde dinero, y ahora tienes dos problemas en vez de uno.
No lo hagas.
Este es nuestro modelo:
Queremos ser el arrendador, no el dueño del negocio.
Identificamos negocios simbióticos, alineados con la misión, que puedan usar nuestro espacio entre semana: guarderías, clínicas médicas, centros de consejería, espacios de coworking, cafeterías.
Luego les arrendamos el espacio.
Contratos a largo plazo. Tarifas justas. Acuerdos profesionales.
Ellos dirigen su negocio. Nosotros cobramos el alquiler.
Ellos se encargan del personal, las operaciones, los clientes y el cumplimiento normativo. Nosotros nos enfocamos en la misión.
Ellos traen gente a nuestro campus todos los días. Nosotros ganamos presencia en la comunidad e ingresos estables.
Es simbiótico. Es sostenible. Es inteligente.
No estamos sirviendo tazas de café. No estamos administrando proporciones de guardería. No estamos gestionando facturación médica.
Estamos cobrando alquiler y pastoreando personas. Ese es el modelo.
LOS CRITERIOS DE SELECCIÓN
No todo negocio pertenece a tu edificio.
Buscamos empresas que sean:
Alineadas con la misión. ¿Este negocio sirve a las personas de una manera que honra a Dios? Una clínica de bienestar que trae sanidad. Una guardería que sirve a las familias. Un centro de consejería que restaura matrimonios. Estos se alinean con nuestra misión.
Simbióticas. ¿Este negocio trae a nuestro campus a personas que de otro modo tal vez nunca vendrían?
Cada padre que deja a su hijo en la guardería es una conexión potencial. Cada paciente que visita una clínica ve nuestro campus. El negocio se beneficia de nuestro espacio; nosotros nos beneficiamos de su tráfico.
Y funciona en ambos sentidos: si los miembros de la iglesia necesitan guardería, consejería o servicios de salud, saben exactamente dónde encontrarlos, lo que le da al inquilino una base de clientes incorporada.
Profesionalmente dirigidas. ¿Esta organización es capaz de dirigir su operación con excelencia? No estamos en el negocio de sostener empresas que fracasan. Queremos inquilinos que prosperen, paguen a tiempo y representen bien nuestro campus.
Orientadas al largo plazo. ¿Buscan un hogar estable a largo plazo? Estructuramos contratos por periodos extensos. Esto nos da ingresos predecibles y a ellos les da seguridad. Los alquileres a corto plazo crean dolores de cabeza administrativos y volatilidad en los ingresos.
No estás aprendiendo un negocio nuevo: estás monetizando un conjunto de habilidades
que ya tienes.
Sin embargo, hay un negocio que sí dirigimos nosotros mismos: nuestro centro de eventos.
¿Por qué?
Porque la mayoría de las iglesias ya es experta en eventos.
Realizas servicios cada semana. Organizas conferencias. Coordinas bodas y funerales.
Administras voluntarios, sistemas de sonido, escenografía y hospitalidad.
Ya tienes la competencia.
Un centro de eventos es una extensión natural de lo que ya haces.
No estás aprendiendo un negocio nuevo: estás monetizando un conjunto de habilidades que ya tienes.
Así que mantenemos los eventos dentro de casa. Alquilamos nuestras instalaciones para bodas, eventos corporativos, reuniones comunitarias y conferencias.
Y parte de nuestra meta con este modelo es que, a través del centro de eventos, podamos contratar a nuestro propio personal de producción, que sirve en los eventos, recibe su pago y luego sirve como voluntario el domingo, de modo que, por pequeño que sea el campus, la producción pueda ser de primer nivel.
Esta es la única área donde ser el operador tiene sentido, porque la curva de aprendizaje es mínima y los márgenes pueden ser significativos.
¿Todo lo demás? Somos el arrendador.
Puedo oír a algunos de ustedes gritándole a esta página ahora mismo:
«Esto está muy bien para las iglesias ricas. Pero yo no tengo edificio. Alquilo un gimnasio de secundaria. Alquilo un local en una bodega. No tengo millones en activos que apalancar. Apenas estoy tratando de pagar el alquiler». Te oigo. Y quiero desafiarte.
Estás pensando como inquilino. Necesitas pensar como mayordomo.
El principio de la iglesia de hipoteca neutra no se trata de bienes raíces. Se trata de apalancamiento.
Se trata de negarte a dejar que cualquier activo quede dormido.
Si estás alquilando, no puedes ser arrendador de un edificio.
Pero puedes ser arrendador de capacidad.
Así es como empiezas el camino hacia la hipoteca neutra antes de ser dueño de un solo ladrillo.
La oficina de 168 horas
Si alquilas un local comercial o una unidad industrial para tus oficinas, tienes la posesión las 24 horas, los 7 días (168 horas a la semana).
¿Cuántas horas la estás usando realmente? ¿Cuarenta? ¿Cincuenta? Eso deja más de cien horas de capacidad dormida.
Convierte tu vestíbulo o tu sala de juntas en un espacio de coworking para los trabajadores remotos de tu congregación.
Si diez personas pagan una pequeña membresía mensual para trabajar desde tu «centro» en vez de una cafetería, acabas de cubrir tu cuenta de servicios.
El arriendo de equipos
Mira tu cabina de sonido. Tus cámaras. Tu sistema de iluminación.
Para la mayoría de las iglesias plantadas, eso es entre 50 000 y 100 000 dólares en equipos guardados en cajas de transporte seis días a la semana.
Es un activo que se deprecia mientras duerme. Encuentra a un videógrafo o una productora local de confianza. Arriéndales tu equipo entre semana.
Tu equipo paga sus propias actualizaciones.
El giro del estacionamiento
Si alquilas unas instalaciones que incluyen espacios de estacionamiento cerca de un centro de transporte, un estadio o un distrito de negocios, estás sentado sobre oro.
Arrienda tus espacios de estacionamiento entre semana a quienes viajan al trabajo. O arrienda una esquina del lote a un food truck que necesite una ubicación fija.
El asfalto paga el alquiler.
EL PRINCIPIO DEL TABERNÁCULO
Antes de que Israel tuviera un templo, tenía un tabernáculo. Era una tienda.
Era portátil.
Estaba en terreno prestado. Pero aun así era el centro del campamento.
No esperes a tener un templo para aplicar los principios de mayordomía.
Si no puedes monetizar el gimnasio, monetiza el equipo. Si no puedes arrendar el edificio, arrienda las horas.
Demuestra que puedes ser fiel con lo alquilado, y Dios te confiará la escritura.
Pero antes de firmar un contrato o renovar un edificio, debes entender tu contexto local.
En algunas ciudades, las leyes de zonificación separan estrictamente el «uso religioso» del «uso comercial».
Lo que funcionó en nuestro entorno regulatorio específico podría ser ilegal en el tuyo sin un cambio de zonificación.
No te saltes la debida diligencia en nombre de la fe.
Dicho esto, la zonificación se puede cambiar, pero tendrás que pasar por el proceso correspondiente y demostrar cómo beneficiará esto a la comunidad.
Para las iglesias en Estados Unidos: la ley federal de Uso Religioso de la Tierra y Personas Institucionalizadas (RLUIPA) prohíbe las leyes de zonificación que discriminen a las iglesias o traten a las asambleas religiosas en condiciones menos favorables que a las instituciones no religiosas. Conoce tus derechos antes de dar por hecho que una puerta está cerrada.
LAS TRES ETAPAS DE LA ACTIVACIÓN DE ACTIVOS
No tienes que empezar con una guardería comercial a gran escala. Empieza
donde estás.
Fase 1: La fruta al alcance de la mano. ¿Puedes alquilar tu estacionamiento a un negocio cercano entre semana?
¿Puedes organizar bodas o funerales? ¿Puedes alquilar el auditorio para una reunión de la asociación de vecinos?
Estos suelen requerir permisos mínimos y ponen en marcha el flujo de ingresos.
Fase 2: El espacio compartido. ¿Puedes convertir tu vestíbulo en un espacio de coworking para trabajadores remotos?
¿Puede un centro de consejería sin fines de lucro usar tus oficinas entre semana?
Esto te acerca a la alianza sin la complejidad de un gran inquilino comercial.
Fase 3: El ancla comercial. Esta es la meta: un contrato a largo plazo con una guardería, una escuela o una clínica.
Esto requiere trabajo legal y de zonificación, pero ofrece el mayor rendimiento.
No menosprecies el día de las pequeñeces. Una mentalidad de hipoteca neutra empieza por monetizar lo que puedas, ahora mismo.
LA ESTRUCTURA DE LOS CONTRATOS
No intentamos exprimirles hasta el último dólar a nuestros inquilinos.
Eso es pensamiento a corto plazo.
En cambio, estructuramos los contratos con las mejores tarifas posibles durante periodos largos.
¿Por qué?
Porque queremos socios, no víctimas.
Los precios justos construyen alianzas sostenibles.
Queremos negocios que prosperen en nuestro campus durante años, incluso décadas.
Queremos que tengan éxito, crezcan y se vuelvan parte del tejido de nuestra comunidad.
Si les cobramos un alquiler abusivo, tendrán dificultades, nos guardarán resentimiento y se irán.
Y volvemos al punto de partida, buscando nuevos inquilinos.
Pero si ofrecemos tarifas justas y estabilidad a largo plazo, se quedarán.
Recomendarán a otros. Se convertirán en defensores de nuestro campus.
Los precios justos construyen alianzas sostenibles.
Las alianzas sostenibles construyen reducción de hipoteca, hipoteca neutra o hipoteca positiva.
Y eso construye multiplicación.
LOS TRES NIVELES
Nivel 1: Reducción de hipoteca. Empieza aquí. Cualquier ingreso que reduzca
la carga de tu hipoteca libera recursos para la misión.
Nivel 2: Hipoteca neutra. El punto ideal. El edificio cubre sus propios costos por completo.
Cada dólar de los diezmos va a la misión, no a la hipoteca.
Nivel 3: Hipoteca positiva. El edificio genera un excedente de ingresos más allá de sus costos. El edificio financia la misión.
No tienes que lograr la hipoteca neutra de la noche a la mañana. Empieza con un inquilino. Un contrato. Una fuente de ingresos.
Avanza hacia la meta.
Esto es lo que la iglesia de hipoteca neutra hace posible:
La iglesia vuelve a ser el centro de la sociedad.
Durante siglos, la iglesia fue el centro de la comunidad. La gente iba ahí para todo. Educación. Salud. Comercio.
Reunión comunitaria.
Luego nos replegamos.
Nos convertimos en una institución solo de domingos. Puertas cerradas. Estacionamientos vacíos. Invisibles para la comunidad seis días a la semana.
El modelo de hipoteca neutra revierte eso.
Cuando tu edificio alberga una guardería, una clínica, un espacio de coworking, hay gente en tu campus todos los días.
Ven la iglesia. Experimentan la hospitalidad. Conocen a miembros de la iglesia. Hacen preguntas.
El edificio se convierte en un punto de contacto con tu comunidad los siete días de la semana.
No solo un lugar donde ocurre la adoración el domingo.
Sino un centro donde la vida ocurre todos los días.
Tu edificio es un motor o un ancla.
O está financiando la misión o la está drenando.
O está abierto a la comunidad o cerrado a la oportunidad.
El gigante dormido está esperando a que lo despierten.
No dejes que tu edificio esté vacío seis días a la semana.
No dejes que tu mayor activo se convierta en tu carga más pesada.
No dejes que el modelo de un día a la semana limite tu misión.
Esta semana, haz una auditoría del edificio.
¿Cuántas horas a la semana se usan tus instalaciones?
Identifica un espacio subutilizado.
Investiga una organización alineada con la misión que pudiera arrendarlo.
Una guardería. Un centro de consejería. Un espacio de coworking. Una clínica médica.
Empieza con un inquilino. Un contrato. Una fuente de ingresos. Recuerda: sé
el arrendador, no el barista.
EN RESUMEN
¿Qué cambiaría si tu edificio redujera significativamente —o
cubriera por completo— su propia hipoteca?
¿Si aunque fuera una parte del dinero que hoy va al banco se liberara para la misión, la multiplicación y la expansión?
La independencia financiera crea libertad para predicar la verdad sin presión para transigir.
Crea capacidad para contratar personal.
Crea recursos para plantar campus.
Crea impulso para la multiplicación.
Tu edificio es tu mayor activo.
No dejes que sea tu mayor pasivo.
Activa a tu gigante dormido. Multiplícate o muere.
PUNTOS CLAVE
La ley:
La visión sin recursos es solo un sueño. La mayoría de las personas
motivadas por la multiplicación se estanca no por falta de visión,
de líderes ni de disposición, sino por falta de infraestructura
financiera. Puedes tener visión para 200 campus, pero si cada
campus drena recursos en vez de generarlos, chocarás con un
techo. La iglesia es la única entidad en la tierra que espera
tener éxito estando plenamente operativa solo un día a la semana. El
mayor activo de la iglesia en términos de dinero es su propiedad. Y esa misma
propiedad es también el activo menos utilizado de la iglesia. La mayoría de las iglesias está
vacía el 85 por ciento del tiempo. El edificio es un gigante dormido. Hasta
que lo despertemos, seguirá drenando la misión en vez de
impulsarla.
La teología:
La mentalidad del «edificio sagrado» es pensamiento del Antiguo Testamento. En el Nuevo
Testamento, TÚ eres el templo: individual y colectivamente. Dios ya no
habita en edificios. Habita en su pueblo. Si los edificios tuvieran que
ser sagrados para que ocurriera la adoración, entonces toda iglesia que se reúne en una
escuela, bodega o teatro alquilado no sería una iglesia de verdad. Nadie cree
eso. Lo cual significa que nadie cree realmente que el edificio sea lo que hace
sagrada la adoración. El edificio es una herramienta. Las herramientas sirven a la misión. Jesús
no condenó el comercio en el templo: Moisés lo mandó. Jesús
condenó la corrupción de ese comercio: la explotación, la codicia y
los líderes religiosos que robaban a los vulnerables.
El cambio:
Chick-fil-A cierra los domingos —un día a la semana— y está
ganando. Más ingresos por restaurante que cualquier otra cadena de comida rápida.
A pesar de estar cerrada el 14 por ciento del tiempo. ¿Cómo? Apalancamiento. Cada
metro cuadrado optimizado. Cada sistema diseñado para el máximo rendimiento. La
iglesia abre un día a la semana y espera florecer. Es casi
imposible. El modelo de hipoteca neutra: genera suficientes ingresos con
tu propiedad para cubrir —o reducir significativamente— la hipoteca. Arrienda
el espacio subutilizado a organizaciones alineadas con la misión. Guarderías.
Centros de consejería. Espacios de coworking. Clínicas médicas. Convierte tu
mayor pasivo en tu mayor multiplicador. Sé el arrendador, no
el barista.
La auditoría:
¿Cuántas horas a la semana se usan tus instalaciones? Identifica un
espacio subutilizado. Investiga una organización alineada con la misión
que pudiera arrendarlo. Tu edificio es un motor o un ancla.
O financia la misión o la drena. ¿Qué cambiaría si
tu edificio redujera significativamente —o cubriera por completo— su propia
hipoteca? ¿Si el dinero que hoy va al banco se liberara para la misión,
la multiplicación, la expansión? La independencia financiera crea libertad para
predicar la verdad sin presión para transigir. Crea capacidad para contratar
personal. Crea recursos para plantar campus. Crea impulso para
la multiplicación. Tu edificio es tu mayor activo.
No dejes que sea tu mayor pasivo.
Activa a tu gigante dormido.
Capítulo 18
La iglesia sin fronteras
POR QUÉ LO LOCAL NO ES SUFICIENTE
Antes de ir más lejos en la arquitectura de una iglesia sin
fronteras, necesito abordar un temor que sé que algunos de ustedes pueden estar sintiendo
ahora mismo. Cuando hablo de romper techos, distribuir
autoridad y expandirse a través de fronteras, algunos dan por hecho que soy
antidenominacional. Piensan que construir globalmente significa irse por su cuenta,
abandonar tu cobertura y construir una isla independiente.
Déjame ser clarísimo: no estoy en contra de las denominaciones.
Creo profundamente en la necesidad de pertenecer a una familia espiritual. Futures Church es, con orgullo, parte de una familia denominacional: las ACC en Australia y la GSJA en Indonesia. No creo en huérfanos construyendo reinos; necesitamos la cobertura, la rendición de cuentas y la herencia compartida que una denominación provee. No estoy en contra de las denominaciones; estoy en contra del estancamiento.
Hace doce años, me senté con el presidente de las ACC y le compartí una convicción que todavía arde en mí hoy. Le dije que si nuestra denominación abrazara y empoderara plenamente, de una manera más grande, a iglesias grandes y en multiplicación como Futures, la tienda se ensancharía exponencialmente. Lo miré y le dije: «Si cambiamos nuestra manera de pensar y les damos a los multiplicadores espacio para expandirse, no seremos solo un movimiento de iglesias pequeñas; nos convertiremos en un movimiento de movimientos».
Esa es mi oración por ti. No tienes que abandonar a tu familia espiritual para construir una iglesia sin fronteras que se multiplique. Una denominación nunca fue pensada para ser una jaula que restringe tu crecimiento; fue diseñada para ser una plataforma de lanzamiento que lo acelera. Cuando una familia denominacional empodera a sus hijos e hijas para construir algo enorme, toda la familia gana.
EL FIN DEL PENSAMIENTO TERRITORIAL
Durante 2000 años, hemos pensado en la iglesia en términos de geografía.
Mi iglesia está en Atlanta. Mi iglesia está en Sídney. Mi iglesia está en Singapur.
Hemos trazado líneas en los mapas, plantado banderas en ciudades, construido reinos en territorios, y nos hemos perdido por completo lo que Dios está construyendo.
Porque Dios no piensa en códigos postales. Él piensa en generaciones. En naciones. En movimientos que sobreviven a los fundadores y trascienden fronteras.
El odre viejo susurra: construye tu iglesia. Protege tu territorio. Cuida a tu gente.
El odre nuevo ruge: construye una sola iglesia con una huella más amplia que se multiplique a través de ciudades, regiones e incluso continentes.
No una nueva denominación. No solo una red. Una sola iglesia operando en múltiples ubicaciones con ADN compartido, gobierno compartido, recursos compartidos y una visión compartida que se niega a morir cuando tú mueres.
Esta es la iglesia sin fronteras.
Y esta es la historia de cómo Dios la construyó, pieza por pieza, confirmación por confirmación, a lo largo de casi una década antes de que pisáramos suelo estadounidense.
LA CONVERGENCIA: 2003-2006
Ya conoces parte de esta historia, pero hay algunos detalles adicionales
que necesito compartir contigo para darte el panorama completo.
Varias cosas convergieron a la vez, como ríos que fluyen juntos para crear una ola de impulso.
Nuestra iglesia se había vuelto muy conocida en Adelaida. Uno de nuestros cantantes, Guy Sebastian, ganó la primera temporada de Australian Idol, y de repente nuestra iglesia estaba en el radar de todos. Habíamos fundado un partido político que llevó a mi padre al Senado. Nuestro reconocimiento de marca había subido.
Entonces hicimos una encuesta que nos impactó.
¿Desde qué distancia manejaba la gente para asistir a nuestra iglesia?
La respuesta: el 90 por ciento venía de un radio de veinte minutos en auto.
Nos veíamos a nosotros mismos como la iglesia de la ciudad. Pero en realidad éramos la iglesia de un radio de veinte minutos.
Uno de mis amigos cercanos, Darryn Kennealy —lobista y mi pastor de medios—, había estado empujándome a pensar más en grande. «No eres solo el pastor de nuestra iglesia», me decía, «eres el pastor de la ciudad».
El modelo multisede apenas estaba emergiendo a nivel global. Las iglesias empezaban a pensar más allá de una sola ubicación. Y Dios empezó a moldear algo en mi espíritu.
Si ustedes no van a venir a nosotros, nosotros vamos a ir a ustedes.
Fue entonces cuando ocurrió la primera plantación en el centro de nuestra ciudad. Luego, milagrosamente, nos ofrecieron una iglesia en el norte de Adelaida: lo que se convirtió en nuestro campus de Salisbury.
Tres campus. Una ciudad. La iglesia sin fronteras estaba empezando. Pero Dios
no había terminado. Apenas estaba empezando.
EL SUSURRO IMPOSIBLE: 2006
Para 2006, había perdido la cuenta de cuántas veces había volado a Estados Unidos a
predicar. Se sentía como mi quincuagésimo viaje.
Pero en ese viaje en particular, Dios interrumpió mi rutina.
En dos encuentros separados, la guía de Dios fue clara: Quiero que expandas tu iglesia a Estados Unidos.
No tenía ningún marco de referencia para esto. Solo la voz de Dios y una idea imposible.
Lo archivé. De hecho, volví a Adelaida y lo compartí en confianza con los pastores ejecutivos que mencioné antes. Y luego se fueron... uno por uno. En los dos años siguientes, parecía que todo iba para atrás. No tenía un equipo senior que dejar atrás. Estaba atascado, o eso creía. Así que seguí liderando nuestros tres campus en Adelaida. Pero no podía sacudirme lo que había oído. Se quedó en mi espíritu como una semilla esperando la lluvia.
Por esa misma temporada, estaba pasando otra cosa. Algo que yo no orquesté. Algo que no pude haber predicho.
¿Recuerdas cuando mi hijo Mark recibió una revelación de Dios en su adolescencia? Al principio no podía articularla del todo, pero tampoco podía dejar de pensar en ella.
«Papá, la mejor manera en que puedo describirlo es... “Iglesia mundial”».
No sabía qué significaba. No entendía la forma que tomaría. Pero sabía —con el tipo de certeza que solo viene de Dios— que estaba llamado a servirnos, a ayudar a construir algo global.
Esto era completamente ajeno a mi manera de pensar. Yo quería que mis hijos fueran libres de explorar sus propias oportunidades, de perseguir sus propios sueños, no que quedaran atrapados en la visión de su padre.
Pero Mark seguía diciéndolo. En múltiples conversaciones. Durante meses.
Durante años.
«Iglesia mundial. Eso es lo que Dios me mostró».
Hasta intentó crear una aplicación de Oración Mundial antes de que nadie más lo hiciera, tratando de darle forma a una visión que podía sentir pero todavía no ver del todo.
Ahora tenía dos testigos. Los encuentros de Dios conmigo en 2006. La visión recurrente de Mark de la «Iglesia mundial». Pero todavía no sabía cómo encajaban las piezas.
¿Se suponía que debía dejar Adelaida? ¿Entregar la iglesia y empezar de cero en Estados Unidos? ¿Abandonar todo lo que habíamos construido?
La idea se sentía mal. Pero también ignorar lo que Dios había dicho. Yo
necesitaba claridad. Y Dios estaba a punto de enviarla.
EL CAMBIO DE PARADIGMA: 2009
Era una temporada estéril. El ministerio era difícil. El crecimiento se había frenado. La
visión se sentía atascada.
Fue entonces cuando Dios me conectó con el Dr. Sam Chand.
Sam es uno de los consultores de liderazgo más respetados del mundo. Ha trabajado con megaiglesias, corporaciones y organizaciones globales. Cuando aceptó volar a Adelaida para una consultoría, supe que Dios estaba tramando algo.
Pasamos horas juntos. Le expuse todo: los encuentros de 2006, la visión de Mark de la «Iglesia mundial», el impulso multisede en Adelaida y la tensión que no podía resolver: ¿Dios me estaba llamando a irme o a quedarme?
Sam escuchó. Hizo preguntas. Procesó.
Entonces, en un momento en mi casa que nunca olvidaré, lo dijo.
«Creo que Dios te está llamando a expandirte desde Adelaida, no a dejar
Adelaida».
De pronto, todo tuvo sentido.
No irme. Expandirme.
No abandonar lo que habíamos construido. Multiplicarlo.
No entregar la iglesia y empezar de nuevo. Extender la iglesia a través de los océanos.
Una iglesia. Múltiples naciones. El mismo ADN. El mismo gobierno.
La misma visión.
El paradigma cambió en mi espíritu. Todavía no tenía lenguaje para describirlo. No tenía un plan completo. Pero sabía —en lo más hondo de mis huesos— que Sam había pronunciado la palabra que yo había estado esperando.
Tomaría un par de años más para que Dios revelara el detalle completo de la visión. Pero desde ese momento, supe la dirección.
No íbamos a dejar Adelaida. Íbamos a llevar Adelaida al mundo.
LA TEMPORADA DE AYUNO: MEDIADOS DE 2011 A PRINCIPIOS DE 2012
Para 2011, era hora de ponerse serio.
A lo largo de seis meses, hice siete ayunos de agua de siete días cada uno. No porque intentara ser superespiritual. Porque estaba desesperado. Dios había hablado en 2006. Sam había confirmado el paradigma en 2009. Mark había estado hablando de la «Iglesia mundial» de forma intermitente durante años. Acababa de convertirse en el pastor de jóvenes de la iglesia en 2009, y el ministerio de jóvenes se había multiplicado significativamente hasta 1000 adolescentes. Había creado cinco regiones y puesto líderes sobre ellas, que hoy son nuestros pastores de campus.
Ahora necesitaba los detalles.
Ayuno tras ayuno, la misma visión seguía creciendo en mi espíritu: plantar iglesias alrededor del mundo. No solo uno, dos o tres campus en una ciudad. Un movimiento que se multiplicara a través de naciones.
Dios me llevó a Hechos 13, donde Pablo y Bernabé fueron enviados desde Jerusalén para plantar iglesias.
Jane y yo lo hablamos en privado. Oramos por ello constantemente. Pero no se lo habíamos dicho a nadie más, excepto a nuestros dos hijos mayores.
Un rumor de que nos íbamos —aunque fuera temporalmente— crearía caos en nuestra iglesia. Así que lo mantuvimos en silencio. Solo nosotros y Dios, ayunando, orando y esperando el momento correcto para hacerlo público.
Necesitaba que Dios confirmara esta visión a nuestra iglesia, no solo a mí.
LA CONFIRMACIÓN PROFÉTICA: FEBRERO DE 2012
Febrero de 2012.
Un profeta australiano llamado Dave McCracken estaba programado para predicar en nuestra iglesia. Yo había orado específicamente: «Dios, úsalo para confirmar esta visión, para que la iglesia sepa que Tú nos estás guiando».
Dave no sabía de mis encuentros de 2006. No sabía de la palabra de Sam Chand en 2009. No sabía de mis ayunos. No sabía que Jane y yo nos habíamos estado preparando en secreto para llevar nuestra iglesia a lo global.
Y entonces habló:
*«Hay una mirada hacia adelante y una anticipación que es irrazonable, una
expectativa que es ilógica, un espíritu de osadía y aventura que
no se limita a la seguridad de la conquista de ayer.*
*»Hay un abrir camino en territorio nuevo. Hay un espíritu de
descubrimiento. Hay una audacia de iniciativa que en el actual
clima global será vista por muchos como ilógica e irrazonable.*
*»Pero ahí es donde se encuentran los tesoros. Ahí es donde se
descubre la abundancia. Ahí es donde lo sobrenatural será
desatado, y ahí es donde se recogerá la mayor cosecha.*
*»Esta será una temporada de fe ilógica e irrazonable».
Irrazonable. Ilógica. No limitada a la conquista de ayer.*
Dave acababa de confirmar —pública, proféticamente— lo que Dios había estado construyendo en nosotros durante seis años. Lo que había empezado como un susurro imposible en 2006 era ahora una palabra sobre toda nuestra iglesia.
Las piezas se estaban juntando:
2003-2006: la convergencia que plantó la semilla.
2006: los encuentros con Dios en mi viaje a Estados Unidos que hablaron lo imposible.
2005-2010: la visión de Mark de la «Iglesia mundial» que confirmó que era generacional.
2009: el cambio de paradigma de Sam Chand: «Expándete desde Adelaida; no la dejes».
2011-2012: siete ayunos que clarificaron el llamado.
Febrero de 2012: la profecía de Dave McCracken que lo confirmó públicamente.
Todo lo que quedaba era obedecer.
ATLANTA: EXPANSIÓN, NO STARTUP — 8 DE AGOSTO DE 2012
Seis meses después de la palabra de David McCracken.
8 de agosto de 2012.
Nuestra familia y dos jóvenes adultos bajamos del avión en el Aeropuerto Internacional Hartsfield-Jackson de Atlanta, Georgia, con ocho maletas, un equipo mínimo y una visión que la mayoría de la gente consideraba una locura.
«Estás en Australia. ¿Por qué plantarías en Estados Unidos?».
Otros, menos generosos, pensaban: No eres misionero, eres turista. Los misioneros van a África y Asia. No a Estados Unidos.
Esto fue lo que se les escapó: no estábamos plantando una iglesia. Estábamos expandiendo una sola iglesia.
Esto era exactamente lo que Sam Chand había dicho tres años antes.
No dejar Adelaida. Expandirnos desde Adelaida.
Esto no era una apuesta. Era obediencia a una visión que llevaba
seis años gestándose.
La mayoría de las iglesias plantadas empieza en una sala con veinte personas y un sueño: startups luchando por sobrevivir, con la esperanza de pasar del tercer año.
Nosotros también empezamos en una sala —en Buford, Georgia— con trece personas.
Pero trajimos a ocho miembros del equipo desde Australia. Y vinimos con el respaldo financiero completo de nuestra iglesia en Australia.
Jane y yo recibíamos salario. Otro miembro del equipo recibía salario. Las casas en Georgia son grandes en comparación con Australia: pudimos alquilar una casa lo bastante grande para que todos los demás se quedaran gratis. Trajimos a alguien a medio tiempo para la adoración, conseguimos becas para que otros estudiaran en el instituto bíblico mientras plantábamos.
Nuestra iglesia pagó las visas. Cubrió los gastos. Pagó nuestros salarios.
Esto eliminó la presión típica del plantador de iglesias que mata a la mayoría de las iglesias nuevas: el terror de no poder pagar la nómina, la ansiedad de quedarse sin dinero, el peso aplastante del modo supervivencia.
Podíamos enfocarnos en construir, no solo en sobrevivir.
Empezamos con marketing de guerrilla: poniendo tarjetas de invitación en los parabrisas de los autos en los centros comerciales, tocando puertas, construyendo relaciones una conversación a la vez. Todo era nuevo.
Todo era desconocido.
Pero teníamos confianza.
Porque Dios había hablado en 2006. Sam Chand había confirmado el paradigma en 2009. Yo había hecho siete ayunos de agua de siete días. Mi hijo había visto la «Iglesia mundial» años antes de que pisáramos Estados Unidos. Y un profeta lo había confirmado públicamente a toda nuestra iglesia en febrero de 2012.
Esto no era una apuesta. Era obediencia a una visión que llevaba seis años gestándose.
Algunos piensan que llegamos a Estados Unidos en un jet privado con un cheque en blanco.
La realidad fue una camioneta alquilada y un montón de volantes bajo la lluvia.
Sí, teníamos un presupuesto desde Australia —lo explicaré en un momento—, pero el dinero no compra impulso.
Pasé de liderar un movimiento de miles donde todos conocían mi nombre, a acomodar sillas en un gimnasio para setenta personas que no tenían idea de quién era yo.
Pasé la aspiradora por las alfombras.
Cargué los cables.
Me paré en estacionamientos poniendo invitaciones en los parabrisas, con la esperanza de que la seguridad no me echara.
Dios nos dio favor —con el tiempo conseguimos tiempo al aire en la radio que nos aceleró—, pero el favor suele encontrarte cuando ya estás en movimiento.
Si nos hubiéramos sentado en nuestra casa alquilada esperando la «expansión global», no habría pasado nada. Tuvimos que trabajar duro por ella. No solo lo «creímos». Lo presupuestamos.
Operamos con un principio que llamo el Puente de Financiamiento.
Fijamos un presupuesto estricto desde la base australiana: un salvavidas, no una hamaca.
Era suficiente para cubrir las visas y los gastos básicos de vida del equipo de lanzamiento, pero tenía fecha de vencimiento.
Sabíamos que para el tercer año, la plantación en Estados Unidos tenía que ser autosostenible.
Eso nos mantuvo hambrientos.
No éramos una colonia dependiente para siempre de la nave nodriza.
Éramos una startup con margen para despegar.
Si estás enviando a un equipo, dales recursos suficientes para sobrevivir, pero presión suficiente para construir.
LA MENTIRA DEL LLANERO SOLITARIO
Necesito abordar el elefante en la sala.
Algunos de ustedes están leyendo sobre nuestro «presupuesto fijo» desde Australia y pensando: Qué bien para ti, Ashley. Tenías una nave nodriza enviándote recursos. Yo estoy aquí plantando solo, tratando de pagar el alquiler de un gimnasio de secundaria sin ninguna ayuda.
Con respeto: estás llevando tu lucha como una medalla de honor.
Crees que hacerlo solo te hace fiel.
No es así.
Te hace tener más dificultades de las que deberías. Te pone en modo huérfano, tratando de sobrevivir.
La razón por la que teníamos recursos fluyendo de Australia a Estados Unidos no era que fuéramos ricos.
Era que estábamos conectados.
Estábamos operando como un solo cuerpo.
El corazón (Adelaida) bombeaba sangre al brazo (Atlanta).
Así es como sobrevive un cuerpo sano.
Si tu brazo está separado del cuerpo, no importa cuánto «se esfuerce» el brazo. Morirá.
El problema del modelo moderno de plantación de iglesias es que enviamos «llaneros solitarios» a construir castillos independientes.
Les decimos «ve y muere por Jesús», pero los desconectamos de la línea de suministro.
Eso no es un modelo sostenible de construcción de movimientos. Muchas veces es simplemente abandono.
Si ahora mismo estás luchando solo, quiero desafiarte: Tu aislamiento es el problema.
Estás tratando de ser el rey de una isla pequeña en vez de un capitán en una gran flota.
Sí, pasé la aspiradora. Sí, limpié baños. Sí, enfrenté el choque cultural.
Pero lo hice con todo el peso de una tribu poderosa detrás de mí.
Necesitas cobertura. Necesitas una familia. Necesitas una tribu.
Deja de intentar construir «tu iglesia» por tu cuenta.
Humíllate. Conéctate a algo más grande que tú.
Únete a un movimiento que sea más grande que tu código postal.
El «llanero solitario» pasa hambre.
El «hijo conectado» recibe la herencia. *No copies solo mi
esfuerzo. Copia mi conexión.*
EL REGALO INESPERADO
Esto fue lo que nos sorprendió: plantar en Estados Unidos no drenó a Australia.
La revitalizó.
Ya éramos la iglesia más grande de Adelaida, lo cual puede hacerte sentir autosuficiente: como si ya hubieras llegado, como si la visión estuviera completa.
Pero cuando nos expandimos globalmente, algo cambió en el ADN de nuestra iglesia.
Nuestra visión se expandió. Atrajimos a un nuevo grupo de personas internacionales de toda Asia a nuestros campus australianos: personas que querían ser parte de algo global, no solo de algo bueno. Nuestras finanzas crecieron. Nuestra congregación creció. Todo porque confiamos en la ley de Dios de fructificación y multiplicación.
Y nuestra iglesia se ha triplicado (3X) desde 2012.
De 6000 a 19 000. En cuatro países. Ocho ciudades. Veintiún campus en 2026.
Plantar globalmente no debilitó nuestra base: la fortaleció de maneras que nunca predijimos.
Una visión expansiva atrae a personas con mentalidad de expansión. Y el pensamiento de multiplicación mata el estancamiento.
Este es el secreto: sujetamos firme el ADN y soltamos los métodos.
Sam Chand tenía razón. No dejamos Adelaida. Llevamos Adelaida al mundo. Y Adelaida creció gracias a eso.
Futures no es una estructura denominacional tradicional donde cada iglesia local opera de forma independiente, protege su propio terreno y coopera solo cuando le conviene o es controlada rígidamente. Pero déjame ser claro: existimos dentro de denominaciones en Australia e Indonesia. Las ACC. La GSJA. No estoy construyendo contra las denominaciones. Estoy construyendo algo que las denominaciones pueden desatar si tienen el valor de empoderar a los multiplicadores en vez de contenerlos. Esto no es una red. Las redes son asociaciones laxas donde las iglesias cooperan cuando les conviene pero operan de forma independiente cuando de verdad importa.
Esto es una sola iglesia con ADN compartido, gobierno compartido, recursos compartidos, visión compartida.
Tenemos una junta global que supervisa todo el movimiento, una junta australiana que supervisa la base y un equipo global que coordina a través de zonas horarias, idiomas y culturas.
Este es el secreto: sujetamos firme el ADN y soltamos los métodos.
Firmes en valores, teología, misión y cultura. Sueltos en contextualización, expresión local y en cómo ejecutas en tu ciudad específica.
Este es el Modelo de las Doce Tribus: «Marchamos juntos. Peleamos juntos. Pero vivimos separados».
ADN unificado. Ejecución distribuida.
POR QUÉ ESTO IMPORTA AHORA
El enemigo se está organizando globalmente.
La trata sexual opera a través de fronteras. Los cárteles de la droga operan a través de fronteras. La trata laboral opera a través de fronteras. El terrorismo opera a través de fronteras.
¿Pero la iglesia? Seguimos organizándonos localmente, protegiendo nuestros códigos postales, cuidando nuestros territorios como señores feudales medievales peleando por castillos.
Estamos peleando contra un enemigo global con una mentalidad local. Y estamos perdiendo.
La iglesia sin fronteras es la respuesta; no porque esté de moda o sea innovadora, sino porque es bíblica.
Cuando el enemigo ataca una región, otra región puede apoyarla. Cuando una nación se cierra, otra nación se abre. Cuando los recursos escasean en un lugar, fluyen desde otro.
Lo vivimos durante el COVID.
Cuando Australia se confinó y las iglesias no podían reunirse, Estados Unidos siguió adelante. Cuando Estados Unidos tuvo dificultades, Australia lo apoyó. El sol nunca se pone sobre nuestra iglesia. Alguien está siempre orando. Siempre adorando. Siempre multiplicándose.
La mayor barrera para la iglesia sin fronteras no es la logística, ni el dinero, ni la visión. Es la mentalidad.
El pensamiento de castillo alto dice: «Esta es mi ciudad. Este es mi territorio. Esta es mi gente».
El pensamiento de reino amplio dice: «Esta es la ciudad de Dios. Esta es la cosecha de Dios. Esta es la gente de Dios».
El castillo alto construye un reino que muere cuando tú mueres.
El reino amplio construye un movimiento que se multiplica por generaciones.
Esta es la paradoja: cuanto más lejos llegas, más profundo vas.
Plantar en Estados Unidos nos hizo ir más profundo en Australia. Expandirnos globalmente nos obligó a fortalecernos localmente.
El reino amplio no debilita al castillo alto: elimina la necesidad de un castillo, porque ya no estás protegiendo una fortaleza. Estás construyendo un movimiento.
Y déjame ser claro. La iglesia sin fronteras no es una iglesia en línea. Es una iglesia física conectada globalmente.
Lo digital es el puente que transporta el ADN: es el sistema nervioso que conecta el cuerpo, pero no es el cuerpo en sí.
Usamos la tecnología para entrenar líderes a través de naciones, compartir recursos al instante, coordinar la visión globalmente y comunicarnos en tiempo real.
¿Pero la iglesia en sí? Edificios físicos. Campus físicos. Personas físicas reuniéndose en ciudades físicas para adorar a un Dios que se hizo físico en Jesús.
Lo digital nos conecta. Pero el ladrillo y el cemento nos establecen.
LA GRAN COMISIÓN ES GLOBAL
Jesús no dijo: «Vayan a su vecindario y hagan discípulos».
Dijo: «Id por todo el mundo y haced discípulos a todas las naciones» (Mateo 28:19-20; Marcos 16:15, paráfrasis del autor, énfasis añadido).
Todo el mundo. No tu ciudad. No tu región. No tu zona de confort. Todo el mundo.
La iglesia sin fronteras es simplemente obediencia a la Gran Comisión: es tomarle la palabra a Jesús y negarse a diluir su mandato con nuestro pensamiento pequeño.
Esto es lo que Dios susurró en 2006: Expándete a Estados Unidos.
Esto es lo que Sam Chand confirmó en 2009: expándete desde Adelaida; no la dejes.
Esto es lo que Dave McCracken profetizó en 2012: anticipación irrazonable. Expectativa ilógica. No limitada a la conquista de ayer.
Esto es lo que Mark vio de adolescente: Iglesia mundial.
Esto es lo que estamos construyendo: una iglesia. Cuatro países. Ocho ciudades. Veintiún campus.
Y apenas estamos empezando.
LA DECISIÓN
Tienes dos opciones, y la que elijas hoy determinará
si tu legado vive una generación o la eternidad.
Opción 1: Pensar en local. Construye tu iglesia en tu ciudad para tu gente. Protege tu territorio. Cuida a tus miembros. Ve a lo seguro. Crea algo impresionante que en su mayor parte morirá cuando tú mueras.
¿Resultado? Una gran iglesia. Un lindo legado. Un servicio fúnebre donde la gente hable de lo que construiste.
Opción 2: Pensar sin fronteras. Construye una sola iglesia a través de naciones con ADN compartido. Multiplica líderes que multiplican líderes. Planta campus que plantan campus. Expándete globalmente con una visión tan grande que te aterre.
¿Resultado? Un movimiento que te sobrevive por siglos. Un legado que se multiplica a través de continentes. Una iglesia donde el sol nunca se pone, y alguien está siempre orando, siempre adorando, siempre multiplicándose.
El pensamiento local produce suma. El pensamiento sin fronteras produce multiplicación.
La Gran Comisión es global. ¿La obedecerás localmente, construyendo una linda iglesia que muera contigo? ¿O te multiplicarás globalmente, construyendo un movimiento que te sobreviva?
Dios no está construyendo castillos que se derrumban cuando muere el rey.
Está construyendo una iglesia sin fronteras que alcanzará a toda nación, todo pueblo, toda tribu, toda lengua, y está buscando líderes lo bastante locos para creerlo, lo bastante irrazonables para intentarlo y lo bastante ilógicos para financiarlo.
¿Eres uno de ellos?
PUNTOS CLAVE
La ley:
Durante 2000 años, hemos pensado en la iglesia en términos de geografía. Mi
iglesia está en Atlanta. En Sídney. En Singapur. Hemos trazado líneas en los mapas,
plantado banderas, construido reinos en territorios, y nos hemos perdido por completo
lo que Dios está construyendo. Porque Dios no piensa en códigos postales. Él
piensa en generaciones. En naciones. En movimientos que sobreviven a los fundadores
y trascienden fronteras. El odre viejo susurra: «Construye tu iglesia.
Protege tu territorio. Cuida a tu gente». El odre nuevo ruge:
«Construye una sola iglesia con una huella global que se multiplique a través de
continentes». No un modelo de franquicia controladora. No una red que
coopera cuando le conviene. Una sola iglesia operando en múltiples naciones
con ADN compartido, gobierno compartido, recursos compartidos y una
visión compartida que se niega a morir cuando tú mueres, operando dentro de
denominaciones en dos países y de forma independiente en otros dos.
El cambio:
2006: la guía de Dios fue clara en Estados Unidos: *Expande tu iglesia a
Estados Unidos.* Sin marco de referencia. Sin modelo. Sin mentor que lo hubiera hecho. 2009: Sam
Chand confirmó: «No estás dejando Adelaida. Te estás expandiendo desde
Adelaida». Cambio de paradigma. No plantar una iglesia nueva en Estados Unidos.
Expandir la iglesia existente. 2012: Dave McCracken
profetizó: «Anticipación irrazonable. Expectativa ilógica. No
limitada a la conquista de ayer». La visión adolescente de Mark: «Iglesia
mundial». Hoy: una iglesia. Cuatro países. Ocho ciudades. Veintiún
campus. La iglesia sin fronteras no es una iglesia en línea. Es una
iglesia física conectada globalmente. Lo digital es el puente que
transporta el ADN. Pero el ladrillo y el cemento nos establecen.
La auditoría:
¿Estás pensando en local o sin fronteras? ¿Construyendo tu iglesia en tu
ciudad para tu gente? ¿O construyendo una sola iglesia a través de regiones y
naciones? El pensamiento local produce suma. El pensamiento sin fronteras
produce multiplicación. Jesús no dijo: «Vayan a su
vecindario». Dijo: «Id por todo el mundo y haced discípulos a
todas las naciones». La iglesia sin fronteras es simplemente obediencia a la Gran
Comisión. Dos opciones: (1) Pensar en local: construir para tu ciudad,
proteger tu territorio, crear algo impresionante que en su mayor parte muere
cuando tú mueres. Resultado: una gran iglesia. Un lindo legado. Un servicio
fúnebre. (2) Pensar sin fronteras: construir una sola iglesia a través de regiones y
naciones. Multiplicar líderes que multiplican líderes. Plantar campus que
plantan campus. Expandirte globalmente con una visión tan grande que te aterre.
Resultado: un movimiento que te sobrevive por siglos. Un legado que
se multiplica a través de continentes. Una iglesia donde el sol nunca se pone.
Parte VII
La sucesión
PASAR LA ESTAFETA SIN VERLA MORIR
Capítulo 19
El relevo infinito
LA SUCESIÓN ES REDESPLIEGUE
La historia sobrenatural de nuestra familia empezó en Gales. Mi
abuelo, nacido en 1901, trabajaba como minero del carbón en su adolescencia
cuando fue radicalmente salvo. Unos años después, tras estudiar en el instituto bíblico
bajo el famoso Howard Carter, se fue a la India como misionero.
Mi abuelo le dijo que sí a Dios de adolescente y nunca se detuvo. Treinta años en la India. Avivamiento en Papúa Nueva Guinea: 3000 iglesias hoy remontan su origen a lo que él empezó. Tenía noventa años cuando plantó su última iglesia en medio de Australia.
No tenía un plan de sucesión. Eso no era un concepto para su generación. Seguías a Dios hasta que ya no podías más.
Pero la soberanía de Dios —y las oraciones de mi abuela— mantuvieron viva la línea generacional. Mi padre. Yo. Mis tres hijos.
Siete nietos.
Cuatro generaciones de multiplicación.
Mi abuelo construyó por instinto. Este capítulo trata de construir intencionalmente, para que la siguiente generación herede no solo un legado, sino un sistema para multiplicarlo.
LA MISIÓN NUNCA TERMINA
La mayoría de los líderes cree que la sucesión es el final.
No lo es. Es el comienzo de tu siguiente tarea.
Los grandes líderes no se jubilan. Se redespliegan.
Esto es lo que a la mayoría se le escapa:
La misión nunca termina. Pero cada tarea dentro de la misión debe terminarse.
David estableció el reino, y luego se lo pasó a Salomón.
Pablo extendió el evangelio, y luego se lo pasó a Timoteo.
Ninguno se jubiló. Hicieron la transición.
Terminaron su tarea para que la misión pudiera continuar.
Cuando entiendes esa distinción, la sucesión se convierte en libertad, no en pérdida.
Pero esto es lo que a la mayoría de los líderes se le escapa sobre la sucesión.
Requiere muerte.
No una muerte metafórica. No una muerte simbólica. Muerte real: de todo aquello alrededor de lo cual has construido tu identidad.
Jesús lo dijo explícitamente: «si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto» (Juan 12:24).
Léelo con atención.
El grano que se niega a morir queda SOLO.
Impresionante. Intacto. Protegido. Preservado.
Y solo.
¿El grano que muere? Desaparece en la tierra. Pierde su forma.
Renuncia a su identidad. Se vuelve irreconocible.
Y produce una COSECHA.
Esta es la teología de la sucesión que nadie quiere predicar.
La multiplicación requiere muerte.
Muerte a tu ego. Muerte a tu control. Muerte a tu necesidad de ser el héroe. Muerte a tu adicción a ser necesario.
Puedes quedarte intacto y quedarte solo.
O puedes morir y multiplicarte.
No hay tercera opción.
El grano que no cae queda como una sola semilla. Hermosa. Perfecta.
Preservada en una vitrina de cristal para que todos la admiren.
Y en última instancia, INÚTIL.
Porque las semillas no fueron hechas para ser preservadas. Fueron hechas para ser PLANTADAS.
Tu liderazgo no fue hecho para ser protegido. Fue hecho para ser REGALADO.
Tu visión no fue hecha para ser acaparada. Fue hecha para ser TRANSFERIDA.
Tu organización no fue hecha para depender de ti. Fue hecha para SOBREVIVIRTE.
Pero eso requiere muerte.
La muerte del grano. La muerte del yo. La muerte del control.
Y la mayoría de los líderes no puede hacerlo.
Prefieren quedarse intactos a multiplicarse.
Prefieren ser el héroe a formar héroes.
Prefieren ser necesarios a construir capacidad.
Prefieren conservar el título a soltar la misión.
Y mueren solos. Con todo su potencial encerrado dentro de una semilla sin plantar.
La pregunta no es si estás dispuesto a trabajar por
la multiplicación. La pregunta es si estás dispuesto a morir por
ella.
¿Recuerdas a Whitefield y Wesley, del capítulo 6?
Whitefield se quedó intacto. El mayor predicador de su generación. Dieciocho mil sermones. Diez millones de personas alcanzadas. Pero nunca cayó en la tierra. Nunca soltó. Nunca murió a su necesidad de ser el que estaba en la plataforma.
Cuando Whitefield murió, su movimiento murió con él. Tasa de multiplicación: cero.
Wesley cayó en la tierra. Construyó sistemas en vez de escenarios. Desarrolló líderes en vez de multitudes. Soltó el control en vez de acapararlo.
El movimiento de Wesley sigue multiplicándose 250 años después.
El mismo principio. Otra decisión.
Uno se negó a morir. El otro lo abrazó.
Uno está olvidado. El otro cambió el mundo.
La pregunta no es si estás dispuesto a trabajar por
la multiplicación.
La pregunta es si estás dispuesto a morir por ella.
Porque la sucesión no es solo una estrategia de liderazgo.
Es un entierro.
Estás poniendo tu identidad, tu control, tu necesidad de ser necesario, en la tierra.
Y confiando en que lo que crezca de esa muerte será más grande que cualquier cosa que pudieras haber producido solo.
Ese es el costo del relevo infinito. ¿Estás dispuesto a pagarlo?
CUANDO RECIBÍ EL RELEVO
Déjame contarte de mi propia transición.
Tres años. Eso fue lo que me tomó recibir el liderazgo principal de mi predecesor.
Los primeros dos años fueron manejables. Las responsabilidades cambiaron de manos gradualmente. La autoridad se transfirió por etapas. La congregación podía ver la mano de Dios sobre los dos.
Pero el último año fue el más difícil.
Los dos sosteníamos la estafeta con la misma fuerza.
Imagínalo. Dos corredores en la zona de cambio. Los dos aferrados a la estafeta. Los dos impulsándose hacia adelante. El impulso va creciendo, pero no puedes correr a toda velocidad porque sigues conectado.
Hay una tensión en esa temporada. Un tira y afloja. Te estás impulsando, pero tienes que controlar el impulso para que la estafeta no se caiga.
Años después supe que mi predecesor tuvo momentos de duda durante esa temporada. No estaba seguro de que yo estuviera listo. No estaba seguro de estar haciéndose a un lado en el momento correcto, aunque yo ya hacía todo el trabajo.
Ese es el peso oculto de la sucesión. El que entrega carga dudas que nunca expresa. El que recibe está demasiado ocupado corriendo para notarlo.
Entonces llegó la votación.
Voto secreto. La congregación decidiría.
99,96 por ciento.
Cuando se anunció esa cifra, algo cambió. La estafeta era mía. No porque yo la tomara. Porque me fue dada: por Dios, a través de su pueblo.
Una sucesión mal hecha no solo te hiere a ti. Hiere a todos los que
creyeron en lo que estabas construyendo.
Fue entonces cuando aprendí: La sucesión no se trata solo de que el líder suelte. Se trata de que el pueblo suelte a uno y reciba a otro.
Las dos cosas tienen que ocurrir.
TRES MANERAS EN QUE LA SUCESIÓN FRACASA
Llevo cuarenta años en el ministerio. He visto docenas de
transiciones. Algunas hermosas. Algunas devastadoras.
Déjame contarte de las que salieron mal.
El rehén
Conozco a un pastor que construyó una de las iglesias más grandes de su región. Quince mil personas. Influencia nacional. Ministerio televisivo.
Pero nadie podía predicar como él. Nadie podía recaudar fondos como él. Nadie sabía ganarse a un salón como él.
Así que la entrega se seguía postergando. Una campaña de construcción más. Una celebración de aniversario más. Un «no es el momento adecuado» más.
Su identidad se había fusionado con ese púlpito. No podía imaginarse aparte de él. Y como no podía imaginarlo, no podía soltarlo.
Cuando la salud finalmente lo obligó a hacerse a un lado —como siempre ocurre—, la iglesia entró en caída libre. No porque no existieran sucesores calificados, sino porque él nunca había empoderado a ninguno para liderar sin él.
Se convirtió en rehén de su propio éxito. Y la iglesia pagó el precio.
Vi a un gran movimiento casi colapsar de la noche a la mañana.
Construido alrededor de un líder poderoso y dinámico. Cientos de iglesias. Miles de personas. Impulso por todas partes.
Entonces, un infarto. Inesperado. Sin plan de sucesión. Sin nadie desarrollado. Sin sistemas que pudieran sobrevivir sin él.
En cinco años, la mitad de las iglesias se había ido o había cerrado. Su legado no se multiplicó. Se evaporó.
Porque nunca entrenó a nadie para llevar lo que había empezado.
El que no encajaba
Conocí a otro pastor que sí encontró un sucesor. Celebró la transición públicamente. Entregó las llaves. Pasó a su siguiente tarea.
Diez años después, recibió una llamada. La junta había removido a su sucesor. La iglesia estaba fracturada. La asistencia había caído a la mitad. La confianza estaba destrozada.
El sucesor no era una mala persona. Simplemente corría otra carrera. Otros valores. Otra visión. Otra definición de éxito.
El fundador tuvo que volver —ya mayor, cansado— a tratar de reconstruir lo que se había roto.
Había pasado la estafeta. Pero se la había pasado a alguien que corría en la dirección equivocada.
La lección: Tres fracasos. Tres advertencias.
No te conviertas en rehén de tu propio éxito.
No construyas algo que muera cuando tú mueras.
No le pases la estafeta a alguien que corre otra carrera.
Una sucesión mal hecha no solo te hiere a ti. Hiere a todos los que creyeron en lo que estabas construyendo.
LAS CINCO ESTAFETAS
Esto es lo que a la mayoría de los líderes se le escapa: no hay una sola estafeta. Hay
cinco.
Y la mayoría de las transiciones fallidas solo transfiere una o dos.
1\) La estafeta del título
Cambia la tarjeta de presentación. Actualiza el sitio web. Anúncialo desde el escenario.
Esta es la estafeta más fácil de pasar. Y la más vacía sin las demás.
Los títulos sin autoridad crean confusión. El nuevo líder tiene el nombre, pero no el poder. Todos lo saben. Nadie lo respeta. 2) La estafeta de la responsabilidad
¿De qué son responsables? ¿Qué decisiones llegan a su escritorio?
Esta estafeta debe transferirse por etapas. Un área, luego otra. Deja que se prueben en lo pequeño antes de entregarles todo.
3) La estafeta de la autoridad
¿Pueden decidir sin consultarte? ¿Pueden contratar? ¿Despedir?
¿Gastar?
La mayoría de las transiciones se estanca aquí.
El predecesor da responsabilidad, pero retiene la autoridad. El sucesor es responsable de resultados que no puede controlar.
Eso no es sucesión. Eso es sabotaje.
Si le das a alguien la responsabilidad, dale la autoridad.
De lo contrario, lo estás preparando para fracasar.
4) La estafeta de las relaciones
¿En quién confía la gente? ¿A quién llaman en una crisis? ¿De quién pesa la opinión?
Esta estafeta es la que más tarda en transferirse, porque la confianza no se asigna. Se gana con el tiempo.
Puedes anunciar a un nuevo líder el domingo. Pero la congregación te seguirá llamando a ti cuando su matrimonio se esté desmoronando.
La estafeta de las relaciones se transfiere a través de la presencia, la constancia y el tiempo. No hay atajos.
5) La estafeta de la visión
¿El futuro de quién sigue la organización?
Esta es la estafeta más importante. Y la más difícil de transferir.
La estafeta de la visión no se trata de documentos de estrategia ni de planes a cinco años. Se trata de en quién cree la gente.
Cuando imaginan el futuro, ¿la voz de quién oyen?
Hasta que la respuesta sea el nuevo líder de esa esfera —y no tú—, la transición no está completa.
La mayoría de las transiciones fallidas transfiere una o dos estafetas. El título, pero no la autoridad. La responsabilidad, pero no las relaciones. El rol, pero no la visión. Las cinco deben transferirse para que tú quedes libre para tu siguiente tarea.
LA CARRERA DE RELEVOS
En los relevos 4x100 metros, el momento más crucial no es el sprint.
Es la entrega.
Hay una zona de veinte metros donde debe ocurrir el cambio.
¿Demasiado pronto? No se ha acumulado impulso.
¿Demasiado tarde? Descalificados.
El corredor que entra está acelerando. El que sale va a toda velocidad. Durante unas zancadas, los dos sostienen la estafeta.
Cuando la entrega es limpia, el equipo acelera.
El segundo corredor va más rápido que el primero. El tercero más rápido que el segundo.
Eso es multiplicación.
¿Esa temporada en la que mi predecesor y yo sosteníamos la estafeta con la misma fuerza? Esa era la zona de cambio. Necesaria. Incómoda. Crucial.
Pasa la estafeta para que la misión vaya más rápido de lo que tú jamás podrías solo.
CÓMO SOLTÉ EL DÍA A DÍA DE AUSTRALIA
No me retiré de liderar el día a día en Australia porque
hubiera terminado.
Me retiré porque Dios me llamó a algo más grande.
Josh Greenwood era joven cuando le di el liderazgo operativo. Muy joven. Algunos pensaban que demasiado.
Pero yo podía ver en él cosas que son raras.
Un hambre que no se rendía.
Una enseñabilidad que permanecía aun mientras sus dones crecían.
Confianza sin arrogancia.
Y esto: todo lo que tocaba salía bien.
No era un clon mío. Exactamente por eso lo elegí.
Sabía que cuando Josh asumiera, veríamos una afluencia de familias jóvenes. Eso pasó.
Sabía que el ministerio de niños explotaría bajo su liderazgo. Eso pasó.
Josh es excepcional en la constancia. Sabe cómo hacer que la calidad sea excepcional en todos los campus. Es un maestro de la excelencia operativa.
En eso se parece a Tim Cook.
Steve Jobs era el visionario. Tim Cook es el operador que llevó a Apple más lejos de lo que Jobs jamás llegó solo. No siendo Jobs, sino siendo Cook.
Ese es Josh.
Yo soy el arquitecto. Él es el constructor que ejecuta con una precisión que yo nunca pude.
¿Fue difícil soltar algunas cosas? Sí. ¿Fue necesario? ¡Sí!
¿Fue difícil verlo tomar decisiones distintas a las que yo habría tomado? No muchas veces.
Pero no lo elegí para que fuera yo. Lo elegí para que fuera mejor que yo, en las áreas donde él tiene dones.
Eso fue hace once años.
Cuando solté el liderazgo del día a día de Australia, teníamos tres campus.
Hoy tenemos veintiuno a nivel global. Ocho solo en Australia.
La iglesia en Australia ha crecido de 6000 a 10 000 bajo su liderazgo operativo.
Tomó seis años para que el crecimiento realmente se acelerara. Eso es normal. Los nuevos líderes necesitan tiempo para afianzarse, construir confianza, desarrollar su voz.
Pero cuando llegó, llegó a raudales.
Y esto es lo que yo gané: libertad para construir globalmente lo que nunca podría haber construido mientras dirigía Australia en el día a día.
Enfoque local más visión global.
Esa es la combinación que lo cambia todo.
Porque cuando haces bien la transición, tu influencia no disminuye. Se expande.
Pasas de capitán a almirante.
Capitán: en el barco. Cada decisión. Cada movimiento. Cada ola.
Almirante: en el cuartel general. Construyendo flotas. Entrenando capitanes.
Diseñando estrategia para múltiples barcos en múltiples océanos.
Eso no es un descenso. Eso es ascenso.
Sigo siendo el pastor principal. Soy su cobertura. Su padre en la fe.
No doy órdenes, excepto en las áreas en que un pastor principal debe darlas. Pastores de campus, junta, ancianos. (Consulta el Modelo Carver que usamos). Yo doy consejo.
¿Mi mayor contribución ahora? Mi ausencia y mi disponibilidad.
Ausencia para que tenga espacio para liderar.
Disponibilidad para que tenga sabiduría cuando la necesite.
Eso es lo que me libera para construir a los próximos diez Josh Greenwood a nivel global.
Josh es el prototipo. Es el primer líder de tribu, y actualmente está en Australia, pero quién sabe cuáles son los planes finales del Espíritu Santo. Creemos saberlo, pero a medida que seguimos obedientemente la guía de Dios, se irá aclarando.
Mi meta no es encontrar un reemplazo; es levantar doce equipos constructores de movimiento con factor X.
Porque hay líderes en Indonesia, en Estados Unidos, en África, en Europa y en Sudamérica que necesitan lo que Josh recibió de mí. No puedo dárselo si sigo dirigiendo las operaciones de Australia. Soltar crea capacidad.
MI TECHO ES SU PISO
Esta es la meta:
Tu sucesor debería llegar más lejos que tú.
No igual. Más lejos.
Satya Nadella, director ejecutivo de Microsoft, dijo: «Los constructores de instituciones son aquellos cuyos sucesores lo hacen mejor que ellos». Ese es el estándar.
Si Josh no eclipsa lo que yo construí en la tribu australiana, no me he multiplicado. Solo he retrasado el declive.
Mi techo es su piso.
Eso no es una amenaza para mi legado. Eso es mi legado.
Cuando me supera, yo celebro, porque no estoy compitiendo.
Estoy construyendo.
Desde otro asiento. Otra tarea. La misma misión.
Tu sucesor no lo hará a tu manera.
Cambiará cosas. Otras prioridades. Otros métodos.
Otro estilo.
Tienes que dejarlo.
Porque tú no eres el estándar. La misión lo es.
Juan el Bautista dijo de Jesús: «Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe» (Juan 3:30).
Eso no es derrota. Eso es diseño.
La gracia lo hace posible.
Cuando operas desde la provisión de Dios, no necesitas que la organización te valide. No necesitas el aplauso. No necesitas ser esencial.
Tu identidad está en Él, no en tu rol.
Eso es lo que te libera para soltar.
Sin gracia: «Esta es mi iglesia. Si suelto, pierdo quién soy».
Con gracia: «Esta es la iglesia de Dios. Y Dios tiene un siguiente para mí».
La gracia te libera de aferrarte.
No pierdes significado. Multiplicas el significado.
LA AUDITORÍA DE LA SUCESIÓN
Antes de poder hacer bien la transición, necesitas responder una pregunta:
¿Eres un fundamento o un techo?
Los fundamentos permiten que la siguiente generación construya más alto.
Los techos atrapan a la siguiente generación en tu nivel.
Este es el diagnóstico:
Eres un fundamento si:
» Estás desarrollando líderes que podrían reemplazarte.
» Estás creando sistemas que funcionan sin ti.
» Celebras cuando otros te superan.
» Estás pensando en la cuarta generación.
» Estás pasando estafetas intencionalmente.
Eres un techo si:
» Eres la respuesta a cada pregunta.
» Eres el único que puede tomar las decisiones clave.
» Te sientes amenazado cuando otros sobresalen.
» Estás construyendo alrededor de tus fortalezas en vez de sistemas
transferibles.
» Te quedas porque «me necesitan».
Pregúntate con honestidad: Si me fuera mañana, ¿la organización se levantaría o caería?
Si caería, no eres un fundamento. Eres un cuello de botella. Y
los cuellos de botella no multiplican. Estrangulan.
La meta es que la misión siga acelerando después de que
pases a tu siguiente tarea.
Mi abuelo fue un fundamento. Dejó Gales. Fue a la India. Construyó. Luego soltó. Mi papá fue un fundamento: construyó una de las iglesias más grandes de Australia, pero cuando hizo la transición, fue promovido a senador en el parlamento.
Y cuatro generaciones después, seguimos construyendo sobre lo que él empezó.
No porque se quedara para siempre.
Porque supo cuándo irse para que la misión pudiera vivir.
Esa es tu decisión: Fundamento o techo.
Quédate y encógete. O suelta y multiplícate.
Una cosa más.
Pasa la estafeta cuando estés corriendo a toda velocidad.
No cansado. No forzado. No en declive.
Cuando estés fuerte. Cuando el impulso esté alto. Cuando estés acelerando.
Porque la meta no es que tú termines fuerte.
La meta es que la misión siga acelerando después de que pases a tu siguiente tarea.
La mayoría de los líderes espera demasiado.
Se quedan hasta agotarse. Hasta que sus mejores candidatos se han ido.
Hasta que la transición se convierte en crisis en vez de celebración.
¿Recuerdas al pastor que se convirtió en rehén? Esperó demasiado. ¿Recuerdas
al líder que murió sin un plan? Esperó demasiado.
No seas ese líder.
Pasa la estafeta mientras corres.
Y mira lo que Dios hace después.
LA INVITACIÓN
Así que estas son mis preguntas para ti:
¿Qué tarea ha terminado Dios para ti que todavía estás sosteniendo?
¿Qué podría construir Dios a través de ti si soltaras aquello a lo que te has aferrado?
¿Cuál es la siguiente tarea que te espera al otro lado de tu transición?
No fuiste llamado a aferrarte a un rol para siempre.
Fuiste llamado a terminar tareas y a multiplicarte hacia la siguiente.
La gracia lo hace posible.
¿Eres un fundamento o un techo?
¿Qué cambiaría si soltaras?
La misión nunca termina.
Tus tareas se expanden.
Pasa la estafeta.
Y corre tu siguiente carrera.
PUNTOS CLAVE
La ley:
La misión nunca termina. Pero cada tarea dentro de la misión debe
terminarse. La mayoría de los líderes cree que la sucesión es el final. No lo es. Es el
comienzo de tu siguiente tarea. Los grandes líderes no se jubilan.
Se redespliegan. David estableció el reino, y luego se lo pasó a
Salomón. Pablo extendió el evangelio, y luego se lo pasó a Timoteo. Ninguno
se jubiló. Hicieron la transición. Terminaron su tarea para que la
misión pudiera continuar. Cuando entiendes esa distinción,
la sucesión se convierte en libertad, no en pérdida. Mi abuelo: de minero del carbón
galés a misionero en la India siendo adolescente, todavía plantando iglesias a los
noventa. Mi papá: Papúa Nueva Guinea. Yo: de Australia a lo global. Tres hijos
en el ministerio. Siete nietos. Quinta generación. Cuatro generaciones de
multiplicación: de una mina de carbón en Gales a iglesias en cinco
continentes.
El cambio:
Tres maneras en que la sucesión fracasa: (1) El rehén: identidad fusionada al
rendimiento, no puede soltar, la iglesia entra en caída libre cuando la salud
fuerza la transición. (2) La muerte súbita: construida sobre un líder poderoso,
sin plan de sucesión, un infarto, el movimiento colapsa
de la noche a la mañana. (3) El que no encajaba: encontró un sucesor, pero el equivocado,
con otros valores, otra visión; la junta lo remueve diez años
después, el fundador debe volver a reconstruir. Las cinco estafetas: título,
responsabilidad, autoridad, relaciones, visión. La mayoría de las transiciones fallidas
transfiere una o dos. Las cinco deben transferirse para que quedes
libre para tu siguiente tarea. Pasa la estafeta cuando estás corriendo
a toda velocidad. No cansado. No forzado. Cuando estás fuerte. Cuando el impulso está alto.
La auditoría:
¿Qué tarea ha terminado Dios para ti que todavía estás sosteniendo?
¿Qué podría construir Dios a través de ti si soltaras aquello a lo que te has
aferrado? ¿Cuál es la siguiente tarea que te espera al otro lado de
tu transición? ¿Eres un fundamento o un techo? Quédate y encógete.
O suelta y multiplícate. La mayoría de los líderes espera demasiado. Se quedan hasta
agotarse. Hasta que sus mejores candidatos se han ido. Hasta que la transición
se convierte en crisis en vez de celebración. No seas ese líder. Pasa la estafeta
mientras corres. No fuiste llamado a aferrarte a un rol para siempre. Fuiste
llamado a terminar tareas y a multiplicarte hacia la siguiente. La gracia
lo hace posible. La misión nunca termina. Tus tareas se expanden.
Pasa la estafeta. Y corre tu siguiente carrera.
Capítulo 20
Terminar bien
ENTRENAR PARA LOS
PRÓXIMOS VEINTE AÑOS
Esto es lo que he aprendido viendo líderes durante cuarenta años: *El
perdedor queda roto. Pero el ganador queda agotado.*
Si alguna vez has visto una pelea de campeonato llegar hasta el final —UFC, boxeo, da igual—, mira a los dos peleadores al terminar. El perdedor está lastimado y roto. ¿Pero el ganador? El ganador apenas se sostiene en pie. Ganó. Pero está exprimido.
El ministerio funciona igual. Cuando peleas hasta el final un gran proyecto de construcción, una plantación de iglesia, una transición, una crisis, y ganas, puede que te sientas victorioso. Pero también te sientes agotado. Y ese agotamiento es peligroso.
Porque los líderes agotados toman decisiones estúpidas. Los líderes agotados no pueden ver con claridad. Los líderes agotados están a una palabra de Jezabel de querer renunciar.
La batalla no es solo llegar al final. Es que te quede suficiente para terminar bien cuando llegues.
EL COLAPSO DESPUÉS DE LA VICTORIA
Elías acababa de experimentar una de las mayores victorias de la
historia bíblica.
El monte Carmelo. Cuatrocientos cincuenta profetas de Baal. La nación mirando. Todo en juego. Construyó el altar. Lo empapó de agua. Hizo descender fuego del cielo. Dios respondió. El fuego cayó. Los profetas fueron destruidos. Israel se volvió a Dios.
Fue épico. Sobrenatural. Un momento que resonaría durante 3000 años.
Y Elías estaba tan lleno del poder y la emoción de ganar que corrió más rápido que el carro de Acab hasta Jezreel. Velocidad sobrenatural. La unción llevándolo más rápido que los caballos, según 1 Reyes 18:46: «Y la mano de Jehová estuvo sobre Elías, el cual ciñó sus lomos, y corrió delante de Acab hasta llegar a Jezreel». Estaba volando.
Y entonces, una palabra de Jezabel. Una sola palabra: «Así me hagan los dioses, y aun me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu persona como la de uno de ellos» (1 Reyes 19:2).
Y el hombre que acababa de hacer descender fuego del cielo —el hombre que corrió más rápido que los carros— quería morir: «Basta ya, oh Jehová, quítame la vida» (1 Reyes 19:4).
De la victoria sobrenatural a la desesperación suicida. En veinticuatro horas.
El momento después de la victoria es cuando estás más vulnerable.
La tarea de Elías no terminó en el monte Carmelo. Todavía tenía que enfrentarse a Jezabel. Pero no pudo. El combustible de la victoria se había acabado.
Por eso tantos líderes cometen sus mayores errores cerca del final, no del comienzo. Pueden ver la línea de meta. Casi lo han logrado. Y entonces el agotamiento los alcanza, el discernimiento se apaga, y hacen algo que les cuesta todo lo que construyeron.
EL LÍDER QUE CAYÓ DOS VECES
Lo vi pasar a alguien de un talento inmenso.
Había construido algo significativo. Una iglesia en crecimiento. Influencia real. Gente estaba siendo alcanzada. Y entonces, una temporada de decisiones estúpidas —de las que te hacen preguntarte cómo alguien tan dotado puede ser tan imprudente— lo derrumbó todo. Una caída moral que le costó su plataforma, su credibilidad y casi su familia.
Para su crédito, lo asumió. Se hizo a un lado públicamente. Se sometió a un proceso de restauración. Buenos pastores caminaron con él a lo largo de años de reconstrucción: un trabajo lento, doloroso y fiel. Y con el tiempo, el ministerio fue restaurado. La confianza volvió. Las puertas se reabrieron.
Y entonces —justo cuando lo tenía todo por ganar— cometió otra transgresión moral devastadora. Otra situación. La misma raíz. Le costó todo lo que había reconstruido. Otra vez.
Mientras lo veía desarrollarse, me di cuenta de algo. Tenía un defecto fatal que lo hizo grande en las primeras etapas. El hambre. El empuje. La desesperación por demostrar su valía. Pero cuando probó la victoria, algo cambió. Se volvió complaciente. Ciego a sus propias vulnerabilidades. Relajado de maneras que abrieron puertas al desastre.
En muchos líderes, es la inseguridad lo que los impulsa al principio. Y una vez que esa inseguridad está bajo control —una vez que «lo lograron»—, se relajan. Y la relajación se convierte en la puerta a las decisiones fatales.
Casi siempre ocurre cerca del final. El final de un capítulo. El momento justo antes del avance. Pueden ver la línea de meta, y entonces cometen un error grande y estúpido que les cuesta el final que debieron haber tenido.
Lo he visto pasarle a demasiados. Por la gracia de Dios, me niego a dejar que me pase a mí.
LA HISTORIA MÁS ANTIGUA DE LA ESCRITURA
Es el patrón más antiguo de la Escritura.
El rey David. El hombre conforme al corazón de Dios. Matagigantes. Salmista. Unificador de Israel.
Durante años, salió a la batalla. Cada primavera, cuando los reyes salían a la guerra, David lideraba desde el frente.
Entonces, un año, no lo hizo: «Aconteció al año siguiente, en el tiempo que salen los reyes a la guerra, que David envió a Joab... pero David se quedó en Jerusalén» (2 Samuel 11:1).
Dejó de pelear. Dejó de salir. Dejó de liderar desde el frente.
Y fue entonces cuando vio a Betsabé.
La caída inimaginable no ocurrió en los años del desierto, cuando Saúl lo perseguía. Ocurrió después de las victorias.
Después de ser rey. Después de estar cómodo.
La complacencia es la puerta al desastre.
Cuando dejas de pelear, empiezas a caer.
MI CONFESIÓN DE 2009
Casi no termino.
No en 1995, aunque ese burnout casi me mata. En 2009.
Estábamos en medio de los años lentos. Tres años de desgaste.
Crecimiento mínimo. Ningún avance a la vista.
Cuando no puedes ver el camino hacia adelante, sigues caminando de todos modos.
Golpeó mi confianza. Empecé a cuestionarme si había llegado a mi límite. Si esto era lo más lejos que podía llegar. Si la visión que llevaba era más grande que mi capacidad de cumplirla.
Hasta empecé a pensar en conectarme con otro grupo de iglesias. Servir como un número dos que trabaja como número uno. Tal vez mi techo era el piso de otro.
Abordé el tema con suavidad —casualmente— con un líder a quien respetaba. No picó. Yo estaba atascado.
Pero esto fue lo que hice: seguí creyendo. Seguí apoyándome en la gracia. Seguí trabajando en la posibilidad de un avance aun cuando no podía verlo. Ese es el único secreto que conozco. Cuando no puedes ver el camino hacia adelante, sigues caminando de todos modos. Y con el tiempo, el camino apareció.
Lo que vino después de 2009 fue todo aquello hacia lo que habíamos estado construyendo. La multiplicación. La expansión global. El avance que se había estado formando bajo tierra mientras yo lo cuestionaba todo en la superficie.
Si hubiera renunciado en 2009, nada de eso existiría. Los veintiún campus. El movimiento global. Los líderes que hoy lideran sus propios movimientos. Todo estaba al otro lado de una temporada en la que yo no podía ver nada.
No renuncies en lo lento. Lo lento suele ser la prueba final antes de la inundación.
Este es un principio que creo que todo líder debe abrazar: Diez años antes de que planees hacer la transición, debes tener un plan de sucesión, o estar construyéndolo activamente.
No cinco años. Diez.
Porque la sucesión no es un evento. Es un proceso. Toma años identificar a la persona correcta. Años desarrollarla. Años transferir las cinco estafetas. Años para que la congregación suelte a un líder y reciba a otro.
Si esperas hasta estar cansado —hasta estar listo para hacerte a un lado—, ya es demasiado tarde para hacerlo bien. Los líderes que terminan mal son casi siempre los que no planearon con suficiente anticipación.
Se convierten en rehenes de su propio éxito porque nunca construyeron una salida. O se van de repente, y la organización colapsa porque nadie estaba listo.
Diez años. Esa es la regla. Si no estás pensando en la sucesión con una década de anticipación, no estás pensando en terminar.
Tres cosas impiden que los líderes terminen:
Distracción. Las nuevas oportunidades distraen de los compromisos actuales. Las nuevas ideas distraen de los proyectos existentes. Los objetos brillantes te sacan de la tarea que Dios realmente te dio. El enemigo no necesita detenerte. Solo necesita distraerte. Nehemías se negó a la distracción. Sus enemigos lo invitaron a «reunirse» cuatro veces. Cuatro veces dijo que no: «Yo hago una gran obra, y no puedo ir» (Nehemías 6:3).
Desánimo. La mitad es difícil. La emoción de empezar se ha desvanecido. La recompensa de terminar aún está lejos. Y el desánimo susurra: «Esto no está funcionando. Renuncia ahora. Intenta otra cosa». Pero Pablo dijo: «No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos» (Gálatas 6:9, énfasis añadido). La cosecha no es para los que empiezan. Es para los que no se rinden.
Demora. «Lo terminaré después». «El mes que viene». «Cuando las cosas se calmen». Las cosas nunca se calman. El después nunca llega. La demora es solo renunciar en cámara lenta.
ENTRENAR PARA LOS PRÓXIMOS VEINTE AÑOS
En 2024 cumplí sesenta.
Me había negado a cumplir cincuenta. No quise celebrar. Todavía me sentía en mis cuarenta. Pero a los sesenta, la realidad me golpeó. La pista se está acortando.
Un amigo de setenta y tantos dijo algo que nunca olvidaré: «¿Sabes cuál es el trabajo más duro que he hecho? Envejecer. Es un trabajo duro envejecer».
Eso me sacudió. Si no me volvía intencional con mi salud, me deslizaría hacia el declive. El cuerpo no se mantiene solo. Se deteriora. A menos que pelees.
En 2025 me hice tomografías. Análisis de sangre completos. Vi resultados que no me gustaron. Entonces hice un plan. No vago. Real. En diez meses, todo volvió a la normalidad. Ejercicio diario. Mejor alimentación. Monitoreo constante. Los resultados dicen ahora que soy biológicamente quince años más joven que mi edad real.
Estoy entrenando para los próximos veinte años. Porque la multiplicación requiere presencia. No puedes multiplicarte desde una cama de hospital. No puedes desarrollar líderes si estás demasiado enfermo para reunirte con ellos. No puedes terminar bien si tu cuerpo renuncia antes que tu tarea.
«El que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila» (Salmo 103:5).
Rejuvenecido como el águila. Eso no es poesía. Ese es mi plan.
LA VISIÓN DE 400 AÑOS
Déjame contarte lo que veo.
Es el año 2225. Dentro de doscientos años. Los hijos de mis tataranietos están vivos. Futures Church tiene 303 años.
Doce equipos constructores de movimiento, plenamente formados, dirigen el movimiento. Veo un consejo de ancianos —padres y madres de la casa— que mantiene a las tribus unidas de corazón mientras siguen siendo distintas en la aplicación de la misión. Cada tribu ha plantado bastante más de 300 iglesias; algunas, muchas más. Eso son miles de ubicaciones en todos los continentes. Cientos de ciudades. Naciones en las que todavía no hemos entrado.
Veo a mis descendientes liderando campus. Liderando tribus. Todos sirviendo a Jesús. Veo una sola iglesia en decenas de miles de ubicaciones, con el mismo corazón por Jesús que tenemos hoy. Todavía enfocada en los perdidos. Todavía haciendo discípulos. Todavía con hambre de más.
Pero esto es lo que me quita el sueño: ¿qué estoy construyendo ahora que pueda soportar 200 años de presión y cambio?
Las cosas serán radicalmente distintas en 2225. No puedo predecir cómo. La tecnología, la cultura, la política: todo cambiará de maneras que no podemos imaginar. Así que la pregunta en la que más estoy trabajando es esta: ¿Cómo hago que la organización sea poderosa y dinámica sin volverse centralizada como se han vuelto las denominaciones?
John Wesley creó algo increíble. Pero a lo largo de 200 años, el movimiento se convirtió en una institución. El ADN de multiplicación fue reemplazado poco a poco por el mantenimiento institucional. Se tomaron decisiones estructurales de gran trascendencia —fusiones, consolidaciones— que tal vez tuvieron más que ver con la supervivencia que con la misión. La lección no es que las denominaciones sean malas. La lección es que cualquier movimiento —denominacional o independiente— puede perder su ADN de multiplicación cuando empieza a priorizar la preservación por encima de la expansión. Ese es el peligro que estoy tratando de ayudarte a evitar. Yo quiero crear algo distinto. Algo tan dinámico como lo es ahora. Igual de desesperado. Igual de hambriento de crecimiento y expansión. Humilde, pero hambriento. Agresivo, pero lleno de gracia. Poderoso, pero que sirve a todos.
Una estructura lo bastante flexible para cambiar con la dinámica del momento sin convertirse en institución ni romperse en pedazos. Eso requiere aferrarse con fuerza al patrón bíblico del liderazgo de Efesios 4. Una estructura de doce tribus que no limite a los grandes pensadores, sino que les dé expresión.
Una sola iglesia. Decenas de miles de ubicaciones. El mismo corazón. El mismo ADN. La misma desesperación por Jesús.
Eso es lo que veo en 2225. Y lo que tú y yo hacemos, y nuestro carácter hoy, determina si esa visión vive o muere. Y eso crea capacidad para nietos que nunca conoceremos.
No conocerán tu rostro. No oirán tu voz. No leerán tus redes sociales. Pero estarán parados sobre el fundamento que estás construyendo ahora mismo.
Cada vez que terminas en vez de renunciar. Cada vez que empujas en vez de desvanecerte. Cada vez que perseveras en vez de transigir.
La cosecha llega a los que no renuncian.
No estás terminando solo para ti. Estás terminando para ellos.
La sexta generación no ha nacido. La séptima generación ni siquiera se imagina. Pero vienen. Y lo que termines hoy determina lo que ellos podrán construir.
Así que esta es mi exhortación para ti:
Termina.
Termina de desarrollar a los líderes con los que empezaste. Termina las transiciones que iniciaste. Termina las tareas que Dios te dio. Termina los esfuerzos de multiplicación que lanzaste.
Entrena tu cuerpo para la resistencia. Necesitas veinte años más de fuerza. Entrena tu mente para pensar en las consecuencias. Adelanta la película antes de cada decisión importante. Entrena tu espíritu para la obediencia larga. La cosecha llega a los que no renuncian.
Ten a tu lado a las personas correctas, que puedan decirte la verdad cuando estés demasiado agotado para ver con claridad. Usa el combustible de la victoria para hacer bien la transición; no dejes que la victoria se convierta en la puerta al colapso. Y empieza tu plan de sucesión diez años antes de necesitarlo.
No seas un rostro que se desvanece de la vista. No seas un nombre que la gente diga con pesar: «Tenía tanto potencial...». No seas el líder que lo logró dos veces y lo perdió dos veces porque se volvió complaciente. No seas Elías después del Carmelo: tan vaciado por la victoria que una palabra de Jezabel te hace querer morir.
Sé alguien que termina. Sé alguien que cruza la línea con las manos vacías porque lo dio todo. Sé alguien sobre quien se pare la séptima generación.
El altar está lleno de gente que empezó bien. En la línea de meta hay espacio.
ORACIÓN
Padre, confieso: he empezado cosas que no he terminado.
*Las distracciones me arrastraron. El desánimo me hizo renunciar. La demora se convirtió en mi
patrón.*
*Pero empezar es común. Terminar es raro. Y yo quiero ser alguien que
termina.*
*Dame la capacidad de pensar en las consecuencias: la sabiduría para adelantar la película
antes de actuar.*
*Dame a las personas correctas a mi lado, que me digan la verdad cuando
esté demasiado agotado para ver.*
Dame la certeza de que, si no renuncio, segaré.
Ayúdame a terminar: los líderes que estoy desarrollando. Las transiciones que estoy haciendo. Las tareas que Tú me diste. Los esfuerzos de multiplicación que empecé.
Dame veinte años más de fuerza. Renueva mi juventud como la del águila. Ayúdame a construir algo que se mantenga en pie durante 400 años: no una institución, sino un movimiento. Humilde pero hambriento.
Agresivo pero lleno de gracia. Poderoso pero que sirve.
Me niego a desvanecerme. Me niego a convertirme en rehén de mi propio éxito.
Me niego a dejar que la victoria se convierta en la puerta al colapso.
Terminaré bien.
*Por mis hijos. Por mis nietos. Por generaciones que nunca
conoceré.*
En el nombre de Jesús. Amén.
Empezar es común. Terminar es raro.
Terminar crea multiplicación. Ahora ve y termina.
PUNTOS CLAVE
La ley:
El perdedor queda roto. Pero el ganador queda agotado. Elías hizo descender
fuego del cielo. Destruyó a 450 profetas de Baal. Corrió más rápido que los carros.
Volando. Luego una palabra de Jezabel. Y el hombre que acababa de hacer
descender fuego quería morir. De la victoria sobrenatural a la desesperación
suicida. En veinticuatro horas. El momento después de la victoria es cuando estás
más vulnerable. Los líderes agotados toman decisiones estúpidas. Los líderes
agotados no pueden ver con claridad. Los líderes agotados están a una palabra de Jezabel
de querer renunciar. La batalla no es solo llegar al final.
Es que te quede suficiente para terminar bien cuando llegues. Empezar es
común. Terminar es raro.
El cambio:
Tres cosas matan a los que terminan: (1) Distracción: las nuevas oportunidades
distraen de los compromisos actuales. Los objetos brillantes te sacan de la
tarea que Dios te dio. Nehemías se negó: «Yo hago una gran
obra, y no puedo ir». (2) Desánimo: la mitad es difícil.
La emoción se desvaneció. La recompensa aún está lejos. Pero Pablo dijo: «A su tiempo
segaremos, si no desmayamos». (3) Demora: «Lo terminaré después».
Las cosas nunca se calman. El después nunca llega. La demora es solo renunciar en
cámara lenta. La regla de los diez años: diez años antes de que planees
hacer la transición, debes tener un plan de sucesión. No cinco años. Diez.
La sucesión no es un evento. Es un proceso.
La auditoría:
Estoy entrenando para los próximos veinte años. Mi carrera no ha terminado. Mi carril
cambiará, y ya no estoy corriendo la vuelta de un pastor local;
estoy construyendo el estadio para las doce tribus. Porque la multiplicación
requiere presencia. No puedes multiplicarte desde una cama de hospital. No puedes
desarrollar líderes si estás demasiado enfermo para reunirte con ellos. No puedes terminar
bien si tu cuerpo renuncia antes que tu tarea. «El que sacia
de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como
el águila». Rejuvenecido como el águila. Eso no es poesía. Ese es tu
plan. ¿Qué estoy construyendo ahora que pueda soportar 200 años de presión
y cambio? Tu carácter hoy crea capacidad para nietos
que nunca conocerás. La sexta generación no ha nacido. La séptima generación ni siquiera
se imagina. Pero vienen. Y lo que termines hoy
determina lo que ellos podrán construir. Termina. Termina de desarrollar a los líderes
con los que empezaste. Termina las transiciones que iniciaste. Termina las
tareas que Dios te dio. No seas un rostro que se desvanece. Sé alguien que termina.
El altar está lleno de gente que empezó bien. En la línea de meta hay
espacio. Ahora ve y termina.
Epílogo
SIN EXCUSAS
CADA EXCUSA RESPONDIDA
Sé lo que estás pensando.
Has leído este libro. Has visto los marcos. Has oído las historias.
Y en algún rincón de tu mente, hay una voz.
Está susurrando razones por las que esto no funcionará para ti.
Por qué la multiplicación es maravillosa en teoría pero imposible en tu situación.
Por qué tu iglesia es distinta. Tu contexto es único. Tus obstáculos son reales.
Las he oído todas. Me he sentado frente a líderes que cargaban cada una de ellas. Y quiero responderlas con honestidad; no porque tus obstáculos no sean reales, sino porque creo que tu llamado es más grande que tus circunstancias.
Vamos a recorrerlas.
EXCUSA #1: «NO TENGO TIEMPO»
A ver si entiendo.
No tienes tiempo para desarrollar líderes que multipliquen tu impacto por generaciones.
¿Pero sí tienes tiempo para hacerlo todo tú mismo hasta quemarte, enfermarte o morir?
Eso no es un problema de tiempo. Es un problema de prioridades.
Jesús tuvo tres años. Tres años para lanzar un movimiento que alcanzaría a toda nación de la tierra. Pudo haber predicado a millones. Sanado a cada enfermo de Israel. Reunido multitudes enormes a dondequiera que fuera. En cambio, invirtió profundamente en doce hombres.
Si el Hijo de Dios tuvo tiempo para multiplicarse, tú tienes tiempo para multiplicarte.
La pregunta no es si tienes tiempo. La pregunta es en qué estás gastando tu tiempo.
La verdad: Tienes exactamente las mismas veinticuatro horas que todo multiplicador de la historia. La diferencia no es el tiempo. Es lo que eliges hacer con él.
EXCUSA #2: «NO TENGO A LAS PERSONAS CORRECTAS»
¿En serio? ¿No tienes a las personas correctas?
Déjame contarte de la gente de Jesús.
Pedro: ruidoso, impulsivo, negó a Jesús tres veces. Jacobo y Juan: tan hambrientos de poder que pidieron sentarse a su derecha y a su izquierda. Tomás: dudó de la resurrección aun después de que los otros discípulos se lo contaron. Mateo: recaudador de impuestos. Traidor a su propio pueblo. Judas:
Literalmente lo traicionó.
¿Estas son las personas correctas?
Ni un solo graduado de seminario. Ni un solo líder pulido. Ni una sola persona con un historial probado. Pescadores. Recaudadores de impuestos. Zelotes. Escépticos. Y cambiaron el mundo.
No estás buscando a las personas «correctas». Estás buscando a personas hambrientas. Personas en H.E.A.T.: Hambrientas. Eficaces. Adaptables. Transferibles.
Están en tu iglesia ahora mismo. Simplemente no las estás buscando.
La verdad: No necesitas personas perfectas. Necesitas personas que quieran más de lo que tienen actualmente y estén dispuestas a pagar el precio para conseguirlo.
EXCUSA #3: «NO TENEMOS EL DINERO»
El dinero. La excusa de mil iglesias muertas.
Déjame preguntarte algo. ¿Cuánto le costó a Jesús entrenar a los doce? Sin edificios. Sin programas. Sin salarios de personal. Sin conferencias. Solo un rabino y doce hombres caminando de pueblo en pueblo.
La multiplicación no es cara. La suma sí.
La suma requiere que pagues por todo: cada programa, cada servicio, cada necesidad. La multiplicación requiere que inviertas en personas que se pagarán a sí mismas, y más.
La razón por la que no tienes dinero es porque no te estás multiplicando.
La verdad: No necesitas dinero para multiplicarte. Necesitas multiplicarte para tener dinero.
EXCUSA #4: «NUESTRA IGLESIA ES DEMASIADO PEQUEÑA»
¿Demasiado pequeña para multiplicarse? Ese es exactamente el momento en que deberías multiplicarte.
Las iglesias pequeñas que no se multiplican siguen siendo pequeñas. Las iglesias pequeñas que sí se multiplican se convierten en grandes movimientos.
En Futures Church tenemos campus que van desde cien personas hasta 7000. Y todos y cada uno de los pastores de campus cargan el mismo mandato: multiplícate o muere. El pastor de campus que lidera a cien personas tiene la misma tarea que el que lidera a 7000. La misma expectativa. El mismo ADN. El mismo marco de multiplicación. Porque la multiplicación no se trata del tamaño. Se trata de obediencia a la escala que Dios te haya dado. Algunos de nuestros campus están en pueblos rurales con 3000 habitantes, pero de todos modos se espera que se multipliquen.
La iglesia primitiva empezó con 120 personas en un aposento alto. No 120 000. No 12 000. Ni siquiera 1200. Ciento veinte.
Y se multiplicaron hasta trastornar el mundo entero.
El tamaño de tu iglesia no es el problema. El tamaño de tu visión lo es.
He visto iglesias de cincuenta personas plantar tres iglesias en cinco años. He visto iglesias de 5000 personas pasar treinta años sin plantar una sola. El tamaño no determina la multiplicación. La obediencia determina la multiplicación. Recuerda que Dios no mira el número total de personas; mira la tasa de multiplicación.
La verdad: Si esperas hasta ser lo bastante grande para multiplicarte, nunca serás lo bastante grande. La multiplicación crea tamaño. El tamaño no crea multiplicación.
EXCUSA #5: «NO ESTOY LISTO»
Déjame decirte algo. Nunca vas a estar listo.
Moisés no estaba listo. Era un pastor de ovejas de ochenta años con un impedimento del habla. David no estaba listo. Era un adolescente con una honda. Pedro no estaba listo. Era un pescador con problemas de ira.
Pablo no estaba listo. Era un asesino que perseguía a la iglesia. Ninguno estaba listo. Dios los usó de todos modos.
La preparación es un mito. Es una mentira que nos decimos para evitar la incomodidad de la obediencia.
«Me multiplicaré cuando esté listo» en realidad significa «me multiplicaré después». Y luego el después nunca llega. Te vuelves listo multiplicándote.
La verdad: No te preparas y luego empiezas. Empiezas y luego te preparas. Dios capacita a los llamados; no llama a los capacitados.
EXCUSA #6: «¿Y SI FRACASO?»
Fracasarás. Siguiente pregunta.
No estoy siendo frívolo. Estoy siendo honesto.
Si te multiplicas, parte de ello fracasará. Algunos líderes te decepcionarán. Algunas iglesias plantadas no sobrevivirán. Algunas inversiones no producirán nada. Bienvenido a la multiplicación.
He tenido iglesias plantadas que fracasaron. He tenido líderes que me traicionaron. He invertido años en personas que se fueron. El capítulo 2 se llama «El cementerio de la multiplicación» por una razón. Tengo cicatrices. De las reales.
Pero esto es lo que he aprendido: la matemática sigue funcionando.
Planta diez iglesias. Tres fracasan. Siete tienen éxito. Tienes siete iglesias más que el tipo que plantó cero porque tenía miedo de fracasar.
El fracaso está incorporado en la multiplicación. Es el costo de la obediencia. Pero cero fracasos significa cero multiplicación.
La verdad: La única manera de garantizar que no fracasarás en la multiplicación es negarte a multiplicarte. Y ese es el mayor fracaso de todos.
EXCUSA #7: «ME NECESITAN»
Entiendo el sentimiento. Pero déjame desafiarlo.
Los discípulos creían que necesitaban a Jesús. Luego Él se fue. Y cambiaron el mundo.
Jesús dijo que era para su bien que Él se fuera. Juan 16:7. Búscalo
tú mismo:
«Os conviene que yo me vaya».
La partida del líder liberó el potencial de los seguidores.
Tu presencia podría ser justamente lo que los está limitando. Mientras estés ahí haciéndolo todo, ellos no tienen que crecer. Mientras respondas cada pregunta, ellos no tienen que pensar. Mientras tomes cada decisión, ellos no tienen que liderar.
La verdad: El mayor regalo que puedes darle a tu gente es el espacio para convertirse en quienes Dios los hizo ser. Los verdaderos líderes se vuelven innecesarios.
EXCUSA #8: «PODRÍA PERDER EL CONTROL»
Podrías. Y eso podría ser exactamente lo que necesita pasar.
El control es enemigo de la multiplicación.
Puedes controlar un imperio. No puedes controlar un movimiento. Y tienes que decidir cuál de los dos estás construyendo.
Los imperios se controlan. Los movimientos se sueltan.
Jesús soltó a doce hombres para hacer cosas que Él no podía supervisar. Tomaron decisiones que Él no había aprobado de antemano. Fueron a lugares a los que Él no podía ir. Y el cristianismo se extendió gracias a eso.
El control te limita a lo que tú puedes administrar. Soltar desbloquea lo que Dios puede multiplicar.
La verdad: Soltar no es perder algo. Es hacer espacio para algo más grande de lo que podrías sostener por tu cuenta. Confía en Dios. Mira lo que pasa.
EXCUSA #9: «YA ME HAN HERIDO ANTES»
A mí también.
Te conté del Judas en el capítulo 2. Año siete. Un líder de confianza.
Intentó dividir la iglesia. La traición corta hondo. Lo sé.
Pero esto también lo sé: a Jesús también lo hirieron.
Invirtió tres años en doce hombres, y uno de ellos lo vendió por treinta piezas de plata. No dejó de multiplicarse. Siguió soltando. Siguió confiando. Siguió invirtiendo.
Porque sabía algo: los once que se quedaron valían más que el uno que se fue. La multiplicación que funcionó pesó más que la multiplicación que fracasó.
La traición es el costo de la confianza. Y la confianza es el costo de
la multiplicación.
Si dejas de confiar porque alguien te hirió, estás dejando que el traidor gane. No solo se llevaron lo que se llevaron cuando se fueron.
También se llevaron tu multiplicación futura.
La verdad: El dolor no te descalifica para la multiplicación: te califica para una multiplicación más profunda. Tus cicatrices son tus credenciales.
EXCUSA #10: «SOY DEMASIADO VIEJO»
Déjame contarte de mi abuelo.
Minero del carbón galés. Nacido en 1901. Le dijo que sí al llamado de Dios de adolescente. Se fue a la India.
Pero esta es la parte que destruye esta excusa: a los noventa años, plantó una iglesia.
Noventa. La mayoría está pensando en mecedoras y jubilación. Él estaba pensando en multiplicación.
Moisés tenía ochenta cuando lideró el Éxodo. Abraham tenía cien cuando nació Isaac. Caleb tenía ochenta y cinco cuando reclamó su montaña.
La edad no es una limitación.
De hecho, tienes activos que los líderes jóvenes no tienen: sabiduría. Experiencia. Relaciones. Recursos. Ya cometiste los errores. Ya aprendiste las lecciones. Puedes ayudar a la siguiente generación a saltarse lo que a ti te tomó décadas descubrir.
La verdad: No eres demasiado viejo para multiplicarte. Estás perfectamente posicionado para ello. La única pregunta es si usarás los años que te quedan para la multiplicación o para el mantenimiento.
EXCUSA #11: «SOY DEMASIADO JOVEN»
Timoteo.
Pablo le dijo que no permitiera que nadie lo menospreciara por su juventud. Luego lo puso a cargo de toda la iglesia de Éfeso (1 Timoteo 1:3; 4:12).
La juventud no es una descalificación. Es una calificación distinta.
Los multiplicadores jóvenes tienen energía. Tienen tiempo. Tienen menos malos hábitos que desaprender. Todavía no han decidido qué es imposible.
David era un adolescente cuando mató a Goliat. Jeremías era joven cuando Dios lo llamó a profetizar. Jesús eligió a doce hombres jóvenes para cambiar el mundo. Dios siempre ha usado a los jóvenes para la multiplicación.
La verdad: Si eres joven y empiezas a multiplicarte ahora, imagina dónde estarás en cuarenta años. No esperes a estar «establecido». Empieza ahora. La matemática funciona mejor.
EXCUSA #12: «MI CÓNYUGE NO ESTÁ DE ACUERDO»
Esta es real. Y es la única excusa de esta lista que merece
un manejo muy serio y cuidadoso.
Porque el matrimonio importa. La unidad importa.
Pero esto es lo que he aprendido en cuarenta años de matrimonio: la mayoría de las veces, cuando un cónyuge «no está de acuerdo», es porque nadie lo ha ayudado a sumarse.
No has transmitido la visión. No has abordado los temores. No has mostrado qué gana la familia con esto.
Jane y yo no empezamos alineados en todo. Tuvimos que trabajarlo. Hablarlo. Orarlo. Hoy estamos tan alineados que ella tiene su propio capítulo en este libro.
Eso no pasó por accidente. Pasó por inversión.
Lee el capítulo 10: «El matrimonio de la multiplicación». Es posible. Pero requiere trabajo.
La verdad: Si tu cónyuge no está de acuerdo, tu primera tarea de multiplicación es ganar su corazón. No lo arrastres. No le pases por encima. Tráelo contigo. Vale la pena.
EXCUSA #13: «DIOS NO ME HA LLAMADO A ESO»
Dejé esta para el final. Porque es la más importante.
Déjame ser clarísimo: *La multiplicación no es un llamado. Es un
mandato.*
No necesitas una palabra especial de Dios para multiplicarte. Ya la tienes. Está en Génesis 1:28: «Fructificad y multiplicaos».
El primer mandato que Dios le dio a la humanidad. No una sugerencia. No una invitación. No una opción para los especialmente llamados. Un mandato.
Se lo repitió a Noé. Se lo repitió a Abraham. Jesús lo convirtió en su instrucción final: «Id, y haced discípulos» (Mateo 28:19).
La Gran Comisión no es para los misioneros. Es para todos.
No necesitas que Dios te llame a la multiplicación. Ya lo hizo. En el principio. Y no ha cambiado de opinión.
La verdad: El llamado ya fue hecho. La pregunta no es si Dios te ha llamado. Es si vas a responder.
NO MÁS EXCUSAS
Ahí están. Solo algunas de las excusas que he oído. Y cada
una de ellas respondida.
No por mí. Por la Palabra de Dios. Por el ejemplo de Jesús. Por la lógica de la matemática del Reino.
Ya no te quedan excusas. Solo decisiones.
¿Te vas a multiplicar o no?
Porque esto es lo que sé. Un día estarás delante de Dios. Y Él no te preguntará por tus obstáculos. No te preguntará por tus circunstancias. No te preguntará por tus limitaciones.
Te preguntará qué hiciste con lo que te dio. Y la multiplicación será parte de la conversación.
La pregunta es: ¿tendrás una respuesta, o tendrás excusas?
Multiplícate o muere.
Sin excusas. Empieza hoy.
El credo de la multiplicación
No seré un adicto a la suma.
Me niego a construir un monumento a mi propia indispensabilidad.
No golpearé la roca cuando Dios diga que hable.
Confiaré en la «nueva gracia» para mi «nuevo capítulo».
Lideraré desde el recibir, no desde el producir.
La gracia es mi vehículo. La fe es mi respuesta.
Me multiplicaré primero en casa.
Me niego a ganar la ciudad y perder a mis hijos.
Saldré de la sala para que la misión pueda vivir. Soy un fundamento, no
un techo.
Construiré para el año 400.
Mi legado no es mi nombre, sino el ADN que lo sobrevive.
Mantente hambriento.
Mantente santo.
Termina bien.
Una advertencia final
Antes de implementar los sistemas de este libro —la arquitectura de las doce
tribus, el Modelo Carver de gobierno, las estrategias de hipoteca neutra—, debes prestar atención a esta advertencia.
Estos sistemas funcionan con el combustible de la confianza alta.
No puedes instalar «autoridad distribuida» en una cultura de sospecha. Si intentas construir estas estructuras sin establecer primero la cultura del Reino —honra, integridad, generosidad y confianza—, el peso de la estructura derrumbará tu organización.
Confianza alta + Sistemas altos = Multiplicación.
Confianza baja + Sistemas altos = Burocracia o rebelión.
No intentes construir la mecánica de Futures Church sin construir primero su corazón. La cultura es la tierra. El sistema es solo el enrejado. Construye primero la tierra.
Sobre el autor
Ashley Evans proviene de una familia misionera cuyo servicio abarcó
África, la India y Papúa Nueva Guinea, lo que moldeó su
convicción de toda la vida por las misiones, la plantación de iglesias y la
naturaleza multicultural de la iglesia.
Hoy, Ashley sirve como pastor principal global de Futures Church, un movimiento en rápida multiplicación que abarca cuatro naciones. Fundada en 1922, la iglesia ha crecido bajo el liderazgo de Ashley desde el año 2000, de un solo campus en Adelaida, Australia, a veintiún campus en todo el mundo, con la visión de establecer 200 campus, levantar 10 000 líderes y alcanzar a 100 000 personas con el evangelio de Jesús.
Ashley es también director ejecutivo de Futures Global, una organización impulsada por la misión que provee sistemas, recursos e iniciativas empresariales para acelerar la plantación de iglesias y el desarrollo de líderes en todo el mundo.
Ashley ha ocupado numerosos cargos denominacionales significativos, incluidos doce años como director nacional y diez años como presidente estatal de las Australian Christian Churches (ACC).
Es el fundador de Family First, un exitoso partido político que durante seis años tuvo, junto con otro partido, la llave del poder en el Parlamento Federal de Australia.
Conocido por su estilo de enseñanza directo y apasionado, Ashley hace que la Escritura cobre vida con claridad, narrativa y perspectiva profética, desafiando a los líderes a pensar diferente y a vivir con valentía. Tiene un Doctorado en Ministerio (honoris causa).
La vida de Ashley fue transformada en su adolescencia por un poderoso encuentro con Jesús que marcó el rumbo de su ministerio y su mensaje. Ese encuentro encendió una convicción que nunca se ha apagado:
El pueblo de Dios está llamado a multiplicarse.
Ashley y Jane llevan cuarenta años casados y son compañeros en la vida y en el ministerio. Juntos tienen tres hijos —Mark, Nate y Ben—, todos sirviendo en el ministerio, junto con una tribu creciente de nietos. Cuatro generaciones de multiplicación.
Dios le ha dado a Ashley una revelación profunda de la teología de la multiplicación. Este libro es la culminación de esa convicción, y de cuarenta años de demostrar que funciona. Conéctate con Ashley en futures.church
Apéndice — El Modelo Carver de gobierno
En el capítulo 7 presenté lo que llamo el principio de la
cerca: define el «no» y suelta el «sí». Ese principio
no es algo que yo inventé. Está construido sobre un marco de gobierno
llamado Modelo de Gobierno por Políticas, creado por el Dr. John Carver. Lo que
yo he hecho es adaptarlo a la iglesia local.
La mayoría de las juntas directivas de iglesias gobierna con control y de forma prescriptiva. Intentan aprobarlo todo. Cada decisión. Cada gasto. Cada iniciativa. El pastor tiene que acudir a la junta con una solicitud, esperar una reunión, presentar su caso y confiar en que haya votos a favor.
Eso es gobierno a base de permisos. Y matará
la multiplicación. El Modelo Carver le da la vuelta por completo a esto.
LA IDEA CENTRAL
En vez de enumerar todo lo que un líder puede hacer, defines lo que
no puede hacer. Todo lo demás es un sí.
Carver las llama «Limitaciones Ejecutivas»: una lista corta de límites que definen los bordes del campo. Dentro de esos límites, los líderes tienen plena autoridad para correr, construir, decidir y ejecutar. Sin permisos. Sin esperar una reunión. Sin burocracia.
CÓMO FUNCIONA EN FUTURES CHURCH
El rol de la junta directiva es entender y respaldar el marco de gobierno
Carver. El pastor principal lo implementa, fijando las cercas específicas
para cada líder según su rol, su madurez y su contexto.
La junta directiva trabaja con el pastor principal, pero el pastor principal la lidera.
Cuatro tipos de políticas
Carver organiza el gobierno en cuatro categorías. Así es como las
aplicamos:
1) Políticas de Fines: ¿para qué existimos?
Tu misión. Tu visión. Tu razón de existir. En Futures Church, nuestros Fines son claros: plantar iglesias que se multipliquen a través de generaciones y continentes. Alcanzar a 100 000 personas. Levantar 10 000 líderes. Establecer 200 campus.
2) Limitaciones Ejecutivas: las cercas
Este es el corazón del sistema y la clave de la multiplicación.
En vez de una larga lista de aprobaciones, escribes una lista corta de prohibiciones. Este es el marco que usamos en Futures Church.
Los líderes no pueden:
» Asumir compromisos financieros fuera del presupuesto aprobado por la junta directiva
» Nombrar o remover pastores de campus, miembros de la junta directiva o ancianos
» Cambiar las estructuras de los servicios ni plantar nuevos campus sin consulta
» Alterar el ADN teológico, los valores centrales o la misión de la iglesia
» Asumir compromisos legales —propiedades, contratos, acuerdos
laborales— sin revisión legal
Eso es todo. Cinco cercas. Puedes tener hasta ocho, pero ya captas la idea. Debe ser corta y excluyente.
¿Todo lo que está dentro de esas cercas? Lo decide el líder. Hoy.
Sin una llamada, sin una cadena de correos, sin una votación de la junta directiva.
3\) Proceso de Gobierno
La junta directiva define su propia conducta y se mantiene en su carril: visión, límites y rendición de cuentas.
Por qué esto funciona para la multiplicación
La mayoría de los sistemas de gobierno está diseñada para el control. El Modelo Carver está diseñado para soltar.
Cuando lideras a base de permisos, solo puedes moverte tan rápido como tu proceso de aprobación más lento. Cuando lideras con
límites, la velocidad es lo predeterminado. La iniciativa es lo predeterminado. La multiplicación
es lo predeterminado.
El líder no pregunta: «¿Puedo hacer esto?». El líder pregunta: «¿Esto viola alguna cerca?». Si no la viola, adelante.
Así es como escalas de un campus a veintiuno. Así es como empoderas a un Josh Greenwood para dirigir las operaciones de toda una nación con cinco cercas y plena autoridad.
Una palabra de advertencia
El Modelo Carver funciona con confianza. Si no hay confianza entre tu junta directiva, tu pastor principal y tus líderes, este sistema te aterrará.
No empieces aquí. Empieza con las relaciones. Construye la confianza. Demuestra el carácter. Luego pon las cercas en su lugar y mira lo que Dios hace cuando los líderes son genuinamente libres para liderar.
Las cercas no son muros. Las cercas son lo que permite que los niños jueguen libremente.
Los límites existen para que la libertad pueda ser real.
Lecturas recomendadas
» John Carver, Boards That Make a Difference8
» John y Miriam Carver, Reinventing Your Board9
Notas
8. John Carver, Boards That Make a Difference: A New Design for Leadership in Nonprofit and Public Organizations (San Francisco, CA: Jossey-Bass, 1990). ↩
9. John Carver y Miriam Carver, Reinventing Your Board: A Step-by-Step Guide to Implementing Policy Governance (San Francisco, CA: Jossey-Bass, 1997). ↩